Los cazadores y el viejo

Valhalla

 

El Viejo se levanta a la hora que se despierta, como siempre, hoy es día de caza, la plaza ya estará llena de coches llegados de ningún lugar importante, con gentes de casas sin nombre, él es de casa el Barbero, pues su abuelo lo fue, hoy no sabes nada de la gente, no llevan su herencia social en la alforja, porque no tienen, un tiempo atrás levantaron las raíces para plantarlas de nuevo en un asfalto duro, poco fértil, que no admite pasado y no ofrece futuro, sólo deja que pases tu tiempo en él, y cuando faltes, tu memoria se irá contigo y los tuyos tendrán que forjar la suya sin poseer el necesario bagaje que dan los recuerdos de tus orígenes, los árboles no se hacen grandes en el asfalto, hoy la gente no viene de ningún sitio, porque no tienen de donde venir, sólo basta con preguntar, ¿tú de dónde vienes?, de Madrid te dirán, ¿pero de dónde?, hombre pues de la calle tal, en el número 54... vaya sitios de donde venir.

Todo esto lleva a la pérdida de la memoria familiar, ¿cuántos hombres de hoy no saben el nombre de sus bisabuelos?, pues el mañana no dejará recordar ni el de los abuelos, el Viejo añora el tiempo en el que con decir tu nombre, seguido del de tu casa, eras bienvenido o rechazado, pero con la nobleza de la memoria.

Los cazadores esperan al Viejo en la plaza, dicen que siempre llega tarde y siguen sin entender que no son dueños de su tiempo, él siempre llega a la hora que quiere llegar, acalorados por el intenso frío de enero discuten a su llegada en dónde hay que cazar, eligen un pequeño trozo cercano al pueblo y preguntan al Viejo cuales son las posturas buenas y dónde es mejor soltar perros, él se lo explica, como siempre, y después de reírse, como cada domingo, de sus ropas y su vieja plana se dirigen a las posturas con sus vehículos, nadie le pregunta al Viejo si quiere subir con ellos o quiere elegir postura, simplemente una vez montada la cacería ya no le importa a nadie.

El Viejo se queda solo en la plaza, como cada domingo, sólo lo medio observa un gato tuerto de un encuentro fugaz con la escasa juventud del pueblo, el Viejo sonríe, sabe que ese gato conoce a su nieto, enfila el camino de la fuente y, a su ritmo, se dirige a los prados de encima del pueblo, los últimos en ser tomados por el ganado año tras año, una vez allí, toma posición en un pequeño muro de piedra, que separa el prado de un robledal, en el lado del prado enciende un pequeño fuego, para calentar sus huesos cubiertos de historia, y se sienta a su lado.

La ladra de los perros resuena por el monte, y los disparos se suceden como en una tirada al plato popular, sin ritmo, sin convicción, el Viejo toma la plana de casa el Barbero, no la considera ni suya, la cacería transcurre lejos, mas alta de lo esperado por los cazadores, el Viejo sonríe y espera, pasados unos minutos, sin perro alguno, un navajero de enormes dimensiones entra en la robleda, el Viejo lo ve, le conoce, pero espera, ni siquiera encara el arma, lo sigue con la mirada, sabe que el humo de su pequeña brasa no le molestará, pues esa brasa siempre arde en ese lugar, cerca del pueblo, todo el invierno, si no la enciende él, lo hace el pastor para secar sus ropas, cuando el marrano está a escasos metros el Viejo levanta la plana y dispara, con postas, no hay otra munición, el marrano cae seco al suelo y el Viejo sonríe y se sienta, está cansado, aviva el fuego y reposa.

Los cazadores van llegando al pueblo, llevan dos marranos en un remolque, los hay contentos y los hay enfadados, no entienden la caza de una forma colectiva, en la plaza reparten la carne y se marchan a la carrera hacia ese lugar indefinido del que han venido, nadie aprecia la ausencia del Viejo, la noche cae.

A la mañana siguiente el pastor encuentra a un hombre mayor, al lado de un marrano y de unas cenizas frescas, está sonriendo, pero yace inerte... como las cenizas... como el marrano... el pastor cierra sus ojos con la palma de su mano, esboza una cara amarga, le conoce mas allá de su persona, sabe quién es, de dónde es, y qué referencias trae el nombre de su casa, el Viejo de casa el Barbero había muerto.

No se publicó su muerte en los papeles que hablan, ni su foto salió en la caja tonta, no importa su ausencia, sólo doblan las campanas, a muerto, a fin de camino. En el lluvioso y helado entierro acudieron las casas mas respetadas del valle, e incluso de otros valles, allí vinieron los de casa la Mercé, de los valles de Arán, conocidos de un barbero que antaño les hospedaba en su casa mientras hacían el comercio a Barcelona con mula, también estaban los de casa la Guarda, con un sentido pésame por perder al descendiente de aquel que en verano les subía el ganado al monte, éstos venían de los valles de Cardós, en silencio lloraban los de casa el Grau, el padre del Viejo comerciaba con ellos en Andorra, a principios de siglo, y muchas veces no le podían pagar la mercancía, pero él les fiaba porque sabía de qué casa eran, un agrio adiós le ofrecía en pié el patrón de casa el Rojo, eternamente enfrentados por la propiedad de una ribazo sin valor, allí estaba, llorando su muerte con dolor, recién llegado de los valles de Aneu, acudimos también los portadores de tan digno nombre, los suyos, en total no más de doscientas personas, elegidas por la criba de la memoria, ningún cazador de asfalto acudió, no era día de caza.

El pastor disecó el marrano y lo entregó a la familia, arrojó medalla de oro, fue el último gran navajero que se ha cazado en esos montes, después se cazó sin orden ni concierto y los cazadores forasteros fueron despareciendo del lugar, como sombras, sin dejar huella alguna ni decir adiós, hoy es de esos cotos en los que se disfruta cazando, pues ha vuelto a manos del pueblo, es curioso que después de muchísimos años resuenen en las montañas los mismos nombres, eso, sinceramente, no tiene precio.

A día de hoy puedo presumir de una cosa, desde la memoria, no desde la arrogancia, de punta a punta del pirineo, basta con decir mi nombre y el de mi casa para tener un plato caliente y una cama donde pasar la noche, hoy eso no es necesario, pero en la memoria reside el nombre de aquellos que tienen su puerta abierta, por si acaso, es parte de mi herencia.


Jordi Fabà