La perdiz del cielo

Bosquimano

 

Para Valhalla,
ya que su historia del frío
me ha recordado esta otra.


Era ese tiempo en que las mujeres compiten con el campo y uno tiene fuerzas para ambas aventuras.

Teníamos veinte años, poco dinero, escopetas heredadas, pasión por la lectura, vicio por la caza y novias poco duraderas. Entonces el campo y el río estaban solo a un paseo de nuestras casas y el instinto predador abarcaba toda la fauna más o menos comestible. Engañábamos las ganas de ver mundo recorriendo la provincia en bicicleta y durmiendo en los caminos o en una casas abandonadas de donde siempre echábamos a las lechuzas o a los fantasmas. A esa edad todos somos inmortales, arrogantes, idiotas.

Y solo eso, cazar y pescar juntos, nos quitaba las ganas de salir corriendo de allí, de llegar lejos y no volver nunca a ese pueblo, visitar las ciudades nombradas en los libros y conocer por fin mujeres que nos volviesen locos. Ya digo, teníamos veinte años o tal vez menos. Éramos invulnerables al frío o al calor o al cansancio o a beber cervezas sin parar toda la noche. Noches de dejar a la novia en su casa a las cuatro y a las cinco salir con mi amigo camino del cazadero, pisando al escarcha y acariciando en el bolsillo los cartuchos del veinte recargados gracias a las enseñanzas de mi abuelo. Cartuchos que mataban los zorzales en el cielo y dejaban tiesas a las liebres a una distancia imposible. Aún no sé como no reventé la vieja escopeta con mis experimentos.
Entonces la amistad era, como explicarlo con otras palabras que no sean esas que ahora mismo imagináis, una forma de hermandad inquebrantable.

Nos gustaban leer a los poetas del 27, de Miguel Hernández a Aleixandre y también la poesía social de los 50, Celaya y Biedma, no quedaba un libro de la apolillada biblioteca municipal que no hubiéramos leído y releído, discutido, admirado o criticado. Pero ser sublimes no estaba reñido con ser alimañas, animales salvajes, cachorros asilvestrados de hombre. Siendo adolescentes habíamos criado juntos pollos de cernícalo, de cuervo, de ratonero, lagartos, culebras, hurones, escarabajos, escorpiones, jilgueros; cazábamos las palomas de la torre de la iglesia ante el espanto del cura y perpetrábamos verdaderas masacres en el basurero del pueblo con las escopetas balineras, aquellas razias eran igual que esas películas de zombis que veíamos en el destartalado cine del pueblo, cientos de ratas enormes, sin miedo a nosotros al principio venían con intenciones aviesas y cuando estaban a unos metros o menos comenzaba el tiroteo, los chillidos de los roedores, los chorros de sangre, las carreras, la masacre. Solíamos ir unos cuantos a aquel lugar y más de una vez y más de uno acabó con un mordisco de rata en la pierna. Si, eso éramos, lectores sublimes pero también refinadas alimañas, crueles y generosos en esa edad que nos creemos lobos esteparios, piterpanes, tipos sin sombra ni pasado.

El invierno próximo cada uno seguiría su camino, él a Cáceres y yo a Madrid, aunque estudiar era un pretexto y aquellas ciudades serían el primer salto al mundo que creíamos “de verdad auténtico”: París, Nueva York. Londres, Tombuctú, Manaos… cualquier lugar era mejor que aquel pueblo atrasado y pequeño. Nos habíamos jurado no volver nunca, no pisar jamás sus calles solitarias y decrépitas, antiguas. Pero aún faltaban unos meses para nuestra deseada huida.

Aquel día era el último día de la temporada y salimos de caza. El campo estaba helado, el sol del invierno y la neblina hacía el paisaje pareciera cristal. Llevábamos dos liebres y alguna torcaz, pero ninguna perdiz. Varias veces levantamos largo el bando, fuera de tiro así que con toda el ansia de los veinte años comenzamos a correr tras las perdices sin conseguir ni una vez levantar alguna cerca. Sólo al final de la mañana, cuando llegamos a la linde con el río, se levantó una perdiz larga pero, en lugar de atravesar recta a los jarales espesos del otro lado de la garganta, hizo una curva extraña y pasó casi en mi vertical aunque muy alta. Apunté, calculé distancias, adelanté el tiro sin pensar en nada. En la recámara tenía un cartucho de los míos, de vaina roja de cartón con un faisán pintado, taco de corcho y perdigones del nueve, de sexta, de cuarta más dos o tres del doble cero de propina, una de esas mezclas irresponsables que me gustaba hacer entonces. Sonó el estampido en el largísimo cañón de la Seam y creí notar un extraño en el vuelo de la perdiz. Aún voló más de cincuenta metros antes de hacer una torre alta, altísima, un vuelo vertical interminable hasta que se perdió entre la neblina. Pasaron unos segundos, creí que la perdiz se había quedado agarrada a la nube, flotando muerta en el aire como las almas de las leyendas. De pronto apareció de nuevo igual que el picado de un halcón, cayendo en vertical hasta pegar un pelotazo en la misma orilla del torrente. Salí corriendo feliz y llegué antes que los perros. Me senté en un cancho de la orilla a esperar a mi amigo. Descansaríamos allí para comer el taco antes de volver.

Él llegó con los ojos brillantes, aún más emocionado que yo por haber conseguido por fin una maldita perdiz. Pero no se trataba de eso.

—Te parecerá una gilipollez macho, pero acabo de contemplar un momento de belleza pura, un verso maravilloso que has escrito en el aire con tu arma. Nunca he contemplado nada tan hermoso.

—Venga hostias, no digas chorradas, joder.

—Te aseguro que he sentido que se paraba el tiempo. Te recortabas sobre el jaral brillante con la helada, inmóvil, con la escopeta apuntando al cielo, pasaban los segundos y solo la perdiz se movía subiendo y subiendo y después el tiro y seguías inmóvil y la perdiz seguía subiendo y subiendo hasta que se ha perdido entre las nubes. Tu seguías sin moverte, apuntando al cielo, como una estatua de cazador entre la escarcha y las jaras. Entonces ha vuelto a salir el sol de repente y ha aparecido la perdiz de la nada, cayendo a una velocidad increíble.

Nos quedamos un rato en silencio. No era Felipe de los que decían más de tres palabras seguidas sin decir un taco.

—Para mi ha sido igual que leer un poema de Aleixandre o de Cernuda, he sentido el mismo estremecimiento. Creo que se puede escribir un poema con la escopeta. No es cachondeo.

Nos quedamos en silencio otra vez. Antes de romper la excesiva solemnidad de sus palabras y del momento con unas cuantas risotadas, burlas y blasfemias escogidas.

Después llegó el verano y cada uno se fue a esa ciudad con la que habíamos soñado. Pasaron los años. Conocimos algunos secretos de vivir, descubrimos que no éramos inmortales, perdimos la arrogancia, ganamos en saber y conocimos el sabor amargo del cansancio. Pisamos las calles de aquellas ciudades soñadas, vivimos en lugares remotos, contemplamos en realidad aquellos paisajes de leyenda que no nos parecieron tan deslumbrantes como cuando leímos sobre ellos. Durante muchos años no pisamos aquel pueblo. No volvimos a vernos en veinte. Hasta que un día la casualidad hizo que nos encontráramos en una ciudad con mar. Yo tenía que coger el avión por la mañana de vuelta a la oficina y el debía seguir se camino hasta París donde era profesor de español y había llegado a ser un poeta de cierto renombre en Francia. Como viejos amigos que han cambiado ya demasiado, nos contamos las aventuras y desventuras de tener una vida razonablemente infeliz, de estar prisioneros de las prisas y los horarios y, ya borrachos, de soñar a veces con esos días de campo y libertad en aquel pequeño pueblo que era el nuestro. Antes de despedirnos. Teniendo la certeza de que tal vez pasarían de nuevo veinte años hasta vernos otra vez o que tal vez no nos volviésemos a encontrar nunca, nos miramos a los ojos y nos vimos igual que entonces, alimañas, cazadores, arrogantes, camaradas.

—Muchas veces a mis alumnos les cuento el tiro de aquella mañana, les explico la belleza de aquel momento. Les digo que la poesía no está solo en las palabras hermosas y rimadas sino en la misma vida, en algunos pocos instantes en los que todo se conjuga para hacernos felices. No sabes lo famosa que se ha hecho en mi facultad aquella perdiz que volvió del cielo.

Y mientras tomábamos en un tugurio de Vigo la última copa, me contó con las mismas palabras de entonces, embellecidas ahora por el tiempo y su saber, aquel tiro imposible, un verso escrito con pólvora y escarcha, con caza y niebla, con perdiz y sol, río y amistad.



Bosquimano.