Juventud, divino tesoro...

Che

 

…que te vas para no volver…

Dicen por ahí que la Naturaleza es sabia, pero yo no me lo trago, al menos en algunas ocasiones. Y mi amigo Jaime tampoco. Él dice, y no le falta razón, que si eso fuera cierto, los cerdos, a cuyos jamones es bastante aficionado, tendrían un montón de patas como el ciempiés o que, al menos, tendrían la facultad de regenerarse como en los pulpos.

Y mi teoría es que, si la Naturaleza fuera tan sabia, sabríamos más cosas cuando uno es joven que cuando se es viejo, seríamos más prudentes de jóvenes que de ancianos, tendríamos más dinero en la juventud que en la senectud, porque… ¿Para qué quiere un vejete la prudencia? ¿Para bajarse de la cama con cuidado? ¿Para qué quiere el dinero… si ya no lo puede disfrutar? Todo eso sería mejor tenerlo cuando uno está en plena forma, mental y física…

Todo este bla, bla, bla, que no deja de ser más que una utopía, viene a cuento porque, cuando uno es joven y está en posesión de toda la fuerza y empuje, pues… peca de poca prudencia.

Os voy a contar un par de «gloriosas» entradas a remate con el cuchillo de cuando yo era joven y bravo, me comía el mundo por las patas, sabía más que nadie, no hacía caso de recomendaciones y tenía menos prudencia que un kamikaze.

La primera de estas ocasiones tuvo lugar cerca de San Pablo de los Montes, en Toledo. Habíamos ido cuatro amiguetes a echar un gancho a los cochinos a un barranco con mucho monte y que, cuando llega arriba, forma dos collados con unas piedras desde donde se controla el paso de las reses. Como yo siempre he tenido buenas piernas, me gustaba más andar que sentarme a esperar. Dos de los que venían se apostaron arriba y el dueño de los perros y yo subiríamos, uno por cada lado del barranco, empujando a los guarros a las posturas…

Subíamos despacio, procurando evitar los roces, porque la ropa te la dejabas enganchada en los zarzones que era un gusto. Y había veces en que llegaba a casa como una torcaz de las que agarra el gavilán pero escapa.

Se arrancaron un par de corzos a media ladera a los que no tiraron los de arriba, y un marrano al que sí tumbaron. Cuando faltaba poco para llegar a los puestos, oigo una ladra nerviosa a mi espalda, muy abajo, por donde había pasado yo hacía media hora; era el Piolín, un puntero maravilloso… se le añade otro perro, el Gento, un podenco grandón y valiente… Miguel, el dueño de los perros, me grita que baje yo, que él se ha torcido un pie y le duele… Se suman los otros tres perros restantes, pero parece que el marrano no se mueve… Allá voy yo, cuesta abajo, dejándome en las zarzas hasta los gayumbos… llego al sitio y, en vez de pararme a reflexionar, a inspeccionar, a valorar el tema… Me veo al guarro «aculao» entre unas piedras y unos troncos viejos de un pino… y, ni corto ni perezoso, me subo al tronco caído y me tiro encima del marrano al que los perros ni tan siquiera tenían agarrado. Menos mal que Dios es bueno y mi ángel de la guarda andaba atento porque el bicho, que debería pesar sus ochenta kilos, al notar tamaño peso en el lomo —que yo no sé cómo no le partí la columna— pegó un arreón hacia los perros pasando por debajo de las ramas del pino caído y, claro, a mí me descabalgó sin tiempo a pincharle; eso sí, él cabía por debajo de los troncos, pero yo no, con lo cual me comí —literalmente— medio pino del porrazo… Los perros se abrieron como una flor y el marrano tomó las de Villadiego, perdiendo a los canes por el camino…

Eso me pasó por burro.

La otra vez fue una tarde de Agosto de los años sesenta y pocos en que yo entré a una finca hoy muy conocida por ser Parque Nacional… y no digo más…

Las rañas que había entre los cerros estaban sembradas y, para que las reses dejaran crecer la cebada, el trigo y la avena, estaban alambradas.

Sabido es el poco respeto que le tienen los guarros a las alambradas, y más si al otro lado les espera un banquete de avena…

Salté la alambrera, elegí una gatera grande y tomada y me senté en la siembra, a unos treinta metros del agujero. Me hice el consabido gorro con unas cuantas matas que arranqué y me quedé quietecito y camuflado entre la avena… Los venaos y las ciervas salieron del monte antes de oscurecer. Sentado allí abajo podía oír un montón de rumores, resbalones, restregones, gruñidos de los rayoncetes jugueteando con los hermanos… La alambrera que rodeaba mi avena tenía, por fuera, unos cincuenta metros en que no había mucha vegetación, y eso posibilitaba el poder ver a los guarros antes de que llegaran a ella. Era el sitio donde tirarles porque, si los dejas entrar, con la mies que ya estaba alta, era más complicado verlos…

Entró una marrana con dos o tres bermejos, que se ve que me ventearon y se salieron como rayos, luego oí temblar los alambres sin parar, señal de que, por otras gateras, entraban cochinos al festín… La luna estaba menos de media y mucho, mucho, lo que se dice mucho, no se veía… En estas que oigo un marrano trasteando, metido todavía en el monte… afino el oído y la vista… y, al rato, me lo veo que sale al claro, derechito a la gatera. Le pongo la «bolilla», pintada de blanco, en la cruz y le dejo que se acerque…

Dadas las «circunstancias especiales» en las que me encontraba en dicha finca, había que procurar tumbar al bicho con un solo disparo. Un solo tiro sorprende al que lo oye si está descuidado… con el segundo te localizan al instante…

Sé que el guarro se tiene que parar a «enterarse» antes de meterse en la gatera, así que le aguanto el viaje, le corro la mano y cuando hace su «paradinha» le suelto una bala con mi escopetón que resuena como un trueno en lo apacible de la noche… oigo la alambrada que tiembla sin parar como consecuencia de los guarros que, asustados del tiro, vuelven a salir en dirección a la seguridad del monte…

Salto otra vez la barrera, dejo la espingarda apoyada en un poste, saco el cuchillejo de la funda y me voy por lo derecho a donde oigo patear el guarro en los estertores… No se puede encender la linternilla porque en ese momento seguro que hay prismáticos recorriendo las manchas de siembra…
El guarro pelea para ponerse de pie y le clavo, o eso pretendía yo, en el flanco… se levanta el jodío de un salto, salgo atacando, el guarro detrás de mí dando bufidos y castañeteando los dientes… en esos momentos parece que tienes las piernas como sacos de arena, tu cerebro corre más que tus pies… parece que no avanzas… por fin noto que el guarro se cae otra vez y que sigue con el pataleo… Me acerco medio asfixiado por el esfuerzo y compruebo que el cuchillo, que estaba a medio clavar, ha desaparecido… Ni corto ni perezoso me saco una navaja regularcilla que siempre llevo y con ella, ignorante de mí, pretendo acabar con el jabalí… no hago más que clavar cuando se levanta otra vez y oooootra vez a correr… Menos mal que ya el animal, a los veinte metros, cae definitivamente. Resultado: un guarro muy bonito y un cuchillo y una navaja perdidos. Por burro. El cómo saqué el guarro de allí y me lo llevé a casa ¡en una Lambretta! es harina de otro costal que ya contaré otro día.

Un abrazo y feliz 2007
Che