El lince salvador

Bosquimano

 

Para Rayón y el amigo de su lince.


A Angel Edelman ya le sacaba de sus casillas esa intromisión de los niñatos ecologistas en las cosas del Ayuntamiento, pero ahora iban directamente a por él amenazando sus propiedades como el pretexto ese del lince. Acaba de recibir una carta de la Consejería de Medio Ambiente informándole de la visita inminente de un equipo de biólogos para rastrear la existencia del bicho.

—Ya sabes Helio tienes dos días para cargarte esa alimaña y a la madre que lo parió y no dejar rastro. Busca cagaderos, meaderos si los hay. Pon cepos, lazos o lo que te venga en gana, pero caza ese animal.

Pero lo que más le jode y le enrabia a Edelman es que el asunto del lince lo sacara un guardia civil.

—El hijo de la gran puta, si Franco viviera ese iba directamente al paredón, como hizo su amigo Gómez Cantos con aquel guardia en Mesas de Ibor. Y que su hija sea una de las zorras ecologistas que andan pinchando al Ayuntamiento con sus manifestaciones y sus escritos en la prensa.


Heliodoro se ha recorrido la finca durante toda la semana con precisión milimétrica. Ha puesto una veintena de lazos y cepos en los que han caído varios conejos, tres zorros, dos jabatos y un tejón. Pero el último día, mientras recogía los aperos de furtivo para que los de la Junta no descubrieran la limpia vio el meadero con su estalactita de sal. Ese atardecer hizo un aguardo con la carabina del nueve. No llevaba ni media hora puesto cuando apareció el gato. Era un lince grande, macho, hermoso se sentó cerca del pequeño promontorio y oteó el horizonte despacio, como si repasara sus dominios, pensó Helio. El viejo levantó muy despacio el arma seguro de tener el aire a favor y le apuntó a la cabeza.

—¡Pum! —susurró.

Pero ni siquiera acercó el dedo al gatillo.

—Me cago en dios, ¡no puede ser! —gritó entonces.

El lince se levantó en un segundo moviendo la cabeza y las orejas localizando al instante la figura de Heliodoro y desapareció.

El guarda jubilado se acercó a la casa y volvió al lugar con un perrillo mil leches que tenía especial animadversión a los siameses de la mujer de Edelman, rompió la piedra donde el orín del animal había cristalizado y puso al perro en el rastro, encontró varios cagaderos y dos camas donde el lince había llevado a sus últimas víctimas, una becada y un gazapo. Allí donde encontraba un rastro del animal, él se sacaba el pene y orinaba un poco. Sabía que así el lince cambiaría de territorio por algún tiempo.

—¿Le has matado? —preguntó Edelman cuando le vio llegar con el perro.

—Señor alcalde, aquí no tiene usted linces ni hostias, el Civil ese habrá visto algún gato montés o alguna zorra desmochada y la habrá confundido.

Edelman respiró aliviado, mañana llegaban los de la Junta y si el furtivo de Helio decía que no había lince, es que no lo había.


—Como te lo digo, un lince grande con dos cojones —exclama, golpeando la mesa con el vaso vacío.

—¿Y le has apiolado? —pregunta su viejo amigo Evaristo.

—No pude, te lo juro que estuve en un tris, más fácil imposible. Ya ves, unos cuantos he cepeado en mi vida, a veinte duros las primeras pieles y a mil las de los últimos que cacé en el sesenta y dos. Pero siempre me gustaron esos bichos, tan listos como nosotros sisándoles conejos y perdices a los amos.


Heliodoro ya no mata. Tiene su jubilación, su huertecilla al pie del río, las buenas propinas que le dan los cazadores que vienen a las monterías y los recechos por conocer al famoso guarda, hasta siente cierta repugnancia cuando ve al tipo gordo de ciudad descerrajándole un tiro a un venado, con esos rifles y esas miras de canuto, como él dice, que hay que se ciego para fallar el tiro y muchos fallan.

—No se los merecen. Qué culpa tiene el bicho del veneno que tiene esa gente dentro, que nada más vienen a por los cuernos y los colmillos, por ellos dejarían la carne para las alimañas.

—¿Y qué vas a hacer si esa gente del gobierno le descubre?

—Esos de la Junta van a descubrir lo que yo quiera y lo que no, no. Son muchos años paseando la finca.

—¿Y qué vas a hacer?

—Cuidarme de que no le falten gazapos tiernos, me voy a hacer ecologista porque me sale de los cojones, porque me gusta el bicho ese, me recuerda los buenos tiempos. Es como nosotros, un superviviente.


Los biólogos de la Consejería estuvieron una semana en la finca y los alrededores pero no descubrieron ni rastro del gato aunque censaron tres nidos de cigüeñas negras y, por lo tanto, Edelman lo iba a tener difícil para quitárselos de encima de ahora en adelante. A los biólogos les brillaban los ojos con los nidos, a Heliodoro también, por otras causas.

—¿Y esos nidos?, ¿qué hostias hacían esos pájaros en la finca? —bramaba el ex alcalde por la noche.

—Son cigüeñas negras, han vivido ahí desde siempre, están protegidas y no hacen daño a la caza, digo yo —se excusa Heliodoro.

—¡Y tú que sabes lo que hace o no hace daño a la caza gilipollas! —volvió a gritar desquiciado—. Mañana mismo les pegas un trabucazo a los nidos.

—No se puede —dice el viejo guarda— les han puesto unos transmisores a los pollos.

—¿Qué no se puede?, tu dime mañana donde están y yo se los pego, ¡nos ha salido ahora ecologeta y vago el pedazo de furtivo muerto de hambre! Que si no llega a ser por mí tu padre había acabado en el paredón, desagradecido.

A Helio ya no le afectaba el run run de las injurias de su antiguo señorito. Además había sospechado desde siempre que si había salvado el pellejo de su padre no fue precisamente por el favor de Edelman que ejercía de abogado defensor en el paripé de juicios que se hicieron aunque le pagaron bien con una joya de gran valor.

—¿Y de qué se le acusa? —le había preguntado entonces.

—De rojo y de furtivo, te parece poco. Yo le fusilaba mañana mismo, gracias a que soy su abogado que si no.

—Pues espero que le defienda bien. Y el falso indiano le puso encima de la mesa una piedra verde. En el último momento el juez cambió a su padre la pena de muerte por cinco años de trabajos forzados.


Heliodoro recuerda el último lince que había visto en los breñales de los Ibores hace muchos años, idéntico en los dibujos de la piel a ese otro de ayer. No ha contado nunca a nadie que un bicho como ese le salvó la vida.

—Es lo justo. Sería un mal nacido si hubiera matado al gato sólo porque al amo le molesta.

Helio no se conformaba aún con la cómoda identidad que su hermano mellizo le había proporcionado y que le protegía de las razias falangistas, había logrado tomar contacto con una partida guerrillera y tenía la intención de unirse a ella. No soportaba vivir encerrado en el pueblo viendo como asesinaban a su gente, sin hacer nada, fingiendo ser otro.


Lleva esperando varias horas tumbado, bien escondido en la espesura, con la carabina Tigre amartillada, dominando desde bien lejos las dos trochas que suben al monte. Helio no sufre como otros la dureza del campo, se siente cómodo en cualquier parte y duerme como un niño hasta las noches más frías en aquel saco de plumón que le regaló un camarada checo de las Brigadas antes de irse y que fue el único equipaje que trajo de Madrid. Pero ya no hace frío, a finales de abril el monte es un paraíso, zumban las abejas, planean entre las jaras los caballitos del diablo rojos, chilla el mirlo y pasan de cuando en cuando la cigüeñas camino del río Tajo a por ranas para los pollos. Estaba apostado bajo un brezal espeso, esperando al enlace que tenía que venir desde Navalmoral. No sabía que la sierra estaba siendo peinada por más de cien guardias civiles y el enlace estaba ya en el cuartelillo con la boca llena de sangre.

Heliodoro recuerda. Me entretenía viendo como un enorme lagarto ocelado acechaba a los insectos sobre un cancho. En otro tiempo le habría cazado para comérmelo por la noche rebozado en harina, frito y con mucha sal, pero descubrí que no estaba solo, relamiéndose, a pocos metros de la piedra, bajo otra sombra de brezo vi a un lince agachado, tenso, preparado para saltar sobre el lagarto, movía sobre el suelo sus garras para afianzar el ataque inminente, pero de pronto irguió los pinceles de sus orejas y se puso en pie, algo le amenazaba sobre la loma que estaba mi espaldas, lanzó un gruñido y desapareció en un segundo. Me arrastré unos metros dentro de la trocha jabalinera en la que estaba apostado, coloqué el oído sobre el suelo y aguanté la respiración, debían de ser muchos porque aunque intentaban andar con sigilo se escuchaba el roce de las jaras en varios lugares diferentes, seis u ocho personas por lo menos.

—¡Ahí está la casilla mi sargento! —escuché muy cerca.

Había quedado con el enlace tras el medio muro derruido de una choza de pastores casi oculta ya por la maleza.

—¡Alto a la Guardia Civil! —gritó la voz de antes— ¡entrégate, estás rodeado!

Oía la voz a pocos metros sobre mi cabeza, debía de estar subido en una piedra que se elevaba sobre el espeso monte a mis espaldas. Me di la vuelta despacio y vi por un pequeño hueco en el brezo la cabeza del guardia.

Me vais a cazar pero a ti te voy a volar el capirote, pensé apuntando el arma con cuidado. Entonces, poco antes de apretar el gatillo alguien gritó a su derecha.

—¡Ahí va, es un lince! Ha salido justo de la casucha.

Y sonó fuerte un tiro de mosquetón.

—¡Ese cacho cabrón nos la ha jugado bien!, cuando vuelva al cuartel además de sin dientes le voy a dejar sin cojones —berreó el sargento al que apuntaba.

—Vámonos, aquí no hay nada que hacer, si había un lince ahí no hay un maquis en varios kilómetros a la redonda. ¿Le habrás dado por lo menos?

—No mi sargento, he fallado.


A saber porqué se agazapó el lince justo ahí detrás de las piedras del muro o por qué salió hacia la trocha en lugar de escurrirse entre los jarales. Heliodoro hizo una larga pausa antes de continuar. El hecho seguro es que me salvó el pellejo. No he contado a nadie esta historia.


Pero unos años después el viejo guarda, guerrillero, furtivo, jubilado nonagenario se la contó a un jovenzuelo que le miraba en silencio con un chisme de esos de grabar entre las manos. El chaval sabía escuchar y le brillaban los ojos cuando él rumiaban su pasado.


Bosquimano