El marrano de la encina

Rayón

 

Era Noviembre, más bien a finales de ese mes, cuando un día iba Manuel cazando con su podenca «Diana» por la zona de «Piedras Blancas», un valle precioso por el que baja un arroyo que separa una solana poco inclinada, llena de encinas y algunos lentiscos, de una umbría algo más empinada y con bastante monte, sobre todo jaras y madroños. Aunque Manuel iba cazando perdices y algún conejete, su verdadera pasión eran las esperas, de ahí que siempre fuera mirando el terreno aún yendo de menor buscando rastros de algún marrano al que poderle hacer una espera. Y es que a Manuel las esperas no solamente le gustaban tanto por el hecho de poder tirar un buen marrano, lo que más le gustaba de ellas era el poder vivir la noche a la luz de la luna por aquella zona de Sierra Morena donde había nacido, una sierra que conocía palmo a palmo y en la que se sentía y desenvolvía de maravillas. Para él la noche en la sierra bajo la luna tenía un embrujo muy especial, algo que le hacía vivir una paz y una libertad que a la hora de explicarlas no sabría como hacerlo, le faltarían palabras. Pero es que además de las esperas le encantaba recechar marranos durante la noche con la luz de la luna, sobre todo por la zona donde más adelante se desarrolla el relato.

Ese día, al pasar por el lado de una encina vio que el suelo bajo ella estaba llenito de cáscaras de bellotas mascadas, algo que aunque también se veía en las demás encinas no era tan exagerado como en aquella, lo que le dio a entender que las bellotas que daba aquella encina eran las más preciadas por los marranos que andaban por la zona. Descargó la escopeta, la dejó apoyada en el tronco de la encina y se detuvo a mirar una por una todas las pisadas de marrano que había bajo ella, viendo unas que eran enormes de grandes y que estaban más clavadas que las demás en la tierra, parecían más de un toro de lidia que de un jabalí. Además había pisadas de aquel animal de más de una noche, por lo que Manuel pensó que aquel macareno estaba bien picado en la rica bellota que daba aquella encina y era bastante probable poderlo tirar allí.

Desde la encina empezó a mirar a su alrededor buscando alguna mata donde poder hacer el puesto a una distancia prudencial, comprobando que la mata más cercana estaba a setenta u ochenta pasos, una distancia que para un rifle con mira podía ser buena, pero no para tirar con una escopeta de perrillos del calibre 16, así que después de darle vueltas y más vueltas a la ubicación del puesto, decidió que la espera tenía que hacerla subido a la encina o sentado bajo ella. Se subió a las cruces de la encina y se dio cuenta que allí encaramado no podía hacer la espera, ya que al ser una encina muy tupida de ramas no tenía visibilidad y al marrano lo iba a ver cuando ya estuviera comiendo bellota debajo de él, por lo que se decidió a hacer el puesto bajo la misma encina tapado entre una chaparrera que había justo pegada al tronco de ésta, donde además estaría tapado de la luz de la luna. Al final lo que izo fue liarse a dar vueltas por los alrededores para ver de donde entraba el marrano, ya que eso era muy importante para saber si le podía cortar el aire o no. Cuando iba mirando por el filo del arroyo pudo ver que el marrano entraba desde la umbría, del coto de al lado, donde tenía una gatera hecha en la alambrada por la que se podía meter hasta un elefante de lo grande que era. Una vez visto todo lo anterior, Manuel pensó que ya solo había que esperar que el aire soplara bien la noche siguiente, que era cuando había decidido ponerse a esperar a aquel «Generalazo de Sierra».

Manuel siguió cazando pero ya no iba muy pendiente de la perra y lo que levantara, iba acordándose del marrano, hasta que llegó a su casa y se lo contó a su padre, al que no le hizo mucha gracia que esperara allí al marrano, ya que las relaciones con el guarda de esa finca vecina de donde salía el bicho no eran lo buenas que deberían ser, por ser un hombre raro donde los hubiera, un hombre que aunque la gente de aquella zona de sierra se llevaba muy bien y se ayudaba en todo lo que podía, él no se sentía muy integrado entre ellos. Manuel le dijo a su padre que le daba igual, que si no quería que le mataran un marrano que lo atara para que no saliera de la finca, que también las fincas linderas las tenían los marranos de la suya levantadas como si las hubieran arado y nadie le había dado quejas por saber que aquello era normal en el campo, así que él no se quejara tampoco demasiado si el vecino le mataba un marrano fuera de lo que él debería guardar.

El padre de Manuel conociendo a su hijo como lo conocía y sabiendo que ya se le había metido aquel marrano en la cabeza, le dijo que hiciera lo que quisiera, pero que tuviera cuidado no la fueran a tener con el vecino y, sobre todo, que si lo veía por allí y le decía algo fuera de tono, que no se le ocurriera contestarle mal, que era una persona mayor que él y al menos debería mostrarle respeto. Manuel aunque poco convencido le contestó que sí, que no se preocupara que así lo haría.

A la tarde siguiente Manuel cogió sus bártulos y se marchó derecho a la encina a hacer la espera. Como iba con tiempo suficiente, en vez de entrar valle arriba entró por la ceja de la solana que daba vista al arroyo. Al llegar a la ceja, como todavía quedaba tiempo suficiente, Manuel se sentó sobre una piedra y encendió uno de aquellos cigarros que le suministraba un pastor de la zona llamado Félix, que era el que se los compraba cada vez que iba al pueblo a por avío. Al encender el cigarro vio que el humo era empujado por el aire hacia donde debía hacerlo, valle abajo y a coger la solana sesgada para arriba.

Allí estuvo durante una media hora sentado contemplando la sierra, que en ese tiempo suele estar preciosa y llena de vida. Los pájarillos que vienen desde tierras lejanas a pasar el invierno en Sierra Morena revoloteaban con algarabía de mata en mata, la solana estaba llena de hierba formando un tapiz verde precioso, y la umbría con los típicos y diferentes tonos verdes de las distintas clases de monte que la poblaban, jaras, madroños, jaraestepas, tomillos, chaparreras, coscojas y un sin fin más de matojos, cada uno con su diferente tono verde. Lo único molesto que había allí eran los mugidos de los toros de una ganadería cercana, que a esa hora rompían el silencio lleno de paz de la zona.

Cuando el sol se estaba perdiendo por encima de la loma de «Los Escoriales», Manuel decidió bajar ya solana abajo hacia el puesto y sentarse lo más cómodo posible a esperar el marrano, a ver si con suerte lo podía tirar esa noche. Una vez en el puesto hizo lo de siempre, pegar las orejetas de papel blanco a la punta de los cañones de su planilla del 16, echarle hacia atrás los dos perrillos, marcar zonas de tiro y fijarse bien en los bultos de las matas y piedras de los alrededores, para que con las sombras de la noche no lo confundieran

Ya se habían ido los claros del día y había llegado la noche, empezaba a hacerse fuerte la luna, lanzando y esparciendo su luz por todo el valle, a la que de vez en cuando, al mirar Manuel a su izquierda, veía por encima de la mesa de «Valdelagrana», comprobando que en un par de días estaría sin la tajada que aún le faltaba por llenar.

Ya era todo mirar y escuchar por parte de Manuel, esperando la llegada del marrano, cuando justo en la parte de la umbría que tenía enfrente empezó a escuchar la escandalera que traían los lechones de una piara que bajaba derecha a pasar por donde él estaba, algo que no le gustó, pues pensó que si le rompía por su izquierda, en cuanto avanzara sesenta pasos más o menos solana arriba le iba a cortar el aire y se iba a espantar, algo que además espantaría al macareno si ya andaba rondando por la zona Pero hubo suerte, ya que pasados unos minutos la piara llegó al arroyo y lo que hizo fue cogerlo hacia abajo y perderse por la peñonada de «Los Burcios» en dirección al río, haciendo que Manuel respirara más tranquilo.

Pasó el tiempo hasta que a la hora más o menos de estar sentado escuchó una especie de jaronazo en la umbría, y después rodar una piedra, ruidos que le hicieron pensar que el bicho estaba a punto de bajar umbría abajo y presentarse en la encina. Pero la cosa no fue tan rápida, el marrano siguió «zascandileando» por la umbría sin dar la cara a la solana. Y es que en noches de demasiada luna a los marranos viejos les cuesta salir a los pelados, se suelen quedar «ramaleando» entre el monte observando y escuchando un buen tiempo hasta que están seguros que no les espera peligro alguno. Incluso algunos esperan la llegada de otro u otros para que se le adelanten y le avisen si hay o no peligro, de ahí que lleguen vivos a la vejez.

Al final el silencio lo rompieron los alambres de la cerca, que en la calma de la noche sonaron como las cuerdas de una guitarra, pero no una vez, sino dos veces, separadas entre ellas por menos de diez segundos. Manuel se dio cuenta que habían pasado dos marranos seguidos por la gatera, a los que no tardaría mucho en ver entre las encinas buscando bellotas. Miraba impaciente hacia todos sitios sin ver nada, hasta que por la parte de abajo vio salir del arroyo un marrano bastante grande, que se fue directamente a unas encinas de la solana que estaban largo del puesto, a cien metros más o menos, a una distancia exagerada para la planilla.

Manuel se quedó tan embobado mirando aquel marrano trotar de una encina a otra buscando bellotas que cometió el fallo de su vida, pues al estar tan largo el marrano que estaba viendo y habiendo escuchado sonar dos veces la alambrada como la escuchó, lo que tenía que haber hecho es estar pendiente de su zona de tiro, algo que no hizo bien, pues al girar la vista hacia la derecha vio con el rabillo del ojo un enorme bulto negro justo en el vuelo de la encina, parado y quieto como una estatua observando. A Manuel le recorrió un escalofrío todo el cuerpo, pues se dio cuenta que el marrano que estaba esperando lo tenía a menos de diez pasos, cogiéndolo con la escopeta sobre las rodillas y sin posibilidad de moverla, ya que tenía muy claro que de hacerlo se quedaba sin marrano en un rebaile. La decisión tenia que tomarla en décimas de segundo, pues aunque no se moviera, el marrano lo iba a ver en cuanto diera cuatro pasos más, así que con mucho cuidado empezó a subir la escopeta tratando de encarársela, con lo que debió hacer algún ruido que el marrano escuchó, pues pegó un arreón que lo llevó hasta unos cincuenta pasos, que fue donde se paró y se quedó mirando hacia la encina sin saber que era lo que había escuchado bajo ella. Manuel en aquel momento aprovechó para encararse la escopeta, meter el codillo del marrano entre las orejetas de papel blanco que le tenía pegadas a la punta de los cañones y soltarle un más que precipitado tiro.

Después del tiro corrieron los dos marranos como centellas hacia la gatera, pasando primero por ella el que tenía por la parte de abajo, pues el que había tirado dio una voltereta al llegar al arroyo que le hizo rodar unos metros, por lo que Manuel pensó que el marrano iba enganchado.

Se quedó sentado en el puesto lo que tardó en fumarse un cigarro, pensando a su vez en el fallo tan garrafal que había tenido por falta de atención, ya que si hubiera estado pendiente de lo que debía estar, el marrano lo hubiera tirado y abatido sin duda alguna. También pensó durante ese tiempo que se quedó sentado en el puesto, que su planilla de perrillos del 16 sería muy buena, pero que si hubiera tenido un rifle con mira, el primer marrano que cruzó el arroyo, que era igual de grande que el que había tirado, no se hubiera escapado y, que al que había tirado, le hubiera soltado el tiro de otra forma, pues el puesto lo hubiera hecho en la matocada de más arriba, que aunque estaba largo para tirar con la planilla, para un rifle con una mira, sobre todo con una 8X56, hubiera estado a huevo o cascaporro, pero había lo que había y punto, el problema había venido por su culpa y no debía darle más vueltas porque ya no había solución posible para él.

Cuando se levantó del puesto, en vez de ir al lugar del tiro fue derecho donde había visto caerse al marrano antes de cruzar el arroyo, donde pudo ver bastante sangre en el suelo y algunos chorreones antes de llegar a la gatera por la que lo había escuchado meterse para después subir a media umbría. Como el monte en la umbría se apretaba bastante, pensó que rastrear el marrano era una locura, que lo mejor que podía hacer era volver por la mañana y seguir los rastros a ver si lo encontraba, así que tomó el camino de su casa algo cabizbajo y bastante enfadado consigo mismo, pues cuanto más lo pensaba más garrafal veía su fallo.

Por la mañana, nada más levantarse, tomó el camino por los peñones del mirador derecho a buscar el marrano. Cundo llegó vio que había más sangre de la que la noche anterior había visto. Cruzó la alambrada metiéndose por la gatera y siguió rastreando umbría arriba, comprobando que el marrano se había parado y dejado bastante sangre un par de veces antes de llegar a la parte alta de la umbría. Al llegar a la ceja, que era donde estaba el cortadero donde en la montería de aquella finca ponían los puestos, perdió los rastros, por lo que tomó el filo de la monda o cortadero para ver por donde lo había cruzado.

Cuando iba andando despacito por el filo del cortadero escuchó como alguien lo llamaba por su nombre. Era el guarda, que le dijo que no siguiera buscando el marrano, que se lo acababa de levantar el perro de al lado de la vereda que subía por el filo de la monda y había ido detrás de él hasta el «Barranco del Pozo», que estaba casi a dos kilómetros, que el tiro lo llevaba en un jamón pero que corría más que «el tío de la lista».

Manuel estuvo charlando y fumándose un cigarro durante un rato con el guarda, para al final tomar el camino de casa con los cartuchos de bala cambiados por otros de perdigones en la escopeta, para tratar de apiolar algún conejo por el camino Aunque al final no fue un conejo, sino dos y una perdiz, que ya con las tripas quitadas las dejo encima de la mesa de madera de pino que había en la cocina, para que su madre después los aviara y echara a la sartén con algo, que podía ser arroz, patatas, tomate u otra cualquier cosa, pero la carne de caza en la sierra se consumía toda, siendo un gran apaño y ayuda para la despensa.

Si vieras, Hans, lo buenos que estaban los filetes de ciervo asados en las ascuas de la lumbre impregnados en el potingue que hacía la madre de Manuel a base de ajo, perejil y algún otro aliño; o lo buenas que estaban las tajadas de jabalí echadas en la tinaja del adobo cuando se sacaban y las ponías en la sartén para calentarlas un poco y comerlas con pan blanco y vinillo de la bota; o aquellos conejetes «Magallones» de verano, hechos con tomates del huerto, que muchas noches cenaba Manuel junto a sus padres sentados en la puerta del cortijo mientras los perros jugaban alrededor de la mesa haciendo de vez en cuando fiestas moviendo el rabo esperando que les echaran los preciados para ellos huesecejos. Que tiempos aquellos en Sierra Morena, que maravilla, una maravilla que difícilmente volverá a vivir Manuel por aquella sierra, sin prisas, sin más limite de tiempo que el que le imponía —cuando no se marchaba de espera, claro— la llegada de la noche, sin más reló que el sol.

Bueno, mejor lo dejo así, que si no voy a llenar de lágrimas el teclado, leches, y eso en hombres de pelo en pecho queda muy mal.

Ah, se me olvidaba algo importante, como Manuel por entonces era un chaval al que ni la barba le había apuntado, no era mal pensado, tenía la inocencia típica de esa edad, pero al perro mil leches del guarda, que no levantaba más de un palmo del suelo, el que según decía el guarda había levantado el marrano de al lado del camino y lo había llevado corriendo hasta ni se sabe donde, Manuel le vio el hocico y una pata llena de abundante sangre. Y claro, al cabo de los años, pensando y pensando, un perro de aquella talla no creo que fuera capaz de parar al marrano y aún menos de morderlo. ¿Qué os da que pensar a vosotros eso? Aunque mejor no me contestéis, ya mejor lo dejamos así y punto pelota, que diría un moderno.

Feliz Navidad a todos/as y que tengáis un año nuevo lleno de salud, algo importantísimo para afrontar todo lo que nos venga.

Un fuete abrazo.


Rayón, aunque tirando ya a macareno.