Don Diego

Munchausen

 

Don Diego anda con los setenta, es alto, membrudo, tiene ese color tostado que da el campo cuando se vive en él durante toda la vida, sus manos son fuertes y tienen callos, son más bien manos de artesano que de labrador, Don Diego está a punto de cumplir los cincuenta años con la profesión, y esos cincuenta años se los ha pasado en el triangulo del lobo, sur de Asturias, León, Sierra Segundera, Sierra del Agua, La Culebra, han sido y son sus lugares de trabajo.

Asegura que por razón de su oficio le ha tocado andar de noche por muchos caminos, en toda época, si había que salir se salía, que para eso él había elegido voluntariamente la profesión, ahora y desde hace años sus salidas son en coche, pero durante sus primeros años no tenía ni siquiera un borrico, aunque después llegó la bicicleta, en aquellos años sólo los de la partida y los de la contrapartida andaban por los montes de noche, ellos y Don Diego, naturalmente tuvo encuentros con la partida, supone que más de los él sabe, y lobos encontró muchas veces de día y bastantes de noche, lo siguieron, se le sentaron delante en el camino, caminaron a su lado, le chascaron los dientes, a Don Diego aquellos lobos no le hicieron ninguna gracia, nunca tuvo un arma y lo más que llevaba era un cayado, Don Diego cree que en más de una ocasión aquellos lobos lo vieron convertido en cena, achaca el que no sucediera a dos cosas que al final se resumen en una, Don Diego llevaba un arma secreta y confiando en ese arma nunca se «alobó», siempre tiró para adelante como si los lobos fueran perruchos de tres al cuarto. Don Diego ha continuado viendo lobos, todavía los ve con frecuencia, pero ahora los ve muy tranquilamente desde el coche, o incluso alguna vez desde la ventana en su casa, dice que aquellos lobos no son estos lobos, que estos lobos están gordos y lucidos, que te miran con curiosidad o incluso con un cierto descaro, pero no son aquellos lobos, aquellos estaban flacos, eran amenazantes y te miraban con ojos de hambre, nada que ver con estos lobos que tienen la despensa llena de caza mayor.

—Don Diego, ¿y usted cree que un lobo con hambre tiene peligro para el hombre?

—Amigo mío, si hubieras visto cómo miraban y cómo se movían aquellos lobos no me harías esa pregunta, claro que un lobo con hambre tiene peligro, lo que pasa es que hoy por hoy sólo un lobo tonto puede tener hambre.

Don Diego es encantador, sus misas de los días de montería siempre las termina rogando porque se nos dé bien la caza, porque ese viento tan molesto se mantenga en calma, y porque todos salgamos con bien y muy divertidos.

Don Diego es cura párroco, ahora lo es de tres pueblos del triángulo del lobo, antes, mucho antes lo fue de otros, pero todos ellos estaban en ese triángulo, su arma secreta cuando se encontraba con los lobos, o con los de la partida, eran las jaculatorias, a más lobos más jaculatorias, cuando más cerca estaban los lobos más alto y más deprisa decía las jaculatorias.

—Don Diego, gracias por el consejo, cuando esté cazando no diré ni media jaculatoria, yo quiero que se me acerquen los lobos.

—Pero amigo, no hagas eso… los lobos si ven a un hombre con rifle y muy callado saben que los está esperando con malas intenciones, tú di muchas jaculatorias… para disimular.

Nunca le he confesado a Don Diego que no recuerdo ni una jaculatoria, de todos modos seguro que él dice alguna por nosotros, sus amigos cazadores.