El cochino del quejigo

Tizona

 

Era Septiembre, cuando la sierra empieza a perder la aspereza del verano por alguna borrasquilla caída y por el descenso tenue de las temperaturas. Los fresnos de los barrancos amarilleaban y los quejigos daban sus primeras bellotas.

Los venados, altivos, acudían a enamorar ciervas a los postueros, febriles de amor en orfeón serreño.

Comenzaba la berrea y a ella acudimos, mi padre y yo, con la intención de disfrutar del espectáculo, y si Dios lo ponía de mano, poder cobrar algún venado que mereciera la pena.

Antes de pintar el día, pertrechados de prismáticos y turuta para llamarlos, nos encastillábamos en un risco dominando un gran raso a orillas del río.

Desde nuestra atalaya contemplábamos las idas y venidas de las reses, los desafíos, los encontronazos y la danza de amor antes de la monta.

Cuando el sol empezaba a calentar y las moscas a estorbar, el raso lentamente se despejaba, para dar paso al silencio de la mañana, sólo quebrantado por el vuelo de alguna perdiz o el canto del arrendajo.

Regresábamos a la casa con la ilusión y la impaciencia de que cayera pronto la tarde para volver a atalayarnos en nuestro mirador.

Las tardes se me hacían eternas y mientras mi padre y el guarda se echaban un rato yo salía por los barrancos cercanos, la vista baja, buscando el rastro de algún solitario. Cerca del collado donde me había hecho novia el Octubre anterior, había un vallecillo frondoso de helechos con grandes quejigos ideales para el aguardo.

Como quiera que el suelo aparecía lleno de pistas de mis ansiados cochinos, me propuse hacer una espera a ver si así cobraba mi primer jabalí.

Expuse mi plan a los «expertos» llena de confianza y de optimismo. Kiko, que así se llamaba el guarda, y mi padre me desanimaban poniéndome todo tipo de trabas:

—No puedes ir sola aún… eres pequeña para aguardar sin compañía… puedes caerte del árbol… te va a dar miedo cuando caiga la noche…

Pero ya entonces me crecía en las dificultades, era como un martillo pilón y el asunto se me había metido entre ceja y ceja. Argumenté que ya era montera, que había sido morralera de mi padre y de mis tíos mucho tiempo, que ya tenía experiencia en esperas nocturnas con mi padre y que era seguro que los guarros acudirían pronto pues estaban tranquilos y la única comida que tenían en la zona eran las bellotas de aquellos viejos quejigos.

Les machaqué con razones y promesas hasta que no tuvieron más remedio que acceder a mis súplicas temiendo que lo que quedaba de berrea se convirtiera en monserga.

Así pues, aquella tarde, con mi escopeta del veinticuatro y las bendiciones paternas marché contenta como unas castañuelas, llena de ilusión, a subirme a aquel quejigo que tantas alegrías me ha dado y al que todos conocen ya por mi nombre.

Llegué temprano, para que no me barruntaran los guarros y previendo que la escalada sería dura, cargada como iba con manta y escopeta.

Tardé en subir, pues no era empresa fácil para un retaco de doce años, pero el ansia y el temor al fracaso me daban agilidad y amor propio.

Tras varios intentos y no pocos resbalones conseguí encaramarme a una horquilla del viejo quejigo. ¡Qué panorama desde sus ramas! ¡Qué grande me sentía!

Años más tarde, cuando leí el libro de «El Barón Rampante» pude entender fácilmente la locura de Cósimo de Rondó.

Desde lo alto de un árbol se recupera el instinto atávico, se ve el mundo desde otra perspectiva, te conviertes en halcón, en gavilán, en águila… aunque como verán si llegan al final del relato, yo bajé convertida en… ¡mochuelo!

Pues bien, mi instinto no me había fallado y aproximadamente a la hora de estar puesta, con el sol alto todavía, comencé a oír los primeros ruidos.

Al fondo del estrecho valle podía vislumbrar movimiento de helechos, al tiempo que como música celestial llegaba a mis oídos el regruñir de la piara.

El corazón no me cabía en el pecho, por el barranco adelante venía una guarra enorme con sus pequeños. Se pararon en un árbol cercano y allí entretenían su estómago con las dulces bellotas.

La afición me pedía caza pero la razón se imponía, no en vano acababa de leer «Solitario» y aquella cochina se me antojaba «Lentisquilla» hembra tierna y maternal, así que sujeté el dedo y me dispuse a disfrutar de aquel regalo de vida que me deparaba el buen Dios. En ello estaba, cuando a un bufido de la madre cerró filas la piara y desaparecieron en un santiamén.

Desconcertada, intentaba explicarme la estampida preguntándome si habría sido el aire, o los finos oídos de la capitana habrían detectado alguno de mis quedos movimientos.

En estos pensamientos estaba cuando, por el rabillo del ojo, veo en el testero vecino, casi a mi altura, un macho tremendo mirándome fijamente.

Una estatua del retiro no estaría tan quieta como yo me encontraba. No movía un músculo, sólo mi cerebro trabajaba a cien por hora pensando cómo podría encararme el arma antes de que aquella hermosura de guarro pegara el rabotazo. No hizo falta. Comenzó su marcha lentamente y vino a comer las bellotas que caían justo del árbol en que yo estaba subida. ¡No podía creerlo! ¡No me había visto!

Con enorme dificultad y en un tiempo que me pareció un año, conseguí encararme la escopeta y apretar el gatillo. El culatazo me desequilibró y no pude descargar el izquierdo. El guarro corría barranco arriba y yo, desolada, no podía creerme lo que había pasado.

Desde mi rama intentaba adivinar alguna mancha de sangre que me dijera que le había dado, aguzaba el oído a la espera de un murmullo que me hablara de muerte… pero… nada.

Tardé en bajar, entumecida como estaba de las horas de quietud, aturdida por lo sucedido y temerosa de la noche que comenzaba a caer. Las lágrimas acudían a mis ojos y un nudo enorme se formaba en mi garganta mientras pisteaba a aquel cano que había tomado las de Villadiego y que no me regalaba ni una perla de su sangre.

A lo lejos sentí el motor del viejo Land Rover. Venían a buscarme. Cuando llegaron me eché entre sollozos en brazos de mi padre.

—Ves, cagona, ya te dije que ibas a tener miedo, que la sierra impone de noche.

—¿Miedo? —balbucí—; lo que tengo no es miedo, es rabia, ¡quiero morirme!, he fallado, se me ha ido un guarro como un ternero.

No podían creerme, pero ya vieron la pista que dejaba el cochino en su huída y comprendieron que mis lágrimas no eran de miedo, eran de frustración, de tensión, de pasión, de… VIDA.

Aquella noche me hicieron contarles el lance hasta la saciedad al tiempo que me tomaban el pelo, diciéndome que tenía que haberme conformado con uno de los pequeños, que aquel guarro tan grande no era para mí pues si lo hubiera matado no iba a haber quien me aguantara, que aquello me venía muy bien porque era una cura de humildad… Y efectivamente, los días restantes anduve mohína, dócil y más humilde que un perrillo apaleado.

En fin… no cobré el guarro del quejigo, pero en mi retina quedará para siempre su mirada y en mi alma la satisfacción de un bellísimo lance.