Manuel, los furtivos y otros (III)

Rayón

 

Como ya he dicho anteriormente en otros relatos, la sierra durante la posguerra y bastante después de ésta se convirtió en la salida o remedio a la mala situación económica por la que atravesó mucha gente de las zonas rurales. Por aquel tiempo muchos padres de familia se tiraron a ella con la sana intención de arrancarle algo con qué poder mantener a sus familias a base de trabajo por duro que éste fuera y fatigas. En la sierra, o al menos en la parte de Sierra Morena de Jaén donde Manuel pasó toda su infancia y juventud, en aquella época había mucha gente que se ganaba la vida de muy diferentes formas. Estaban los piconeros, unos hombres que con permiso de los dueños de las fincas de pastoreo desmontaban éstas con el fin de hacer el picón y a su vez irle ganando terreno al monte de forma que hubiera más espacios con hierba para que pastaran ovejas y vacas. Muchas mañanas de invierno en las que el viento estaba en calma, al levantarse Manuel y mirar por la ventana de su habitación, veía infinidad de columnas de humo que parecían querer llegar al cielo, que salían de las muchas piconeras donde se hacía el picón, que era lo que por aquel tiempo se utilizaba en la mayoría de las casas de los pueblos como combustible en los braseros para calentarse durante el invierno.

También estaban los carboneros, que en las fincas hacían más o menos la misma labor que los piconeros, pero con el monte más grueso. Muchos de estos hombres se hacían un chozo para vivir justo al lado de sus espacios de desmonte, donde además algunos se llevaban a sus familias para que también vivieran junto a ellos, pues durante el tiempo que estaban encendidas las carboneras no se podían apartar de ellas por si creaban llama hacia el exterior y en vez de la leña convertirse en carbón se convertía en cenizas. Aparte, claro está, que mientras tenían una carbonera en combustión haciendo el carbón tenían que estar preparando leña y tierra para la siguiente.

Por otro lado estaban los pastores, que por aquella época había muchísimos repartidos por todas las fincas de pastoreo de Sierra Morena, que eran los que guardaban infinidad de rebaños de ovejas con miles y miles de ellas que todos los otoños, sobre primeros de octubre, venían hasta esa sierra a pasar el invierno desde las zonas de nuestra geografía que durante ese tiempo se cubren de hielo y nieve, sobre todo desde las dos castillas. Estos hombres dedicados a cuidar los ganados, por aquel tiempo vivían en chozos, que se veían a montones repartidos por toda la sierra, a la que en ese tiempo que permanecían en ella le daban vida y alegría.

Y luego estaban los guardas de las fincas y sus familias, que también lógicamente vivían en la sierra y de ella, tanto del sueldo que ganaban por ejercer la guardería, que en aquel tiempo en la mayoría de los casos era bastante pequeño, como de los animales que los dueños de las fincas les permitían tener en ellas como ayuda del sueldo, unos animales que en la mayoría de los casos guardaban y criaban los hijos. Por aquel tiempo los guardas que tenían hijos, unos guardaban las cabras, otros los cerdos, y si había más, pues a varear bellotas para después llevarlas al cortijo para engordar con ellas los cerdos antes de la matanza, pues así tenían chorizos, morcillas, jamones y todo tipo de embutidos elaborados por ellos mismos para todo el año. Además todos los miembros de la familia ayudaban a sembrar y recolectar el grano que por entonces sembraban los guardas, también como ayuda de su sueldo en las parcelas que los dueños de las fincas les señalaban y asignaban para ese fin. Antaño en casi todas las fincas de Sierra Morena se sembraba alguna zona de cereal, algo que yo creo que hacía que hubiera más perdices en esa sierra que ahora, aunque ésta es solo una creencia por mi parte que puede estar totalmente equivocada.

Tanta gente vivía por aquel tiempo de la sierra y en la sierra, que hubo dos hombres del pueblo, “Alvarito” y “Laruta”, que con sus caballerías se convirtieron en los comerciantes y recaderos de la sierra. Desde Andujar hasta más arriba de “El Centenillo” llevaban a vender a los serreños que por aquella época poblaban la sierra y vivían en los cortijos y chozos de todo lo imaginable, desde cuchillas de afeitar, transistores a pilas, menaje para el hogar y ropas hasta cartuchos para las escopetas, todo lo que aquella gente necesitaba y no tenía a veces por lo dificultoso que les resultaba ir desde lugares muy recónditos de la sierra hasta el pueblo. Aunque además de todo lo que ellos llevaban para vender, que era mucho, también hacían de recaderos llevando todo lo que los serreños les encargaban.

Algo que por entonces les vendían mucho a las mujeres de la sierra era unas piezas de tela a las que llamaban de “Lienzo Moreno”, con la que confeccionaban infinidad de cosas, desde sabanas a ropa interior para los hombres, como podían ser calzoncillos de aquellos largos que por entonces llevaban muchos serreños, e incluso otras prendas para ellas mismas. Aquella tela era (por eso yo pienso que le llamaban así, “Lienzo Moreno”) más negra que blanca, por lo que las mujeres antes de confeccionar nada con ella la blanqueaban a base de jabón del que ellas mismas hacían con las sobras de aceite refrito que les iban quedando en los cortijos y sol, de ahí que, una vez bien enjabonada y lavada, la tendieran sobre la hierba durante horas y horas hasta que a base de sol y más sol acababa blanqueándose.

Estos hombres además de venderle a la gente de la sierra todo lo que les hacía falta, también les compraban todo lo que les vendían, desde pieles, carne de monte, cabritos, corderos, ovejas y cabras hasta grano, y si ellos no podían comprarles algo, tampoco había problemas, pues rápido le buscaban comprador a lo que fuera.

Aparte de estos dos hombres que antes he mencionado había otro por esa misma zona de sierra al que llamaban “El Chino”, que también se dedicaba a lo mismo, aunque éste decía la gente de la sierra que era más formal que los otros dos, pues “Alvarito” algunas veces armaba algunas que eran sonadas. Un día llegó a un cortijo para ver si a los que allí vivían les vendía algo, y al decirle el serreño que vivía en él que no quería nada porque lo que necesitaba ya se lo había encargado a “El Chino”, a “Alvarito” no se le ocurrió otra cosa más que decirle al serreño que si lo que necesitaba se lo había encargado a “El Chino” no lo iba a tener nunca, que se lo comprara a él si realmente lo necesitaba, porque al pobre “Chino” le había entrado un mal dolor que lo había llevado a la tumba, que hacía menos de una semana lo habían enterrado en el pueblo. Aquel hombre al final acabó comprándole todo lo que necesitaba a “Alvarito”, pues hasta con lágrimas corriéndole por la cara le había dicho que el pobre “Chino” había muerto. Lo peor de todo aquello que “Alvarito” inventó para venderle a aquel hombre lo que necesitaba, fue cuando a los pocos días de haber corrido por toda la sierra la noticia de la muerte de “El Chino”, éste llegó subido en su caballo a los cortijos donde le habían encargado algo a llevarlo. Hubo mujeres y hombres que casi se desmayan al verlo subido en su caballo, incluso pensando algunos que “El Chino” se les había presentado muerto, hasta que todo se aclaró y juntos se rieron de la broma del elemento de “Alvarito”.

Otra vez “Alvarito” lió otra aún más gorda, pues se dedicó a ir por toda la sierra de cortijo en cortijo y de chozo en chozo con una cámara fotográfica colgada diciendo que se había hecho fotógrafo, que al que quisiera hacerse una foto él se la hacía. La mayoría de las familias serreñas a las que le fue ofreciendo la fotografía y aceptaron hacérsela se pusieron sus mejores ropas con el fin de salir lo mas guapos posible en las fotos, unas fotos que aunque pagaron por adelantado jamás vieron, pues después fue “Alvarito” diciéndoles a todos, que había tenido una desgracia, que después del dineral que le había costado la cámara se le había roto, aunque lo que más sentía era que al romperse la cámara no había salido ni una foto. Según dijo después su compañero “Laruta, no es que la cámara se le hubiese roto, sino que se había paseado por toda la sierra con ella colgada haciéndole fotos a todo el mundo sin ponerle tan siquiera carrete.

Cosas del estilo a las anteriores eran las de de vez en cuando se le ocurrían a “Alvarito”, aunque como los serreños lo conocían bien conocido y sabían que era un hombre capaz de gastarse bromas así mismo y reírse también de él mismo durante horas, al final siempre lo perdonaban y quedaban como lo que eran, como buenos amigos.

Por aquel tiempo la gente de sierra tenía algo muy especial entre ella, eran personas que se apreciaban, se respetaban y ayudaban en todo lo que podían y, de forma muy especial apreciaban a la familia de Manuel, pues al ser su casa la única por aquella zona de sierra que tenía luz eléctrica, teléfono, agua corriente y hasta cuarto de baño y aseo, siempre había algún ganadero o serreño en ella, que iban a poner aquellos avisos de conferencia que por entonces tardaban casi un día en recibir respuesta.

Raro era el día que a la hora de comer no había en la casa una o dos personas esperando alguna conferencia, a las que el padre de Manuel siempre les decía que se arrimaran a la mesa a comer, pues donde comían tres podían comer cuatro o cinco sin problema y, que en caso de haberlo, se hacía algo rápido y todos comerían.

Otros muchos serreños iban a la casa de Manuel a que el manitas de su padre les arreglara alguna escopeta. A unas les ponía las agujas, otras las ajustaba aún estando ya como cascajos, a otras les ponía las maderas, tanto del pasamanos como de las culatas. El al final con las manos y paciencia que tenía siempre las dejaba como nuevas.

También había otros muchos serreños de la zona que iban a la casa de Manuel a que su padre les evitara tener que ir hasta el pueblo a que el practicante les pusiera las inyecciones que el médico les recetaba, incluso si eran personas que tenían que permanecer en cama, cogía la yegua y allá que iba a ponérselas al cortijo o chozo que fuera, para él no había problemas y aún menos pereza.

También por la casa de Manuel iban algunas mujeres de la zona con sus hijos a ducharlos y bañarlos, algo que hacían en una casa deshabitada que había al lado de la de Manuel, que también tenía un hermoso cuarto de baño. Les dejaban la llave de aquella casa y allí se escamondaban bien escamondados con agua caliente y sin pasar frío. Otras en vez de ir a lavar la ropa a la poza de un arroyo, que era donde muchas por fuerza tenían que hacerlo, iban a lavarla a la casa de Manuel, pues justo al lado de ésta había un lavadero cerrado y cubierto con cuatro o cinco pilas con agua corriente.

Como habrán podido apreciar, la casa de Manuel acarreaba mucha gente hasta ella, algo que ni a él ni a su familia le importó nunca, todo lo contrario, al que allí iba se le recibía muy bien recibido y se le ayudaba en todo lo que se podía.

Otra cosa que Manuel comenta muy a menudo, es que aunque en la sierra no se vivía con demasiadas holguras, él siempre veía a los que en ella se ganaban la vida contentos y felices. Aunque también comenta, que de vez en cuando había algo que rompía o enturbiaba toda la felicidad que pudieran tener.

Por aquel tiempo no solo fueron los furtivos y otras personas las que vieron la sierra como su único medio de vida, cazando unos y trabajando otros en ella. También hubo vagos y maleantes que la vieron así, pero no para ganarse la vida cazando o trabajando, pues eso era algo a lo que ellos no estaban acostumbrados, sino para ganársela del saqueo y el pillaje.

Hubo gente venida desde pueblos más grandes de los alrededores dispuesta a lo que fuera. Saquearon cortijos aprovechando la ausencia de los que los habitaban, e incluso con ellos dentro después de amenazarlos y hasta encañonarlos con escopetas. Robaron corderos y ovejas de las majadas, cerdos, caballerías y hasta becerros de algunas ganaderías después de pegarles un tiro. Era gente que parecía no tenerle respeto ni miedo a nadie, pues hasta de muerte amenazaban al que era preciso si se les cruzaba en su camino.

De esta gentuza Manuel recuerda algunos malos momentos que jamás podrá olvidar por mucho tiempo que pase. Son momentos que llevará grabados mientras viva, que son los que a continuación voy a tratar de contarles.

Una noche estaban acostados en la casa Manuel, su padre, su madre y el cabrero que llevaba el rebaño de cabras que tenían, Los perros empezaron a ladrar con mucho ahínco, de una forma muy nerviosa hacia el jaral que había por debajo de la casa. Tan fuertes eran los ladridos que acabaron por despertarlos a todos. Al levantarse, lo primero que dijo el padre de Manuel es que no encendieran luz alguna dentro de la casa, que allí había alguien y que a esas horas y por donde se acercaba a la casa no debía venir con buenas intenciones. El padre de Manuel siguió diciéndoles, que lo que iba a hacer era encender la luz de la puerta, para que el que fuera notara que se habían dado cuenta de su presencia, pero que así no sabría quien había en el interior de la casa ni el recibimiento que le podían hacer y, que además, si se acercaba quien fuera a la casa lo verían antes a él que él a ellos.

Los perros no paraban de ladrar, pero ya no hacia el jaral, sino hacia la parte de atrás de la casa deshabitada que había frente a la de Manuel, hasta que al asomar por la esquina de la casa “La Paloma”, una perra enorme de grande cruce de podenco y mastín, le pegaron una pedrada o palo que al animal le hizo aullar de dolor durante un rato. El resto de perros al ver lo que le había pasado a “La Paloma” ya no “apretaban” tanto hacia la esquina de aquella casa, incluso dejaron de ladrar, lo que le hizo pensar al padre de Manuel que posiblemente quien fuera había desistido en su empeño o que se había retirado para luego acercarse por otro lado, algo que ocurrió así, pues a los diez minutos más o menos, con la luz de la luna, vieron a través de la ventana como tres hombres armados con escopetas se dirigían al corral de las cabras, que estaba a unos ciento cincuenta metros de la casa. Uno de ellos se quedó con la escopeta en las manos mirando hacia la casa y haciéndole cara a los perros, mientras que los otros dos con las escopetas colgadas en bandolera se metieron en el corral.

El padre de Manuel les dijo a todos que por la forma de actuar de aquella gente debía ser muy peligrosa, que mejor que se llevaran dos o tres cabras que no hacerles frente, que la vida de una persona valía mucho más que todo el rebaño de cabras entero.

Al rato se escucharon los balidos de muerte de dos cabras que aquellos dos hombres que habían entrado al corral sacaron al momento al hombro. Después entró el que había estado guardándoles la espalda mientras ellos habían estado dentro a repetir la misma faena, mientras los otros dos escopetas en mano hacían lo mismo con él.

Con la faena ya hecha, aquellos tres maleantes, andando deprisa tomaron el camino de una carretera terriza que iba hacia la sierra, momento que el padre de Manuel, no sin una férrea oposición por parte de Manuel y su madre, e incluso del cabrero, salió de la casa y los siguió a cierta distancia, viendo que en la carretera los esperaba un cuarto maleante con dos caballerías a las que echaron las cabras y tomaron camino hacia “La Loma de la Casa”.

A Manuel aquella noche en que aquello ocurrió le pareció interminable, quedando muy impactado y sintiendo posteriormente un miedo que él hasta entonces jamás había sentido en la sierra, incluso ni al andar por ella durante la noche cuando se iba a hacer una espera a los marranos.

Al día siguiente el padre de Manuel dio parte en el cuartelillo de los civiles contándole al cabo lo que había ocurrido, algo que hizo que durante una buena temporada hubiera una pareja de servicio por la zona casi de forma permanente.

Pasó un tiempo y parecía haber llegado la calma a aquella zona de sierra, hasta que una noche, ya muy tarde, cuando Manuel volvía de hacer una espera vio algo que a él no le gustó nada y a aún menos a su padre cuando se lo contó. Aquella noche volvía Manuel de hacer una espera del “Arrollo Andujar”, un arroyo que estaba a unos cuatro o cinco kilómetros de su casa. Al pasar por la curva que hacía el camino justo por encima de “Juan de las Vacas”, vio como dos hombres corrían a esconderse de su vista detrás de unas piedras. Manuel lo primero que pensó fue que serían dos furtivos que no lo habían conocido y que debido a eso se habían tratado de esconder de él. Pero después al acercarse a ellos, vio que ni eran furtivos ni conocidos por aquella zona de sierra, algo que no le cuadraba demasiado, pues a ver que hacían aquellos dos hombres allí a aquella hora. Aunque al final le dijeron que iban hacia un cortijo y que se habían perdido, por lo que Manuel trató de encaminarlos hacia él indicándoles por donde tenían que ir.

Al llegar a su casa Manuel, ya de madrugada, le contó a su padre el encuentro que había tenido con aquellos dos hombres y su forma de actuar, a lo que le contestó que, aquellos hombres para nada debían ser gente de paz y bien, que seguro serían del corte de los que tiempo atrás les habían robado las cabras, que al día siguiente daría parte al cuartelillo para que la pareja averiguara si aquellos hombres habían ido después al cortijo que dijeron que iban o no.

Por la mañana lo primero que hizo Manuel nada más levantarse fue salir zumbando hacia el “Arroyo de la Boquituerta”, donde el día anterior había dejado la yegua trabada junto a la del pastor de “Burguillos” y su potra, no encontrándola por ningún sitio. Desde allí se marchó a la majada de “Burguillos” para ver si es que el pastor la había recogido junto a su yegua y potra, contestándole aquel hombre que no, que el no las había visto tampoco desde el día anterior. Manuel corrió a su casa junto con el pastor para avisarle a su padre de lo que pasaba, y juntos ya los tres se fueron a rastrear la zona a ver si encontraban por algún sitio huellas de aquellos tres animales.

En uno de los caminos que llevaba hasta los olivos Manuel cortó los rastros de las yeguas y la potra, no gustándole nada la forma en que iban ni hacia donde se dirigían, pues iban destrabadas y en dirección a un pueblo. En aquel momento fue cuando Manuel se dio cuenta con toda claridad que alguien, posiblemente los dos hombres que había visto la noche anterior cuando volvía de la espera, le habían robado su yegua junto a la del pastor y la potra. Una yegua a la que junto a su podenca “Diana” era lo que después de su familia más quería, ya que en muchas ocasiones había sido su compañera de fatigas durante la noche por aquella zona de sierra y con la que había acarreado más de un marrano hasta su casa.

Aunque los civiles después llamaron a todos los que creían sospechosos de aquel pueblo donde llevaron a aquellos tres animales después de ser robados, fue inútil, pues pasó el tiempo y no aparecieron, por lo que Manuel dio por más que perdido a aquel querido animal.

Como habrán podido comprobar a lo largo de este relato, los serreños por aquella época vivieron momentos buenos en la sierra, llenos de paz y armonía. Es más, Manuel siempre dice que para él el tiempo que pasó en la sierra ha sido la mejor etapa de su vida. Pero también habrán podido ver, que vivieron momentos muy malos y amargos.


Un afectuoso saludo.

Rayón.