El macho montés

Che

 

Llovía y nevaba, lo hacía de tal forma que el limpiaparabrisas no podía barrer la cantidad de agua que se agolpaba contra el cristal... Es lo único que recuerdo de aquel viaje que nos llevaba de vuelta a casa. Mis pensamientos giraban en torno a los acontecimientos que me acababan de ocurrir. El 4L avanzaba despacio, dando saltos de charco en charco por la pista forestal que corría por la cuerda, desde la Muela hasta el Fontarrón.

Habíamos salido temprano, a eso de las seis de la mañana. Mi teckel Archy y yo. El parte meteorológico venía avisando con antelación que un frente frío nos traería agua para el fin de semana. Que se esperaban fuertes aguaceros y nieve a partir de los mil quinientos metros... Pero con cuarenta años, muchos recechos a los lomos, cientos de lances de caza, después de tantos avatares por esos cerros de Dios y las ganas de monte que se le acumulan a uno a lo largo de toda la semana trabajando... ¿quién se fía del hombre del tiempo?

Me tomé un café con leche condensada, al estilo de esta tierra, con un buen chorro de coñac para desinfectar la taza. Compré un trozo de embutido y una barra de pan y empezamos a subir las empinadas rampas de la sierra. El pobre coche trepaba como podía. En las curvas de las umbrías había hielo viejo y había que entrar con mucho cuidado porque, en cuanto te descuidabas, el cuatro latas se ponía del través, como los barcos a la mar cuando pierden el gobierno. El cielo, aunque plomizo, no parecía que fuera a darle la razón al cenizo de Ramón Toharia y, aunque así fuera, un poco de agua no iba a hacerme cambiar de parecer.

Iba a recechar un macho montés que tenía ya visto y revisto. Andaba siempre por los canchales que hay debajo de la Panadera, tenía una buena trouppe de machos con él pero no había color. Era el jefe. Y, el muy ladino, siempre andaba muy avisado y nunca se descuidaba. Tenía un sestero al que era imposible llegar sin ser visto. Desde lo alto tenías que meterte prácticamente encima y cuando asomabas la cabeza por la roca para ver si estaba te lo encontrabas debajo del risco, a ochenta metros de distancia. Te entra un desconsuelo cuando vas llegando, llegando, te falta poco ya para divisar el pradillo donde sestean... Bruuuuuummm, bruuuumm las piedras rodando y la estampida... Por los laterales de la pared era imposible acercarse, hubiera tenido que ser uno un funambulista o un loco de remate para intentarlo y por el frente ni hablar, era una pared vertical de vete tú a saber los metros, más de trescientos, seguro. Era un cortado a pico que daba a los llanos que se extienden entre el Parque Natural de Baza y Sierra Nevada.

Mi Archy, a las montesas, no les hacía mucho caso porque sabía que en dos saltos se perdían de vista y el tufillo a cabra no le volvía loco tampoco. Pero aquel día me iba a demostrar lo que es un perro para un cazador. Ya, con los cochinos, me lo tenía súper demostrado. Había hecho jugadas de bandera y me había proporcionado lances inolvidables... ¡¡El jodío Archy!!

Lo compré en Archena, de ahí su nombre, me costó poco dinero e hizo el viaje hasta mi casa durmiendo en la palma de la mano de mi amigo Jaime.

Desde pequeñito era muy avispado y vio el primer jabalí con cinco o seis meses. Lo llevé a casa de un podenquero que tenía una cochina vieja en un corralón. Para probar los candidatos a su rehala metía a sus cachorros a ver qué hacían en presencia de la jabalina. Aquél día iba a meter tres podenquetes. Hubo uno que no sabía por donde salirse del corralón. Los otros dos le ladraban y le hicieron dar unas vueltas huyendo de los mordiscones que le tiraban en las patas. Enseguida se cansaron. Entretanto Archy se deshacía por entrar al corral embarrado donde se desarrollaba lo que a él le debería parecer un divertidísimo juego. Lo cogía en brazos pero se retorcía como una culebra para que le soltara. Yo no me atrevía a meterlo por temor a que la jabalina, con más kilómetros que el expreso de Barcelona, le pegara un bocado y cogiera miedo de por vida... pero, ante la insistencia del podenquero y las ansias del perro, lo metí en la cerca con mucho miedo por mi parte...

Lo que allí vimos dista mucho de lo que se consideraría normal y no lo escribiría aquí si no fuera porque hay testigos que pueden dar fe de ello.

El perrillo se fue derecho a la jabalina, empezó a darle vueltas y, en cuanto ella dejaba de enseñarle la jeta y a castañetearle los dientes, se colocaba detrás y empezaba a tirarle mordiscos en los corvejones... Al rato, la marrana, considerando que aquello se pasaba de castaño oscuro, echó a correr dando vueltas al pequeño recinto embarrado con el perrillo detrás hecho una furia y sin dejar de trajinarle por la retaguardia...

Cuando llevaban media hora dando vueltas al corralillo mi perro parecía una croqueta del barro que llevaba encima, los ojos se le salían de las órbitas y babeaba de tal forma que yo creo que estaba al borde del colapso... Y entonces la pobre cochina nos dejó sorprendidos al perrero, hombre experto con los animales, y a mí. Tan agotada estaba de que aquel perrillo la persiguiera que se fue derecha a un pilón pequeño de agua que había en una esquina, ¡¡¡metió la cabeza en el agua y allí se quedó quieta, sacando la jeta de vez en cuando para respirar pero dejando que aquella maldita mosca cojonera le mordisqueara a placer!!! Un número. El perrero quería comprarme aquella figura de teckel por el dinero que le pidiera... Fue un gran perro.

Bueno, pero sigo por donde iba. Dejé el coche a más de dos kilómetros del punto que os he dicho, até a Archy con una traílla larga, de esas que te la pones en bandolera y no necesitas las manos para llevar al perro, metí tres balas en mi escopeta de cañón cilíndrico y eché a andar por la cuerda. El aire me pegaba unos empujones que me hacía caminar inclinado para oponer alguna resistencia. Llevaba el aire bien, en la cara. Me podría acercar sin miedo a que, si estaban allí, me ventearan. Las orejas de Archy parecían dos trapos puestos a secar en un tendedero. El pobre avanzaba entrecerrando los ojos porque se le metía el viento en los ojos y de vez en cuando se soplaba la nariz por la misma causa. Las nubes, mientras tanto, se iban amontonando por el horizonte, poniéndose más grises por momentos. Antes de llegar a donde yo quería, empezaron a caer los primeros goterones... fríos como la nieve. Mala suerte.

En varias ocasiones en que lo había intentado antes, los machos jóvenes siempre se habían salido del sestero por el lateral de los riscos por donde yo me estaba acercando, pero el macho que me quitaba el sueño no se iba detrás. Él cogía el camino más difícil. O se salía por arriba o se tiraba por el cortado abajo como lo que era, un cabrón. No había forma.

Tenía pensado hacerles una jugarreta a ver si me salía bien. Meterles el perro por el lateral que los machetes tomaban para escapar y esperarme yo arriba por donde se vaciaba el macho, por si sonaba la flauta y le daba por subir en vez de tirarse por el cortado abajo.

La dificultad estaba en que, desde donde tenía que soltar a Archy para que los levantara hasta el punto en que me tenía que situar yo para tener alguna garantía de ver al bicho, si le daba por subir, era de al menos doscientos metros cuesta arriba y luego había que subirse al peñasco. Y a ver quién era el guapo que convencía al perro de que fuera despacio para darme tiempo... dándole el tufillo en el hocico...

Llegué al sitio donde tenía que soltar a mi fiel compañero, le puse en la sendilla, apenas marcada en las piedras, por donde acostumbraban a entrar y salir. Tomó el aire, meneó el rabo... le indiqué con la mano y eché a correr para colocarme en el apostadero que tenía pensado...

Que... ¿qué hizo el perro? Pues lo lógico. Ya os he contado que el olor a cabra no era su preferido y, cuando me vio correr, se vino detrás de mí. Maldita sea su estampa. Menos mal que el ruido de las pisadas quedaba totalmente amortiguado por el viento que parecía un huracán. Le regañé y le volví a llevar al sitio... Nada, que no. Y así hasta tres veces.

Ya veía yo la cosa más negra que tiznada. A todo esto las gotas del principio se volvieron lluvia fuerte que, unida al ventarrón, era de lo más agradable...

Sin saber qué hacer me decidí a asomarme por arriba, como ya había hecho en varias ocasiones sin éxito. Y que fuera lo que Dios quisiera. No me iba a ir sin intentarlo después de la caminata y de la mojadura.

Me dispuse a encaramarme al risco detrás del cual estarían, seguro, las cabras y quizás el macho. En ese momento, y mientras elegía el sitio donde apoyar el pie para dar la tercera o cuarta zancada, me veo al Archy que sale disparado hacia la senda donde le había dejado tres veces y otras tantas se había vuelto... ¡Qué listo era el jodío Archy!

A partir de ahí todo se precipitó... Llegué a la altura necesaria, preparé el arma y esperé con el alma en vilo, sin asomarme al otro lado. Oí como, por debajo de la enorme piedra, llegaba Archy formando la de Dios es Cristo. Las cabras y los machetes debieron de atropellarle para salirse por donde él había entrado porque me pareció oír un quejido del perro.

Después, silencio... Y del macho... nada de nada. Dejé pasar un momento antes de asomarme sin dejar de mirar al sitio por donde esperaba verlo salir... ni rastro del animal. Cuando asomé la cabeza y miré hacia abajo se me heló la sangre. Archy estaba tratando de subirse por una grieta y al poco, a pesar de mis voces, se quedó atrancado al borde del precipicio... ¡¡¡la madre que lo parió!!!

¡Y cualquiera entraba a por él!

Empecé a cavilar porque bajar el risco era imposible a no ser que fueras un Pérez de Tudela de la vida, y meterse por la trochilla lateral por donde se había metido el perro, impensable, muy arriesgado. Pero ¿qué se podía hacer? El pobre Archy lloriqueaba tratando de salir del aprieto y yo le daba voces para que no se moviera porque me maliciaba que, en uno de sus intentos por zafarse, se iría precipicio abajo... Menudo numerito.

Empezó a caer aguanieve. Y las nubes que antes eran negras como mis presagios, se estaban volviendo blancas. El frío era considerable. Tomé una decisión muy, muy arriesgada pero es que no había ninguna que no lo fuera.

Me fui hacia la senda de entrada, dejé la escopeta y la mochila lo más a la vista que me fue posible para que, si no volvía, los que me buscasen supieran al menos por donde me había despeñado... Me llené de valor y empecé a ¿caminar? por el resbaladizo, estrecho y casi invisible paso que las pezuñas de las cabras habían ido marcando en la roca... Me faltaban manos, me faltaban ojos, me faltaba el valor, pero no dejaría allí a mi perro por nada del mundo. Para mi sorpresa, al cabo de un rato durante el cual no dejé de encomendarme a los cielos, había avanzado unos veinte metros, calculo yo. Y al pasar un saliente especialmente peligroso, la senda se dulcificaba y avanzaba por una cornisilla horizontal metida en el risco, lo que le daba un aspecto como de un túnel cortado por la mitad y que impedía que, desde arriba, se divisara la senda. Estaba casi seguro de que, cuando llegara, Archy habría pasado a mejor vida, lo que me sacaba de quicio. Aunque agachado para no golpearme la cabeza con el peñasco, seguí mi lento desplazamiento hacia el pradillo donde solían sestear los bichos. La cantidad de cagarrutas que se veían me indicaban que ya me quedaba poco, que allí ya se echaban las cabras a rumiar. Me pareció, en medio de aquel huracán, oír al perro bregando y lloriqueando pero lo que me extrañó es que, entre lloriqueo y lloriqueo, latía.

Cuando llegué al final del pasadizo y levanté la vista hacia mi fiel compañero me quedé petrificado... El animalejo se encontraba atrapado en una grieta por donde había tratado de subir... y encima del perro, a cincuenta metros de distancia, estaba el enorme macho, también enriscado. ¡La Virgen Santísima!

Escena: un macho montés, de esos que fuman en pipa, enriscado sin salida... un perrillo tembloroso, cagado de miedo, tratando de escapar del abrazo de la roca pero ladrándole al macho... y yo, calado hasta los huesos, con la boca abierta por el asombro... y sin arma.

No olvidaré nunca la mirada del salvaje cabrón. El que se haya enfrentado alguna vez a la mirada de un animal moribundo sabe de lo que hablo. Es una mirada sin miedo ninguno, resignada, sin esperanza, sabiendo lo que le espera, enfrentándose a la realidad.

El perro, al verme llegar, se puso más nervioso, queriendo subir a por el bicho. Le di voces para que se quedara quieto. El macho se revolvió. Tenía las cuatro patas apoyadas en un saliente que no tenía ni un dedo de ancho. Había saltado para llegar hasta ahí pero hacia delante no podía seguir y darse la vuelta era imposible. El hocico del animal estaba pegado a la roca y la cabeza girada. La anchura de la cornamenta no le permitía siquiera tener la cabeza recta. Si se movía se caía sin remedio. La pared por todos lados a su alrededor era lisa y vertical, reluciente por el agua y la nieve. Su sentencia de muerte, y él lo sabía, estaba firmada. Se quedaría allí, quieto, sin comer ni beber hasta que le abandonaran las fuerzas o caería despeñado y sabe Dios, si no se mataba al caer, los sufrimientos que le esperaban. El animal quiso subir por donde normalmente subía pero se había encontrado con el perro y cometió el error de su vida. Se encaramó por lo más difícil para evitarlo y se equivocó. Quizás las voces que desde arriba yo le di al perro también contribuyeran a que, a mitad de camino, cambiara su trayectoria habitual.

Cuando me acerqué a la base de la grieta en la que Archy estaba encajado estuvo a punto de irse al vacío y yo no quería ni mirar para abajo porque si me daba vértigo también me iba de bola.

Subí dos pasos apoyándome en unos pequeños salientes, enganché al perro de las patas de atrás, tiré de él y me lo puse de sombrero, pero se salvó.

Miré al macho con mucha pena. Estuve un rato, no sé cuánto, aguantando su mirada, casi sumisa, casi perruna, y tomé una decisión.

Volví sobre mis pasos ante las protestas de Archy, que no entendía cómo dejaba allí al bicho aquél que estaba atrapado cincuenta metros más arriba. Llegué a donde había dejado la escopeta, até al perro a un árbol para que no me siguiera y me metí en la senda de nuevo...

Cuando llegué al sestero el macho no se había movido. Tenía la cabeza baja. Apoyado el maxilar inferior contra la pared, entregado. Su respiración era agitada. El vaho le brotaba a chorros por los orificios nasales. Las fuertes rachas de viento que le entraba por detrás le levantaba el negro pelaje del lomo y hacía que la nieve que se le iba acumulando encima, cayera en pequeñas nubecillas. Su mirada de resignación se me clavaba en el alma y, aún a sabiendas de que no lo iba a cobrar, levanté la escopeta, apunté al codillo... y disparé.

Pasó como un saco por encima de mí, ya muerto, espero. Nunca se me olvidará el ruido del primer trastazo de las enormes cuernas y del cuerpo inerme contra las rocas allá abajo... Se quedó entre las enormes rocas del fondo. Rocas que, vete tú a saber cuando, se desprendieron de la pared, formando abajo un impenetrable dédalo de catedrales pétreas. Cobrarlo allí era del todo imposible.

No sé si hice lo correcto. Jamás me ha remordido la conciencia por aquello. Tomé la decisión y punto. Me jugué la vida cuatro veces. La primera vez por mi perro, las otras por el pobre bicho que tendría, y era lo que más me revolvía el alma, un final poco digno. Nunca lo había contado hasta hoy...

¿Debí abandonarlo a su suerte? ¿Dejarle morir poco a poco? No lo sé, me lo he preguntado mil veces, pero así sucedió y me quitó el sueño muchas noches...


Che