Mi gallina de Guinea

Miguel Ángel Díaz

 

—Pero... ¿qué demonios has metido en esa jaula? ¿Un perdigón o una gallina de Guinea?

El mundo se me vino abajo. Mi amigo Casimiro “el Papino” me miraba de una forma tan rara que parecía que los ojos se le iban a salir de sus cuencas. Yo sólo acerté a maldecir en voz baja y mirar al suelo. Estábamos probando los pájaros que dos días antes nos habían mandado por SEUR desde Burgos, desde una granja de perdices que tenían fama de criar verdaderos verracos que bramaban en el monte

—¡Maldita sea mi suerte! –pensé–. Mandan doce perdigones y a mí me toca en suerte llevarme “ésto”...

Era finales de Octubre y fuimos una tarde a la Forestal, un terreno cuajado de eucaliptos tan sólo con la intención de campear los reclamos y ver si acertaban a abrir el pico. Sabíamos que era una época muy temprana para que tuvieran celo los pájaros, pero como venían muy bien vestidos de plumas, yo opté por encerrar el macho que me tocó en el sorteo directamente en la jaula de alambre. Sería una suerte que le pudiésemos oír algún que otro reclamo de buche, pero el Papino llevó a su “pollo de ocho celos” y lo puso primero. Así teníamos asegurada un poco de música. A los quince minutos lo cambiamos por el mío, que estando tapado con la sayuela, pudo oír claramente el canto del pájaro viejo. Tardó en salir casi diez minutos, pero cuando lo hizo sonó algo como:

—“Cho, cho, cho, cho, chacájacájacajeeeeeeeee...”

Busqué alguna grieta en el suelo con la esperanza de que se abriera la tierra y me tragara entero. Decidimos dejarlo en el repostero otro ratito para ver si el primer canto era el de “afinar la garganta”, pero.... ¡mi gozo en un pozo! Del pico rojo del pájaro que teníamos a unos veinte pasos volvió a salir esa retahíla de acordes desafinados y desacompasados de tal forma que el ocurrente de mi compañero no se pudo aguantar y dijo:

—Si hay alguna perdiz por los alrededores, o se muere de la risa o se muere del susto...

De regreso a casa en el Renault-6 de Casimiro no me atreví ni a hablar. Él sólo me miraba de reojo y se apreciaba que intentaba sujetar la carcajada.

—Menudo cachondeo me van a formar cuando se enteren los demás... –pensé.

Efectivamente, el choteo no se dejó esperar. Algunos me decían que apuntara al perdigón a los ensayos del Coro Parroquial; otros que le diera pastillas Juanola para la garganta. Quizás el más “suave” fue Luis, que me dijo que no me preocupara, que él había conocido pájaros de cantares poco ortodoxos, pero que funcionaban bien... siempre que tuvieran el pico cerrado.

Pero como uno no es tan malvado, le dispensé a mi Gallina de Guinea los mismos mimos y atenciones que a los otros dos perdigones: su agua clara, su comida de granos mezclados, su verde diario, sus horas de sol, su limpieza... No sé. Había algo en ese animal que me gustaba. Su porte; su desafío en silencio a los otros enjaulados, su calma cuando le echaba de comer...

Fueron tres meses de incertidumbres hasta que en Enero se abriera la veda. Tres meses de separarlos para oírlos cantar con la esperanza de que en algún momento se aclarara la garganta con dos toses y escupiera “algo” que le estuviera fastidiando las cuerdas vocales. Mi sorpresa fue cuando un día frío pero soleado del mes de Diciembre, muy cerca de las Navidades, saqué al macho en cuestión al paredón del patio para que se soleara un poco. Me senté en un banco de madera y encendí un cigarrillo. Me entraron ganas de preguntarle que qué era lo que le pasaba, cuando desde dentro del cuarto de los perdigones, otro macho le echó en falta y lo buscó con una jácara de buche. Enseguida la Gallina de Guinea le gritó y le “echó el águila”, con lo cual se hizo un silencio en estéreo. Después se sacudió para poner la cabeza en alto y el pico tocando la anilla de la jaula. De repente sonaron diez o doce “piñones” tan fuertes que parecía que un herrero estaba golpeando el yunque con un martillo. Esos sonidos tan metálicos hicieron que me quedara asombrado y con la boca abierta de tal forma, que hasta el cigarrillo se me cayó entre las piernas. El “cuchichi, cuchichi” que vino a continuación, de menos a más, consiguió que se me pusieran los pelos de la nuca como escarpias, como si una corriente eléctrica me hubiera recorrido toda la espalda hasta la coronilla.

—Sólo falta que ahora haga un par de reclamos “de libro” –pensé.

Pero... ¡que si quieres coles, Catalina! El maremagmun de sonidos indescriptibles, indefinibles, incomprensibles y todos los “in” que se quieran, volvieron a salir de aquella figura rechoncha y estirada a la vez.

—Bueno –llegué a decirle en voz alta–, al menos el cuchicheo y los pitos los tienes normales...

La víspera del día de apertura de la veda del reclamo nos reunimos en casa de Luis y organizamos la jornada siguiente. Unos tirarían hacia la Argamasa. Otros hacia el Risco. Luis y yo decidimos ir a la zona del Caozo que es más calentita para el celo. Entre olivos y siembras de trigo. Siempre ha sido la parte del coto donde antes se emparejan las patirrojas.

—Y tú... ¿qué pájaro vas a llevar?

A la pregunta de Luis le di la callada por respuesta, con lo que él dedujo que sería la Gallina de Guinea.

—¡Pues te pones muy separado de mí, que no se oigan los pájaros, no sea que me estropees el pollo que voy a llevar mañana...!

—Entonces será mejor que yo me vaya por mi cuenta, y después nos juntamos en el bar a media mañana y decidimos qué hacer por la tarde –le contesté.

—¡Mejor será! –sentenció él mientras el resto rompía a reír de tal forma que hasta sentí un poco de vergüenza.

Al día siguiente, dos horas antes de amanecer, me volví a juntar con ellos en el bar tomando café. Yo salí del bar el primero con miras a no molestar a quien pudiera estar preparando el aguardo. Cuando llegué al olivar, después de un buen rato de carrilear entre baches de agua helada y barro arcilloso, bajé del coche y el frío de la madrugada me dio en la cara. Me abrigué con el chambergo militar que me traje de la mili, me colgué mi Gallina de Guinea a la espalda y, tras coger el puesto portátil, la silla y mi paralela cerré el coche y me dispuse a caminar entre los olivos con la tenue luz de la luna en cuarto creciente. Sabía que allí cerca había campo, así que busqué el tronco del olivo cortado que ya conocía y coloqué el aguardo. Tan sólo el “mío-mío” de algún mochuelo, y el susurrar de las hojas de los olivos eran los sonidos que apreciaban mis oídos bajo el gorro de lana verde. Busqué la orientación del repostero ó pulpitillo recordando los consejos de mi ya fallecido tío Manolo: De espaldas al sol para que no brille ni la escopeta ni el color claro de la cara, y, si es posible, a la sombra, para que cuando salga el sol, y si tenemos que aguantar un rato más, la luz no nos delate ante las campesinas. Con el chuzo en una mano y la jaula enfundada en la otra comencé a caminar. Veintidós, veintitrés, veinticuatro pasos. Me volví para ver el puesto y comprobé que estaba bien camuflado. Pinché el chuzo y colgué la jaula. Le puse ramas ya cortadas de los chupones de los olivos cercanos, con un par de bigotes a los lados para evitar que, al disparar a las perdices, pudiera darle al de la jaula.

—Pero... ¿seré iluso? –pensé–. ¿Todavía creo que voy a tirar con la “música” que tiene éste?

Pero como las cosas hay que hacerlas bien, pues coloqué las ramas como se deben colocar, con la parte blanca hacia abajo para disimularlas un poco.

Después le piqué un par de bellotas que siempre llevo cuando cazo el perdigón, por si se pone nervioso, para que pueda picar algo en el sentón ó alfombrilla. También sirve para alentar al de la jaula a “llamar a comida” ó titear, aunque hay quien dice que son cosas distintas...

Como aún era muy temprano, decidí encender un cigarrillo y sentarme a oír el silencio, roto otra vez por el mochuelo que volvía a reclamar sus pertenencias con su singular canto.

No habían pasado ni tres minutos cuando cerca del arrollo, a unos ochenta ó noventa pasos, se dejó oír el ruido de una jácara embuchada. Apagué presto el cigarrillo, le quité la funda a la jaula y, chasqueándole los dedos, le dije en voz muy baja al reclamo:

—Ahí los tienes... ¡Vamos a por ellos, que son pocos y cobardes!

Me metí en el aguardo de tela de camuflaje y... ¡ya está mi Gallina de Guinea con si típico canturreo! Saqué dos cartuchos del bolsillo y los metí en los “ojos negros” de la escopeta, y cuando me dispuse a meterla por la tronera, vi que el de la jaula estaba dando vueltas. Al verle hacer la “rosca” pensé que ya tenía que estar viendo las perdices, así que me quedé quieto, y con la vista a través de la mirilla izquierda intenté localizarlas. Pero aún era muy de noche y yo no veía nada. Muy despacio conseguí poner la escopeta en su sitio. Empecé a sudar y me sobraba el gorro y la bufanda. Con el calor y el vaho que yo mismo desprendía se me empañaron las gafas, así que tuve que quitármelas y limpiarlas con un pico de la camisa que me saqué del pantalón. Cuando me volví a colocar las lentes y asomé el ojo por la tronera, vi algo que casi me hace dar un grito de alegría.

—¡Ya están aquí!

Le quité el seguro a la escopeta. Ese “click” es normalmente inaudible, pero en el silencio mañanero del campo me pareció como un cañonazo. Me di cuenta que la hembra se había percatado del ruido, y, mirando hacia el puesto y estirada, echó una carrera intentando llevarse a su macho con su típico “shee, shee, shee,,,” Pero el macho estaba tan enfuscado con su pelea dialéctica con el reclamo enjaulado que ni se inmutó. Siguió dando vueltas como un torero al ruedo después de una faena de dos orejas y rabo. El de la jaula arrastraba el ala dentro de su prisión de alambres, y la hembra, muy desconfiada ella, se fue acercando picoteando por los alrededores de la plaza. Llegué incluso a tener bien clara la carambola. Pero pensé que, para ser la primera vez, había que evitar matar dos pájaros de un tiro. Me acordé de mi padre, quien en más de una ocasión llegó a decirme que en el perdigón no hay que ahorrar cartuchos, porque tampoco son muchos los que se gastan.

—Si el macho viene con mucho celo, tira primero la hembra cuando esté de espaldas y que los dos no se vean por estar uno a cada lado del repostero –me decía.

Así que, como buen discípulo, me abracé a mi escopeta Tizona (el nombre se lo puso mi hermano José Fernando) y esperé impaciente el momento. La hembra se puso detrás de la jaula, y el macho daba más vueltas que las aspas de un ventilador. La Gallina de Guinea ya no sabía si seguir riñendo con el macho ó dedicarle esos suaves cuchicheos a la hembra, como musa de un poeta. De pronto todos callaron a la vez. Otro macho empezó a berrear allí donde, más o menos, estaba el coche. Los del campo empezaron a dudar qué hacer. La hembra quiso volver a llevarse a su macho, pero el de la jaula le empezó a reñir a gritos como yo no había oído jamás. El campo empezó a despertar. Supongo que los zorzales volaban sobre mí con su “chip,chip” habitual. Las claritas del día ya estaban presentes, y el cielo se adivinaba despejado, con alguna nube rojiza al este por los primeros rayos de sol.

El macho del campo volvió a su guerra con el reclamo, y en una de esas vueltas, vi que la hembra estaba dándome la espalda. La sinfonía matutina se vio rota por un ruido estruendoso que salió del caño derecho de Tizona.

—¡Pichoooooo, pichooooo, pichooooo...!

El macho se ha volado. El enjaulado se quedó inmóvil. Algunos rayos de sol le alumbraban por entre las rejas de su jaula. Me quedé mirándolo para ver su reacción. Parecía de escayola. Pero me fijé bien en las plumas blancas de su garganta y vi que se movían con cierto compás. De pronto empezó a escucharse un cuchicheo muy bajito y comprobé que se había quedado al tiro. No se calló en ningún momento. Después fue subiendo el volumen hasta acabar en una de sus series de reclamos tan suyos. A los lejos, el macho volado reclamaba la presencia de su compañera, pero sólo obtuvo la respuesta de mi Gallina de Guinea, supongo que explicándole que ella ya no iba a reunirse con él. Todo lo más que podía pasar sería que él se reuniera con ella...

De repente, tras el puesto de tela camuflado con los ramones de olivos, sonaron un par de reclamos profundos, salidos de una garganta con voz grave, pausada y amenazadora. El macho del coche se había acercado de callada de tal forma que, entre lo ensimismado que yo estaba con mi Gallina de Guinea y el silencioso caminar de éste, llegó a colocarse detrás del tollo, casi a tiro de escopeta. No quise ni girarme a mirar por el agujerito trasero del aguardo por miedo a delatarme con mis movimientos. El de la jaula se estiró y, enseñando su pechuga azul y marrón, se puso en una actitud desafiante, casi semicerrando los ojos y cuchicheando por “lo bajini”.

—¡Está recibiendo al otro macho! –pensé–. Ojalá no entre, para que pueda venir el viudo.

Estaba convencido que lo mejor sería poder ver la pelea con el pájaro que acababa de perder a su compañera, porque estaría más “cabreado” y así podría ver cómo se defendía y atacaba a la vez mi macho de reclamo.

Por entre los olivos, a la izquierda de donde yo estaba agazapado, y a través de la mirilla pude contemplar cómo el macho que voló venía rápido, esquivando surcos, piedras y terrones como Carlos Sainz esquiva curvas y puentes. El del coche, al ver que su compañero y contrincante campestre arrollaba todo a su paso, puso pies en polvorosa y, en una carrera rápida, enmoñado como ellos suelen hacer y gritando de extraño, se alejó de tal forma que pareció que había visto un fantasma.

La Gallina de Guinea volvió a hacer “la rosca”, y, en una de esos giros, se quedó mirando al macho que entró en plaza buscando defender su honor mancillado. Dudé un momento si tirarlo tal y como venía o dejarlo para que el de la jaula se defendiese y pudiera comprender que dentro de su guarida de alambres pintados de verde oscuro, y a la altura que estaba, no corría peligro. Apunté al del campo y, de reojo, pude ver que la jaula estaba recibiendo. Le dejé dar una vuelta al tanto, dos, tres, y, en la cuarta, se puso de espaldas a mí, con una pata levantada y con la cresta tan alta como una bandera en su mástil. También estaba recibiendo. Así que llegó la hora. El impacto de los plomos, esta vez del caño izquierdo, lo desplazó casi tres pasos por detrás de la jaula, a la derecha del repostero...

Y tras la tempestad, la calma. Un silencio se adueñó del olivar tras el disparo. Aún no se habían acostumbrado mis oídos a tal falta de sonidos cuando vi que el reclamo de la jaula estaba estirado, como dedicándole al cielo su victoria. Y entonces yo también levanté la vista hacia arriba.

—¡Va por vosotros!

Le dediqué la faena a mi padre y a mi tío Manolo, quienes seguro que han vuelto a sentir desde el cielo cómo se les aceleraba el pulso, como a mí; cómo se les caían las gotas de sudor por la espalda, como a mí; y cómo, en el momento más inoportuno, te entra esa carraspera que hace que tengas unas irremediables ganas de toser fuerte... como a mí.

Dejé que el macho de la jaula, sabiéndose ganador de tal lid, proclamara a los cuatro vientos, con su forma tan peculiar, la victoria en su primer día en el tanto.

Tras quince minutos de vítores, me dispuse a levantarme. Empecé a toser para que la Gallina de Guinea no se asustara al verme aparecer de repente. Vi que estaba mirando al puesto, así que me fui levantando poco a poco.

—¿Qué pasa, campeón? ¡Te has portado como un héroe!

Al acercarme al pulpitillo, tras sacar la escopeta de la tronera y quedarla abierta sobre la silla de cuero, el pájaro empezó a alambrear un poco, pero cuando cogí del suelo al macho abatido, se escudó (mi amigo Luis dice que parece que se suben los pantalones) y empezó a tirar pitos y piñones muy bajito. Se lo acerqué a la piquera de la jaula y le dejé que le diera cuatro o cinco picotazos en su inerte cabeza. Después le enseñé la hembra y eso pareció no gustarle tanto. Enfundé la jaula, recogí todos los bártulos. Intenté dejar el campo tal y como lo había encontrado dos horas antes y me dirigí al coche. Antes de llegar a él, me sorprendió el batir de las alas del macho suelto que acudió en segundo lugar a la plaza. Me quedé viendo cómo descendía cerro abajo planeando con sus alas arqueadas.

De regreso tuve que poner a tope la calefacción del coche. Hasta ese momento no fui consciente de la helada rociera que estaba cayendo. Al llegar al bar, ya estaba toda la cuadrilla esperándome. Pedí un café bien caliente. Ninguno había tirado esa mañana. Decían que el celo estaba un poco atrasado. Cuando me preguntaron, no sin sorna, que qué tal se había portado la Gallina de Guinea, mi respuesta fue escueta:

—Bien.

—Define la palabra “bien”.

Me giré y fui directo al coche. Volví con la collera de perdices muertas y las coloqué sobre la barra del bar. Todos quedaron en mudos. Tan sólo Luis fue el que, tras un minuto de sepulcral silencio, sentenció:

—Entonces pagas tú los cafés y las tostadas.

—¡Por mi Gallina de Guinea sería capaz de invitaros a una caldereta!



Miguel-Ángel Díaz García.