Caza en Tierras de Feticheros y Espíritus

Agustín García

 

Maganlha da Costa – Zambecia
Mozambique
Agosto del 2006

«Todo mi carácter se ha formado gracias a las personas con las que he vivido»


Como la mayoría de viajes de caza el mío comenzó con las horas tediosas pasadas en el avión, destino Mozambique, donde llevaba ya cuatro años trabajando como Cazador Profesional.

Durante el tiempo que pasé volando fui poniendo mis ideas en claro y viendo cómo iba a ser mi vida después de dejar la empresa donde llevaba nueve años trabajando. Mi futuro era incierto pero con la clara impresión de que mejor solo que mal acompañado en este país. Viajaba con la intención de conseguir un área de caza para mí y con la clara esperanza de ofrecer mis servicios al Gobierno como Cazador Profesional para solucionar los casos de animales conflictivos. Mis contactos ya estaban hechos, sólo faltaba concretar.

Mi llegada fue un reencuentro con mis amigos, claro está desde otro ámbito, ya no era el representante de aquella empresa «dirigida con la mano izquierda», sino alguien con toda la libertad de decisión.

A lo largo de los días mis trámites fueron fructuosos y logré un permiso para solucionar el problema de un elefante en Zambecia. Éste había matado a dos personas y producía grandes estragos en los cultivos de la población.

Como tenía combinado con mi amigo José Luis Ramírez, notifiqué a las autoridades que llegaríamos el 7 de Agosto para que todos sus representantes estuvieran preparados y yo puse manos a la obra para organizar la logística necesaria para nuestro campamento «Caracol», esto es, lo justo para entrar en un coche y que no falte de nada.

Los días fueron pasando entre trámites de mi segundo objetivo, la consecución de un área de caza para mí.
El 6 de Agosto mi amigo José Luis y yo nos encontramos en el aeropuerto de la capital, Maputo, un abrazo y los tramites típicos de las aduanas africanas. Ya empezaba nuestro viaje.

Comimos en un buen restaurante y por la tarde tomamos el avión con destino Beira, segunda ciudad del país, allí nos esperaba mi chofer y la señora que nos alquilaba el coche, que como siempre los comienzos se tuercen y el coche no cubría los mínimos, teléfono y mas teléfono hasta que después de la media noche y de una buena cena conseguimos uno en buen estado... ya pude dormir.

Al día siguiente compras de ultima hora y camino destino Quelimane, 40 Km. de carretera, 250 de pista en regular estado y resto de buen asfalto, atravesando en el camino el mítico Río Zambece, ya casi en su desembocadura y que pasamos en un buen trasbordador donado por la Cooperación Holandesa, su anchura en este punto es de 4 Km. Río en sí mágico que hace recordar antiguas expediciones que atravesaron África y a mí en particular, mi viaje realizado dos años atrás a las cataratas Victoria.

El paisaje es exuberante, sabana arbórea, tachonada por pequeñas colinas, su población humana es de una pobreza digna, habitando en cabañas unifamiliares hechas de adobe y madera, con techos de paja, sus cultivos son: mandioca, judías, cacahuetes, caña de azúcar, maíz y algunos hortícola; como fruta abunda: la papaya, mango y coco que utilizan para todo; como ganado tienen: algunas gallinas y cabritos. En sí, gente de economía de subsistencia, con carácter muy agradable que gusta de hablar y reír, sin que el tiempo tenga ninguna importancia para ellos. A la llegada a Quelimane, pasamos la noche en un buen hotel, no antes de tener la tarea hecha, preparar nuestro «briefing de despegue» viendo lo que nos faltaba por comprar al día siguiente.

Me levanté pronto para coordinar el trabajo e ir a Agricultura y, como me esperaba, todavía no tenían terminadas las credenciales para nosotros, esperé casi hasta las 11 para poder tener todos los documentos listos, entre tanto el chofer y mi amigo acabaron las compras y cuando nos íbamos a preparar para salir, nuestro coche se estropeó y tuvimos que cambiarle un rodamiento de la rueda delantera. Más retraso. Siempre África ha de probar tu paciencia.

Nuestro destino ere Maganja da Costa, más o menos a 170 km. al norte de Quelimane, allí entraríamos en contacto con el Director Distitral que nos pondría un Guarda de Fauna a nuestra disposición para acompañarnos, todo transcurrió bien, sólo que a la hora de dormir acabamos con nuestros huesos casados en un camastro de un cuarto del bar-discoteca del lugar, que no nos dejo pegar ojo hasta la una de la noche.

Este pueblo es una vieja ruina del esplendor colonial portugués, dejado de la mano de dios por 20 años de guerra y con un pequeño despunte de reconstrucción.

En la Dirección de Agricultura presentamos nuestras credenciales, a la mañana siguiente, desde temprano nos estaba esperando el guarda que nos iba ha acompañar, su nombre era Fernando, de unos 35 años y carácter afable, desde allí nos dirigimos al cuartel de la policía donde nos tenían que prestar un arma 375, yo sólo tenia mi 470 y se lo dejaría a José Luis. En conversaciones anteriores le había aconsejado que no merecía la pena que trajera su rifle, pero al ver el arma que nos dejaban empecé a arrepentirme, bastante deteriorada y sin ninguna limpieza desde que la compraron... cuando me mostraron la munición, mas, era balas blandas. En mi interior solo cabía una palabra: paciencia. José Luis se lo tomó con buen humor y como experto en armas la examinó, a falta de pan buenas son tortas. Mi confianza en la destreza y aplomo de mi amigo era absoluta, con lo que teníamos bastaría.

Después de poner combustible tomamos rumbo a Mucubela, allí teníamos que contactar con el comandante de la policía y presentarnos al Administrador, máxima autoridad de la localidad, a nuestra llegada parecía que nos estuviera esperando nuestro amigo el comandante, su nombre era Joao, persona de un absoluto optimismo que nos trasmitió total tranquilidad, su sonrisa durante los días que estuvimos juntos nunca cambió y nos mostraría que es la típica persona que está poco en su despacho y mucho en contacto con los problemas de su población. Con él fuimos presentados al Administrador, un hombre de pequeño porte pero de gran decisión, que después de leer nuestra credenciales mostró su interés en saber cómo era nuestro país y qué nos parecía el suyo, al despedirnos nos pidió que trajéramos un poco de carne si lográbamos cazar el elefante y nos advirtió que no entráramos en el mato (bosque) sin hacer ceremonia.

Después de la despedida y acompañados por el comandante abandonamos los últimos vestigios de civilización, dos horas después parábamos nuestro coche caracol a la puerta de unas chozas echas de caña, paja y adobe, en el momento que se estaba realizando una reunión, que paró automáticamente con nuestra llegada, el Reglo, máxima autoridad de la localidad, saludó al Comandante como dos viejos amigos que se encuentran después de mucho tiempo, éste le comunico el sentido de nuestra llegada, hecho que cambió el sentido de aquel del día. Más tarde preguntaríamos al Reglo el porqué de ese mitin y nos contarían que era un juicio, parecía ser que a la mujer de un vecino la habían descubierto en adulterio y se estaba escuchando a los testigos, para juzgar la cuantía que tendría que pagar el hombre que se acostó con ella, claro esta... a su marido +- 250,00 miticaes (9 €), nosotros preguntamos ¿qué castigo tendría ella?, nos respondieron que ninguno, bueno era propiedad del marido y sólo él podía castigarla o repudiarla, pero no, si recibía el dinero del amante... África y sus costumbres son diferentes.

El Reglo más dos personas se subieron en la parte trasera del coche para indicarnos el camino hasta donde deberíamos acampar, después claro está de prohibir que lo hicieran todos los asistentes a la reunión, con bicicletas incluidas. Antes de arrancar fue mandada una pequeña avanzadilla de bicicletas que nos fue limpiando el camino de troncos, facilitándonos la llegada a otras chozas donde una señora anciana cosía sus ropas viejas; enseguida se organizaron, preparando la lista de los asistentes a la ceremonia y un mensajero fue mandado en busca de las personas que deberían asistir, entre tanto unos lugareños nos llevaron a ver las huellas de unos elefantes de la noche anterior, no eran muy grandes y a mi parecer eran un macho y una hembra jóvenes.

Después de la partida del emisario salimos a buscar el lugar idóneo para acampar, nos llevaron cerca de un río y debajo de unos árboles, sin dar más vueltas mandamos venir al coche y pusimos manos a la obra para montar el campamento, mientras unos limpiaban el suelo con escobas improvisadas, otros con machetes fueron cortando los arbustos que estorbaban y nosotros fuimos montando las tres tiendas, se improvisó una mesa de cocina con palos y nos fabricaron un corralito, hecho de palos y paja para dar una mínima intimidad a nuestro baños, el resto... al campo. En menos de una hora estábamos instalados y nuestro cocinero, que nos había conseguido el Comandante, estaba ya preparando la cena.

Atardecía con la majestuosidad que siempre nos impresiona a los afortunados que tenemos la suerte de conocer este continente. Con unas cervezas en la mano nos sentamos con el Reglo a intentar organizar los grupos y primas que iban a recibir las personas que cazarían con nosotros. El plan era que al día siguiente, muy temprano, saldrían tres grupos en diferentes direcciones, formados por cuatro personas cada uno, en busca de huellas frescas y que cuando alguno las encontraran dos regresarían rápidamente a buscarnos y los otros seguirían al animal. El Reglo se lo explicó a los asistentes y los que aceptaron fueron organizados en grupos. Prohibidles regresar a sus casas para no tener contacto con mujer era parte de la ceremonia, según nos explicó él, auque nosotros pensamos que fue para que no se cogieran una buena curda, allí fabrican un alcohol hecho de caña de azúcar que le llaman «nipa», rompe-neuronas de 45º, que al atardecer beben sistemáticamente hasta caer borrachos como cubas.

Que faltaba... la ceremonia... aparecieron, ya entrada la noche, personas que el Reglo consideró que eran suficientes, nos pidió harina de maíz, unas cervezas, algunos cigarros y un poco de whisky. La raíz de un árbol cercano al campamento, haría de altar. Nos sentamos en el suelo y alrededor de su tronco, a nosotros nos colocaron en segunda fila y los convocantes de los espíritus en primera lugar, comenzaron con una retahíla en voz alta que el resto repetía y fueron esparciendo la harina de maíz en la base del árbol, depositando también los cigarros y abriendo las latas de cerveza, dejando derramar parte de ella y el resto se lo bebieron entre ellos, luego hicieron lo mismo con el whisky, que les pareció poco y me pidieron más, la voz cantante fue pasando de boca a boca hasta que como último acto dieron gracias a los espíritus con palmas, en ese momento la ofrenda-petición acabó y yo pensé... «gracias, ya podemos comenzar la cacería», pero no, esa era la ceremonia para pedir a los espíritus que protegiera el campamento y a nosotros, la de la caza sería al día siguiente, según nos aseguró el Reglo, «muy temprano». Al instante levanté los ojos al cielo y, acordándome de las palabras del Administrador, pensé «todo sea por el bien de la caza, mañana será otro día», y en francés exclamé «c’est l’Afrique».

Por la mañana me desperté muy temprano, pero el sol había sido más madrugador que yo, al salir de mi tienda me encontré que nada estaba hecho, con un medio enfado les pregunte «¿porqué la ceremonia no había empezado?» y «¿porqué los hombres no estaban en el campo buscando el animal?», la respuesta me dejó parado, las armas tenían que ser las protagonistas y ellos no se atrevieron a despertarnos, resignado abrí la tienda de José Luis de donde saqué mi 470 y de mi tienda el 375, seguidamente salimos todos los participantes en dirección a un lugar cercano, allí nos esperaban más participantes, sentados de nuevo en el suelo empezamos, el grupo se componía de tres Reglos de la zona, feticheros y personas de un cierto carisma en la comunidad, tanto hombres como mujeres. La ceremonia fue parecida a la del día anterior, sólo que las mujeres tenían parte importante en los rezos y el alcohol «nipa» fue más abundante, al acabar, las armas parecían croquetas recién enharinadas. Durante ésta, mis pensamiento fueron contradictorios, por una parte existe el respeto a las tradiciones y por otro lado veía que éstas les hacían estar anclados al pasado, al final de cuentas, en casos así, siempre llegaba a la misma conclusión, dejar que el agua siga su cauce, aunque el mero hecho de nuestra presencia hiciera desviar un poco su curso.

A la ceremonia no asistió José Luis, llevaba tres días en Mozambique, empezando el cuarto y todavía no habíamos comenzado a buscar los elefantes, preferí no despertarlo hasta que todo el personal contratado estuviera en campo, intentando encontrar las huellas del paquidermo.

A la llegada al campamento me preocupé de volver a limpiar las armas, teniendo cuidado de no quitar de la madera la totalidad de la harina, «al final la superstición me hace creer en esas costumbres», siempre que se realizaron ceremonias antes del safari la caza fue bien.

El despertar de José Luis, como me esperaba, manifestaba cierto nerviosismo, durante el desayuno entre el Comandante Joao y yo le intentamos tranquilizar. Las horas fueron pasando sin tener novedades de las avanzadillas, en tranquila charla con el Reglo, éste nos contó la historia del elefante que buscábamos, «había matado ya a dos personas, su última victima era un hombre que iba en moto con su hijo de noche y que tuvo la mala suerte de casi toparse en el camino con el animal», continuó contándonos el Reglo con amplios aspavientos, «el elefante atacó la moto echando por tierra al padre y al hijo, en su segundo envite insertó con uno de sus colmillos al padre, dándole golpes contra un árbol hasta que lo mató, mientras tanto el hijo logró huir, el paquidermo continuaría unos 500 metros con su víctima insertada en el colmillo, hecho que fue comprobado por ellos al ver unas marcas en el suelo y el rastro de sangre», según dijo, «más tarde lo lanzó por los aires y lo pisó varias veces, quedando su cuerpo en un lamentable estado, el hijo logró alertar a la población que agrupándose en gran número y con todo tipo de instrumentos fueron en su ayuda, al llegar no se pudo hacer más que recoger los despojos del muerto», hizo una pausa y continuó, «el elefante volvió a los dos días al mismo lugar, posiblemente para ver si su víctima todavía estaba allí, bramó y pataleó el suelo, varias veces, tan fuerte que el estruendo fue oído en las casas cercanas».

Este relato me hizo recordar otros que a mi ya me tenían contados, historias de animales mágicos en Mozambique, dirigidos por espíritus, que eran gobernados por feticheros, o eran ellos mismos transformados en animales o árboles, para ejecutar su extraños trabajos o huir de la gente, transformándose con extrema rapidez. El Reglo nos dejó a entender algo parecido, bajando el tono de voz, nos explicó «por eso la necesidad de hacer ceremonia, con ella todos nuestros ancestros colaboran en la muerte del animal maligno».

Entre charlas de nuestras respectivas vidas y cuentos tribales trascurrió toda la mañana y parte de la tarde. Al rededor de las 15 horas, regresó el primer grupo a la totalidad, indicándonos que en su ruta sólo habían encontrado huellas de hacía dos días y con los pies nos mostraron la medida de su pata, dos pies y cuatro dedos, los cuatro afirmaron que ¡era ese! el que buscamos, el solitario grande. Más tarde nos llegó la información del segundo grupo que traía una paja cortada a la medida del pie del animal, afirmaron haber seguido las huellas de ayer y contando que iba en dirección al tercer grupo regresaron. El tercer grupo llegaría a las 16,30 horas y sólo volvían dos, nos contaron que llegaron cerca del animal y que dos se quedaron allí, a la espera, al preguntarles a que distancia estaban, no sabían calcular, pero cuando las personas del campo de este país dicen «muito longe», es que son más de dos horas de tiempo, ya no merecía la pena salir hoy, decidimos en ese momento, salir al día siguiente alrededor de las cuatro de la mañana. Cenamos gallina cocinada de manera diferente a las anteriores, monocomida que no variaría en el tiempo de nuestra estancia. Después de tomar café José Luis, ya mas esperanzado, se fue a dormir y yo me quedé dando las ultimas instrucciones; en este quehacer estaba cuando comenzaron a venir personas, unas borrachas y otras no, pero todas asustadas, su frase era «el elefante esta acá», «vamos, vamos», hasta uno traía la medida del pie «es el asesino, el grande que anda sosiño (solo)». El alboroto me contagió la excitación y me puse a sopesar la situación, nunca había entrado a un elefante de noche y todos los cánones de la prudencia decían que era mejor esperar a la luz día, hable con José Luis, opinó lo mismo que yo, habría que esperar al amanecer. La llegada de más personas creó mayor excitación, si cabía, un grupo se acercó e intento convencernos afirmando entre aspavientos «que con la luna llena de hoy se veía perfectamente al animal y que éste no huía de las personas», esta frase me empezó a roer la cabeza, un gran morbo me estaba forzando a cambiar de idea, consulté con Joao y Fernando que conmigo asistían al tumulto, su repuesta de que era factible me hizo mudar de idea. Llame a José Luis y tras comentarle lo que decía este grupo, aceptó sin dudarlo, saldríamos en ese mismo instante, nos cambiamos de calzado, nos pusimos ropa de abrigo y cogimos nuestras armas, Joao y Fernando nos acompañaban, más una comitiva de 10 personas, todos nerviosos por ponernos delante de su enemigo. La distancia donde lo habían visto era «perto», que quiere decir cerca, pero después de andar tres cuartos de hora a ritmo infernal, decidimos mandar de vuelta a dos de nuestros acompañantes, con la misión de traer agua y comida. Nosotros seguimos camino, al llegar cerca de una escuela, donde afirmaban tener visto al animal, tuvimos una pequeña discusión, el motivo conseguir reducir nuestro grupo a tres, no fue fácil pero se consiguió.

Como yo, José Luis fue todo el camino calibrando la distancia que se podía ver con claridad y nuestra esperanza era encontrarnos con el animal en una de las huertas. Por fin llegamos a una casa donde su dueño nos salió al paso, nos contó que acababa de pasar por su plantación, a escasos metros de su casa. Nuestros corazones empezaron a acelerarse mientras seguíamos su rastro, caminando lentamente y con los oídos bien abiertos intentado escuchar y orientarnos. Siguiendo sus huellas vimos que el animal, al salir de allí entró en una zona de paja alta, donde era imposible seguirle, entones decidimos bordearla, en el trayecto empezamos a escuchar unas voces lejanas de los campesinos intentando espantarle, nos orientaron y entre sendas agrícolas corrimos al encuentro de los vecinos… nada, no lográbamos verle, sentíamos su presencia en algunos leves ruidos, pasados unos segundos de espera sin escuchar nada decidimos separarnos, un grupo iría por una senda y el otro con nosotros por la otra, no andamos mucho, una persona del otro grupo vino rápidamente a decirnos que estaba andando por el otro lado, dimos media vuelta y nuestro corazón se acelero de nuevo, estábamos cerca, los que nos acompañaban empezaron a desaparecer, sólo quedaron dos, un paso, otro y parábamos a escuchar, seguíamos bordeando la paja, ya cerca de un riachuelo oímos claramente un bramido, nuestra presa estaba allí y creímos claramente que era el momento del encuentro, después del riacho había una huerta, nos indicaron nuestros acompañantes, y decidimos hacerle la espera en ese lugar. Los segundos y minutos fueron pasando, interminables, intensos, pero el animal había sentido algo, no apareció, entonces retrocedimos hasta el lugar donde habíamos escuchado los ruidos, con sigilo y agudizando aún más nuestros sentidos, llegamos al cauce del río, de nuevo nada… el animal se había volatilizado. En aquel sitio y en aquel instante las historias del Reglo afluyeron a mi memoria.

José Luis y yo, aunque un poco frustrados, nos comentamos las sensaciones tan fuertes de aquellos momentos, que pienso que igual que a mí, ocuparán un importante hueco en nuestros recuerdos.

Tomándonos un tiempo de descanso, que ocupamos en charlar con los lugareños, éstos nos contaron que todas las noches que venía el animal acababa comiendo en la huerta de uno de sus coterráneos, que no estaba lejos de nosotros, sin más tomamos camino al lugar, al llegar nos encontramos con dos viviendas unifamiliares, del mismo estilo que tengo descrito, donde vivía una familia con sus tres hijos, el más pequeño recuerdo que tenia una buena bronquitis. El plan fue el siguiente: nosotros esperaríamos en el porche de la casa y dos personas se apostarían a escasos cincuenta metros, donde la visibilidad era mejor, sus olores eran conocidos los nuestros no.

Con un fuego, el dueño de la casa y dos de nuestros guías comenzamos a pasar el tiempo batiéndonos con los mosquitos y el frío. Aun así, qué verdad es esa de: «da más el que menos tiene», viendo nuestra situación, el dueño de la casa sacó dos esteras para que no nos tumbáramos en el suelo y nos ofreció una manta para cada uno, con esto poco, que era mucho y sin ninguna señal de nuestra presa, transcurrieron las horas interminables hasta el alba.

Al amanecer estiramos nuestros cuerpos, entumecidos por la falta de costumbre de dormitar en el suelo, nos lavamos la cara con un balde de agua que nos ofreció el patrón de la casa y retomamos la persecución. No había vuelta atrás, nuestra determinación, seguir las huellas hasta encontrarle.

Según vimos el animal después de resarcir su apetito en las diferentes huertas que visitó, tomó camino hacia el río, bebió agua y atravesando el cauce se dirigió a una zona inhabitada, donde los lugareños aseguraban que acostumbraba a sestear.

Seguimos las huellas con un ritmo rápido, encontrando ya muy pronto sus heces aún calientes, aquella gente del mato nos demostraría que sabía lo que se hacía, en un momento determinado escuchamos un ruido, era una rama al ser rota, todos concordamos que podía ser el elefante y nos dirigimos directamente en dirección del ruido, pasados unos minutos de macha y tras comprobar que no había signos de que allí andara, regresamos para retomar las huellas.

El terreno en su mayoría era plano, con ciertas colinas no muy pronunciadas y con algunos riachuelos de agua clara en el camino; la vegetación, sabana boscosa con árboles de buena envergadura, bastante separados y con amplios pajonales de baja altura en el resto; la temperatura de mañana fue fría, 10º y que no superó los 28º en el resto del día.
Después de encontrar de nuevo las huellas continuamos, nuestro ritmo de marcha seguía siendo rápido y los dos guías que marchaban delante de mí no mostraban ninguna duda en su marcha, yo en determinados momentos empecé a dudar si seguíamos las huellas frescas y fue el comandante quien mandó parar, expresando las mismas dudas que yo tenía, la paja estaba muy pisada y se entrecruzaban idas y vueltas de paquidermos por la misma senda, se estableció una pequeña discusión que para ser solventada me hizo regresar uno trescientos metros, hasta las ultimas heces frescas, donde vi que el animal no tenía tomado otro camino, regresamos lentamente y era cierto que no había otra hipótesis, tuvimos que reconocer que estábamos en la buena senda y seguir su ritmo.

En nuestra marcha atravesando varios riachuelos, en uno de ellos y viendo el ruido que hacíamos decidimos reorganizar el grupo, dos irían de pisteros al frente y uno de porteador atrás, el resto de la comitiva a retaguardia, dejando una distancia de 50 metros de separación.

Los guías y los indicios nos daba a afirmar que allí cerca encontraríamos al elefante, nuestros pasos comenzaron a ser controlados, mirábamos la forma de no hacer ruido, descendimos al cauce y una mano alzada indicó que todos teníamos que parar, escuchamos, nada, unos metros más, la misma ceremonia, nada, seguimos entre una floresta cerrada con la impresión de que a cada paso nos íbamos a topar con el animal, nada.

Al salir al terreno abierto fue el momento de hacer una parada, llevábamos cinco horas andando a buen ritmo y después de no haber dormido mucho, ni bien, nuestras fuerzas no estaban sobradas, auque a José Luis parecía no afectarle, comimos un poco, sardinas y pan, hicimos acopio de agua en nuestras tripas y descansamos unos diez minutos, fumándonos unos cigarros, esto nos dio fuerzas para continuar.

Arrancamos de nuevo y como si pensaran que ya no quedaba tiempo, nuestros guías aumentaron el ritmo de marcha.
Veníamos observando desde hacia tiempo que el elefante se juntaba con dos más y luego los dejaba, otras era otro macho más pequeño que los dejaba a ellos, su marcha mayoritariamente era con el viento de cara, cuestión que nos favorecía.

Acercándose las doce del medio día y como si el destino nos hiciera seguir las reglas, localizamos a los elefantes, toda la comitiva que volvía a marchar junta se paró y nuestros guías recularon rápidamente, mostrándonos con signos de sus manos la dirección donde estaban, quedamos sólo los cuatro, quitamos el seguro de nuestras armas y yo tomando la cabeza decidí bordear un poco para tomar el buen viento, lentamente, intentando no hacer ruido y con nuestras corazones acelerados, llegamos a una posición más o menos de 50 metros, empezamos a ver con los prismáticos si verdaderamente era el buen macho que buscábamos, los elefantes estaban debajo de un gran árbol aparentemente sesteando a su sobra, había mucha broza y sólo veíamos bien al de la derecha, era una hembra joven, Fernando en ese momento me pidió la cámara de fotos para filmar, ni le hice caso, haciendo una seña a José para que me siguiera, agachados mejoramos la posición hasta situarnos a unos 20 metros, en ese momento el macho dio un paso y levanto la cabeza, «es el nuestro, tírale», casi sin acabar la frase sentí el estallido de un tiro, el macho se encogió un segundo y la hembra le tomó la delantera en la huida, en escasos cincuenta metros dio un traspiés y cayó, enseguida escuche a José con voz de asombro «a caído», «rápido, corre», le dije y los dos nos precipitamos en su persecución, el animal estaba haciendo esfuerzos por levantarse y casi lo tenía conseguido, dos tiros más del 470 Express sonaron y el animal se desplomó, sólo para evitar agonías innecesarias José me ofreció el tiro de gracia, acercándome a dos metros, con un disparo le taladré el cerebro y su corazón. Un segundo de silencio y una gran explosión de alegría, «nuestro Cambaco había caído».

Con un apretón de manos y unos abrazos sellábamos una historia más de nuestras vidas, historia que contaremos de mil maneras con unas copas en las noches de Madrid, pero siento claramente que esta cacería fue de las más intensas y de mayor satisfacción de mi vida.

Lo que vino después ya lo sabéis la mayoría, una gran algarabía de nuestra gente por la muerte de su enemigo, fotos y más fotos, un regreso cansino al campamento, enhorabuena de las autoridades locales y distritales por el trabajo bien hecho, mitin político en la repartición de la carne y más fotos con los trofeos sacados, y lo mas duro… las despedidas, aunque poco tiempo pasamos juntos, me sentí hermanado de mis compañeros de caza y parte de mis vivencias quedaron con ellos.

Realmente la escritura no es mi fuerte y sería imposible reflejar en pocas palabras todos los sentimientos vividos en esas horas, ¡pero esos! quedarán en la memoria de cada una de las personas que protagonizamos esta historia.


Agustín García Martínez
Beira 31 de Agosto del 2006

P.D. En agradecimiento a los espíritus que nos ayudaron.