Un león con pezuñas

Abraham

 

Hace unos 15 años ya, me encontraba con unos amigos cazadores «velando» guartinajas o lapas, roedor de hábitos nocturnos que se alimenta en noches cerradas sin nada de luna, incluso la luz de las estrellas no les cae nada bien.

Estaba yo encaramado como un mico desde hacía unas cuatro horas en un árbol de totumo, fruto que al caerse atrae a este animal hasta la base del árbol, cuando a eso de las doce y media o una de la madrugada escucho un tiro. Supuse que era alguno de los compañeros que había tirado a la primera guartinaja.

Pasaron como unos veinte minutos y se empezó a escuchar tremenda algarabía, gritos inentendibles de dos de los compañeros, extraños gruñidos y gorgoteos, rastrojo, bejuco y matorral quebrándose, bueno, de todo y rarísimo y yo no podia identificar qué era ni qué estaba sucediendo, y para rematar escuché otro tiro sordo y luego cuatro tiros sucesivos, uno detrás de otro.

«Nojoda Abraham», me dije. «¡Nos llevó el Putas ahora sí!». Mis nervios no aguantaban más, y el cuerpo acalambrado tampoco, y el maldito mosquito me daba clavo hasta en la cédula, así que bastante alterado y asustado decidí abandonar la espera para averiguar qué estaba pasando. Además, ante tanto ruido, la desconfiada guartinaja de seguro no comería al pie de ese árbol, o por lo menos esa noche no lo haría.

Caminé unos diez minutos hasta donde calculé que provenía el alboroto, les silbé a ver si los compañeros me contestaban hasta que por fin me indicaron con silbidos su dirección.

La noche estaba bastante oscura y no podía avanzar rápido, ya que tenía que seguir la regla de oro del cazador de noche: alumbrar diez metros de camino hacia delante y luego el entorno, otra vez, diez metros de camino hacia delante y luego el entorno, y así sucesivamente, ya que sobre la trocha a veces se enrosca la culebra Mapaná esperando algun conejo.

Ya un poco más tranquilo después de escucharlos, pero aún desconfiado, decidí dar un rodeo al lugar antes de llegar finalmente a donde se encontraban y después de oirlos conversando entre ellos. «Todo normal», me dije, a pesar del alboroto, esas eran épocas más tranquilas, pero la precaución nunca falta.

Ya reunido con ellos con mucha ansiedad alumbré con mi lámpara el lugar, y me encuentro con los dos sentados, fumando muy tranquilos en la oscuridad y con una sonrrisota en la cara.

Alumbro el lugar y veo un tremendo león colorado barreto ya muerto, acá le decimos así a una variedad de puma que de cerca deja ver rosetas en su piel así como las del jaguar, y además presentan una chivera y una incipiente melena.

Me volteo a verle las cara a los dos personajes que continuaban sentados y fumando, pero esta vez pude detallarles mejor y observarles que el pulso les temblaba alterado.

«¡Ajá! ¿Y que pasó aquí?», les pregunté.

Y esto fue lo que me contaron:

Estaban en las misma que yo, cada uno encaramado en su arbol esperando a que la guartinaja llegase a comer. El más joven, Toño, vió algo que se acercó al pie del arbol sin hacer el menor ruido. Toño, sin identificar lo que era, lo tiró de arriba hacia abajo desde una rama del arbol, pensando que era un venado cauquero.

Lo que fue arrancó a correr hacia la espesura y desde afuera se escuchaban los gruñidos que yo escuché desde mi árbol, y los gorgoteos y el rastrojo reventandose.

Toño era algo novicio en esto de las «velas», y no supo lo que había tirado hasta después de un rato.

El otro compañero, David, el cual estaba en otro árbol cercano, se acercó y con su lampara en la frente se metió en el monte para descubrir que el supuesto venado estaba todavía retorciendo su larga cola.

«¡Nojodas! ¡Tiraste un león!», le gritó a Toño.

Ambos, a prudente distancia, decidieron esperar a que el león se muriera. Cuando dejó de emitir ruidos, gruñidos y gárgaras, ambos se acercaron y lo encontraron inmóvil con toda la cara ensangrentada.

Toño se disponía a asegurarlo de un tiro de su escopeta en la cabeza pero David lo aguantó y le dijo que no lo hiciera, pues iba a dañar la cabeza y el trofeo.

Entre los dos cortaron una rama gruesa del arbol de guayacán que es tan dura que el clavo no le entra y los carpinteros le tienen miedo.

Una vez terminaron de cortar el improvisado bate, Toño entregó su escopeta a David y se aprestó a darle un garrotazo al león. No hubo terminado de darle el garrotazo cuando el león pegó tremendo salto hacia él, pero con la fortuna y suerte de Toño que el león había mordido el trozo de guayacán primero.

Toño se cayó de espaldas y David saltó como un grillo hacia atrás, tiró al piso la escopeta de Toño y con la suya le apuntó al león, el cual le saltó a él encima pero éste lo esperó con un tiro. El león le cayó al lado y como si tuviesen alas los dos, Toño y David, saltaron en una coreografía perfecta, según sus propias palabras, para quedar frente al animal, David aprovechó y, sin apuntar siquiera, le descargó al león cuatro tiros de su escopeta.

Pasado el tremendo susto, ya pudieron analizar lo que había sucedido.

Resulta que el primer tiro, el que hizo Toño desde el árbol, sólo le habia atravesado el hocico al león de arriba abajo, atravesando la boca por el paladar y saliendo por la mandíbula inferior.

El animal no estaba agonizando al momento del garrotazo, aunque tenía la cara ensangrentada, sólo se estaba ahogando en su propia sangre, por esto se escuchaban toda clase de gruñidos y gargaras, y tarde o temprano se hubise muerto, pero el garrotazo lo levantó como un muelle.

El segundo tiro, el que David hizo cuando el león se le vino encima, le partió la mano izquierda al león y éste cayó al suelo mordiendo su propia garra.

De los otros cuatro tiros que le hizo David al león, uno sólo le pegó en la paleta derecha, todos los perdigones y hasta el taco estaban agrupados en ese sitio.

Bueno, como podrán imaginar la tomadera de pelo para los dos cazadores fue grande y hasta el dia de hoy les decimos que el olor de la cagada que se pegaron por el susto que les dió el león con pezuñas todavía sigue impregnado en ese lugar.

Lo que no saben es que yo, encaramado en mi árbol de totumo, estaba más cagado que ellos dos juntos.

Abraham Ibarra D.