El mejor tiro de su vida

Bosquimano

 

Llevamos también un paquete para Jan que nos ha entregado un brigadista polaco.

—Es la herencia de un familiar que ha muerto —miente.

No hemos resistido la tentación de abrir la maleta y descubrir que se trata de una vulgar escopeta de caza, una caja de cartuchos y una nota escrita en checo.

Cuando llegamos por fin al puesto de mando sobre la Venta de Camposines el general ordena enseguida la distribución del envío.

Dalmau, el cubano ligón y risueño había aprendido rápido a apuntar con sus cañoncitos del treinta y siete. Le han dado por muerto más de una vez, sobre todo cuando en la quinta contraofensiva ocupaba la cota 496 y durante días, sin interrupción los obuses de la artillería y las bombas de la aviación convirtieron el pequeño monte en un paisaje lunar en el que había desaparecido cualquier atisbo de vegetación. Lo que había sido un bosquecillo de maleza quedó convertido en un desierto la noche en la que Dalmau y cinco de sus artilleros decidieron escapar a otra posición. Habían sobrevivido haciendo pozos y túneles en los que se ocultaban como topos cuando arreciaban los bombardeos y de los que salían sólo para apuntar a los tanques que se aproximaban con un par de cañones Puska-Maklen tan certeros que eran el asombro de todos. Pedimos al general llevar con nuestra gente las piezas para los cañones y los obuses a Dalmau y accedió con un gesto antes de volver sobre sus mapas preparando ya la retirada.

Comienza a llover de nuevo y la noche es muy oscura, las mulas en fila, los hombres agarrados a sus colas y delante un brigadista de piel oscura que parece saberse el camino con los ojos cerrados y lleva, cuando puede, suministros y comida a la gente de las cotas más inaccesibles. La lluvia torrencial silencia cualquier ruido, los relinchos de los animales cuando resbalan por la pendiente, la caída de alguna de las cajas, los juramentos de los hombres que han perdido ya la noción del tiempo y la distancia y caminan sin rumbo asiendo las crines de las mulas como el único cabo que les salva de los abismos que imaginan.

—Joder que el guía es un moro, que me fijé en él cuando llegamos a la Venta —dice inquieto Evaristo.

—Y qué cojones te importa el color de su jeta —le abronco.

Llegamos a la posición de Dalmau pocos minutos antes del amanecer. Ha dejado de llover y ya se ve algo pero no hay ni rastro de los soldados en la posición.

—¡Dalmau Putón! —grita el moro.

—¡Horda salvaje! —grita la inconfundible voz de Juanín desde algún lugar invisible.

Los soldados van saliendo de los escondrijos, unas extrañas cuevas que han excavado entre las piedras y los desniveles. Nos abrazamos todos pero no da tiempo a más, alguien grita.

—¡Ya vienen los aviones!

Y salimos en estampida para los escondrijos dejando las seis mulas solas cargadas con la suficiente munición para hacernos volar a todos. Pero los Heinkel pasan rasantes y descargan sus bombas en otra cota cercana. Salimos de nuevo a descargar las mulas y el moro sale corriendo con las caballerías en cuanto están todas las cajas en tierra.

—Adiós pito corto —dice el moro.

—Hasta luego horda salvaje y ebria de sensualidad —le grita Dalmau parafraseando a la Pasionaria en cierto discurso que había generado tiempo atrás un cabrero importante entre los marroquíes y demás árabes que había en las Brigadas Internacionales.

Llega el siguiente grupo de aviones y corremos con las cajas hasta la entrada de una de las cuevas. La tierra es esponjosa y la lluvia la ha convertido en una espesa pasta en la que las bombas suenan huecas y a veces no explotan. Se quedan clavadas, casi totalmente enterradas en los charcos de lodo. Los defensores han construido una serie de trincheras y estrechas cuevas de entrada diminutas en las que hay que meterse casi arrastrándose. Desde algunas de ellas se dominan a la perfección los pequeños valles por los que comienzan a correr los tanques con la infantería detrás. En cuanto pasan los aviones sacan un poco los cañones de las cuevas y apuntan con cuidado.

—Tápate los oídos y cierra los ojos —grita el cubano.

Y al instante parece como si se fuera a hundir la tierra del estruendo. Trozos de tierra desprendiéndose de las paredes del cubículo, humo picante y un doloso zumbido en los oídos que no desaparecerá en muchos días.

—Te dije que te taparas los oídos coño, disparamos así para que sea más difícil que nos detecten.

Cuando se aclara el humo veo abajo un tanque incendiado, pero vuelven los aviones sembrando de bombas el cerro una y otra vez. Para la gente de Dalmau todo esto parece ser una rutina, pasada de aviones y bombardeo, intento de avance de los tanques y la infantería, vuelta a sacar la punta de los cañones, apuntar, disparar, nueva pasada de los aviones y obuses de artillería intentando aniquilarnos, así una hora, dos, tres, cuatro horas. Deben ser las doce cuando todo se para, no vienen más aviones, los tanques se retiran.

—La hora de comer —dice alguien y los soldados comienzan a abrir las cajas de comida que hemos traído.

—Cojones, esto es una escopeta como las que usaban los señoritos de mi pueblo para apiolar venados —afirma quién ha abierto la caja para Jan por error.

—No es una escopeta camarada —le corrige Dalmau quitándole el arma de las manos— es un rifle exprés de lujo, Holland&Holland, inglés con grabados en oro. Este chisme vale una fortuna, pero sólo sirve para cazar elefantes y no tanques, ni Chirris, ni Messer.


Nos han caído encima docenas de bombas durante toda la tarde. Ya no escuchamos las voces de los otros, sólo un zumbido agudo y lejano y el estruendo opaco de las granadas cuando explotan, la vibración suave de los aviones cuando hacen el picado sobre nuestra posición. No nos hablamos porque no podemos oírnos, estamos sordos, solo los gestos y los ojos nos sirven para decirnos cosas, abrir de nuevo el agujero por donde sacamos los cañones, limpiar sus mecanismos, cargar, apuntar, disparar, esconder de nuevo las piezas, aguantar la rutinaria pasada de los aviones, Dalmau se encarga de apuntar con una de las piezas y logra un acierto de cada cinco tiros para asombro del general y maldición del enemigo. A mi solo me asombra que sigamos vivos, que ninguna de los cientos de bombas que caen por todas partes haya entrado por pura ley de la probabilidad por alguno de los agujeros y nos reviente a todos.

Está apunto de ponerse el sol y Juanín grita a uno de los soldados que recorra las posiciones y averigüe cuántos cañones quedan en uso para mañana. Entonces aparece Jan cubierto de barro de la cabeza a los pies, con algunas heridas en la cara y en las manos pero sonriente como siempre.

—Nos han caído cerca una granada y se ha cargado el cañón —dice a Dalmau.

No nos reconoce. Tenemos todos el mismo color pardo, la misma costra de polvo húmedo.

—Hola Jan, veo que aún no estás muerto.

Nos abrazamos y le entrego la maleta.

—Te he traído de Madrid un regalo de tu amigo Héctor el polaco para que te distraigas un poco y nos caces unos conejos para la cena.

Abre con cuidado la maleta de buena piel de avestruz y bisagras de bronce y no puede reprimir el asombro cuando descubre el arma. Toma la nota y lee en voz alta y en castellano: «el viejo se ha ido al infierno, estará feliz cazando monstruos en la oscuridad, dejó sus libros y sus armas para ti y yo respeto y acepto con gusto su decisión. Firmado: Hans».

Vuelve de pronto el chirrido de los aviones, el temblor de las primeras bombas. Escucho perfectamente el silbido agudo que se acerca y el estruendo del mundo derrumbándose sobre nuestras cabezas. Doy brazadas en la tierra caliente con los ojos cerrados, siento que nado dentro de la lava de un volcán. El calor me asfixia, me quema la cara y las manos, cuando logro salir a la luz descubro que el azar ha hecho por fin su trabajo y ya no hay cueva, ni hombres, ni cañones, sólo un amasijo de cuerpos rotos, trozos de chatarra y barro caliente. Como muertos vivientes que regresan de sus tumbas van saliendo los soldados que aún están vivos de debajo de la tierra, Dalmau se arrastra por el barro con una de sus manos destrozada. Otros se van tocando todo el cuerpo buscando las heridas que no sienten, que no duelen, Evaristo grita algo que nadie puede oír y Jan, de rodillas, intenta sacar el maletín de debajo de unos cascotes humeantes. Entonces vemos contra el sol la silueta del avión que hace un giro amplio para volver sobre sus pasos aunque los demás Messerschmitt ya se retiran.


Imagino al piloto joven, arrogante, hermoso, embriagado de la precisión de su máquina flotando sobre el horizonte naranja, casi rojo. La voz de su jefe de escuadrilla.

—Felicidades Franz, la cota está por fin despejada.

La respuesta embriagada del piloto.

—Voy a dar una última pasada para ver el trabajo y dar gusto al dedo.

—De acuerdo, nosotros ya nos vamos a casa. Vamos abriendo el vino para festejarlo.

No hay lugar para esconderse, el piloto nos va a aniquilar con sus ametralladoras, todos estamos pegados al suelo tenemos la certeza de que para el piloto somos un sencillo e inerme blanco inmóvil. No sabemos que no puede vernos, que para él somos pedazos de roca tapizando un suelo ocre iluminado en oblicuo por los últimos rayos de sol que dejan escapar las nubes.

Unos instantes antes de que el avión nos pase por encima veo a un miliciano que se levanta, quita de las manos la maleta a Jan, saca el rifle, mete dos cartuchos y apunta al aparato. Sólo espero el momento en el que suenen las ametralladoras del Messerschmitt y el soldado caiga destrozado, pero el avión pasa sin haber disparado, veo entonces salir el fogonazo del rifle y al soldado caer de espaldas.

—Hay resistencia —grita el alemán por la radio en el momento en que siente en el timón de cola la vibración que le indica que le han alcanzado.

—Déjalo para mañana Franz. Por hoy ya les dimos su ración.
Le ordena el jefe de escuadrilla.

Pero el piloto no hace caso, gira varias veces el timón a derecha e izquierda, arriba y abajo para asegurarse de que el alcance no es grave.

Nos acercamos corriendo al soldado que se ríe mirando al cielo con el labio partido sangrando copiosamente. Puedo leer sus labios lo que grita una y otra vez.

—¡Le he dado a ese cabrón nazi!

El avión de la vuelta otra vez en el horizonte. Esta vez un giro corto, un navajazo rápido sobre el sol antes de volver en picado hacia nosotros. Ahora sí vemos los fogonazos blancos de sus ametralladoras, las salpicaduras de tierra que se acercan y Jan en pie con el Holland&Holland encarado. Recuerda que su amigo el barón nunca había querido reparar el muelle del segundo tiro, que el cartucho de la recámara es tan inútil como un cigarrillo húmedo, «iam mens praetrepidans avet vagari, iam laeti studio pedes vigestcunt. Ya mi corazón, impaciente, ansía viajar, ya mis piernas, alborozadas, recobran sus fuerzas» recuerda al viejo barón, el gran cazador del que ha aprendido los secretos de los bosques, cómo seguir el rastro de los búfalos por los herbazales, dónde apuntar cuando carga el león y no hay más lugar para trepar que el propio miedo. El miedo es la más fabulosa de las armas con las que cuenta el cazador, susurra Von Beumelburg al oído asombrado de un adolescente que bebe por primera vez licor de ciruelas. En ese segundo antes de apretar el segundo gatillo Jan se fía de su miedo, se apoya en él para apuntar el rifle, sabe que ningún cazador regalaría jamás un arma rota. La ráfaga está a punto de llegar. Imagino la mueca rabiosa del piloto alemán atenazando el timón con el botón del disparo presionado con fuerza y Jan pensando por un instante «hay que apuntar al piloto» pero en otro instante rectifica y piensa no, «al motor». Esta vez escucho levemente el estruendo del exprés haciendo eco en el valle a pesar de mis oídos reventados. La desaparición instantánea de la hilera de balas que se aproximaba, el brusco cambio de rumbo del avión, el chorro de humo negro y espeso que sale del costado del aparato mientras se aleja y va perdiendo altura en una lenta parábola hasta chocar contra el suelo y explotar en una llamarada parecida al color del sol.

Jan abre la báscula. Saltan las dos vainas metálicas humeantes. Se agacha a recoger una de ellas, le tiemblan las manos mientras mira de cerca la nítida marca que ha dejado la aguja en el pistón. Ni una mueca, ni un gesto. Sopla el cañón del exprés y murmura algo en checo que no logro escuchar.

Todos gritan, le abrazan, él alza el rifle y da un grito largo y fuerte que retumba en los valles ya en penumbra. No grita el soldado valiente sino el cazador.


—Jan nos salvó el pellejo —me cuenta Evaristo mientras va ordenando los papeles que me ha traído— aunque te parezca increíble abatió un Messerschmitt con un rifle de caza ante nuestros ojos el día antes de la retirada del Ebro. Él siempre recordó aquel instante como el mejor tiro de su vida.


Bosquimano