La vieja pointer y la maldita perdiz

Valhalla

 

Brrrrrrrrrrr... y se fue... me quedé un rato sentado, como Neu, la vieja pointer, viendo como la pardilla cambiaba de sierra de una volada, ofreciéndonos el desafío de bajar nuevamente al barranco y subir la ladera de enfrente, por segunda vez ese día, todo ello cubierto de más de medio metro de nieve, más dificultosa para mí que para mi acostumbrado can.

Cuando los pulmones decidieron calmarse nos dirigimos al barranco, la pointer al frente y yo rezagado, pues las raquetas en inclinación descendiente y pronunciada no son de fácil uso, y la técnica yo la dejo a los deportistas, con lo que acabó trabajando más la culera del gore que las raquetas, la pointer criada sobre nieve estaba en su salsa.

Esa perdiz la fallé por costumbres... costumbres de un servidor, el llevar la plana cerrada sin cartuchos esperando la muestra no es más que una costumbre de alguno como yo que caza sobre nieve, recuerdo hace años que la primera hernia que le propiné a un cañón fue por estar tapado de nieve, luego acaté la reprimenda paternal y adopte esta costumbre, sólo pongo los cartuchos en llano, imposible en estos pagos, al final los pongo cuando la perra marca, mirando antes si tras el cañón hay luz, manías.

La maldita perdiz ya nos había ganado la mano hacía una hora y media, haciendo el mismo recorrido a la inversa, y levantando en raso hacia el culo del barranco pegada al suelo, no pude ni tirarle, esta vez ya nos esperaba y antes de dar tiempo a la pointer a localizarla la vimos arrancar de nuevo, esta vez en vuelo alto, hacia el lugar de donde veníamos... maja la perdiz.

Cuando estábamos en el barranco decidí jugarla de otra forma, entrarle de lado, por el hilo de la sierra donde creíamos que estaría, con lo que una vez en el riachuelo del fondo subimos unos trescientos metros, para entrarle alto y con viento de proa, una hora después llegábamos al alto de la sierra, otra vez, yo estaba cegado con la perdiz y adelanté a la vieja pointer, al rato vi que no me seguía, me giré y la vi clavada entre la nieve, con esa cara que solo ponen los pointers, y con la cola como el acero, ya estaba de muestra, pero esa no era mi perdiz, la llamé repetidas veces y no venía la muy disciplinada, al final decidí cazarle su premio, miré el cañón, puse los cartuchos y cerré, dando al dedo gordo el privilegio de marcar los tiempos del tiro quitando el seguro al grito de “volta-la”, la Neu hizo el gesto suficiente para escuchar el sonido que indica al dedo gordo el momento de soltar el seguro, y la magia del monte también hizo lo necesario para poner ante mis ojos, y justo a tiempo para quitar el dedo del gatillo, un par de hermosas perdices blancas, de aquellas que sólo veo en contadas ocasiones recechando el sarrio, ofreciéndome el vuelo más veloz, raso y endemoniado que mis ojos han visto, fue tremendo, fue un instante, al estar en lo alto de la ladera pude ver su perfecto vuelo, saliendo en quiebros y torciendo en raso, a no más de medio metro del suelo hasta entrar en la niebla, volando en sentido ascendente, como si fuesen alpinistas buscando las crestas, siguiendo en una vertical de tiralíneas todo el hilo de la sierra, supongo que jugando con el aire.

La pointer no me lo perdonó nunca, a ella le daba igual mi prosa y mi vivencia, pues acto seguido se largó a casa, tal cual, vaya se largó y cuando yo llegué estaba en casa, al lado de la lumbre, yo tardé un par de horas más, las necesarias para darle plomo a una caprichosa perdiz que me tenía desquiciado, la esperé un largo rato y al final se movió, me dejó acercarme hasta unos quince metros, luego arrancó, a contraviento y subiendo esquinada, dándome tiempo a no fallar, esa perdiz no la cacé con perro, la cacé al rececho, y me supo a gloria igualmente.

Cuando la pointer se murió se llevó con ella las ganas de tener perro de pluma para las escasas veces que voy a la perdiz, con lo que ahora la cazo como buenamente puedo, con paciencia y ganas de andar en malas condiciones, pero cazo las mismas que con la perra, pero no es lo mismo, ando la mitad, y me vuelvo vago, esa perra me hacía cansar, su afición me obligaba a seguirla hasta la extenuación, ahora cuando me harto de monte no hay nadie que me empuje otra vez barranco abajo para buscarle la vuelta a esa maldita perdiz que huye del cielo como los gatos del agua, buscando las voladas más hermosas que la orografía pirenaica admite, voladas que a veces no te dejan cazarlas y te hacen parar a contemplar la capacidad de supervivencia que tienen estos animales puestos en este intempestivo clima arisco, pero al final siempre tiro, porque las cebollas nunca me han gustado solas.



Jordi Fabà Ribera