El recorte

Rastro

 

Llevo todo el día inquieto; todos los años es igual. A pesar de que sólo es la víspera ya siento una desazón que no me dejará tranquilo hasta que mañana todo haya finalizado. Anoche dormí sobresaltado, pero esta noche sencillamente será imposible pegar ojo.

El día se me ha hecho eterno; después de la cena intento adormilarme viendo la televisión recostado en el sofá —en condiciones normales no falla, siempre me quedo dormido antes de que pase media hora—; nada, no hay manera, y encima no ponen nada que merezca la pena. Opción dos, un buen libro y a leer hasta caer rendido. Son casi las dos de la mañana y como si tal cosa. Decido acostarme aunque sé que no voy a poder dormir, y todo porque mañana 22 de diciembre —en realidad ya es hoy— será el gran día, como todos los años.

Es una tradición que heredé de mi abuelo. A él siempre le fue bien y nunca cambió. A mí también me funciona y no tengo por qué cambiar. Además, pienso que si no siguiera con la costumbre sería un poco como traicionar al que tanto me enseñó, como faltar a nuestra cita anual, pues a pesar de que él murió hace ya cuatro años, sigo sintiéndolo presente cuando cada temporada en este preciso día recorto y enjaulo a mis reclamos. Una vez, hace muchos, muchos años, le pregunté por qué siempre lo hacíamos esa fecha, y él me contestó que como es muy difícil que nos tocara la lotería pues Dios nos compensaría con una buena temporada de reclamo. Hasta hoy nunca he tenido suerte con el sorteo navideño —en el mejor de los casos algún número de la «pedrea»—, y hasta ahora siempre he superado la media de los resultados en la temporada de mis amigos y conocidos. Así pues, no hay motivo para cambiar la estrategia. Aún hoy me parece ver su pequeño cuerpo enjuto y encorvado, pero enérgico, subido en la escalera. La cabeza siempre por debajo del suelo de los terreros —tenía la firme creencia de que los pájaros se asustaban al ver los ojos de la gente tan cerca de sí—. Sus huesudas y vivarachas manos moviéndose con determinación para tentar y atrapar pronta y delicadamente los reclamos. Poseía un don especial para ello, nunca vi revolarse un pájaro en sus manos. Una vez en el suelo lo atusaba, me lo tendía para que yo lo sujetase con una mano por las patas y con la otra por debajo de la pechuga. Luego, indefectiblemente, siempre cogía el ala derecha, la estiraba con delicadeza en toda su longitud y, con unas tijeras pequeñas y muy afiladas, recortaba las tres plumillas pequeñas del inicio del ala; luego cortaba las seis primeras rémiges a unos dos centímetros de su nacimiento; y por último arrancaba de raíz las plumas «cocochas» del interior. Después hacía la misma operación en el ala izquierda. Llegado el turno de la cola cortaba todas las plumas caudales a un dedo del obispillo; para finalizar, peinaba hacia atrás las últimas plumas de la espalda y del vientre, y el pájaro quedaba más chulo que un cortapichas. Si alguno de los reclamos tenía el pico largo, se lo recortaba y le daba forma de nuevo con ayuda de una piedra de esmeril —recuerdo pájaros piquivanos que después de pasar por su «cincel» acababan con un precioso pico de gorrión—. Más tarde pasaba revista a las patas; las untaba de aceite o manteca y las restregaba con los pulgares hasta que quedaban lustrosas y lisas, libres ya de todas las escamas viejas. Después lo soltaba en el suelo para que se sacudiera a gusto. Acto seguido lo capturábamos de nuevo con ayuda de una pequeña manta o cobertor, y a la jaula. Esa noche enterraba la jaula hasta la mitad en una espuerta con tierra cernida y ceniza. Antes siquiera de que amaneciese ya estaba él acomodando las jaulas —repintadas semanas atrás— en los casilleros de madera colgados de la pared de la cocina; con sus comederos hasta los topes de trigo, cebada, semillas de escoba, alguna pipa y un poco de maíz partido. Cuando yo me levantaba, después de no haber dormido —como hoy—, con las primeras luces del día, los reclamos estaban deslumbrantes, perfectos de pluma y con una preciosa pátina de polvo por encima.

La mañana del 23 la dedicábamos a preparar la munición para toda la temporada. Nos subíamos al doblado o altillo que era nuestro cuartel general; en él estaba todo lo necesario, pues era donde se almacenaban todos los trebejos de la caza, junto a las guarniciones de los animales de labor —ya por aquel entonces prácticamente en desuso—, varios mazos de atillos, algunos útiles de labranza y otros propios de la matanza. Recuerdo perfectamente la meticulosidad con la que recargaba los cartuchos; primero extrayendo el pistón gastado y reponiendo el nuevo con ayuda de la máquina; pesando pacientemente la pólvora negra —siempre la usó porque aunque hacía mucho humo, daba menos estampido, y algunas veces no convenía que se oyera mucho el disparo— y los perdigones de plomo de cada carga, a pesar de que tenía una medida calibrada para cada uno de estos componentes él volvía a comprobar en la balanza de precisión la exactitud de todas y cada una de las medidas; el mimo con que «entacaba» con cientos de trocitos diminutos de papel de periódico y tebeos —previamente recortados por mí con la ayuda de las tijeras de costura de mi abuela, y que había que sustraerlas en un descuido de ésta, pues decía que les gastábamos el filo en tontunas—; y por último la paciencia con la que rebordeaba la tapilla que antes había cortado con la ayuda de un viejo troquel de cualquier cartón que cayera en sus manos y que mereciera su exigente aprobación. Cierto que había munición «comercial» que, aunque cara, no resultaba excesivamente difícil hacerse con algunos cartuchos en las armerías de la capital, pero para él no tenían el mismo encanto y por supuesto no eran igual de fiables que los suyos. Empleábamos al menos toda la mañana para «fabricar» medio ciento, cantidad más que suficiente para cubrir las necesidades de la temporada. Cuando terminábamos este quehacer pasábamos, acto seguido, a la revisión exhaustiva de la escopeta. Ésta permanecía guardada dentro del armario de su habitación durante todo el año y sólo salía de allí para la temporada del reclamo; confinada en su austera funda de recia lona de costal que en su día confeccionó mi abuela, quién además había bordado en la solapa de la tapilla sus iniciales con primorosas letras góticas —SRE, las mismas que lucían las sayuelas—. El arma en cuestión era una escopeta paralela de perrillos vistos del calibre 16, sin alardes ni florituras, no tenía grabados en las pletinas ni maderas llamativas, pero sí destacaba por sus larguísimos cañones y sus bellos y retorcidos martillos; mi abuelo nunca entendió de chokes y yo por aquel entonces no sabía ni que existían, lo único que teníamos claro los dos era que «afinaba» mucho el tiro, y eso en cuestión de cuco es importante —más de una vez le vi arrebañar limpiamente al galán de turno que en un exceso de ardor se había encaramado en lo alto de la jaula, sin que la vida del reclamo que estaba justo debajo peligrara lo más mínimo, incluso alguno cayó con la cabeza destrozada; justo es decir que no todo el mérito era de la escopeta, pues el escopetero siempre hizo gala de un temple de nervios excepcional, que por desgracia al igual que otras muchas de sus cualidades yo no heredé—. Con paciencia desmontaba las piezas, las limpiaba, las engrasaba ligeramente y las volvía a montar; para finalizar un cepillado enérgico al conjunto con cualquier trapo y de nuevo a la funda de lona.

Las sayuelas y esterillos había que buscarlos entre los anaqueles de una vieja alacena que estaba empotrada en una de las paredes del altillo; allí dormitaban entre la soledad, el polvo y el olor a grano seco y matanza. Una vez sacudidos y limpios los bajábamos para situarlos en los casilleros, detrás de la jaula, cada uno con su pájaro —la sayuela perfectamente doblada y detrás, el esterillo—.

Todos los años durante los que practicó la caza del reclamo repitió esta «liturgia» y en el mismo orden exacto. Siempre fue muy detallista y metódico en todos los órdenes de la vida, y en esta faceta no lo iba a ser menos.

La vena cazadora no le venía de herencia; es más, para ser sinceros creo que únicamente disfrutó con deleite el reclamo cuando gozó de una posición económica de cierto desahogo. En realidad se hizo cazador por necesidad y sólo lo fue del perdigón, nunca practicó ninguna otra modalidad. Comenzó su andadura con los reclamos en la posguerra, al comienzo de la década de los cuarenta, obligado por el hambre y la cartilla del racionamiento. No debió ser fácil por aquellos años mantener mujer y tres hijos —el cuarto ya nació en años de mayor bonanza— con los menguados ingresos de un jornalero del campo, que por toda fortuna tenía casa propia, fanega y media de tierra en cinco suertes, y sus manos. Así pues, cada vez que era posible, se le arañaba una pieza al campo sin pararse mucho a pensar en vedas y periodos hábiles, que el celo de la perdiz nunca entendió mucho de fechas —y menos en aquella época—. Recuerdo cómo me contaba que en aquellos años sólo cazaba el puesto de alba y el de dormida, justo antes de comenzar sus labores diarias y al finalizar éstas. Puestos breves que apenas daban, como máximo, para un parecillo, a lo sumo dos —rara vez—. De la «recolecta» se destinaba al consumo familiar una parte —la mayor—; otra al trapicheo por pan o aceite en el estraperlo; y aún otra, a obras de beneficencia, que nunca faltó el socorro a compañeros o familiares más necesitados. Nunca cayó en falta en sus obligaciones laborales por la cacería, a pesar de que ésta, como ya he dicho, fuera más un trabajo suplementario que una diversión.

Jamás tuvo muchos reclamos —tres a lo sumo—, ni cuando ya con una buena posición se podía permitir el lujo de cazarlos; ni tampoco cuando aún siendo yo todavía niño íbamos de caza juntos; ni siquiera cuando, ya jubilado él y adolescente yo, disponía de tiempo para derrochar. Siempre fue partidario de, como él decía, «tener los justos, pocos, pero buenos». Y creo que en el fondo ese era el secreto por el que siempre hubo en su jaulero pájaros excepcionales. Todos sus perdigones siempre tuvieron nombres de torero, «Ortega», «Lagartijo», «Marcial», «Joselito», «Gallo»… y el que llegaba por sus méritos hasta el tercer celo, tenía asegurada la fonda de por vida. En la caza, una vez superadas las penurias mencionadas, tampoco fue avariento, comenzó a gozar más y matar menos; siempre fiel a los preceptos del reclamo sólo tiraba sobre la pieza si el lance había sido a ley por ambas partes —y la verdad es que nunca se le resabió un perdigón por no haberle tirado un pájaro en la plaza que no se hubiera ganado antes—.

¡Cuántas cosas más me enseñó…! y qué pocas aprendí…

Se me viene una vez más a la mente, en esta larga noche de nervios e insomnio, una historia de caza en la que a pesar de ni siquiera haber yo nacido, sí la he vivido decenas de veces en labios de mi abuelo, quien a petición mía la contaba cada temporada en la noche del «recorte», como si de un cuento navideño se tratase… Pero ésta ya es otra historia, y además acaba de sonar el despertador que me devuelve al mundo real y me advierte que pronto empiezan mis obligaciones laborales que no debo descuidar ni siquiera por algo tan íntimo como mis recuerdos,

...pero esta noche todo será distinto, esta noche es la del «recorte»… esta noche comienza una nueva temporada de reclamo.