El rey del bosque

Jorge Borque

 

Fines de febrero, ya estaba próxima la brama, esa época que descontrola al ciervo macho en nuestro hemisferio, y que enciende, de año en año, el fuego sagrado en el pecho de los cazadores, es ese llamado de la naturaleza que como un poderoso imán actúa sobre esos deseos, heredados de nuestros mayores, de ir por el bosque tras ese sonido brutal, mezcla de toro y lobo, que retumba en plena noche, antes que amanezca y al anochecer, y que nos deja aterrados e inmóviles cuando lo sentimos cerca, sin poder ver a quien lo emite.

Cuántas veces lo escuchamos sin poderlos ver, cuántas veces lo alcanzamos a ver como una sombra, cuántas veces nos preguntamos cómo hacen para moverse a esa velocidad, con esa cornamenta y dentro de esas espesuras.

Nuestra presencia respondía a la invitación de Américo, amigo y dueño de la estancia, quien nos comentaba de la presencia de un macho excepcional, al cual vio saltando un alambrado en una esquina del campo, entrando a un pequeño maizal, y nos comentaba que repetía casi a diario y a la misma hora sus entradas.

Todavía no había brama en el bosque, y el objeto de nuestro viaje con Eduardo, era observar huellas, peladeros, y posibles desplazamientos de los «bonitos» —ciervos—, al decir de uno de los paisanos del campo, y de esta manera plantear una estrategia para la cercana brama.

Es un campo eminentemente de hembras y una vez finalizada la brama, muchos de los machos retornan a sus lugares de origen; está comprobado que estos viajes de machos a los bramaderos son de muchos kilómetros —algunos estudios muy serios hablan de más de sesenta kilómetros—; no obstante Américo pudo observar dos machos con cornamentas, aún con felpa, pero de tamaño descomunal, según él, en uno de ellos creía haberle visto en su corona cinco puntas, y eso le daba vuelo a nuestra imaginación, «debe ser un dieciséis puntas, por lo menos» me decía Eduardo; si al observar la corona vemos que tiene tres puntas, es «casi» seguro que nuestro ciervo será de doce puntas, pero esta regla a veces no se cumple, pero por lo general es así.

Hicimos una recorrida por las tres aguadas que tenía el campo, pudiendo observar huellas «machazas», con las pezuñas muy separadas y los «pichicos» bien marcados, nos hablaban a las claras que no eran ningunos pequeños los que las habían dejado; además en un «sombra de toro» —monte muy buscado por los machos para «pelar»— que estaba cerca, parecía que habían trillado, era impresionante ver el estado de esa planta, era una molienda de ramas y hojas, había un fuerte olor a orín, y la altura hasta la cual estaba prácticamente despojada de hojas y ramas, nos daba una idea acabada de la altura y tamaño del autor; «vea Don, este bicho es muy grande para hacer este destrozo» nos decía el paisano mientras seguía sus rastros hasta la aguada.

A esta altura de los acontecimientos ya no teníamos dudas de dónde buscar en nuestro próximo viaje, cuando la brama estuviese «tendida».

Como de costumbre, Eduardo, con su meticulosidad característica, levantó una especie de plano con algunas señas notables, para una vez dentro del bosque siguiendo tras el bramido de algún macho, no perderse, pues son campos muy extensos, y con muchísimas espesuras, pero con la ayuda del G.P.S. y conociendo detalles de antemano, lo peor que puede pasar es tener que caminar mucho simplemente; además finalizado el horario en que braman los ciervos, que a veces es variable, pero ya a las diez de la mañana casi nunca lo hacen, salvo bramas excepcionales o cuando está en su «climax» —que pueden ser dos o tres días solamente—; es en ese momento en que recurrimos a nuestros handys —radiotransmisores— para estar comunicados y el que está más cerca de la camioneta busca al otro, y sobre todo al que tuvo la suerte de cazar, y replantearse cómo hará con su presa, trofeo, carne, etc., para sacarla del monte hacia algún camino o picada en la que pueda entrar un vehículo.

Bajo la sombra de un hermoso caldén levantamos nuestro campamento, desde donde seguiríamos la brama, que según nos comentaba la gente de la estancia «estaba fuerte».

Si bien todavía la luna llena alumbraba —aunque estaba saliendo algo tarde—, podría haber intentado un acecho en alguna de las aguadas, pero prefiero toda la vida recechar a un ciervo de día en el bosque, que esperarlo en una aguada, así que esa noche en nuestro campamento, mientras cenábamos algo, podíamos escuchar claramente y muy cerca nuestro los bramidos, que se iniciaron al caer el sol y se continuaron hasta muy tarde, y decidimos descansar para iniciar nuestros movimientos muy temprano.

Las cuatro de la mañana y apurábamos un buen desayuno, como para «tirar» hasta el mediodía, mientras decidíamos el rumbo a seguir en función de la dirección en que sentimos los bramidos.

Con todo el equipo en una pequeña mochila —handy, caramañola, cuchillo grande, chaira, capa impermeable, G.P.S., fósforos, cortaplumas multiuso, linterna pequeña, cinco proyectiles en una canana, para que no hagan ruido, algunos caramelos y tres naranjas—, en mi cuello los prismáticos 7x35 de muy buena definición —por supuesto con lentes tratadas y antirreflejos— y en la mano mi inseparable .375 H&Hmag. con recargas propias: Punta Speer 270 gr. con 78 gr. IMR4350, con la cual obtengo una velocidad en boca de cañón de casi 2700 pies/seg., con un visor Leupold 6x con retículo Dual X de una definición más que excelente; por su lado Eduardo siempre fiel a su .300 Wmag., con una recarga: Puntas Sierra de 200 gr, con pólvora Reloder 22:74 gr, obteniendo una velocidad de 2950 pies/seg, sin duda una receta picante y precisa.

Mi rumbo era aproximadamente hacia el sudoeste, pues había escuchado la noche anterior una brama muy sostenida, y además pasaría cerca de la aguada en donde Américo vio esos dos ciervos con muy buenas cornamentas.

Los desplazamientos eran sumamente lentos, todavía era de noche y es necesario no hacer ruido con las ramas, además mis paradas eran frecuentes con la intención de escuchar; casi a las seis de la mañana escuché el primer bramido, que retumbó en el monte congelándome por lo cerca que lo sentía, calculaba que faltaría una hora por lo menos para tener luz suficiente para evaluar el trofeo, de manera que decidí sentarme a escuchar y esperar.

Por un rato largo no sentí nada, ya pensaba que el ciervo me habría venteado y había escapado, pero de pronto sonó un nuevo bramido pero en otra dirección, era muchísimo mas agudo que el anterior y muy «largo» —muy sostenido, de esos que no me gustan—, y repetía sus reclamos cada diez minutos más o menos, así siguió un rato, hasta que de pronto se repitió el primero, era evidente que le contestaba, y en un tono muy ronco y muy corto; el espectáculo era maravilloso, puedo asegurarles que estar en el bosque en medio de ese concierto de brutales bramidos en un amanecer pampeano, con unos rojos increíbles en el cielo, llena mi cuerpo de adrenalina y nos retorna a la vida primitiva «tensando» todos nuestros sentidos al máximo. El trabajo de prismáticos era continuo, pero por más que me esforzaba la luz no era suficiente, solamente se definían las puntas superiores de los árboles, pero hacia abajo todo era bruma borrosa, lo que ponía a prueba los nervios de cualquiera.

Paulatinamente mi visión pudo ir penetrando el bosque, detecté unas hembras, parte del harén del viejo ciervo seguramente, y a las cuales el macho joven intentaba atraerlas; hace mucho aprendí que las hembras son las que vigilan y cuidan, es una sociedad matriarcal, donde el macho es el encargado de la procreación, ellas llegan primero y cuando determinan que no hay ningún peligro aparece el macho desde las espesuras; por el contrario cuando las hembras detectan algún peligro, una de ellas, que por lo general es una hembra vieja, produce un sonido corto, muy fuerte, similar a un golpe de tablas o una tos seca, que pone en fuga a todo el grupo de manera inmediata.

Alcancé a ver una de las cuernas del ciervo joven, remataba sólo en dos puntas y la cuerna era más gruesa abajo que arriba, signo más que evidente de la juventud del poseedor, cuando son horquillados tienen 9 o 10 puntas por lo general, pero mi intención era que me ayudara a detectar la posición del ciervo viejo. Sonó nuevamente el corto y ronco bramido, hubo algunas corridas de hembras y de pronto en un claro lo pude ver, cogote corto, agachado, con papada, y en la corona que podía ver con dificultad, conté cuatro puntas, ¿cuántas cabezas habrá volteado?, ¿será una décima cabeza?, me preguntaba mientras podía observar que las puntas de la corona se veían romas, muy buen indicio, y con una luchadera bien larga, y de un color marrón oscuro sin llegar a ser negro.

Había un claro en el bosque y el gran macho lo rondaba sin mostrarse, era evidente su preocupación por controlar sus hembras, corría de una punta a la otra; en un momento arremetió con su cuerna contra un monte bajo, era la representación de la furia, paraba de romper ramas solamente para contestarle los bramidos a su competidor, con un sonido corto, ronco y entrecortado, echando toda su cornamenta sobre sus ancas; transcurrieron más de quince minutos de esta forma, y me desesperaba pues estaba a unos setenta metros solamente, y podría ventearme en cualquier momento, demás está contarles que yo estaba más quieto que una estatua y en cuclillas al lado de unos troncos.

De pronto y en el medio del claro lo pude ver completamente bien: catorce puntas hermosas, de luchaderas largas, de color marrón oscuro, con puntas blancas y romas, y muy gruesas; mientras levantaba lentamente mi rifle recordaba las indicaciones de mi amigo Américo, y agradecía a San Huberto por darme esa maravillosa posibilidad en ese momento.