Manuel, los furtivos y otros (I)

Rayón

 

Los peores momentos para las zonas rurales andaluzas fueron los de la posguerra, momentos que se alargaron bastante tiempo, ya que por el principio de la década de los sesenta todavía no se habían arreglado del todo. La economía para mucha gente aún era bastante precaria. Hubo pueblos andaluces donde muchas familias lo pasaron bastante mal por aquella época. Por entonces la mayoría de la gente de los pueblos de campiña vivía de las labores típicas del campo, de las peonadas que podían dar en él y poco más, pues no tenían otra cosa a la que arrancarle nada. Por eso muchos tuvieron que emigrar hacia las grandes ciudades más industrializadas, incluso a países vecinos y no tan vecinos a ganarse el pan. Sin embargo, los de los pueblos que tenían campiña y mucha sierra, como es el caso de Baños de la Encina (Jaén), que tiene además de muchos miles de olivos y tierra de calma unas 40.000 hectáreas de sierra, tenían otras alternativas, como era la del carbón de encina, la jara para el picón y para los hornos que por entonces cocían el pan en los pueblos. Aparte de las minas de El Centenillo y Linares, que quedaban bastante cerca y en las que trabajaban muchos hombres de este pueblo. Pero es que además, muchos la solución al problema que tenían en sus casas, al ser un pueblo con mucha sierra, la vieron en ésta, a la que le podían arrancar caza y algunos frutos que luego vendían a los bares del pueblo y a algunos particulares que no sufrían o tenían problemas económicos. Aunque también por entonces estaban las llamadas estraperlistas, unas mujeres que eran las que hacían de enlace entre muchos cazadores furtivos y otros pueblos más grandes de los alrededores, llevando a vender zorzales, perdices, conejos y carne de monte en general.

Los que vieron la sierra como su única alternativa para poder mantener a sus familias cazaban con los artes que mejor manejaba o que más productivos le parecieron en aquel momento, unos cazaban conejos con lazos, otros con cepos, otros se dedicaron a las perdices con trampas o perchones, otros en temporada de otoño e invierno a los pájaros, sobre todo a los zorzales, que cazaban con trampas de alambre que ellos mismo fabricaban, o con perchas hechas con el pelo de las colas y las crines de las caballerías, cogiendo tanto con una cosa como con la otra verdaderas montoneras de zorzales. También hubo otros que se dedicaban a cazar perdices durante la noche valiéndose de la luz de un carburo minero y una red. Y luego estaban los más atrevidos, que se dedicaron a la caza mayor, a las reses, que las mataban donde podían o mejor les venía.

De todas las formas de cazar, la más difícil y complicada para ellos era la caza de la perdiz durante la noche con luz y red, ya que tenían que hacerlo en noches de suma oscuridad, y si eran nubladas, aunque lloviera, mejor que mejor. El problema que tenía esta forma de cazar las perdices durante la noche era que había que conocer la sierra palmo a palmo, mejor que tu propia casa, de ahí que no todo el mundo pudiera o fuera capaz de llevarla a cabo, pues al tenerla que practicar en noches de suma oscuridad y con la luz de un carburo que solo te alumbraba unos pasos por delante, perderse en la sierra era lo más fácil, ya que al mirar fuera de lo poco que alumbraba el carburo no se podían tomar referencias con los cerros de los alrededores u otras cosas. Por eso era por lo que solo la practicaban los que hasta con los ojos tapados con una venda eran capaces de recorrer toda la sierra durante la noche. Aunque también es verdad, que de entre todos aquellos furtivos de la época del pueblo, había uno que según decía todo el mundo era el “más fino” a la hora de practicar ésta u otra cualquier modalidad de caza, así como a la hora de manejar cualquier arte de caza incluida la escopeta.

A todos los cazadores de aquel tiempo que se ganaban la vida así siempre se les ha llamado furtivos, aunque a algunos no se les podía llamar eso, ya que cazaban en fincas particulares o privadas donde no se guardaba la caza, (por entonces en Sierra Morena había muchas así) eran fincas dedicadas al pastoreo, pero la caza ni los dueños la practicaban en ellas ni la comercializaban. El único problema que había es que muchos ciervos y muchos jabalíes de los que mataban en ellas eran de los que durante la noche salían de las fincas de caza mayor de los alrededores a comer en las de pastoreo. Incluso algunos propietarios de estas últimas fincas, las de pastoreo, daban permiso a los cazadores que se lo pedían para que cazasen el jabalí de espera o con los perros en las zonas de monte, que era donde tenían los encames estos bichos y desde donde salían por la noche a levantar con sus potentes jetas todas las mejores zonas de pastos que había para las ovejas y vacas en esas fincas.

Con este furtivo que más arriba comentaba que estaba considerado por toda la gente del pueblo como el “más fino” y mejor conocedor de la sierra, Manuel vivió una aventurilla de caza en Sierra Morena que jamás olvidará, ayudándole a este hombre, de forma totalmente desinteresada, a llenar el morral de caza, debido a las necesidades que él vio que en ese momento estaba padeciendo.

Pues bien, esa aventurilla de Manuel con el furtivo es la que a continuación, con mi torpe pluma, voy a tratar de contarles, aunque a ver como la hilo, pues lo mío no es la escritura, ya que en la sierra donde pasé toda mi niñez y juventud caza había mucha, muchísima diría yo, pero colegios, joé colegios, ni uno al que poder ni acercarse, así que lo mío siempre fuera cazar y cazar y pelearme con las plumas, los lapiceros y los bolis que llegaban por aquel tiempo hasta mis manos. Pero bueno, allá que va la historia de Manuel con el famoso furtivo.

Era mediodía, Manuel y sus padres acababan de comer y aún no se habían levantado de la mesa, cuando los perros empezaron a ladrar y a dirigirse hacia el camino anunciando la llegada de alguna persona. Su forma de ladrar anunciaba eso de manera clara, pues lo mismo que al escuchar un montero a un perro de rehala en el interior de una mancha sabe si ladra una carrera o a parado, en la sierra los serreños cuando los perros ladraban sabían más que de sobra que era lo que anunciaban, por lo que el padre de Manuel dijo que se acercaba alguien a la casa. Como en aquellos tiempos por la sierra no solo andaba gente de bien, que algunos de los que a ella iban eran verdaderos chorizos o gente de mal vivir, venidos muchos de ellos de pueblos cercanos a saquear lo que pillaban en majadas, cortijos, cuadras u otros lugares donde poderse llevar algo ajeno, Manuel y su padre salieron zumbando hacia la puerta a ver quien se acercaba, viendo que por el camino venía el famoso furtivo más arriba mencionado. El hombre era bajito, bastante delgado y andaba algo encorvado hacia adelante, posiblemente por la cantidad de reses que se había echado a la espalda para llevarlas de la sierra al pueblo. Llevaba puesto un pantalón de pana y un viejo chaquetón que debía de haber heredado de alguien bastante más grande que él, pues con el pantalón se podía dar dos vueltas a la cintura y el chaquetón le valía más como un abrigo largo que como chaquetón. También llevaba una gorra de visera atascada hasta las cejas, que solo dejaba verle los ojillos si echaba hacia atrás la cabeza. He dicho ojillos porque aquel hombre además de tenerlos pequeños siempre los llevaba medio guiñados, por lo que aún sin gorra no se le veían demasiado bien. Manuel llamó y tranquilizó a los perros para que dejaran llegar hasta la casa a aquel hombre. Al llegar y dar las buenas tardes, el padre de Manuel le preguntó qué era lo que por allí lo llevaba, pero que fuera lo que fuera pasara a la casa y dentro de ella hablarían.

Cuando entraron, el padre de Manuel le dijo al furtivo que se sentara, que había llegado a tiempo para tomarse un cafelillo y una copa de coñac con él. El hombre se descolgó el enorme morralón de lona que llevaba a la espalda, que era donde metía las reses descuartizas para llevarlas hasta el pueblo, a continuación se despojó de la gorra y, tras un ligero titubeo, colocó ambas cosas colgadas en el respaldo de la silla donde se sentó. Depués, entre cabizbajo y un poco avergonzado, les dijo que iba a pedirles algunos cartuchos de bala, que se le habían olvidado en el pueblo y por no hacer otra vez el camino hasta él se había llegado a la casa a ver si le podían prestar unos cuantos, no más de cuatro o cinco, que con esos tenía más que de sobra. El padre de Manuel le preguntó por el calibre de su escopeta, que la llevaba desarmada en el interior del morral para no “airearla” demasiado. El hombre les contestó que era del 12, por lo que el padre de Manuel le dijo a éste que entrara a la habitación y sacara su canana para darle al furtivo unos cuantos cartuchos de los que había pedido. Manuel de todas formas sacó las dos cananas, la de su padre que era del 12, y la suya que era del 16, posiblemente para “lucirla” un poco ante aquel hombre, ya que hacía tan solo unos días que se la había hecho Félix, el pastor que guardaba por aquella zona de sierra las ovejas, de piel de becerro con unos pespuntes también de cuero algo más fino que le adornaban bastante.

El furtivo había ido por allí a pedir los cartuchos posiblemente no por haberlos olvidado en el pueblo, sino porque no hubiera podido comprarlos por falta de dinero, de ahí que cuando les dijo que el próximo día que pasara hacia la sierra se los devolvería, el padre de Manuel le contestó que se olvidara de ello, que se los regalaba, que otro día quien sabía si él no le pediría algún otro favor.

El furtivo, loco de contento y lleno de agradecimiento, metió los cartuchos en el enorme morral y comenzó a decirles que iba a la sierra porque no tenía más remedio que matar una res para vendérsela a alguien del pueblo que se la tenía encargada, pues había venido su hijo de la mili a pasar el fin de semana con ellos y venía sequito como un estoque, que al parecer en el cuartel donde estaba haciendo la mili en Córdoba (como pasaba en muchas casas por aquellos tiempos) no se comía demasiado bien, y que el dinero que le dieran por la res se lo iba a dar para que se lo llevara y pudiera comprarse algún que otro bocadillo, a ver si con ellos se alimentaba algo mejor y llenaba un poco más la camisa y el pantalón.

Según estaba hablando El furtivo, Manuel no paraba de mirar a su padre, hasta que más cabizbajo que el furtivo cuando pidió los cartuchos, le soltó que lo dejara marcharse a la sierra con aquel hombre, que lo iba a llevar a un sitio que estaba a no más de un cuarto de hora andando de la casa, para que matara no una, sino un par de reses, que las tenía controladas, que las había visto ya varias veces y la última había sido el día de antes, que había ido al “Cerro de la Majada” a hacerle un puesto de cuco a uno de sus pájaros. Al padre de Manuel no le gustó la idea, es más, le dijo que tuviera cuidado, que no quería perder las amistades con nadie de la zona de sierra donde vivían y aún menos con los civiles. Al furtivo tampoco pareció hacerle mucha gracia que el chaval se quisiera marchar con él, pues seguro que lo veía más como un estorbo en la sierra que como una ayuda, por lo que medio riendo, le dijo que no pensara que matar una res era tan sencillo como él lo veía. Ahí fue cuando la madre del chaval intervino desde la cocina. Le dijo al furtivo que no se riera, (es que el amor de madre es lo más grande) que cuando ellos tenían necesidad de llenar de marrano la tinaja del adobo no era su marido quien iba a por él, sino su hijo, y que si hacía falta un ciervo para arrimárselo a la matanza para que salieran más chorizos, también era su hijo el que iba a matarlo, aunque con eso ella no le estaba diciendo que se fuera con él, sino todo lo contrario.

Al final al furtivo no le pareció tan descabellada la idea de que el chaval se marchara con él, es más, le dijo a su padre que no se preocupara, que no lo iba a meter en ningún lío y, aún menos, con los civiles. Al final Manuel convenció a sus padres y se marchó con el furtivo, aunque éste cada vez veía más locura lo que aquel enano de chaval decía, pues cuando su madre le quiso dar el viejo chaquetón que normalmente utilizaba cuando iba de espera para resguardarse del frío durante la noche, le contestó que no hacía falta, que antes de lo que pensaban estarían de vuelta, antes de que se hiciese de noche.

Cuando iban los dos por la vereda que desde la casa llegaba hasta la parte baja del cerro donde ésta estaba, Manuel le dijo al furtivo que le hiciera caso, que fuera detrás de él hasta “El Cerro de la Majada”, que ya vería en que “rebaile” iban a matar un par de ciervos, por lo menos a tirarlos.

“El Cerro de la Majada” estaba rodeado por las aguas del embalse, y solo se podía entrar a él por una pequeña manga de tierra que había por la zona de la solana, o bien por otra no más grande que estaba en la zona de la umbría de éste, así que cuando llegaron al puntal por donde mejor se podía llegar hasta el cerro, Manuel se paró y le explicó al furtivo lo que iban a hacer, la estrategia a seguir. Le comentó, que los últimos días que él había estado allí, el “jabardillo” de ciervos que estaba compuesto por un venado bastante majo, otro más pequeño y unas seis o siete ciervas, siempre corría hacia “La Umbría de Mal Humo”, por lo que pasaban por el pico de la cola de agua del embalse, que allí era donde tenía que ponerse a esperarlos cuando él entrara a darle la vuelta al cerro, ya que si hacían lo de siempre, que sería lo más normal que hicieran, lo iban a pisar sin remedio.

Cuando aquel enano de chaval se marchaba a darle la vuelta al cerro para zapearle las reses al furtivo, le dijo a éste que estuviera atento, que en cuanto topase él con ellas las iba a tener encima en segundos, que no se lo tomara como parecía que se lo estaba tomando, a pitorreo. También le comentó, que si no salían del cerro era igual, ya que entonces estarían en “La Umbría de Mal Humo”, que lo único en ese caso, es que tendría que ir por “Los Corralillos del Platero” hasta la parte norte de la umbría y echarla hacia el cerro, de forma que también le entraran al puesto, que lo tenía todo más que controlado para que las tirase fijo.

Cuando Manuel iba dándole la vuelta al cerro, al llegar a una “hoya” con el monte muy tupido que había justo donde se iniciaba la umbría, topó con el “jabardillo” de ciervos, a los que les soltó, sin apuntar por la distancia a que estaban, un tiro para avisar al furtivo de que las reses iban hacia él.

Al momento el chaval escuchó un tiro, y no pasados diez segundos otros dos, pero algo separados, por lo que pensó que con una res al menos se había quedado, ya que el segundo tiro de los dos últimos, por la separación de tiempo entre ellos, lo había notado claramente de remate.

Cuando Manuel llegó donde había dejado al furtivo puesto, al pico de la cola del embalse, vio que tenía una cierva enorme de grande muerta detrás de él, a unos cuarenta pasos, pero no veía nada más. Al preguntarle al furtivo por lo que había pasado, éste le dijo que lo segundo que había tirado era la cierva que tenía allí muerta, pero que el primer tiro había sido al venado más grande, al que le había tirado a “cascaporro” y notado que lo había enganchado, pero que había corrido hacia la parte de atrás y se le había tapado con el puntalillo que tenía a su espalda.

Manuel le dijo al furtivo que al menos ya tenía la res que buscaba, que para los bocadillos del militar ya había algo, pero que iban a rastrear al venado a ver si lo encontraban, que si estaba seguro que lo había enganchado bien con el tiro no debía estar muy largo muerto. Y así fue, pues nada más llegar al puntalillo lo vieron con las patas para arriba en el regajo que había a la caída de éste.

El furtivo le dijo a Manuel que iba a empezar a aviar y descuartizar aquellos dos animales para poderlos llevar mejor hasta la casa, a lo que Manuel le contestó que no, que solo los destripara, que mientras iba él en un periquete a por la yegua para llevarlos sin tener que cargarse.

A los tres cuartos de hora más o menos ya estaba el chaval con la yegua allí dispuesto a cargar en ella los ciervos para llevarlos hasta la casa, donde le dijo que con la luz vería mejor prepararlos para su posterior traslado hasta el pueblo.

La gran sorpresa para el furtivo y su mayor alegría fue cuando el padre de Manuel le dijo que se llevara él las dos reses, que ellos tenían carne suficiente en el cortijo en ese momento, y que además cuando la necesitaran ya se encargarían ellos de buscarla. El furtivo sin parar de agradecérselo le dijo que entonces lo que iba a hacer era marcharse sin nada, para volver después con quien le había hecho el encargo de la carne, ya que al tener coche aquel hombre que le había hecho el encargo, (un coche de aquellos medio cuadrados que parecía el de los intocables) las llevarían mejor hasta el pueblo.

Después, al ver el furtivo que el enano del chaval no era ningún estorbo en la sierra, sino todo lo contrario, y que encima no le interesaba llevarse parte de la carne de las reses, no paraba de ir por la casa cada vez que por allí pasaba hacia la sierra, insistiéndole una y otra vez que se fuera con él, a lo que siempre le contestaba que no, que aquel día se había ido por hacerle un favor, pero que a él le gustaba cazar de otra manera, sobre todo solo, que era como casi siempre había cazado desde pequeño. Como el furtivo se dio cuenta que el chaval lo que no quería eran líos con nadie en la sierra, dejó de insistir y no volvió a decirle más que se marchara con él a cazar, aunque eso sí, de vez en cuando pasaba a saludarlos y a escondidas de su padre le daba a Manuel un paquetillo de tabaco de aquellos celtas que por entonces fumaban casi todos los serreños, posiblemente por ser el tabaco más barato que había en los estancos.

De todas formas, tanto el chaval como su padre, tenían muy claro que aquel hombre jamás lo metería en ningún lío, ya que era un hombre serio y de palabra al que jamás le tuvo que reprochar ningún serreño nada.

Al cabo de los años, después de haber emigrado de la sierra, una de las veces que Manuel bajó desde Madrid a su pueblo, se enteró que el furtivo estaba acabando su vida laboral como guarda de una finca de caza mayor bastante importante por aquella zona, y de que los furtivos era al guarda que más respetaban, pues según decían, ir a matarle una res a aquel hombre en la finca que guardaba era como ir a robar a tu propio padre. Y es que miren si el furtivo sería buena persona, que un día vio a un aprendiz de furtivo ponerse dentro de la finca que guardaba a esperar las reses para llevarse alguna, y cuando le entró por detrás para decirle que se fuera de allí, “el cebollón” aquel de aprendiz de furtivo le soltó un tiro que casi lo mata, confundiéndolo con una res. Menos mal que el tiro no le entró bien en el pecho, pues de lo contrario, a la altura que le dio, que fue a la del codo, lo hubiera dejado frito en el acto. Cuando aquel tontorrón empezó a medio llorar pidiéndole por favor que no lo denunciara porque le iba a buscar la ruina, le contestó que se marchara, que no se preocupara, que ya iría él al hospital a que lo curaran, pero que por favor otra vez no se le ocurriera tirarle a lo primero que viera moverse sin saber realmente a que le tiraba, que a ver si aquello le servía de escarmiento.

Después este hombre estuvo ingresado en el hospital a consecuencia del tiro casi un mes, y por más que le preguntaron como le había ocurrido aquello, él no dejó de decir que se le había escapado a él el tiro, que no le preguntaran más porque eso era lo que había pasado y eso era lo que siempre diría por más que lo presionaran para que dijera otra cosa.

Cuando este hombre se jubiló, algunas veces, un par de ellas o tres, Manuel volvió a cazar con él, pero ya no a escondidas ni por necesidad como antaño, sino disfrutando de la caza y viviéndola como una afición y no como una necesidad. Y que quieren que les diga, pues que cazar con aquel hombre era como cazar con una verdadera “Enciclopedia de Caza y Sierra”, de la que se aprendía como de ningún otro cazador o serreño a cazar y a conocer los entresijos del campo.


Un saludo para todos.

Rayón.