Colmillo roto

Jorge Borque

 

Faltaban dos días para que la luna de marzo estuviera en plenilunio, y viajábamos hacia la provincia de La Pampa, con la intención de conocer un campo muy prometedor de buenos padrillos, según los comentarios del propio dueño de la estancia, Don Uberlindo.

Un campo muy boscoso, con profundos fachinales, donde buscar el ganado era una tarea sumamente penosa y por lo general quedaba inconclusa, los paisanos se retraían al momento de salir a “campear” la hacienda.

Tenía dos aguadas solamente, muy pocas para un campo tan grande, unas cuarenta mil hectáreas, prácticamente sin divisiones internas, ni caminos, solamente picadas y cortafuegos al lado del alambrado principal, es decir una incipiente explotación ganadera, con muchas ambiciones y buen futuro, pero por ahora no más de unas ochocientas cabezas.

Don Uberlindo en persona nos recibió dándonos una calurosa bienvenida a su campo, una linda casa patronal, con varias habitaciones y una gran “matera”, en una especie de cocina-comedor muy grande, en donde crepitaban en acogedor fuego, unos grandes troncos de caldén, a un lado la infaltable cocina “económica” con el agua lista para la “cebadura”, dulce o amarga, según pidieran los invitados.

Y en agradable charla fuimos cambiando informaciones, ellos ávidos de política, de la economía del país, etc. y nosotros de pumas, jabalíes y ciervos.

“En la aguada del norte está bajando un león machazo” nos decía Leandro, uno de los peones, “y estoy casi seguro que es el mismo que carneó la vaca baya hace unos quince días atrás, junto a uno de los corrales, y todavía están comiendo la osamenta los chanchos”.

Esta gente, que nos daba un trato muy amable, era muy curtida y muy ruda en las tareas que realizaban, uno de ellos vivía acompañando prácticamente al ganado y venía al casco de la estancia una vez por semana, y otros eran hacheros, es decir cortaban leña en el monte, donde vivían, (fabricando postes y varillas para futuros alambrados), llegaban hasta el lugar elegido por alguna picada y a partir de allí empezaban a talar y de paso continuaban abriendo una picada; una vez por semana les llevaban agua, pan y carne, y cada tanto trasladaban su improvisada vivienda (una choza de ramas, hojas, recubierta de plásticos), realmente una vida muy dura. Ellos que de pura casualidad se encontraban en el casco justamente, fueron quienes nos contaron de un gran jabalí, al que vieron en repetidas ocasiones, en las cuales hasta los grandes perros que los acompañan se habían espantado de susto, frente a semejante padrillo, zaino oscuro, de más de un metro de alto, con crines largas, y según los que lo vieron era la representación de la furia; siempre se lo veía al caer la tarde, la hora de la oración, al decir de los paisanos.

Al respecto uno de ellos nos contaba que en una oportunidad se metió a buscarlo en “un tamarindal muy espeso”, con dos perros, uno muy grande cruza con dogo y galgo, y uno pequeño, con la intención de enfrentarlo a cuchillo, pues el hombre era baquiano en eso. Según textual narración nos dijo:”Al perro chico le dio una “mascada” en el lomo, y quedó seco en el lugar, y al grandote, de un navajazo lo abrió de punta a punta, como pude lo cargué sobre el apero y partí para las casas... pero a poco andar se me murió desangrado el pobrecito; hasta el día de hoy lo lloro y juré volver a buscar a ese maldito”...
Nosotros escuchábamos absortos sin perder ningún detalle, y emprendimos con las consabidas preguntas, de la dirección del viento, de qué lado bajarían los chanchos, si los rastros del puma entraban desde el mismo lugar, si hubiese lugar para hacer un pozo o un árbol adecuado para subirse, etc.

Con las primeras luces del alba del día siguiente, partimos a verificar los rastros de “La amarga” (nombre con el que señalaban los hacheros a esa aguada), y efectivamente pudimos comprobar a sus orillas unos rastros enormes de puma, las improntas dejadas por garras muy grandes en el barro así lo atestiguaban y también de chanchos, aunque de éstos no había ninguno de tamaño espectacular.

La duda estaba planteada, al lado de la osamenta, en los corrales, era casi una fija la “bajada” de los chanchos todas las noches, y en “La amarga” existía la posibilidad de un gran puma. Los que me conocen, saben de mi preferencia por cazar felinos, y cómo queríamos evaluar el campo, decidimos la construcción de dos apostaderos, cosa que generalmente no hacemos, pues consideramos que la caza es para compartir, pero dado el poco tiempo que disponíamos, y las posibilidades que se estaban brindando, nos inclinamos por los lances “en solitario”.

La amarga era una aguada de forma ovoidal, orientando su eje mayor en la dirección norte-sur, el viento predominante por lo general era desde el sur, el apostadero debería darle las espaldas al este (saliente) para no tener la luna de frente, los rastros del león venían desde el sudoeste, lo correcto sería emplazar mi apostadero en la orilla noreste de la aguada. Y efectivamente así se hizo, a un costado de un gran caldén cavamos un pozo de no mucha profundidad, porque colocamos algunos troncos (acumulados por los hacheros en el lugar y que se usan para postes), en los cuatro costados del pozo, que servirían de apoyo para el rifle y mi espalda, y por encima un paño de carpa camuflado para evitar los reflejos de la luna sobre el rifle o prismáticos; la visión desde el lugar era excelente, y los contornos de la aguada totalmente limpios de ramas o arbustos.

Mientras yo preparaba todo esto, mi compañero hacía lo propio cerca de los corrales, en la osamenta de la vaca, su apostadero lo emplazó dentro de un monte espinoso, era un pozo similar y lo recubrió con la red de camuflaje, con la que quedó totalmente mimetizado.

Las armas para esta salida eran un 270 W, con puntas Speer R-N de 150 gr, y 55 gr. de pólvora IMR-4831, de Eduardo, y un .300 W. Mag. con puntas Nosler Balistic-Tip de 180 gr., con 76 gr. de Reloder-22, que llevaba yo.

La prueba de las armas es un rito obligatorio de todas nuestras cacerías, a un costado del casco de la estancia colocamos unas maderas con una marca de pintura de aproximadamente diez centímetros de diámetro, y le disparamos desde unos 150 metros primero, y luego la misma madera la colocamos a no más de 25 metros y apuntamos de igual forma y repetimos el disparo (por supuesto con apoyo, pues lo que testeamos son las armas ), Eduardo hizo un “ocho” con el 270 W, ambos orificios se tocaban, y mi 300 W Magnum no se quedó a la zaga, los impactos estaban separados por apenas un centímetro, es decir armas y recargas eran óptimas, son calibres con trayectorias muy tendidas o “rasantes”.

Como la distancia que nos separaban de la aguada era superior a los 10 kilómetros, el ruido provocado por los disparos no alteraría la zona, y además es necesario recordar que nunca debe usarse un arma limpia para cazar, sin antes haber realizado algunos disparos para “ensuciar” (quemar restos de aceites o antióxidos) el cañón de la misma.

Tratamos de dormir unas dos horas después del almuerzo, y ya a las 16 horas iniciamos los preparativos correspondientes para partir cada uno a su apostadero, un repaso rápido de los elementos: prismáticos (de muy buena definición, con lentes tratadas antirreflex), camperón cazador grande, guantes, pasamontañas, caramañola con agua, termo con café caliente (son “grandes” los fríos al decir de un criollo), linterna, mi inseparable Smith Wesson 44 Magnum de 6 pulgadas con puntas de 240 gr. (da una tranquilidad extra) en su cartuchera, cuchillo, radiotransmisor (apagado y dentro de la mochila), algunas almendras, y el 300 W Magnum en mi mano, con tres municiones en el cargador y dos más repartidas en mis bolsillos (para que no hagan ruido), más que cábala que otra cosa, y andando...

El capataz de la estancia nos acercó en su camioneta, primero me dejarían a mí a unos 1500 metros de la aguada, es necesario no llegar más cerca con el vehículo para no despertar ningún tipo de sospechas en la caza, y luego dejarían a Eduardo cerca de los corrales de aparte en donde estaba la osamenta a medio comer por los “chanchos”.

Mientras caminaba hacia la aguada los análisis se atropellaban en mi cabeza, era un bosque sumamente tupido, de caldenes muy altos de troncos gruesos, y en general un campo muy “sucio” muy “montoso” que dificultaba la visión. Llevaba bala en boca y seguro, lo que me permitiría hacer un disparo bastante rápido, además pensaba en el tipo de proyectil elegido, si sería el indicado, si trabajaría en un animal de piel fina como un puma, o si lo “bandearía” de lado a lado solamente, actuando como una punta full metal jaket, en fin, de todas maneras el lance ya estaba planteado así y no habría marcha atrás.

A unos cincuenta metros antes de llegar, de manera muy sigilosa hice un reconocimiento del lugar barriendo todos sus contornos con mis binoculares, y de la misma forma silenciosa y sin mostrarme me metí dentro del pozo, le saqué el seguro al arma (detalle de suma importancia, es muy triste llegar al momento de la definición y encontrarse que tiene el seguro colocado), y coloqué las cosas de manera ordenada pensando que en un tiempo más habría oscuridad, y es necesario saber dónde están.

El tiempo empezó a transcurrir lentamente, los arreboles rojizos pintaban los caldenes, una vez más me repetía “Un memorable atardecer pampeano”, y el monte empezaba a vivir; yo recordaba las palabras de don Uberlindo diciéndome que por esos lugares no había ganado vacuno ni equino, que todo rastro era de chanchos o pumas, pero que eventualmente podría llegarse a tomar agua algún toro bagual.

Los visitantes de última hora empezaron a aparecer, loros en bandadas a tomar agua, un par de hurones jugaban correteándose, muchas palomas, y hasta “juancho” (un zorro) muy despreocupado tomó agua, se paseó por la orilla y siguió su camino, todo esto me indicaba que el blind (apostadero), no había despertado ningún tipo de sospecha.

Mientras la luz diurna se iba diluyendo, observaba todo a mí alrededor y valoraba los binoculares autofocus (no necesitan ninguna regulación), realmente una herramienta sumamente valiosa, pues me permite cambiar de inmediato de visuales corta a largas, sin modificar nada.

El cielo no mostraba ni la más pequeña nube, lo que auguraba buenas perspectivas, aunque tuve más de 2 horas en casi completa oscuridad, a mi espalda se iba levantando lentamente una enorme bola amarilla y rojiza, la luna, todo un espectáculo verla a través de la caldenada y en ese teatro tan agreste y natural.

El color amarillento fue cambiando e iluminando todo lo que tocaba, con una intensidad inusitada, hasta formar el “bosque de plata”.

A las 21,30 hs. un tropel pone todos mis sentidos en alerta, el ruido cada vez es más fuerte, no obstante no veo nada, pero en cuestión de segundos varias “bolitas” negras se abalanzan al agua y detrás de ellas tres chanchas de mediano porte también llegaban a tomar su baño de barro, el batifondo que armaron era descomunal, (y pensar que uno esfuerza sus oídos siempre...), todo esto duró más o menos media hora, hasta que las chanchas con unos golpes de jeta sobre los pequeños dieron la orden de partida, y se fueron por el mismo lugar que entraron.

Casi medianoche y grita la lechuza, es mi aliada incondicional, la mayoría de las veces después de un grito de lechuza aparece algún visitante en la aguada, recorría minuciosamente todos los contornos sin poder ver ni oír nada, pensaba en la posibilidad del puma que estaba bajando todas las noches y miraba a las sombras, pues aprendí durante muchos acechos que “el león” es muy raro que teniendo sombras, se acerque al agua por un claro directamente, pues es el maestro de la vida privada, pero no en este caso, transcurrieron otras dos horas más sin ninguna novedad.

El frío y el sueño se hacían insoportables, y de pronto un ruido de ramas muy suave, me pone nuevamente en alerta, trabajo permanente de prismáticos sin detectar nada, pasa un tiempo y nuevamente el ruido, pequeño y de corta duración; sentía mis ojos como con arena, la insistente observación durante muchas horas producía consecuencias, pero nuevamente se repitió el ruido hacia el sur, y de manera muy borrosa me parecía ver una sombra que se balanceaba, pero la “cosa” era muy grande para ser puma o chancho, estaba muy lejos y parecía por momentos que no se movía, así que pensaba que era producto de mi cansancio, pero por las dudas no le sacaba los ojos de encima, hasta que la sombra avanzó lentamente hacia el agua, ya más cerca no dudaba que era un toro “malo”. De todos modos todavía estaba en las sombras, y no salía a la luz de la luna, pero si quería tomar agua debería avanzar, y justo en el límite de la luz y sombra se paró, la adrenalina me había inundado mi cuerpo, y me sentía como sordo; levantó la cabeza atrás de un pequeño monte y yo esperaba ver relucir algún colmillo, pero nada, aunque el lomo le brillaba, entonces pensaba en una chancha de tamaño descomunal, pero el pensar que podría disparar sobre un vacuno me exigía tener mayor definición.

De pronto se adelantó unos dos metros y ya en plena luz de luna no existía ninguna duda, era el jabalí más grande y descomunal que había visto en mi vida, el comportamiento era el de un “viejo solitario” y no de una hembra; de pronto como presintiendo el peligro se gira y muestra a la luna el otro flanco, es en ese momento en donde relampaguea un gran colmillo blanco; todo estos movimientos yo los estaba siguiendo desde la telescópica de mi rifle, fue muy corta la corrección a la base del cogote y... el ruido y el fogonazo me dejaron encandilado por un instante, veo que tras un revolcón se levanta y camina hacia el monte, ya había introducido un nuevo cartucho en la recámara cuando oigo ruidos como si se estuviera atropellando todo el monte, evidentemente estaba sentido, me senté a esperar sin salir del apostadero, de manera de evitarle una sobrecarga extra de adrenalina al animal.

Dejé pasar unos quince minutos, tomé la linterna en una mano y en la otra el 44 Magnum, y fui al lugar del impacto donde constaté sangre, pelos y carne en el revolcón; una situación verdaderamente peligrosa, estaba a menos de 10 metros del monte, normalmente estos análisis lo hago en compañía de Eduardo, pues mientras uno observa los rastros el otro controla una posible carga o embestida del animal herido, de todos modos la idea de entrar de noche al monte solo, era una locura, así que de manera muy cautelosa y de espaldas al agua, revisaba los rastros y los iba siguiendo desde el lugar con la luz de la linterna.

El jabalí en su alocada carrera en forma de círculo, se había comportado de manera totalmente anormal, embistiendo unos montes de troncos muy gruesos, signo evidente de una herida grave.

Ya había transcurrido más de media hora y no se había sentido nada, y me acerqué unos metros siguiendo los rastros del jabalí, siempre evitando de entrar al monte, y desde allí pude ver con la ayuda de la linterna a unos diez metros dentro del fachinal, una gran mancha de sangre que brillaba con la luz de la linterna, y escudriñando lentamente apareció junto a unos pastos la “mole”, podía ver que respiraba con dificultad pero evidentemente no podía incorporarse.

Estaba acostado apoyando su flanco derecho en el suelo, y mostrando un largo y grueso colmillo hacia la luna. Una carga de 44 Mag. terminó con su agonía.

Saboreaba un café bien caliente, y a la vez me calentaba mis manos, mientras amanecía y esperaba a Juan, el capataz de la estancia, que con sus hijos vendrían a buscarme.

Con ojos desorbitados contemplaban a tan descomunal jabalí, los recién llegados, y la tarea de subirlo a la camioneta fue realmente muy dura, aún entre cuatro personas.

Tenía partido el colmillo derecho un poco más arriba de los dientes, y la amoladera de ese lado ya se había deformado en forma de gancho hacia abajo y hacia adentro, y por el aspecto esto sería de vieja data, a partir de ese momento uno de los hijos de Juan (el capataz) lo bautizó “colmillo roto” y juraba que era el chancho que hace tiempo mató a los perros (haciendo referencia a la la gran alzada del jabalí).

El proyectil impacto exactamente donde apunté, en la base del cogote, y como disparé en un ángulo hacia abajo, cruzó hacia la paleta del lado opuesto, destrozando huesos y provocando un agujero en la salida de unos diez centímetros de diámetro, por donde se desangró tan rápidamente.

Evidentemente no se pudo recuperar el proyectil, pero mi análisis me indica un proyectil demasiado duro con mucha penetración, que trabajó bien en una mole de carne descomunal, muy distinta hubiera sido la cosa contra un animal de piel fina y de mucho menos peso como lo es un puma.

Mientras viajábamos hacia el casco de la estancia me entero que Eduardo, mi compañero de cacerías, había dado cuenta de una leona vieja en la osamenta, motivo de gran alegría en la estancia, pues ellos la hacían responsable (a la leona) de varias “carneadas”. De manera que las cartas vinieron cambiadas, yo que fui a buscar el puma, encontré a un padrillo “viejazo” (como decía don Uberlindo), y Eduardo que fue por chanchos vino con una gran puma.

Una vez más San Huberto, con un guiño cómplice, nos sonreía, pero de cada diez salidas se da una como ésta.