De macarenos y rayones

Rayón

 

Una noche de otoño de hace una montonera de años, más de cuarenta, Manuel se acostó pensando en cumplir la promesa que le había hecho a su madre, en salir a la mañana siguiente acompañado por su podenca «Diana» a darle un aleo a las perdices para cazar un par de ellas o tres, unas perdices que después debía hacer ella escabechadas, ya que para su padre eran un verdadero manjar cuando así las aviaba.

Antes de acostarse estuvo todo ilusionado recargando una docena, más o menos, de cartuchos para la cacería del día siguiente, pues allí, además de ser escasa la munición por aquellos tiempos, tampoco había demasiado dinero para ir a comprársela a «Paquito el de Juan Rafael», que era el que la compraba en las armerías de Linares y luego revendía en el pueblo. El problema fue cuando a la mañana siguiente se levantó y miró por la ventana de su habitación y vio el día que hacía. Era uno de esos días que a Manuel no le gustaban para nada vivir la sierra, un día de viento fuerte y racheado que hacía que las algodonosas nubes de color «panza de burra» que pasaban por encima de la cuerda del Enjambradero corrieran a todo meter hacia El Centenillo. Hasta los perros no se atrevían ese día a salir de su cobancha y, cuando lo hacían, era con el rabo entre las patas, las orejas planchadas y los ojos medio cerrados para que la tierra que levantaba el aire no se los saltara. Uno de esos días de los que a Manuel le apetecía poco salir del cortijo si no era a por leña al montón que había frente a la puerta para avivar el fuego de la chimenea. Así que se quedó sentado frente a la lumbre dándole vueltas y más vueltas a su cabeza, pues ya que no había podido salir a cazar perdices por la mañana, no paraba de pensar dónde podía hacer una espera esa misma noche si por la tarde cambiaba la climatología, algo que además de esperar pedía a todos los santos, ya que pasar un día en blanco en la sierra sin cazar las perdices con su podenca «Diana» por aquellos barrancos que rodeaban su casa, y encima no hacer una espera a los marranos por la noche estando como estaba la luna en cuarto creciente, era algo que llevaba bastante mal.

Según estaba pensando le vino un sitio a la cabeza donde más de una vez había disfrutado haciendo una espera. Se trataba de un barrero o baña que había situado a unos veinte metros de un arroyo que bajaba por un profundo barranco a desembocar al río Rumblar, que estaba no muy largo de su casa. Era un sitio donde debía ponerse temprano, pues los marranos venían de muy cerca al barrero, de la parte alta del barranco, que era donde tenían los encames.

Nada más comer ya puso la escopeta de perrillos del 16 y la canana preparadas detrás de la puerta y empezó a hacer lo de siempre, a meter en el morral todo lo necesario para él a la hora de hacer una espera, la navaja, una cuerda de cáñamo que tenía ya sangre seca pegada del año que se la pidieran, la linternilla de petaca, una botella forrada con cordel llena de agua, unos trozos de chorizo y jamón de matanza y un trozo de pan del que a veces hasta amasaban y cocían en el cortijo, para espantar el hambre hasta que volviera a su casa, que a veces era por la mañana ya con el sol fuera, ya que si la espera de la noche se le daba mal, se quedaba a esperar los marranos por la mañana cuando volvían hacia los encames después de sus careos nocturnos, algo que a sus padres no les gustaba demasiado, pues lo mismo que ahora hay madres que esperan a sus hijos levantadas los fines de semana hasta que acuden de sus juergas nocturnas ya bien entrada la mañana, la madre de Manuel lo esperaba a media vela hasta que acudía de las esperas. Unas veces temprano con un marrano terciado en la yegua y otras ya por la mañana sin nada, que eran la mayoría.

Al final llegó la tarde y el aire se fue calmando, las nubes dejaron de correr de la forma que lo habían hecho por la mañana y las encinas empezaron a mostrar sus hojas más verdes al no volvérselas el aire. La tarde se «arregló» y se quedó buena para hacer Manuel su tan ansiada espera.

Cuando salió a la calle, lo primero que hizo fue mirar las copas de los eucaliptos que había al lado de la casa, para ver de dónde venía el aire, comprobando que venía del mejor sitio, de las lomas de Moquila, así que soplaría barranco abajo hacia el río y no habría problema alguno.

Al lugar dónde iba a hacer la espera se tardaba en llegar una media hora, por lo que cuando quedaba una hora más o menos de sol tomó el camino del río, que era por donde antes se llegaba. Ya en el barranco fue subiendo despacito y sin hacer ruido hasta el puesto, para no alertar a algún marrano que se hubiera levantado antes de la cuenta. Como el barrero estaba en la parte de la umbría a unos veinte pasos del arroyo, se sentó enfrente en la parte de la solana y a esos pasos más o menos también del arroyo, detrás de unas piedras que había al lado de unas jaras. Una vez sentado preparó unas orejetas de papel blanco del de liar los cigarros y se las pegó a la escopeta en la punta de los cañones para poder ver tirar cuando llegara la noche. Después hizo lo que siempre hacía en las esperas, comprobar bien el aire, marcar bien mentalmente los lugares de tiro, ya que cuando llega la noche todo parece estar más largo de lo que realmente está, a fijarse bien en las matejas y piedras que rodean la zona, pues todo el que a hecho esperas sabe que a veces una piedra o mateja en la que no nos hemos fijado bien cuando era de día, por la noche y con los nervios, nos puede parecer una marrano que hasta anda.

Pasó el tiempo y allí ya solo se escuchaba la algarabía de alguna que otra escandalosa mirla en la maleza del arroyo y a los zorzales tirándose a dormir a los lentiscos de la solana que Manuel tenía a su espalda, hasta que escuchó un ruido más arriba que no era de ningún animal con alas. Se quedó escuchando y no detectaba nada nuevo, hasta que con el rabillo del ojo vio un zorrazo que bajaba vereda abajo por el filo del arroyo derechito a pasar por delante de él. Aunque en aquel momento se acordó de las veces que los raposos le habían dejado el gallinero vacío sin una gallina, se aguantó las ganas de soltarle un tiro, pues siendo la hora que era si lo hacía se podía ir dando por terminada la espera, y él estaba a lo que estaba, esperando marranos y no zorros.

A la media hora más o menos de haber pasado el zorro arroyo abajo, Manuel empezó a escuchar un ruido por la umbría de un animal que se acercaba a la baña. Digo que se acercaba porque la primera vez que lo escuchó estaba a unos cien pasos y la segunda a menos de la mitad de esa distancia. Era inequívocamente un marrano viejo, pues la forma de acercarse parando su marcha de vez en cuando para hacer escuchas no era la de un primal, sino la de un viejo «General De Sierra», como solía llamarles Manuel a los buenos macarenos.

A Manuel ya le temblaba todo, pues veía la llegada del bicho cada vez más próxima. Hasta el corazón le daba saltos que parecía que se le iba a salir por el cuello del viejo chaquetón que llevaba puesto, y la respiración la tenía como si acabara de correr un maratón. Se encaró la planilla de perrillos del 16 y la dirigió al lugar por donde tenía que estar a punto de asomar la jeta el animal, pero al final aquel bicho le echó un pulso de nervios de más de un cuarto de hora sin dar la cara, hasta que cansado de mantener la escopeta en esa posición la volvió a bajar y se la apoyó de nuevo en las rodillas. Y eso que una de las cosas que Manuel tenía siempre en cuenta en las esperas era poner el asiento a una altura que le permitiera tener el codo apoyado en la rodilla a la hora de mantener la escopeta encarada para tirar, —¿te acuerdas, Hans, del consejo que nos dio Manuel sobre la altura de las silletas según para la modalidad de caza que las fuésemos a utilizar?— pues con el asiento muy alto no puedes apoyarlo y es mucho más incomodo mantener la escopeta encarada y mucho menos preciso el tiro. No había hecho Manuel nada más que bajar la escopeta de la posición de tiro cuando entre unas pequeñas jaras que había más arriba del barrero le vio al marrano brillar la pelambre del lomo con la luz de la luna. Era enorme, un marrano de mucho porte, algo que le puso otra vez el corazón a Manuel como una locomotora. Se volvió a encarar la escopeta y al momento estaba el bicho parado frente a él en el pelado donde estaba la baña. Con las manos medio bailonas lo afinó lo mejor que pudo y le soltó el tiro. Un tiro que dejó la zona atronada y llena de ecos y al marrano corriendo umbría arriba como alma que lleva el diablo. Manuel no se podía creer que hubiera fallado aquel marrano a la distancia que le había tirado y, aún menos, apuntándolo como él pensaba que lo había apuntado, pero bueno, tenía que admitirlo, a no ser que después al ver el tiro encontrara sangre y tuviera que rastrearlo, algo que pensó que era mejor hacerlo por la mañana de día y con sol.

Como la noche no era muy fría y además siempre llevaba una manteja terciada atrás en las correas del morral por si apretaba el frío, pensó que en vez de marcharse para casa, lo mejor era hacer otro puesto de espera en un sitio que tenía a su espalda donde había unas encinas que tomaban muy bien los marranos en el tiempo de la bellota. Unas encinas que ese día dado el fuerte viento que había soplado por la mañana seguro que tendrían una solada debajo.

El lugar era muy bueno para los marranos, se trataba de un pequeño llano donde iban a desembocar tres vallejos por los que solían bajar los marranos a comer bellotas de las encinas. Allí se sentó en un puesto que ya tenía hecho de otras veces y, no pasado mucho tiempo, escuchó algo que le hizo pensar que posiblemente podía quitarse la espina del fallo del anterior marrano. El ruido aunque tenue venía de uno de los puntalillos que había entre los vallejos de enfrente, por lo que Manuel no paraba de mirar a ver si asomaba algo por el filo del llano, hasta que vio algo que le pareció una liebre. Aquello aún siendo del tamaño de una liebre no se movía como tal, sus movimientos eran como los de un marrano. Al final se le tapó con un montecillo que había entre las encinas, algo que no le importó mucho, ya que él esperaba algo más negro y grande. Al rato escuchó algo que le hizo pensar que lo que fuera lo tenía muy cerca. Mirando y mirando vio que el bichejo estaba metido debajo de la encina que tenía enfrente a menos de veinte pasos. Ahí fue donde se llevó la gran sorpresa, pues pudo ver con toda nitidez que era un rayón ya grandecito, muy cerca de ser bermejo, al que seguro alguien le había matado la madre y los zorros al resto de sus hermanos, pues otra explicación no tenía que un bichejo tan pequeño «hiciera la guerra» por su cuenta por aquellos parajes de Sierra Morena.

A Manuel lo dejó perplejo aquel bicho, pero no por lo pequeño que era, sino porque se movía y comportaba como un marrano viejo. Cada vez que escuchaba el mínimo ruido corría con mucho sigilo y se metía bajo la encina donde no le diera la luz de la luna, y allí como una estatua de quieto escuchaba y miraba hasta que se daba cuenta que no había peligro. Pero es que cuando se ponía otra vez en movimiento, de vez en cuando hacía sus escuchas y observaciones como lo pudiera haber hecho el más viejo de los macarenos, era una verdadera pelotilla llena de tácticas de supervivencia. Así tuvo Manuel a aquel bichejo delante disfrutando de él durante un buen tiempo, hasta que se le ocurrió algo que le hizo correr al rayón como una centella. Cogió una piedrecilla pequeña y se la puso delante del dedo pulgar, para después lanzársela a modo de canica, que le fue a caer al rayón a menos de medio metro. Entonces fue cuando el bichejo se dio cuenta de verdad que podía correr peligro, tanto, que pegó un salto y una carrera como si le hubieran metido en su culete una pila duracel, fue visto y no visto, aunque el camino de huida que eligió lo llevó a pasar por encima de Manuel, que si le hubiera abierto el morral seguro se hubiera metido dentro de él sin darse ni cuenta.

Tanto disfrutó y le gustó a Manuel el comportamiento de aquel bichejo, que al cabo de los años, como era radioaficionado, les dijo a sus amigos Andrés y Valentín que cuando escucharan a alguien en antena que se llamara Rayón no preguntaran quien era, que sería él, que a partir de aquel día se cambiaba el nick y se llamaría así, Rayón.

Ah, se me olvidaba, que con lo del rayón se me ha ido el santo al cielo. Al día siguiente Manuel fue a rastrear el marrano que había tirado en el barrero, algo que no podía dejar de hacer, ya que su padre le había enseñado muy bien que un animal al que se hubiera tirado había que rastrearlo para ver si se le había dado o no, que jamás se podía dejar un animal en el monte herido y sufriendo hasta su muerte o sin ser aprovechado. El resultado de la búsqueda fue ver el balazo en el suelo justo debajo de donde el marrano estaba cuando le tiro, así es que ese se fue vivito y coleando a criar, como tantos otros, claro.

Un saludo y felices pascuas para todos.


Rayón