El montero español

César F. Castro

 

Con la simple intención de realizar un breve relato y, sin pretensión literaria alguna, paso a comentarles lo que sucedió en un par de cacerías, una realizada en una estancia rionegrina y la segunda a orillas del Río Negro.

Estas cacerías fueron muy especiales, no tanto por el objetivo, sino por el desarrollo de las mismas junto a la presencia de un personaje invitado, pero además por el rol efectuado por el principal actor y el artífice del éxito de estas como de otras de las tantas cacerías en las que he tenido el enorme privilegio de participar.

Este actor, que es una “leyenda” de la caza mayor, como es de imaginar, es nada más y nada menos que mi amigo Amadeo “Chiche” Biló, que ha tenido la gentileza de permitirme acompañarlo en muchas oportunidades, donde inalterablemente pone su sello personal y profesional en cada alternativa tomando decisiones oportunas y precisas en distintos momentos de la apasionante aventura de corretear un jabalí procurando su muerte. Y, dije leyenda, porque de esa manera lo catalogaron cuando fue invitado a realizar una charla en una exposición canina en España, donde, cuando lo presentaron dijeron: Este es un mito a cuidar, una verdadera leyenda viva de la raza… (Fue en la A.E.D.A., Agrupación Española del Dogo Argentino).

En los campos de la Patagonia, puesteros y paisanos del campo que lo conocen muy bien por su coraje y bravía, cuando lo nombran, dicen de “el hombre”…

En la oportunidad de estas cacerías, el invitado especial era un español —José Luís— que tenía el deseo de abatir un jabalí en compañía de Chiche; y éste, haciendo gala de su gran generosidad, y a pedido de sus hijos, accedió gentilmente y puso a su disposición los elementos y personas necesarias para realizar la cacería.

El hijo mayor de Chiche, Alejandro, fue quien realizó el contacto con este español por medio de internet, una señorita argentina hizo de intermediaria, y realizado el arreglo de rigor, se dispuso de las cacerías.

La primera cacería se realizó en un campo al noreste de Choele Choel, la estancia de Parrou, cuyo dueño amablemente facilita la totalidad de las muy buenas instalaciones y las 20.000 hectáreas de campo a la familia Biló y acompañantes.

Días previos a esta cacería, Alejandro y Gonzalo, recorrieron palmo a palmo el campo, observando que en el sector del molino grande, se veía una rastrillada de un chancho, que a juzgar por el tamaño de su pisada sería muy grande, y que tenía por costumbre recorrer un extenso bajo, ronda que regularmente realizaba. Esta tarea, la de tomar conocimiento del lugar de cacería y la interpretación de rastros, es —a mi entender— la clave del éxito de una cacería, tarea que no cualquiera puede realizar, y Alejandro y Gonzalo, que desde muy niños acompañaron a su padre, mucho aprendieron de él y conocen esa tarea a la perfección.

Así fue, que cuando llegamos a la estancia a horas muy tempranas, Alejandro y Gonzalo ya tenían los caballos ensillados y dispuesta su excelente jauría. Al llegar nosotros, jinetes y perros salieron al campo, para luego de un extenso rodeo, intentar ubicar a los chanchos en la zona del bajo. Seguidamente, nosotros (Chiche, el español y yo) nos trasladamos en una de las camionetas de la estancia, y llegamos hasta el molino grande, cerca del bajo, donde se quedó Chiche con el español estratégicamente apostados entre unos chañarales. Ya el sol empezaba a asomarse en el horizonte, cuando yo regresé solo con la camioneta al casco de la estancia.

La espera no fue tan larga, habían transcurrido apenas unas 4 horas, ya que era cerca del medio día, cuando recibieron la visita de un hermoso chancho que huía desesperado perseguido por la jauría, y como si hubiese estado orquestado, cerca del apostadero le dieron alcance, y Chiche y el español corrieron presurosos y llegaron cuando los perros ya lo tenían prácticamente estaqueado, a lo que el español con certero disparo dejó tendido al jabalí pasándolo a mejor vida. El chancho era fenomenal… un berraco de mas de 140 kilos, con unos colmillos casi perfectos y de muy buen tamaño.

Uno de los paisanos que andaba con Gonza y Ale, de un galope llegó a la estancia y trajo la novedad, y yo partí inmediatamente con la camioneta a buscarlos. Cargamos el chancho y regresamos para saborear un exquisito asado que el dueño de casa había preparado.

El español estaba maravillado, y a los postres, entre comentario y comentario, expresó que era su idea alquilar un campo para tener la exclusividad de cazar, ya que lo utilizaría con un grupo de españoles aficionados a la caza como él. A todo esto, el dueño de casa dijo que sí, que no habría problemas y que su campo estaría en condiciones de prestar ese servicio, dado que contaba con importantes instalaciones para albergar a los visitantes y que en el campo había abundante cantidad de animales para cazar, no sólo jabalíes, sino también pumas, guanacos, liebres, martinetas, vizcachas, avestruces, etc. La conversación llegó al punto en que hasta se le puso precio en euros al alquiler en exclusividad por año; la intervención de Ale y Gonza para oficiar de vaqueanos también se con templó. Hasta allí todo bien, las condiciones, el precio, los servicios, etc., pero el español dijo que previamente debía consultarlo con sus pares españoles.

Así, las conversaciones siguieron, y en un momento en que yo me aparté del grupo, Chiche me siguió y me dijo: “Todo esto no es más que una excusa y un invento del español para lograr mejores cacerías gratis” Ya verás —prosiguió— que queda todo en la nada, y que nunca consultará a España, es un cuento del tío…!!! Pero, para no desanimar ni desilusionar a sus hijos, prefiere no intervenir, ya que zorro viejo, conoce a los cazadores extranjeros desde hace más de 50 años, y tiene larga experiencia en el tema.

Hoy —transcurrido buen tiempo de esa fecha— veo que Chiche tenía razón, el montero español no dio nunca mas señales de vida, y el coto exclusivo de caza quedó en aguas de borraja…!!!

Entre esas conversaciones, el español también se anotició de la cacería de jabalíes que se hacían sobre el Río Negro, y pidió hacerla, comprometiéndose a cubrir los gastos de combustible, comidas, pago de ayudantes, etc., con la excusa de publicitar la misma en España y a su regreso mandar cazadores amigos…

Ésta es otra gran mentira para lograr atención… —Chiche me comentaba a solas y se reía del montero español—. Aunque finalmente, para no desairar a sus hijos, decidió que realizamos esta segunda cacería sobre el Río Negro.

En horas de la tarde retornamos a Choele Choel, Alejandro se volvió a su casa, pues tenía obligaciones impostergables que realizar el día siguiente. Cenamos, dormimos en el hotel y al día siguiente en horas del medio día, recogimos los “perreros” (ayudantes de Gonza, baquianos en el monte, que lo acompañan junto a los perros en busca de los jabalíes) y partimos bordeando el Río Negro rumbo al oeste hasta un paraje donde levantamos campamento y dejamos los elementos en condiciones para el día siguiente. El lugar elegido por Chiche era sencillamente paradisíaco, su experiencia de mas de 50 años y el conocimiento de cada metro de terrenos y bosques se puso de manifiesto.

La caravana era presidida por la Ranger F-100 4x4 con autoportante arrastrando un semirrigido de 6,60 mts. de largo equipado con un poderoso motor Honda de 100 HP conducida por Chiche (en la cual también viajábamos Coco y yo); atrás viajaba una F-100 turbo diesel conducida por Gonzalo acompañado por los perreros, mientras que la jauría completa (8 perros de levante y de empaque dogos y galgos criollos muy bien entrenados) llenaban por completo la caja de la camioneta, arrastrando otro semirrigido de 4,80 mts. equipado con un silencioso Honda 4 tiempos de 40 HP; y por último cerraba el paso una camioneta Toyota 4x4 alquilada por José Luis, quien la conducía y llevaba como copiloto a una alegre señorita amiga del español que oficiaba de ama de compañía.

Llegamos al lugar preestablecido, procedimos a armar el campamento (carpas, gazebo, mesas, sillas, etc., etc.), y finalmente bajamos las dos embarcaciones al río para iniciar la cacería bien temprano.

Y, así fue que el atardecer nos sorprendió contemplando como las llamas doraban medio costillar al asador que hábilmente cocinó Coco, el fiel ayudante de Chiche; mientras se deslizaban anécdotas y comentarios de cacerías pasadas, a la vez que se aventuraban pronósticos de lo que sucedería al día siguiente.

Luego de degustar el exquisito manjar, generosamente regado con un espirituoso tinto de cepas rionegrinas; Chiche se fue a dormir a la vez que José Luis, su compañera y Gonzalo partían en la Toyota para descansar en un hotel de la ciudad de General Conesa.

Nosotros nos trenzamos en un rabioso truco de 4, jugábamos Coco y yo de compañeros contra los perreros…

Partido, revancha y bueno… para ver quien lavaba los platos. Y, al final los perreros se hicieron cargo del detergente y del agua caliente, mientras Coco y yo gozábamos del triunfo, al tiempo que “dábamos instrucciones” de cómo lavarlos para que platos y cubiertos queden otra vez en condiciones.

Y a dormir… el silencio era tal que gozosamente llegaba a molestar, tan solo interrumpido por el grito lejano de algún animalito, para luego producirse nuevamente otro largo y profundo silencio.

Llegó el alba y nos levantamos vislumbrando con alegría que tendríamos un muy buen día, desayuno de rigor, mate junto al fogón y preparamos las armas y otros elementos para iniciar la cacería.

Al poco rato llegó la Toyota y sus tres ocupantes.

Cuando estaba todo dispuesto vimos con desazón que sobre el río se había levantado una espesa neblina que imposibilitaba ver a más de 40 metros, con lo cual la navegación era prácticamente imposible.

De nuevo junto al fogón, mas mates y a esperar.

Pasadas las 9:00 horas, y habiéndose disipado bastante la neblina, Chiche dio la orden de embarcar. En el Honda 40 viajaban Gonzalo, José Luis y su dama de compañía, y en otro semirrigido Chiche al comando, el que suscribe, los dos perreros y los 8 perros. La potencia del Honda 100 es tremenda.

Coco, como de costumbre, quedó al cuidado del campamento.

Comenzamos a remontar muy lentamente, el río estaba en un nivel bastante bajo, y la neblina, si bien se estaba disipando no nos permitía ver con total nitidez los pedreros y raigones, por lo que prudentemente circulábamos despacio.

Al rato de navegar, una vez recorridos más de 15 Km., se rompió la monotonía… los perros se impacientaron, se pusieron tensos, gemían esperando la orden para largarse del bote; lo que nos anunciaba que habían olfateado un jabalí muy próximo al río. Chiche movió la mano diciendo no, y que debíamos seguir navegando, pues estábamos frente al campo de un amigo al cual no le había avisado que andaríamos por allí y no quería abusar de la confianza del dueño, por lo que estimó prudente seguir el viaje.

Continuamos navegando otro tanto y nos encontramos frente a una isla grande, arrimamos a un extremo de la misma y bajaron los dos perreros con toda la jauría. A todo esto Chiche dio instrucciones a los perreros de la forma de recorrer la isla, precisando sectores en los cuales debían prestar especial atención, pues eran posibles guaridas mas o menos habituales de los colmilludos.

Gonzalo, José Luis y compañía navegaron por el brazo norte, para apostarse en un recodo al que previamente Chiche les individualizó.

Nosotros seguimos avanzando por el brazo sur; río arriba unos 2.000 metros y amarramos el bote en la margen derecha del río. Chiche se quedó en las proximidades del bote y yo avancé por la costa otros 600 metros río arriba para instalarme sobre una barranca, desde la cual tenía una amplia y perfecta visión de todo lo que pasaba en este brazo de río y sus orillas de 300 ó 400 metros para cada lado.

Estaba provisto de un binocular de regular potencia y una escopeta marca Rémington automática calibre 12, a la que había cargado con 5 cartuchos (uno en recámara y cuatro en depósito) de tipo brenek también marca Rémington.

El cartucho en recámara es para no provocar el enorme ruido que se produce al cargar… con el seguro puesto… y a esperar con los oídos alertas y los ojos bien abiertos…!!!

Pasó un buen rato, y ante una quietud eterna, observé como los hermosos cisnes cuello negro se pavoneaban a escasos metros de mi posición, las gallaretas y patos también circulaban sin cesar; lo que no sabía era si ellos desde el río me veían o no; yo estaba inmóvil, y si me veían parecía no importarles en absoluto mi presencia.

De tanto en tanto alguna bandada de avutardas surcaba el aire y se sentía nítidamente el ruido que producen sus extensas alas al agitarse en raudo vuelo; viajaban río arriba como anunciando que era otoño y estaban realizando su periplo migratorio cuyo destino anterior fueron los sembrados de la provincia de Buenos Aires; y ahora volvían para esperar la primavera en la que criarían sus pichones, a los que una vez crecidos también le enseñarían el retorno a la veranada, para una vez mas cumplir con su destino de aves migratorias…

Pasó media hora mas sin novedades, luego Chiche subió al bote y me paso a buscar, seguimos remontando el río y llegamos a la otra punta de la isla donde nos encontramos con los perreros que recién llegaban y seguidamente llegó Gonzalo al escuchar el motor del Honda 100 HP.

Los muchachos nos dijeron que no encontraron nada, y que en el interior de la isla había señales de que anduvo gente cazando hacía muy poco tiempo (quizá 2 o 3 días) y que las huellas eran más o menos frescas, concluyendo: “los chanchos no andan por que son astutos y demoran varios días en regresar a las islas si son correteados…”

Subimos nuevamente a bordo, perros y perreros y continuamos navegando río arriba cerca de media hora mas, hasta que llegamos a otra isla, a la que le llaman “el riñón” por la forma que tiene.

Al llegar a una punta, observamos que el brazo norte prácticamente no tenía agua para navegar, con lo que la estrategia prevista para cazar —similar a la de la otra isla—, no se podría realizar, pues seguro que encallábamos o rompíamos hélices, por lo que debimos cambiar los planes.

Para el lado del brazo sur (el mas caudaloso) no era muy probable que se largasen los chanchos por la forma en que corría el viento, Chiche decidió que él y el español remontarían lentamente con el bote chico el brazo norte hasta donde podían, que estimaban era la mitad (en la parte cóncava del riñón), se bajarían para apostarse en la margen izquierda. Gonzalo, los perreros y yo iríamos acompañando la jauría bordeando la costa por el lado sur, y desde allí regresaríamos al centro con los perros. La estrategia era que yo me quedase apostado solo en el centro de la isla (en la parte mas angosta).

Luego de recorrer buen trecho llegamos a esa posición, yo me quedé apostado y ellos siguieron viaje con los perros.

La isla era muy sucia, estaba superpoblada de árboles, arbustos, espinillos, rosetas, cortaderas, etc., lo que hacía que algunos lugares se tornaran realmente impenetrables.

Mi apostadero era un muy buen lugar, me instalé entre unos árboles caídos y desde allí tenía un amplio panorama y dominaba un cañadón medio limpión, donde había esparcidos algunos cortaderales. Estimaba que si se producía alguna corrida, vendían por esta zona, y como yo estaba favorecido por el viento no me podrían ventear tan fácilmente.

Allí permanecí quieto un buen rato, observando como las calandrias curiosamente se acercaban, y desde lo alto de los árboles me ofrecían un majestuoso concierto de bellos trinos…

Aparecieron palomitas, zorzales y los bulliciosos benteveos que soltando agudo grito decían: ”…bicho… feoooo…”.

Estaba cavilando, acariciando la escopeta con la delicadeza y cariño como si fuese la mejor dama, cuando de repente vi que algo salió entre los cortaderales y cruzó por el cañadón, pero me pareció que era un bulto muy chico para ser un chancho; entonces me dije puede ser un lechoncito, y seguro que tras suyo viene la madre con los demás lechones…. De cualquier forma, si estaba solo igual lo trataría de atender (los lechones son un manjar —ni gusto a salvaje tienen—), así fue que me puse en posición…, y al instante asomó dando saltos y mirando curioso para todos lados (pero sin verme) un astuto y simpático zorro gris, que alegremente siguió su camino sin enterarse de que yo lo observaba y lo tenía apuntado con la Rémington calibre 12 grande. No era momento te tirar, ni tampoco era mi intención de matar a un pobre zorrito, pues el estampido resonaría terriblemente y pondría en alerta y espantaría cuanto chancho ande por allí, ya que los mismos tienen un muy agudizado y fino oido.

No había transcurrido mucho tiempo cuando escuché ladrar a los perros. Estos animales están enseñados de tal forma, que cuando ladran, 1o hacen únicamente cuando han encontrado un jabalí (además de avisar, piden ayuda al amo, pues saben que cuando éste llega generalmente mata al chancho ). Por el viento a mi favor, estimé que ladraban a mas de 400 metros de donde yo estaba, por 1o que me puse en guardia agazapado apuntando para el cañadón por donde creía pasarían para darle la bienvenida con un escopetazo en el medio de la frente...

A los pocos minutos, se escuchó un disparo, seguido de otro... y otro más. Por el estampido me imaginé que provenían del arma de José Luís, ya que trajo de España un fabuloso rifle calibre 3.75 HH (Holland y Holland-Magnum) que es una de las armas mas potentes para caza mayor (se utiliza para cazar elefantes y búfalos gigantes).

Siguió un silencio interminable. Al cabo de unos minutos, otra vez ladran los perros, pero ahora los sentía mucho más cerca.

Me pongo en guardia. Siguieron los ladridos. Cada vez más cerca, más cerca... ¡¡El corazón me latía como a 200 r.p.m.!!

Estaban muy cerca, muy cerca. De repente los ladridos se confundían y se intercalaban con el bufido de un chancho, el inconfundible bufido de un macho grande (los chanchos grandes bufan, las chanchas generalmente gritan como marranas que son…), eso me decía que los perros lo habían prendido.

Comencé a caminar orientándome por los ladridos, gemidos y bufidos que cada vez eran mas fuertes, apuré el paso, pues me dije: "tengo que defender a los pobres perritos de los colmillos del berraco", traspasé todo el limpión, y me di cuenta que estaban peleando en la espesura del monte, en un lugar impenetrable.

Llegué hasta el tupido monte, esperé un par de minutos (de lo cual luego me arrepentí), me saqué la campera, escopeta en mano y cuerpeando ramas, cortaderas, olivil1os, maraña pura, gateando en cuatro patas, subiendo por las ramas, arrastrándome como víbora, orientándome por el infernal ruido de la pelea de los bravos perros con el hocicudo, seguí avanzando, y avanzando.

Me detuve un segundo, estaba extenuado, el corazón a 300 r.p.m., sentí mis latidos cada vez mas fuerte, yo también estaba bufando, me faltaba el aire, me maldije por la vida sedentaria que llevo y por no concurrir más asiduamente al gimnasio… pero seguí para adelante a los tumbos, como pude y me permitía la maleza, que cada vez era mas terrible y mas compacta.

Sentí que estaba muy cerca, no mas de 30 metros, el ruido de la lucha era tremendo, cuando de repente escuché un gran estampido, a lo que grité con voz entrecortada por mi agitación: "Que pasooooooo…"

Una voz respondió: "Soy yo, César… ya lo maté".

Era Gonzalo que entró por el otro lado del monte y lo mató con un certero balazo que le dio en el cogote con el Winchester Palanquero 30.30.

Cuando llegué no lo podía creer, ¡¡¡¡era un chancho inmenso!!!!

Tendrías que haber visto que pelea César —me dijo Gonza—, llegaron sólo 4 perritos que pelearon como leones. ¡¡Que valientes por Dios que son mis galgos criollos!!

Cuando el berraco me vio, —continuó diciendo— dejaba a los perros y me encaraba a mí con la bocaza abierta amenazante, mostrando los inmensos colmillos... tuve que retroceder y treparme al tronco de este árbol caído... no me daba lugar para tirar, y yo no quería pegarle un tiro a un perro, pues prefiero que muera en su ley peleando y no matarlo de un balazo... ¡ni loco!, así que cuando pude arrimarme un poco le mandé un chumbo atrás de la oreja y quedó seco… —terminó Gonza—.

Yo me dije para mis adentros: "El buey lerdo toma el agua turbia"… Si no hubiese vacilado para entrar en el monte, no habría demorado esos preciosos minutos, y, quizá me hubiese tocado en suerte a mí darle muerte a este hermoso ejemplar.

Al rato llegaron los dos muchachos perreros, agotados por luchar contra la maleza al igual que nosotros.

Cuando movimos el chancho para despanzarlo (sacarle las vísceras) para que pese menos, vimos con gran sorpresa que tenía dos balazos mas…, uno le rozó el cuarto izquierdo desgarrándoselo un poco, y el otro en la mano derecha, a la altura del codo. La parte del garrón estaba destrozada y colgando, prácticamente se apoyaba sobre el hueso roto y un pedazo de carne… Iniciamos el viaje de retorno…

¡¡¡Había que salir de la maleza con el chancho a cuestas!!!

Y, cómo pesaba el tremendo animal, una cosa es contarlo y la otra vivirlo…!!!

Chiche estaba al rojo vivo!!!, Escuchó el tiro y se vino para nuestro lado con el bote, oíamos sus gritos, pero cuando contestábamos él por el viento no nos oía a nosotros. En una de esas, cambié de orientación y pude comunicarle la novedad y de la posición donde estábamos para que nos vengan a auxiliar y acerquen un bote a la costa más cercana.

Para alivianare la carga a Gonzalo, y tratar de salir antes, yo tomé su Winchester 30.30 y con mi Rémington, inicie la odisea del regreso solo. Intenté salir mas rápido, pensé que tomaba un atajo, pero me perdí… no sabía para donde iba, me orientaba por los gritos que nos íbamos pegando, estaba extenuado…!!!

Llegó un momento en que me senté sobre un gran tronco caído a descansar, y me di cuenta de que algo andaba muy mal… conozco de memoria mis síntomas, yo soy diabético insulina-dependiente, y con el tremendo esfuerzo físico había provocado un gran hipoglucemia (baja excesiva del nivel de azúcar en la sangre), y para contrarrestada es necesario ingerir urgente glucosa (lo ideal es agua con azúcar, gaseosa o caramelo), pero lamentablemente no preví esta situación y no llevaba nada de eso encima.

Pero, Dios siempre está: Miré a un árbol vecino, ¿y qué me encontré? Cosa de no creer: era una viña silvestre que me ofrecía unos lindos racimos remaduros de uva negra... que lógicamente procedí a consumir de inmediato.

Pensé para mis adentros: Qué generosa es la naturaleza y me pregunté: ¿cuántos serán los que se podrían dar este gustazo de ingresar así al monte y comer estas uvas?

¡¡Muy pocos somos los privilegiados!!

Como pude, y con mis últimas energías, salí al limpión donde ya estaba el español eufórico por el tamaño del chancho, Chiche nos felicitó. Volví a buscar la campera que había dejado colgada en un árbol y ayudé a llevar al berraco hasta el río para subido a la lancha. Gonza cosió a un perro que tenía un inmenso tajo en el pecho, mientras los otros perros lo lamían para aliviarlo.

Al llegar al río nos olvidamos que hacía algo de frío, yo estaba empapado por la transpiración, y los perreros, Gonza y yo nos sacamos toda la ropa y como Dios nos echo al mundo nos zambullimos en el río y nos refrescamos con el agua fresca.

Allí, Chiche y José Luís nos dijeron lo que había sucedido antes cuando escuchamos los disparos, el chancho había disparado, corrido por los perros, exactamente al lugar donde estaba apostado el español, cruzó un pequeño brazo del río, llegó al pedrero de un islote, y en la explanada se frenó, y allí aprovechó José Luís le tiró un tiro a cerca 160 metros. Presumimos que este primer tiro fue el que tenía en la mano, pues dijeron que el chancho entró a girar como una calesita por el dolor, y allí aprovechó y le sacudió otro, que sería el que le dio en el cuarto.

El tercero, que evidentemente lo erró, se lo tiró cuando el berraco disparando se volvía a la isla y lo perdió de vista.

El fusil con el que tiraba el español, si bien es muy potente, tiene la particularidad que el proyectil cae bastante (300 grain), y si se tiene la mira calibrada a 50/90 metros que es lo normal para esta cacería, es muy probable que ese primer tiro haya sido muy bien ejecutado (a la paleta) pero lo que no se tuvo en cuenta es la gran caída, y por eso le dio en el codillo.

Luego cargamos el chancho al bote grande, los perros y fuimos a buscar a la señorita compañera de José Luís que estaba esperando en la otra punta de la isla.

Realizadas las fotos de rigor —que dicho sea de paso el español prometió enviar y nunca llegaron—, sin más trámite regresamos al campamento justo a la caída del sol, donde nos esperaba Coco preparando en el disco y a fuego lento unos sabrosos bifes a la criolla...

Y, estas fueron las cacerías con el montero español.



César F. Castro — Abril/2005