Cazando en Los Olivos

Jorge Borque

 

Un día del mes de abril y suena el teléfono de casa, es «Chiquita» Flores que me llama desde La Pampa, más precisamente de Doblas, un pueblo realmente hermoso, enclavado en una geografía agreste y salvaje, invitándome a cazar en su lindo campo: LOS OLIVOS.

Es para mí un privilegio cazar en este lugar con una rica fauna, grandes jabalíes colmilludos, hermosos ciervos, grandes pumas, antílopes; la fauna menor también es muy numerosa, con liebres, vizcachas, interminables bandadas de palomas y loros, que hacen el deleite de los escopeteros.

Chiquita es hermana de Mabel Flores y ambas son dos espléndidas mujeres con una gran experiencia en el manejo de ganado bovino y, desde hace bastante tiempo, de la cacería también.

El motivo de la llamada es que el encargado del campo, Diego, gran colaborador y con mucha experiencia en estas lides, había descubierto las huellas de un gran puma que estaba diezmando sus ovejas, y ellas conocen mi gran afición a cazar felinos. Tanto en América como en África, siempre mi primera elección es un felino, sencillamente porque… «me gusta cazar felinos». No tengo ninguna duda, que de todos los animales, los felinos son los más inteligentes, los de mayor vida privada y los he visto realizar cosas increíbles… tengo muchas anécdotas, podría escribir cientos de situaciones difíciles con felinos, pero la más notable de todas y que la repito a menudo fue aquella oportunidad en que con un amigo y gran conocedor de rastros, seguíamos a un puma herido, una de esas heridas que jamás hubiéramos querido producir a ningún animal, un disparo en la zona del hígado, lo que provocaba una pérdida de sangre verdosa y un penoso y largo rastreo. Después de más de dos horas de rastreo, Miguel se detiene, me mira y me dice… «el puma viene detrás de nosotros»… Se me puso la piel de gallina, el monte era un fachinal muy enmarañado, volvimos sobre nuestros pasos y pude ver con gran asombro las pisadas del gran puma sobre nuestros rastros e incluso sobre los rastros de su propia sangre, la que usaba, según Miguel, de «cebo» para llevarnos a nosotros hacia donde él quería, para que lo siguiéramos, según el análisis de mi experimentado guía. Al vernos volver se confundió y trepó a un pequeño árbol donde lo encontró otro proyectil, esta vez bien colocado. Miguel lleva en ese desierto más de cincuenta años cazando pumas, y él estaba convencido de que el puma trataría de saltar sobre nosotros, pero el sexto sentido de este hombre nacido y criado allí, en ese medio totalmente salvaje, puso la balanza a nuestro favor.

La gran sequía caracterizó a esta temporada 2006 y en charla con otros cazadores y veterinarios de la zona, todos coincidían en lo pobre de las cornamentas de los ciervos debido justamente a la falta de buenas pasturas, realmente una lástima.

En un hermoso atardecer pampeano con sabor a caldén y a tierra impalpable, arribamos con Pepe a Los Olivos. Campo de una belleza escénica como pocos, con grandes extensiones de llano y grandes extensiones de enmarañados y altos bosques de caldenes que son el refugio de toda una abundante fauna de caza mayor y menor.

Una rápida recorrida antes de que anocheciera y pudimos observar en sus muchas aguadas infinidad de rastros de ciervos colorados y jabalíes, al decir de Diego… «hay millones de jabalíes»…

Diego pone aceite usado con gasoil en algunos palos estratégicos, en un gran salitral que posee el campo, donde van los jabalíes a rascarse y a revolcarse, y allí podíamos ver cantidad y calidad de los trofeos. En uno en especial, frente al salitral, estaban las improntas de un padrillo que harían parar los pelos al cazador más curtido, realmente impresionantes por lo grandes y profundas, nos indicaban por las claras que se trataba de algo soberbio; además andaba solo, sin compañía, como corresponde a un viejo padrillo «matrero», como lo llamaba Diego.

Recorrimos casi todos los apostaderos del campo, los cuales están estratégicamente colocados frente a alguna aguada, vertiente o salitral, y en prácticamente todos, pudimos ver gran cantidad de rastros.

Diego nos llevó hasta un monte cercano a una pequeña vertiente, donde el león había llevado a una cordera luego de carnearla, le había comido parte del pecho y la había cubierto con ramas y hojas de manera de mimetizarla y esconderla, para seguir con su festín al día siguiente, día que volvió y comió una segunda porción, para luego abandonar los restos para no volver por ellos nunca más. Era precisamente esto, lo que nos mostraba Diego; y el problema era que ya iban varias corderas las que había comido.

Cazar pumas con cebos vivos es una de las prácticas que más me gusta, es una de mis preferidas, consiste en colocar dos o tres cebos vivos —cabras u ovejas— en determinados lugares muy estratégicos, elegidos en base a un buen conocimiento del campo, o con el consejo del encargado o peón. Se debe atar con alambre doble con una especie de pretal al chivo y encadenarlo al tronco de un monte grande, para evitar que el león lo cargue en sus hombros y se lo lleve lejos. A todo esto el lugar debe estar ubicado de manera que el puma pueda llegar hasta él, sin mostrarse en ningún llano, debe tener cubiertas suficientes para que así sea, caso contrario el león no entrará jamás. Al otro día se recorren los cebos y donde el león haya carneado, se construye un disimulado apostadero, para esperarlo a la noche siguiente, cuando regrese por el segundo plato.

En este caso yo no disponía de tantos días para esperar a los cebos vivos, de manera que con Pepe ideamos otro tipo de estrategia, primero identificamos como mejor lugar el que estaba cerca de la vertiente, donde nos apostaríamos muy temprano, pues es un lugar excelente y con muchas posibilidades de ver fauna de caza mayor de día, y además en los otros lugares donde suelen «bajar» colocamos algunos elementos extraños, como bolsas blancas en un palo, para que las mueva el viento, de manera de provocar en el león, desconfianza y tratar de encaminarlo a que tome agua cerca nuestro.

Además en esas orillas había rastros del gran «gato» y rastros de ese gran padrillo de jabalí, incluso podían bajar ciervos Colorados también, según Diego.

Mi equipo para esta oportunidad era un .375 Holland & Holland, con recargas propias, puntas Swif de 300 gr, con pólvora IMR4350, un visor Leupold 6x con retículo Heavy Duplex, para tomar puntería con deficientes condiciones de luz y de manera rápida y, por supuesto, mis inseparables prismáticos Swarovsky 8,5 x 42, una joya que prolonga mis ojos.

Nos colocamos muy temprano dentro de una especie de pozo que cumplía las funciones de apostadero, me gusta mucho este tipo de apostadero, pues me siento mucho más cerca de la caza, nuestro olor cae dentro del pozo y no se esparce, algunos cazadores piensan que son peligrosos… y yo siempre digo que «el que no da nada a cambio no merece ningún respeto»…

El rifle apoyado sobre mi chaleco en unos troncos, con bala en boca y sin seguro, apuntando al preciso lugar donde podría aparecer el león.

Empezaron a desfilar ante nuestra vista gran cantidad de animales que venían al agua, zorros, una gran tropa de ñandúes grandes y pequeños nos deleitaron por un rato largo, también bajó a plena luz del día una chancha con unas crías grandes, supuestamente del año anterior, gran cantidad de loros y bandadas inmensas de palomas venían a saciar su sed antes de retornar al monte.

La luna iba a salir muy tarde de manera que tendríamos unas dos a tres horas de absoluta oscuridad, pero por lo menos podríamos escuchar a nuestros visitantes.

Apretaba el frío y, para combatirlo, tomamos algunos cafecitos que Pepe había preparado para este momento.

Son más de las veintitrés horas y aparece el globo amarillo de la luna a nuestras espaldas, se sintieron algunos tropeles de corridas de animales cerca del agua, y mi angustia era grande de pensar que tomarían agua y se marcharían sin que los pudiéramos ver, pero prender un reflector no corresponde, por lo antideportivo primero y, segundo, sería una tontería, pues el gatazo o el padrillo, al ver la luz, se harían humo antes de darme oportunidad de tiro, casi seguro.

Casi la una de la mañana y la luna plateaba con toda intensidad el salitral, y vimos cruzar al trote a un gran peludo que se perdió en unos pajonales. Tres o cuatro patos visitaron y chapotearon en el agua provocando un escándalo, luego partieron.

Casi las dos y unos teros alborotan el lugar desde nuestra izquierda, no los podíamos ver pero algo los había inquietado sin ninguna duda, de manera que nuestros sentidos se tensaron al máximo. Reviso minuciosamente todo el terreno, barriéndolo con los prismáticos, y de pronto mi corazón dio gran salto, hacia nuestra izquierda a unos ochenta metros, estaba «congelado» el «matrero», un padrillo descomunal, solo, desconfiado como «viejo tuerto», al decir de los paisanos, trataba de tomar el aire levantando su jeta, pero el viento lo teníamos a nuestro favor. Pasaban los minutos y seguía en la misma posición, realmente es asombroso poder ver los cuidados y las precauciones que toman estos viejos jabalíes, y no por algo han llegado a la edad que tienen…

Con los ojos le planteo a Pepe mi duda si disparo o no, sobre el padrillo, pues nosotros estamos esperando al león… y mi compañero se acerca a mi oído y susurra muy por lo bajo… «partilo»… El padrillo continuó muy lentamente su marcha como si presintiera el peligro, ya estaba en medio del blanco salitral, era todo un espectáculo cinegético, a unos sesenta metros pude ver, en dos oportunidades, brillar sus grandes colmillos, y cuando se le ve brillar es que son grandes, lo metí dentro del retículo, todavía tenía dudas de disparar, pero una fuerza interior, proveniente del fuego sagrado heredado de mis mayores, como si San Huberto me decía: «ya es hora»… busqué el encuentro de la mano con el cuerpo, como adivinando el corazón, y solté el cañonazo. Sentí la detonación del disparo y el tremendo «bolsazo» del impacto, 300 gr. a 2500 pies por segundo es una tremenda energía que puso de rodillas al gran padrillo por un instante, y luego se tumbó en el mismo lugar sin dar un solo paso. Esperamos sin movernos unos instantes, para evitar que el animal cargue adrenalina si es que todavía estaba vivo.

Nos acercamos por detrás y con las precauciones lógicas ante semejante trofeo, y estaba totalmente «seco», nuevamente agradecí a San Huberto, colocando una ramita en su boca, y a mi querido rifle, que me ha llenado de satisfacciones tantas veces…

Al otro día, en el casco de la estancia, Pepe extrajo los colmillos y medían 25 y 26 centímetros, un hermoso trofeo.

Chiquita y Mabel nos agasajaron con un exquisito almuerzo, agradecimos mucho sus atenciones y excelente estadía en sus confortables instalaciones y con promesas de regresar por el puma o algún buen Colorado, en alguna luna próxima, nos despedimos de nuestras encantadoras anfitrionas.