El indulto

Manolo R.

 

Caminaba el viejo jaulero, con su reclamo veterano a la espalda, buscando la mejor ubicación del puesto que pensaba realizar aquella tarde. Ni los cantos guerreros de las perdices camperas, que se oían en sus territorios, hacía que incrementara el paso, dado que había sido testigo, en más de una ocasión, de algún chasco causado por las prisas al hacer el puesto en la primera mata que encontrara en su camino… aquellos años de juventud se le antojaban demasiado lejanos en el tiempo.

Jarillas diseminadas, retamas y chaparretas, alternadas con algunas pequeñas siembras, formaban el paisaje campero por donde caminaba el ilusionado reclamista que se dirigía al más que famoso puesto del «tío Paco», lugar donde se desarrollaron lances de gran importancia y donde las tardes algo ventosas se resguardaban las perdices, ya que era sitio abrigado de las inclemencias del tiempo.

De este puesto se narraron los lances más sabrosos, cuquilleramente hablando, que se pueden imaginar los jauleros y aunque la imaginación y la exageración —todo hay que decirlo— presidían los relatos del tío Paco, los oyentes de aquellas apasionadas tertulias se quedaban boquiabiertos, embelesados, escuchando, con los ojos saltones, todas las peripecias acontecidas en aquel famoso puesto de la comarca. Tanto, que todos en su interior eran protagonistas de aquellas fantásticas historias perdigoneras narradas por el mejor jaulero del pueblo.

Llegado al puesto referido, el jaulero se despoja de todos los trebejos porteados, se descuelga lentamente, con parsimonia, la jaula de la espalda y suavemente la coloca a la sombra, al abrigo de unas matas, siguiendo siempre el ritual enseñado por familiares y maestros reclamistas, que de aquello… de aquel ARTE… mucho sabían.

Manos expertas reconstruyen rápidamente el puesto de monte pues el año pasado, al haber estado muy bien forrado, necesita poco tiempo de reconstrucción. Repasa los clarillos bajeros del puesto que son los que siempre chivan, a veces sin saberlo, nuestra presencia a la astuta y recelosa perdiz montaraz. De igual manera, como buen perdigonero, ata varias pequeñas gavillas haciendo una verdadera y sólida tronera donde descansará su vieja y oxidada escopeta.

De la plaza se limita a pelar, que no a arrancar, lo justo, lo imprescindible, las pequeñas jarillas que clareaban el lugar, que la perdiz es muy viva y en cuando detecte alguna anomalía en su querencia no pisará aquel lugar ni aunque el mejor figura la llame desde el pulpitillo. Seguidamente termina de arreglar el repostero entremezclando algunas matas nuevas en la estructura vieja del año anterior, afianzándolo por varios lugares con otras matas clavadas en el suelo. No interesa en absoluto que se mueva el trono, el lugar destinado al director de orquesta, que ha de estar cómodo y seguro sobre su atalaya.

Unas pequeñas comprobaciones dentro del puesto, con la escopeta descargada, para asegurarse que nada le impide tener una perfecta visión del escenario, con algún que otro retoque dentro del mismo, que le permita después la más completa inmovilidad durante su estancia en el mismo, serán las últimas actuaciones que lleve a cabo nuestro ilusionado cazador del reclamo.

Siempre ha sido su costumbre, antes de proceder a colgar a su pájaro, orinar, para aguantar luego todo el tiempo necesario dentro del puesto y es que… la edad no perdona… y siempre recuerda los sudores pasados en un puesto al no poder aliviarse de esa necesidad, agravado aún más por los cantos de aquella perdiz viuda, recelosa, astuta y machacona que se encontraba justo detrás del puesto y que martirizaba con sus mensajes sonoros, tanto al reclamo saltarín que tenía colgado, como a él mismo. ¡Vaya tarde que le dio!

Con tranquilidad, lentamente se dirige al reclamo, lo levanta de forma muy suave y se encamina al repostero, aquí lo deposita con suavidad y con una finísima cuerda de cáñamo ata la jaula al mismo. Camufla la cuerda utilizada y a continuación, muy despacio, va levantando la sayuela mientras palillea suavemente al reclamo que, aún sin destapar del todo, quiere iniciar un ligero dar de pié demostrando su veteranía, pues sabe que ya mismo comienza su espectáculo, su fiesta… y también la de todo cuquillero.

Ligeros pasos hacia atrás, sin darle la espalda al director del espectáculo, suaves voces de su dueño, algún que otro palilleo y en breves instantes se encuentra el jaulero embutido en su puesto, después quietud total y a seguir disfrutando del puesto y digo «a seguir» pues el cuquillero comienza a disfrutar desde que en la casa coloca la sayuela a su reclamo.

Empieza a serenar el jaulero su pulso cuando el reclamo comienza con su repertorio musical emitiendo un embuchado; a continuación varios cantos de cañón exploran el terreno haciendo saber a sus congéneres que allí tienen visita. Para, sale, para, estudia, observa… estirado con la cabeza en el techo de la jaula… el reclamo comprueba y analiza las primeras respuestas de las camperas a sus mensajes de exploración.

Varios piolíos, revoladas, riñas y alguna que otra pelea se escuchan a lo lejos, estamos a principio de temporada y las luchas vecinales de los pares formados por defender su territorio recién estrenado, hacen presagiar que aún no tienen bien delimitadas las querencias. Responde la voz guerrera del campo en varias direcciones y el reclamo replica en varios tonos y con distintos mensajes, dependiendo del estado de celo y de la intencionalidad que pregonan. Parece como si el campo dijera… «uno más ha llegado… estábamos pocos… y parió la abuela…».

Sigue el reclamo enfrascado en sus tareas y el apasionado jaulero disfrutando de todo lo que allí presencia. De pronto se escucha la voz de una hembra, seguramente enviudada hace poco tiempo, pues sigue la táctica de toda aquella que pierde a su macho.

Por la premura en acercarse y la forma de provocar al reclamo, se deduce que lleva algún tiempo sola, que además se encuentra encelada y que presumiblemente el lugar donde se ubica el puesto, forma parte de su querencia. Por sus cantos se aprecia que es perdiz con algunos años, entre ellos al emitir el típico y estridente dar de pie de viudas veteranas, llamadas en algunos lugares perdices vicarias.

La arrogancia, agresividad e intenciones de desalojar al intruso que campea en sus dominios, por parte de la hembra, no sorprenden al veterano jaulero, quizás si lo hubiera hecho al incipiente jaulero, que hubiera catalogado ese comportamiento agresivo el correspondiente a un pollo valeroso.

La batalla de insultos, descalificaciones y mensajes de todo tipo se suceden en la dueña del terreno, no así en el reclamo que despliega todas las artes de seducción para camelar a aquella brava y valerosa hembra. Y así, desde un casi inaudible dar de pie, amorosos titeos, arrumacos intercalados y un sin fin de muestras seductoras se suceden sin parar.

El exquisito trabajo de aquel que domina la situación desde su atalaya, sin impacientarse, sin mostrar nervio alguno, da sus frutos. De esta forma, de reojillo, por un clarillo lateral del puesto, el jaulero contempla más que emocionado la bola de plumas que anda de lado, con una alilla caída, escudada, dirigiéndose en una actitud de pelea hacia su reclamo. De un salto se encarama en el pulpitillo y arreglan durante un tiempo «algunas diferencias»; los mensajes que se intercalan son de tú a tú, pues a pesar de que el experimentado oído del emocionado jaulero quiere salirse por la tronera para escuchar la íntima charla que mantienen… apenas oye nada.

Se baja la valerosa perdiz del repostero y contornea el mismo como el mejor de los machos valerosos de aquella zona. Va llegando el momento de poner punto y final… de escribir el epílogo de la tarde… pero el auténtico jaulero, el reclamista de casta decide en ese momento… indultar a esa perdiz, en extremo valerosa y de sangre, para que vuelva a ser la madre de valientes pollastres en la temporada que viene…se lo ha ganado a pulso… le ha regalado apasionantes momentos… se lo merece.

Lentamente cae la tarde, la hembra hace tiempo que se ha marchado y el entumecido jaulero sale muy despacio del puesto, previo carraspeo para comunicar su salida. Se dirige de forma oblicua a su reclamo, que le hace un recibimiento de amigo ya que no es la primera vez que ha sido testigo de un indulto, le habla con voz cariñosa y a su modo le pide disculpas por haber dejado marchar a aquella perdiz, al tiempo que lo felicita por su labor de maestro.

Camina casi entre dos luces oyendo los revuelos de algunos pares que se dirigen a los lugares que tienen destinados como dormideros y mientras, recuerda con todo lujo de detalle el gran puesto vivido, agradables sensaciones que almacenará en su memoria perdigonera durante mucho tiempo.

Desde aquel año el puesto del «tío Paco» se llamó también el del «Indulto»… aún se recuerda, y se recordará siempre, en las sabrosas, necesarias y apasionadas tertulias perdigoneras que se mantienen en aquel pueblo de jauleros…


MANUEL ROMERO PEREA. Autor del libro: LA CAZA DE LA PERDIZ CON RECLAMO. ARTE, TRADICION, EMBRUJO Y PASIÓN.