Manuel, los furtivos y otros (II)

Rayón

 

Andaba Manuel cazando conejos acompañado por su podenca “Diana” por la zona del “Cerro del Polvorín”, cuando vio a tres hombres que se acercaban a su casa por el camino que venía desde el pueblo. Llamó a la perra, a su podenca “Diana”, y apretó el paso hacia la casa, lo que le hizo llegar a ella casi a la vez que aquellos tres hombres aún llevándole como le llevaban cierta ventaja. Al verlos de cerca los conoció, eran del pueblo, unos hombres a los que precisamente Manuel no los tenía por muy buenos cazadores. Eran de los que por aquel tiempo de escasez habían visto la sierra como un medio de vida, pero a los que a una legua se les notaba que no tenían muy buenos conocimientos como cazadores y, aún menos, como furtivos.

Los viejos furtivos del pueblo eran hombres que por aquella época pisaban poco los caminos, eran sumamente discretos y jamás “aireaban” en el pueblo sus formas de cazar ni donde cazaban, algo que hacían con mucho sigilo y moviéndose entre el monte de una forma que verlos era tan difícil como ver a un lince.

Cuando cazaban siempre lo hacían bajo algunas normas, siendo para la mayoría la más importante la de no matar reses con trofeo, pues éstas se echan de menos en las fincas de forma rápida, de ahí que lo que siempre buscaban para llenar sus morrales de carne fueran “pepas”, ya que éstas donde hay muchas casi no se echan en falta.

Por otro lado, estos hombres eran grandes conocedores de la sierra, de los entresijos de ésta y de los artes de caza que utilizaban, incluida la escopeta, con la que cada uno conocía muy bien sus posibilidades y hasta donde podía llegar con ella. También tenían muy claro, que si querían andar por la sierra sin que los serreños le hicieran la vida imposible tenían que cuidar sus relaciones con ellos, respetándolos y teniendo un buen comportamiento con todos, con carboneros, piconeros, pastores y el resto de la gente que por aquel tiempo se ganaban de una u otra forma la vida en ella con su trabajo, ya que si a éstos los tenían en contra, la sierra la hubieran tenido que abandonar más deprisa que corriendo, pues esta gente era la que más controlada la tenía, mucho más que los civiles e incluso que los guardas.

Manuel dudaba mucho que aquellos tres hombres tuvieran en la sierra el comportamiento que tenían en ella los verdaderos furtivos del pueblo. Pero bueno, también tenia claro que nadie nace enseñado, que primero hay que empezar en el oficio y luego ir aprendiéndolo poco a poco, algo por lo que aquellos tres hombres deberían pasar hasta llegar a ser buenos como cazadores y furtivos.

Cuando estos hombres llegaron a la casa dijeron que iban a llenar las cantimploras de agua en las pilas que había allí al lado. Después hablaron durante un rato con Manuel y su padre, a los que dijeron que ellos solían cazar en las fincas que no guardaban la caza que eran linderas con los cotos, que no les gustaba complicarse la vida demasiado, hasta que al final le dijeron a Manuel que si quería que se fuera con ellos, que iban a hacer una espera y que lo más seguro es que esa misma noche volverían hacia el pueblo.

Al final Manuel acepto la invitación, así que entró a su casa y rápidamente salió con la escopeta y su morral colgado. Aunque la verdad de que se fuera con ellos fue porque le prometieron que iban a ponerse de espera en un lugar que no guardaban, donde se podía tirar alguna res de las que salían por la noche de los cotos de los alrededores a pastar y que no habría ningún problema.

Pero al final de lo que le dijeron nada era verdad, ya que cuando se hizo de noche lo metieron en la boca del lobo, diciéndole que se metiera a zapear un cerro al que le debía dar la vuelta para echar las reses hacia el collado, que ellos se ponían allí y seguro tiraban. Al chaval aquello lo empezó a mosquear, pero por no liarla volviéndose hasta su casa solo dejándolos tirados en la sierra hizo lo que le dijeron, Lo que no esperaba nunca es lo que pasó después. Cuando iba a mitad de camino entre donde dejó a los tres furtivos apostados esperando las reses y el lugar donde debería juntarse con ellos, que era en el mismo collado donde éstos se habían quedado puestos, soltaron dos tiros que le hicieron salir del cortijo (que estaba casi al lado del chaval y él ni se había dado cuenta) al guarda, dando voces y alumbrando con una potente linterna hacia el cerro. Manuel rápidamente se dio cuenta de donde lo habían metido aquellos tres indeseables, por lo que salió corriendo a todo meter hacia el collado en busca de ellos como habían quedado.

Cuando llegó allí no había nadie esperándolo, pues al escuchar al guarda habían salido zumbando y lo habían dejado más solo que la una. Menos mal que el chaval conocía bien la sierra y no tenía problemas para volver a su casa, pues de lo contrario se hubiera quedado allí perdido hasta ni se sabe.

Cuando iba de camino hacia su casa pasó por el lado de una casilla de pastores que estaba abandonada, por lo que le extrañó ver luz dentro, así que se acercó a ella muy despacio y sin hacer ruido para ver quien había allí antes de que a él lo vieran. Pero al llegar a la esquina de la casilla se dio cuenta perfectamente que los que allí había eran los tres indeseables que le habían hecho la mala faena, ya que en la puerta de la casilla tenían una res, que debía ser la que habían matado en el collado del cerro con los tiros que habían soltado. Aunque el chaval solo tenía 16 años, entró en la casilla y se encaró con ellos llamándoles de todo menos guapos. Los puso bien a caldo, diciéndoles que si tenían lo que deben tener los hombres que se acercaran otro día por su casa, que ya iban a ver lo que era bueno, y que además dieran gracias que a su padre no le iba a decir nada, pues si le dijera algo de lo que había pasado, ya no es que no pudieran ir a su casa, sino que no volverían a pasar más por aquella zona de sierra en lo que les quedara de vida, al menos mientras él y su familia vivieran allí.

Esta fue la primera desilusión y encontronazo que Manuel tuvo en la sierra con unos furtivos que eran de todo menos eso. Aunque yo creo que aún menos que furtivos eran verdaderos hombres de los que se visten por los pies.

La segunda desilusión la sufrió Manuel con otros furtivos que eran del mismo corte más o menos que los anteriores. Un día iba cazando por el llano de “Garbancillares”, una finca vecina donde no había demasiados conejos pero sí bastantes perdices. Se encontró con uno de los pastores que guardaban las ovejas en aquella finca y tras saludarse se sentaron a charlar mientras se fumaban un cigarro. Al rato de estar charlando, Manuel se dio cuenta que el pastor, casi relamiéndose, no hacia nada más que mirarle las perdices que llevaba colgadas, motivo por el que al final acabó diciéndole que se las regalaba para que se las comiera en el chozo con sus compañeros hechas con judías. Y es que carne de cordero y oveja si que tenían, pero al no ser ninguno de los pastores cazador, las perdices ni las probaban. La única carne de monte que de vez en cuando comían era de liebre, de las que veían encamadas y les soltaban un garrotazo, pero nada más.

Cuando llevaban unos minutos hablando, los perros del pastor empezaron a ladrar, algo que les hizo mirar a ambos hacia donde éstos se encaraban con sus ladridos, viendo que por la vereda que desde “La cuesta de las Chinas” cruzaba el llano donde ellos estaban hasta la presa, venían dos hombres que por su forma de andar, un tanto encorvados hacia adelante, debían llevar sus morrales hasta arriba de carne. Manuel al verlos le dijo al pastor que como siguieran por allí hasta la presa se iban a meter solitos en la boca del lobo, pues cuando él había pasado por la presa hacia una media hora, había saludado a los civiles que estaban metidos en una caseta que había allí justo donde la vereda desembocaba a la presa, precisamente esperando a ver si algún furtivo pasaba hacia la sierra o al revés. El pastor al decir aquello Manuel, le dijo a éste que deberían avisarle a los furtivos, pues de lo contrario, llevando los morrales de carne que a la legua se veía que llevaban, los civiles los iban a empapelar bien empapelados.

Se levantaron los dos y se fueron hacia la vereda para cortarles el paso a aquellos dos hombres y comentarles lo que pasaba. Al juntarse con ellos Manuel les dijo que no siguieran por el camino que llevaban, pues si seguían los iban a coger los civiles del cuello en cuanto asomaran a la presa. Después siguieron hablando y explicándoles con más detalles todo.

Durante el tiempo que estuvieron hablando, Manuel pudo notar con toda claridad que aquellos dos hombres además de conocer poco aquella zona de sierra y andar bastante despistados por ella, eran unos novatos en potencia como furtivos, por lo que los caminos menos comprometidos para volver al pueblo los desconocían por completo.

Al final Manuel acabó diciéndoles que se bajaran por la parte de abajo del llano hasta “El Barranco del Pocico de don Juan”, por donde pasaba una vereda que cogiéndola hacia abajo los llevaría hasta un vado del río por el que podían cruzarlo, y que después tomaran por el barranco de enfrente otra vereda que los llevaría hasta los olivos, donde deberían coger a la izquierda por otro camino que iba por la linde de éstos con el monte hasta el pueblo, que por allí seguro que no se encontraban con nadie y, que de encontrarse con alguien, sería con otro cazador u otra persona que estuviera trabajando en los olivos, pero con los civiles seguro que no.

Aquellos dos hombres les mostraron todo tipo de agradecimientos al pastor y a Manuel y tomaron el camino hasta el pueblo que éste les había indicado. Después Manuel se despidió del pastor y siguió cazando las perdices, pues al haberle regalado a éste las que llevaba colgadas no le quedaba otro remedio que seguir cazándolas para colgarse otras dos o tres para llevarlas a casa y que su madre las hiciera escabechadas, algo que por entonces con todas las que había en aquella finca y conociendo como conocía Manuel donde encontrarlas le iba a ser bastante fácil de conseguir.

Lo peor de todo aquello fue cuando a los diez días más o menos una mañana llegó la pareja de los civiles a la casa de Manuel. Iban Montes y Palacios, unos guardias bastante amigos de Manuel y su padre, ya que al llevar aquellos dos hombres tanto tiempo en el pueblo como guardias y pasar casi siempre que iban de servicio hacia la sierra por la casa de Manuel, habían hecho buenas amistades. Además a Manuel le tenían un cariño muy especial, ya que además de haberlo visto crecer allí en la sierra desde que nació, cuando el servicio que tenían era por aquella zona de sierra muchas veces se quedaban allí en la casa con ellos y lo mandaban a matar un par de conejetes para comérselos con su padre acompañados con unos tragos de vino de la bota. Manuel siempre que le decía Montes lo de los conejos, como sabía que los dientes no los tenía muy bien, riéndose le tomaba el pelo diciéndole que no se preocupara, que en vez de matárselos con anillos negros en el lomo los mataría con el lomo rojizo, de los magallones del año. A veces hasta Montes le dejaba uno de los caballos en los que la pareja iba a la sierra para que le diese un galope por los alrededores de la casa, pues sabía que era algo que a Manuel le encantaba. Así es que como han podido ver, la relación de Manuel y su familia con los civiles no podía ser mejor de lo que era.

Pero aquel día al llegar los civiles Manuel notó algo raro, sobre todo en Montes, pues no empezó como siempre a gastarle bromas y hacerle rabiar, parecía estar muy tenso y serio, hasta que les dijo a Manuel y su padre que quería hablar con los dos. Al decir Montes aquello el padre de Manuel le preguntó que si es que el chaval había liado alguna de las suyas en la sierra, a lo que Montes contestó que no se preocupara, que sí que la había liado, pero que tampoco era como para que la sangre llegase al río. Seguidamente, mirando Montes muy serio a Manuel, le dijo que otra vez tuviera más cuidado cuando le dijera a alguien que no siguiera hacia la presa u otro cualquier sitio para que no lo pillaran ellos, que eso era algo que además de no deber hacerlo, debería tener más cuidado a quien se lo decía Manuel rápido se dio cuenta por el motivo que estaba diciendo aquello Montes, pero su padre no, por lo que a continuación siguió diciéndole Palacios, que hacía unos días Manuel había avisado a dos indeseables furtivos de que en la presa estaban ellos esperándolos, algo que cuando llegaron al pueblo les faltó tiempo para comentarlo en todas las tabernas, diciendo que gracias al chavalín de Manolo habían burlado a los civiles cuando los esperaban en la presa y, que para más recochineo, habían dicho también que el chaval les había enseñado un camino por el que se podía llegar desde la sierra al pueblo sin peligro, un camino que desde el momento en que dijeron eso en las tabernas había dejado de ser seguro para todos los furtivos, que hasta para eso eran además de bocazas tontos. Montes siguió diciéndole a Manuel, que otra vez ya veía que al hablar con alguien en la sierra debía saber con quien se jugaba los cuartos, que lo mismo que algunos ni viéndose al borde de la muerte “cantarían” nada de nadie, había otros como aquellos a los que le había dicho aquello que lo del chivateo y el “cante” lo llevaban por bandera, y que de esta clase de gentuza había que huir porque jamás traían nada bueno a nadie.

Manuel al escuchar todo aquello casi rompe a llorar, pero no por lo que le habían dicho Montes y Palacios, ni por la regañina que sabía que le esperaba por parte de su padre, sino por la amargura que le entró al ver que por la sierra además de gente buena andaba también otra tan mala e indeseable como aquellos dos furtivos a los que le había dicho aquello.

Después ya Montes con la cara de otra manera a cuando llegó a la casa, incluso sonriendo, sabiendo lo bruto que a veces era Manuel, lo advirtió de que no se le ocurriera tomarse la justicia por su mano cuando viera por aquella zona de sierra a aquellos bocazas que se dedicaban a comprometer a la gente buena de la sierra, que eso era algo que quedaba de su cuenta, pues siendo lo bocazas que eran no tardarían mucho tiempo en caer en sus manos. También le dijo al padre de Manuel, que no le regañara más al chaval cuando ellos se fueran, que con lo que aquel día debían habérsele abierto los ojos al escucharlos a ellos, que la próxima vez ya tendría más cuidado a la hora de hablar con alguien en la sierra.

No pasado mucho tiempo se comentó en el pueblo que además de haber cogido bien cogidos con las manos en la masa en la sierra a aquellos dos bocazas los civiles, los verdaderos furtivos del pueblo los habían puesto a parir, diciéndoles que gracias a cuatro indeseables habladores como ellos al final no iba a poder salir a la sierra ningún furtivo, que vergüenza les debería dar pagar los favores a los serreños como ellos se lo habían pagado al chaval de Manolo.

Así es como acaban las historias de Manuel con los “furtivos” de este relato, muy mal, no como la vivida con el furtivo de los de verdad del anterior relato.

De todas formas, los verdaderos furtivos de antaño, los que se agarraron a este “oficio” por verdadera necesidad para poder dar de comer a sus familias en aquellos momentos tan malos que se vivieron en muchas zonas rurales de nuestra geografía, ya no existen, pues fueron dejando todos la sierra a medida que fueron viendo que el “oficio” de furtivo ya no era justificable. Por desgracia, los furtivos con los que ahora nos podemos encontrar en la sierra nada tienen que ver con aquellos verdaderos furtivos de antaño, ahora son todos del corte de los que han aparecido en este relato, gente que no merece llamarse así, furtivos, sino otro cualquier calificativo que a ustedes se le ocurra por duro, feo y malo que sea.


Un saludo para todos.
Rayón.