Cosas de niños

Che

 

El lunes por la noche, mi padre me dijo, con una sonrisita maligna, que un amigo suyo le había invitado para cazar en su finca el sábado próximo.

“Me ha dicho que te vengas tú también porque él va a llevar de morralero a su hijo Antoñito... pero no sé si eso va a ser posible porque veo que los problemas con decimales te dan algún que otro dolor de cabeza y... ya sabes... sin decimales no hay caza que valga...”

Todos los tacos que un niño de once años puede haber aprendido en esa primera universidad que es la escuela se me amontonaron en la boca. ¿Qué puñetas tendrían que ver los trasiegos de la coma a la derecha y a la izquierda con la caza?... Y, además, al cabroncete del Antoñito, que era un histérico y se sentaba dos pupitres más adelante, le tenía yo una especial manía porque era burro con sesenta erres y un mimadito que no sabía jugar a nada. No se le podía ni rozar, enseguida se chivaba. Siempre estaba presumiendo de que su padre tenía un perro de caza que era estupendo, que su finca para allá, que su coche para acá. Y encima, no es que no se supiera los decimales, es que no sabía ni hacer la “o” con un canuto... Y ése, sin embargo, sí que iba a ir de caza con su padre...

A la mañana siguiente no podía ni hablar, estaba ronco de tanto llorar por bajines... pero, entre lágrima y lágrima, había urdido mi plan para ir de caza.

No sabía yo por aquellos entonces lo que era un chantaje, pero sabía que lo que me estaba haciendo mi padre era una soberana putada... ¿Quién leches sería el inventor de los trajines de los números?

Cuando el martes por la mañana llegué, cargado con mi cartera, rumiando mis pesadumbres al colegio de la Salle, me fui derechito a ver al “Hermano Félix”. Era mi maestro. Un fraile joven, grande como un castillo –al menos eso me parecía a mí, que no levantaba dos palmos del suelo–. Recuerdo que, cuando le mirabas desde tu altura, sólo le veías el “babero partido” y unos ojos azules, penetrantes, que taladraban todo lo que miraban... ¡Ah! y la palmeta que siempre jugueteaba entre las manos... ¡¡Eso sí que era un arma!!... Y lo digo con conocimiento de causa.

Se lo espeté nada más verle... “Hermano, me equivoco con las divisiones de decimales y no tengo más remedio que aprendérmelas en lo que queda de semana. Mi abuelo se ha puesto malo y tengo que irme a Murcia con mis padres. Cuando vuelva ya estarán dando otra cosa y entonces me quedo sin saberlas... Mi padre dice que si me puedo quedar esta semana a “la vela” (un estudio vigilado y de refuerzo que daban aquellos alumnos cuyos padres se podían permitir pagar una clase particular). Yo no tenía ni idea de que aquello se tenía que pagar. Lo único que sabía era que los que se quedaban sabían más y que tenía que meterme en la cabeza el ir y venir de la maldita coma... Y tuve el valor de añadir... “y si ve usted que no me entran pues me castiga todas las tardes hasta que me las aprenda”.

La reacción del hermano Félix me dejó, recuerdo, perplejo y más corrido que una mona. La explicación, a todas luces, debió parecerle tan poco convincente como me lo parece a mí ahora, después de cincuenta años, porque aquel frailón, al que no se le escapaba una, no se tragó mi intento desesperado por ir de caza, aunque sólo fuera de zurronero. Sus ojos me taladraron como si fuera transparente y noté en ellos esa furia contenida que yo y todos mis compañeros conocíamos bien... Pero lo que en realidad me confundió fue que, en lugar de darme un tirón de orejas e investigar la trola, se echó a reír a grandes carcajadas... “Anda, pasa, perillán, no sé qué pretendes pero ya lo averiguaré. Pasa que ya hablaremos”. ¡¡Lo que faltaba!!

No sé si fueron imaginaciones mías, producto del sentimiento de culpabilidad que me invadía por haber dicho una mentira de tal calibre, pero aquel día me parecía a mí que el hermano no me quitaba la vista de encima. Varias veces, durante el dictado, me tropecé con su fría mirada que me escudriñaba. Aquel par de ojos me producían un vacío en el estómago sólo comparable al que sentía en la noria de la feria cuando, una vez alcanzada la altura máxima, empezaba el descenso vertiginoso...

En mi casa, a la hora de comer, dije que nos habían castigado a toda la clase por culpa de los de siempre. Que habían metido escándalo mientras el hermano había salido al pasillo y que nos la habíamos cargado todos para toda la semana... Ahora las miradas eran de mi padre... que me largó el pescozón de turno y que, me malicié yo, tampoco se tragó el cuento... ¡¡Vaya día!!

Pero... lo peor estaba por llegar porque, a mitad de semana, cuando a eso de las ocho de la tarde salía yo, con la jodida coma ya casi dominada, camino de mi casa... ¡¡zas!!... mis padres hablando con el hermano Félix en el porche de entrada del colegio. Tierra, trágame.

¿Qué queréis que os cuente?... El temblor de piernas que me entró fue de tal envergadura que no podía seguir avanzando. La sangre se me bajó a los pies y no era capaz de dar un paso... Mi madre, con gesto protector y cara preocupada, vino hacia mí, lo que me confirmó sin palabras que “la había cagado”. Literalmente.

Las palabras de mi padre restallaron en mis oídos como latigazos... “Conque... el abuelo está enfermo y tenemos que irnos a Murcia. Conque... está toda la clase castigada toda la semana”... A todo esto metí la cabeza debajo del brazo de mi madre porque me veía venir la tormenta... menos mal que, como estaba allí el hermano, no me cayeron un par de chufas...

“Vamos a dejar que se explique el chico”, oí decir al hermano. “No alcanzo a ver la razón, pero tiene que haber una, y ahora mismo nos la vas a contar, caballerete”. Y cuando aquel pedazo de fraile le decía a alguien “caballerete”... estaba perdido.

Como dicen los hombres de la mar... allí aboqué. Conté que mis ganas de ir de caza con mi padre eran tantas que me había inventado todo aquel lío para poder salir con él y que la única forma que se me ocurrió fue quedarme toda la semana a “la vela” y después “castigado” para aprenderme las divisiones de decimales...

A partir de ese momento los hechos no se desarrollaron como yo esperaba... Mi padre se echó a reír entre sospechosos carraspeos y humedades de ojos, contagió a mi madre, y el hermano, que era de granito puro, se unió al coro... Y a mí, dicho sea de paso, me parecieron aquellas risas música celestial. Pero lo más gordo fue que mi maestro le dijo a mi padre... “este chico debe ir de caza con usted porque ha demostrado que es capaz de cualquier cosa por esa afición... hasta de aprenderse los decimales, pero... como ha mentido por partida doble, se quedará castigado dos semanas más para perfeccionarlos, aunque ya los tiene casi, casi dominados... y unas potencias para coger soltura con el cálculo”. Aquello de las potencias era un suplicio que sufríamos los colegiales con cierta frecuencia...

Miré a mi padre porque no podía creer lo que había oído. Esperé con ansia su respuesta.

“Bien, vendrá conmigo, pero yo también le daré alguna tarea para que recuerde que en la vida no se puede mentir, y menos a los maestros y a los padres”.

¡¡Uff!!... Estuve un mes limpiando la perrera de la Chipi, una setter, y del Choki, un bretón. Pero no me costó esfuerzo ninguno. Al revés. Lo hice con todo interés, y más después de lo que pasó aquel sábado famoso por el que yo me había jugado la integridad física...

Pues sí... salí de caza con mi padre y con la Chipi, con mi navajilla en el bolsillo atada al cinto con un cordón y el zurroncete que mi padre me había hecho, con la bandolera a mi medida porque una de tamaño normal me hubiera hecho ir arrastrando el zurrón por el suelo. Con la edad que tenía ya podía yo con unas cuantas piezas a cuestas aunque, a decir verdad, había veces que, sin que mi padre me viera, me paraba a tomar resuello un instante porque tampoco era cosa de quedarse atrás y que pensaran que era pequeño para salir de caza... Lo verdaderamente duro eran las liebres. Mi padre sólo les tiraba cuando regresábamos para no cargar con ellas mucho rato. Las liebres del Pirineo eran como la perra de grandes.

Volviendo al tema que nos ocupa, os contaré que nos levantamos temprano. Dormí poco y a ratos. No quería que nos fuéramos a quedar dormidos.

Tomamos café en el Estañol, el bar de reunión de los cazadores de entonces en La Seu d´Urgell. Aquel bar tenía –y tiene– dos puertas, una daba a la plaza y la otra a la calle de atrás... De vez en cuando mi padre me mandaba a buscar a la perra porque había entrado a tomar el vermut por una puerta y salido por la otra, con lo cual la Chipi se había quedado sentada esperándole por donde había entrado.

Lo de que tomamos café es un decir porque estoy hablando del año cincuenta y cuatro y en los bares no había mucho café que se diga... Eran tiempos difíciles y nunca se me podrá olvidar el sabor al sucedáneo de café que era la achicoria. ¡¡¡Puagggg!!! Odiaba aquel sabor.

Llegaron Antoñito y su padre. Llevaban un pointer grande, Tim, que según aquel señor era un monstruo cazando... Por lo pronto, el perrazo aquel era grandísimo, se pasó todo el rato que estuvimos en el bar zascandileando por debajo de los veladores, pasando entre las piernas de los clientes que andaban tratando de despertarse con el brebaje que servían... se comía las servilletas de papel, los palillos, las envolturas de los azucarillos... una prenda de perro. Mi padre lo miraba y luego me miraba a mí. Sin hablar sabía lo que estaba pensando... “Si ese perro fuera mío... no estaría molestando a la gente”. Mientras, nuestra Chipi merodeaba nerviosa a la puerta del bar echando cada dos segundos miradas hacia dentro del establecimiento, no fuera a ser que se quedara olvidada sin llevárnosla de caza.

Entonces los coches eran escasísimos y se puede decir que el que poseía uno era un potentado. El padre de Antoñito, no recuerdo su nombre, era el propietario de un “Balilla”, un coche pequeñito y que ahora nos parecería uno de esos que no necesitan carnet. Bueno, pues ahí nos metimos los cuatro, los dos perros, las armas, los macutos, las meriendas y demás. El viaje hasta el coto fue para mí una gozada porque no tenía muchas ocasiones de viajar en un vehículo que no fuera el tren o la Zundapp con sidecar de mi padre. Estaba acostumbrado al tren de aquella época y al “Alsina Graells”, el autobús que iba a Lérida y a Puigcerdá, en cuyo garaje estuve en un tris de perder la vida (otro día os lo cuento). Lo único malo del viaje fueron los perros... Mi perra iba entre las piernas de mi padre, en el lado del copiloto, pero el Tim, que viajaba atrás con nosotros, nos llenó las piernas de arañazos porque no paraba de quererse subir encima. No sé quién era más pesado, si el perro o mi “amigo” Antoñito, que se pasó todo el viaje quejándose del perro y lloriqueando porque le escocían los arañazos... La verdad es que a mí el perro se me acercó menos que a él porque la segunda o la tercera vez que me echó las patazas encima le mandé un recado que se le quitaron las ganas. No sin que mi querido compañero se chivara a su padre de que le había soltado un pescozón y de que mi padre volviera la cabeza y me dijera, sin palabras, que no se volviera a repetir.

Cuando llegamos a la finca la cosa cambió mucho porque enseguida nos pusimos en marcha. Lo primero que iban a cazar era un arroyito estrecho, con zarzas en el cauce, que tenía muchos conejos. Cada cazador iría por un lado del arroyo, y los zurroneros recogiendo las piezas que nos darían los perros. La Chipi sí que me daba a mí las piezas pero pronto pudimos comprobar que el Tim actuaba bien distinto...

No hicimos más que salir andando despacito cuando empezaron a salir conejos... Mi padre mató un par de ellos y, por los tiros, suponíamos que al otro lado del zarzal estaría ocurriendo lo mismo. Salió un conejo hacia atrás y mi padre, antes de que entrara en la zarza, se hizo con él. Pero antes de que llegara mi perra, desde el otro lado apareció el Tim como una bala, cogió el conejo y empezó a desayunar con el bicho. Yo, que tenía prohibido hablar en el monte, no pude avisar a mi padre, que había seguido andando, y me fui para el chucho. En ese momento apareció mi querido amigo, pero el más rápido fue el perro... salió zumbando con su desayuno y se metió en el zarzal... La Chipi se desentendió y mi padre ni se dio cuenta...

En esas, nos fuimos los dos muchachos detrás del perro y Antoñito pudo agarrarle del collar y quitarle el conejo... Pero el muy jodido de niño, en vez de darme el conejo, que era mío, ¡¡se lo iba a meter en su zurrón!!... ¡Ah, no, hasta ahí podíamos llegar! Me fui para él y le dije que me diera el conejo, que lo había matado mi padre. Y él, que no. Que era suyo porque lo había cobrado el Tim. Con el gas que se me subió a la cabeza y ayudado porque los jefes no nos veían, tapados como estábamos por las zarzas, le arrimé un mojicón y le quité el conejo.

Los gritos que daba es como si le hubiera roto un hueso. Enseguida acudieron los papis. De nada me sirvió que yo explicara que el conejo era nuestro. Mi padre ni se inmutó cuando le expliqué que el perrico de la puñeta se estaba comiendo el conejo... el padre del memo aquel se limitó a decir que su perro no se comía la caza... y mi padre me echó unas miradas que me helaron la sangre.

Pero Dios es justo y, mira tú por donde, después de cazar hasta la hora del almuerzo, dejamos las piezas colgadas de un árbol para no cargar con ellas y seguimos otro rato... Nada más empezar, le sale al papá de mi querido amigo un conejo cruzado hacia nosotros... le tira y cae delante de mi padre... Viene el Tim, lo cobra y se lo lleva a su dueño... Éste se lo da a su hijo y, cuando se disponía a guardárselo en el zurrón, le dice mi padre... “¡Antoñito! ¿Es que no lo apiolas? Se va a estropear de ir tanto tiempo dentro del morral con tripas y todo”.

Y dice el padre... “no sabe apiolarlos. Y a mi también me da asco mancharme las manos”.

“Anda, hijo, enseña a tu amigo a quitarle las tripas a los conejos sin mancharte las manos”, dijo mi padre. Ahora, cuando lo pienso, creo que lo hizo con la secreta intención de darme una satisfacción, porque él sabía quién llevaba razón en el incidente previo...

Saqué mi navajilla, le hice un corte en la barriga y, cuando iba a darle una sacudida para que se eviscerara sin tocarlo siquiera, mi padre me dijo “no, tú no lo hagas, explícale a Antoñito cómo se hace”. Le expliqué al mastuerzo aquel cómo tenía que sujetar el conejo de las patas de atrás y cómo tenía que cogerlo de las de delante, y las orejas además, y cómo dar una sacudida enérgica hacia abajo y hacia un lado para no mancharse los zapatos...

El muchacho hizo lo que le dije entre muecas de asquito... pero no agarró bien el conejo... lo sacudió, y se le fue de la mano. Iba a decir que se le cayó al suelo pero creo que no sería exacto porque el Tim apareció como un rayo, echó mano al conejo y salió zumbando con él... No valieron las voces del niño, ni del padre, ni de la madre que los parió a los dos... el perrazo corrió doscientos metros, se tumbó y empezó a machacarse el conejo... El papá de Antoñito sacó un pito muy agudo y empezó a llamarle con aquel artificio, pero que si quieres arroz, Catalina. Cada vez que se acercaban, el jodido se levantaba y se iba un poco más allá para seguir con la pitanza...

No sé –pero sí sé– lo que ocurrió con el Tim aquel día... Lo único que os diré es que no volvió en el coche con nosotros... padre e hijo dijeron que se había perdido, que lo llamaron y que no volvió...

Muchos años después, cuando yo ya era un hombre, mi padre recordaba aquel episodio con esa socarronería que usaba de vez en cuando, pero nunca me dio la razón a mí...

Mas... yo me quedé más ancho que largo.



Cartagena 31 de Diciembre de 2005-12-18

Feliz año nuevo

Che