Manuel, los furtivos y otros (V)

Rayón

 

Un día de hace muchos años, de una montonera de ellos diría yo, por aquella época en que los serreños iban desde Sierra Morena al pueblo a cortarse el pelo y poco más, Manuel fue al suyo y, en el bar de “Piti”, se encontró con su amigo Andrés, que también vivía en la sierra, en una finca que estaba andando desde la casa de Manuel a una hora más o menos de camino. Allí se tomaron unos biscuter, que era como se le llamaba por aquella zona a los botellines de cerveza. Durante el tiempo que estuvieron en el bar hablaron de lo que más les gustaba, que no era precisamente de lo que hablaban la mayoría de los hombres que allí había, que lo hacían de fútbol, de mujeres y un poco de política. Digo un poco de lo último ya que de esto tampoco por aquellos tiempos se podía hablar demasiado y, aún menos, en un bar donde te podía escuchar cualquiera que no debiera escucharte. Ellos hablaron de sierra, de los entresijos de ésta y de caza, que además de ser lo que más les gustaba era lo que mejor conocían y de lo que más sabían.

Cuando ya se habían tomado unos cuantos biscuter y estaban a punto de despedirse, Andrés le dijo a Manuel que a ver cuando le hacía una visita, pero que además cuando se la hiciera se llevara con él la escopeta, pues si así lo hacía, le iba a hacer un favor a su padre además de darle una alegría, ya que los marranos lo tenían acobardado. Al escucharle Manuel decir aquello, le dijo a Andrés que le aclarara lo de acobardado por los marranos, a lo que Andrés le contestó, que ese año era el que más estaban “castigando” los marranos el cereal que tenían sembrado en el llano que había más abajo de la casa, tanto, que del medio millón de kilos que tenían calculado cosechar, como siguieran así se iba a quedar en nada. Sobre todo en las avenas, que eran las más “castigadas” por estos animales, ya que entraban un montón de piaras a ellas y las tenían todas destrozadas y tumbadas Siguió comentándole a Manuel, que además los bermejos y marranchones de las piaras hacían mucho más daño que los marranos viejos, pues cuando se hartaban de comer, algo que hacía en poco rato, a lo que se dedicaban era a jugar y correr de un sitio hacia otro tumbando todo lo que pillaban por delante.

Manuel al despedirse de Andrés le dijo a éste que al día siguiente iba a hacerle la visita, ya que debido a lo buena que estaba la luna era el mejor momento para hacerle la espera a aquellos marranos destrozones.

Al día siguiente por la mañana, nada más levantarse Manuel, emprendió la marcha hacia el cortijo de la finca donde vivía Andrés. Cuando llegó salieron a recibirlo Antonio y Simona, el padre y la madre de Andrés y, tras un cariñoso saludo, le dijeron que había llegado justo a tiempo de comerse las migas con ellos, pues acababan de apartarlas del fuego y estarían ya a punto para ello.

Durante el tiempo que estuvieron comiéndose las migas Antonio les dijo a Andrés y Manuel que el mejor sitio para esperar los marranos no era precisamente en las siembras, ya que al haber encañado el cereal tan alto como había encañado ese año, en cuanto las piaras se metían en él ya no había forma de verlas aún teniéndolas justo al lado, que algunos se habían puesto dentro de las siembras y al final no las habían podido tirar por ese motivo, y que encima las habían espantado dentro de la siembra y al correr por ella habían tumbaba mas grano que una mala tormenta de pedrisco. Al final acabó diciéndoles que él pensaba que el mejor sitio para hacer la espera a los marranos era por donde entraran a las siembras pero antes de que se metieran en ellas.

Nada más acabar de comer las migas, Andrés y Manuel cogieron las escopetas y salieron zumbando hacia las siembras para tratar de averiguarles a los marranos sus viajes de entrada a ellas. Aunque Andrés le dijo a Manuel que tampoco iban a dar muchas vueltas para averiguarlo, ya que él sabía casi fijo por donde se acercaban los marranos desde sus encames a las siembras.

Manuel siguió a Andrés hasta que llegaron a la parte baja del llano donde estaba el cereal sembrado, y allí, desde la ceja que daba vista a una solana no demasiado inclinada, Andrés le señaló un tramo del arroyo que había en la parte baja la solana, diciéndole a continuación, que por allí era por donde seguro pasaban los marranos de camino hacia arriba.

Al llegar al arroyo Manuel no daba crédito a lo que estaba viendo, ya que los vereones que tenían hechos los marranos, más que eso, parecían zanjas hechas en la tierra de tantos como por allí debían pasar de camino hacia el cereal. Después Andrés le comentó a Manuel que el mejor sitio para hacer los puestos era a media solana, sobre unas poyatas de piedras que había, pues desde ellas era desde donde mejor se dominaba el terreno y las zonas de tiro.

Ya con los puestos hechos tomaron el camino de la casa para esperar en ella la hora de hacer el aguardo, un tiempo que se les hizo muy largo debido a las ganas que ambos tenían de hacerlo. Hasta que faltaba una hora más o menos para la puesta del sol, que fue cuando tomaron otra vez el camino hacia abajo derechos hacia los puestos, un camino que recorrieron con mucha ilusión, pues después de ver lo que vieron por la mañana tenían casi seguro que de no ser por un imprevisto cambio de la dirección del aire iban a tirar.

Lo que no esperaban nunca es lo que al llegar a la ceja del final del llano donde estaban las siembras vieron al mirar hacia los puestos. En el puesto donde Manuel tenía pensado ponerse ya había un furtivo sentado que se les había adelantado. La desilusión que en aquel momento sintieron fue tremenda, sobre todo porque aunque Andrés podía bajar y decirle al furtivo que se marchara de allí, no sabía como hacerlo, pues su padre le tenía más que advertido que tuviera mucho cuidado con la gente que viera por la finca para no tener encontronazos con ella, no fuera que alguien en represalia utilizara el sistema del cerillazo en las siembras, algo que nada más de pensarlo le ponía el vello de punta.

Después de unos momentos de dudas, Andrés le dijo a Manuel que lo mejor que podía hacer él era subirse un poco más arriba por la ceja y después bajar a media solana tosiendo de vez en cuando y haciendo algún ruido para que el furtivo al escucharlo e incluso verlo se marchara, ya que al estar en un coto y no tener permiso para cazar en él lo más lógico es que hiciera eso. Pero que con la escopeta y el morral se quedaba él, pues si lo veía con ella lo mismo pensaba que era otro furtivo y no se marchaba.

Al final Manuel estuvo de acuerdo con Andrés y le hizo caso a lo que le había dicho, así que tomó a media solana hacia abajo con el fin de que el furtivo lo viera y se marchara. Lo que no se podía esperar nunca Manuel es lo que realmente iba a pasarle con aquel imbécil y descerebrado furtivo, pues cuando bajaba a media solana y le quedaba para llegar a él como unos cuarenta pasos, éste se levantó del asiento, se encaró la escopeta y apuntándole le dijo que si se acercaba un paso más le soltaba un tiro que lo dejaba en el sitio, que para nada siguiera hacia él. La reacción de Manuel no se hizo esperar, una reacción que jamás debía haber tenido, pues hoy, al cabo de una montonera de años, aparte de arrepentirse de haberla tenido, no se llega a explicar que fue lo que le pasó por la cabeza en aquel momento para reaccionar de la forma que reaccionó, de una forma demasiado caliente y brutal que lo podía haber llevado directamente a la tumba, pues de valientes están los cementerios llenos.

Cuando Manuel se vio apuntado por la escopeta de aquel descerebrado, en vez de haberse parado o vuelto hacia atrás como hubiera sido lo normal, lo que hizo fue gritarle al furtivo diciéndole a la vez que corría hacia él que le iba a romper la cara de un puñetazo por apuntarle con la escopeta, aparte de una ristra de insultos a la vez que corría hacia él que mejor ni contar. Como le vería la cara y las formas el furtivo a Manuel, que en vez de apretar el gatillo como dijo que iba a hacer si se le acercaba, lo que hizo cuando Manuel iba llegando a él fue tirar la escopeta al suelo, hincarse de rodillas y pedirle una y otra vez por favor que no le pegara, algo que siguió repitiendo hasta que Manuel llegó a él y lo agarro por la camisa del pecho y lo levantó como si hubiera sido una pluma para guantearlo, algo que al final no hizo, pues a echar el brazo hacia atrás para soltarle un puñetazo en la cara se le fue la rabia que llevaba en el cuerpo y lo que sintió fue asco y pena por aquel desgraciado, así que lo que hizo con la misma mano que lo tenía suspendido casi en el aire fue darle un empujón hacia atrás y sentarlo en el suelo. Ya con el furtivo espatarrado en el suelo y seguro que con los calzoncillos bastante sucios, Manuel cogió la escopeta del suelo, la abrió, le sacó los cartuchos y con todas sus fuerzas los lanzó todo lo largo que pudo.

En aquel momento en que Manuel estaba lanzando los cartuchos al aire para alejarlos lo más posible de allí, llegó Andrés con el fin de calmar un poco la situación, sobre todo a Manuel, pues conociéndolo como lo conocía, sabía que todavía era capaz de hacer cualquier cosa con el furtivo de la que luego se tuviera que arrepentir durante toda su vida. Aunque después el que tuvo que calmar a Andrés fue Manuel, pues éste se puso con el furtivo como ya se pueden imaginar, diciéndole que casi les busca la ruina a todos, que cuando estaba apuntándole a Manuel él lo tenía apuntado y que le habían faltado décimas de segundo para apretar el dedo, que menos mal que había tirado la escopeta al suelo a tiempo, ya que de lo contrario no le hubiera valido.

Al rato de haber pasado todo aquello Manuel le dijo al furtivo que agarrara la escopeta y se marchara de allí, no fuera que todavía se la rompiera en la espalda. Al escuchar aquello Andrés le dijo al furtivo que aunque se fuera, aquello no iba a quedar así, que como lo conocía e incluso sabía en el pueblo que vivía, en cuanto llegara al cortijo iba a llamar al sargento de los civiles para contarle todo y que él le diera su merecido. Al decir Andrés lo de los civiles, otro furtivo que había ido con el que armó todo aquello, que estaba escondido y ellos ni lo habían visto, salió de entre el monte y se acercó a Andrés y Manuel pidiéndoles una y otra vez por favor que si querían que le rompieran la escopeta al imbécil de su compañero en las costillas, que se merecía eso y mucho más, pero que por todo lo que más quisieran no dieran parte a los civiles porque a él le iban a buscar la ruina para toda su vida, ya que hacía poco le habían retirado el permiso de armas y la escopeta hasta que le saliera un juicio que tenía pendiente

Cuando el primero de los furtivos se marchó por la vereda que bajaba hacia el río y se quedaron los tres solos, Andrés le dijo al que había aparecido de entre el monte y les había rogado que no los denunciaran, que se podía marchar tranquilo, que no los iba a denunciar, pero que podía tener claro que si no lo hacía era por él, porque por el otro se merecía eso y mucho más. Cuando aquel hombre escuchó aquello que había dicho Andrés fue cuando empezó a recuperar el color en la cara y les dio las gracias hasta la saciedad, hasta que Manuel sacó tabaco para los tres y le dijo que ya valía, que no diera más las gracias y que se olvidara de todo, que eso era lo mejor que podía hacer.

Al final aquel segundo furtivo también se marchó, quedándose ya solos Andrés y Manuel, que fue cuando se tranquilizaron y empezaron a darse cuenta de la que realmente se podía haber liado allí, así que ya en vez de ponerse a esperar los marranos lo que hicieron fue marcharse para el cortijo, pues de lo que menos les había quedado ganas era de eso, de hacer la espera.

Por el camino le fue diciendo Andrés a Manuel que por favor no se le ocurriera decirle nada de aquello a su padre, pues si se enteraba, aparte de llevarse un gran disgusto, conociéndolo como lo conocía, era capaz de ir al pueblo a por el furtivo y matarlo a guantazos, a lo que Manuel le contestó que ni a su padre ni a nadie debían decírselo, pues si llegaba aquello a oídos de los civiles al final iban a empapelar bien empapelados a aquellos dos furtivos y, que aunque el primero se merecía lo peor, el segundo se veía que era una buena persona que no se merecía nada malo.

Cuando llegaron los dos al cortijo y les preguntaron porqué no se habían puesto tuvieron que mentir sin más remedio de manera piadosa, diciéndoles que no lo habían hecho porque el aire no paraba de remolinear, y que para echarles el aire a los marranos y espantarlos no se iban a poner, que ya lo harían al día siguiente. Aunque la verdad es que cuando dijeron aquello de ponerse al día siguiente fue por no decir que no le habían quedado ganas de hacer una espera en una buena temporada.

Después aquello lo tuvieron los dos muy en secreto durante mucho tiempo, tanto, que el padre de Andrés que murió muchos años después no llegó a enterarse de nada.


Un afectuoso saludo.

Rayón.