Un día vulnerable

Valhalla

 

Bosquimano, ese día casi nos llega la hora de la ventisca.

Enero de 2000, bajando del Pico de Montmalús

Poco tiempo falta para anochecer, los dedos de las manos rabian con el simple rozar de la manga de la chaqueta, faltos de calor, envían las más dolorosas noticias por el sistema nervioso, advirtiendo la llegada a un punto sin retorno, advirtiendo, si cabe, el fin del camino, a ese sentir se suman las rodillas, faltas de recorrido al articular, cada vez cuesta más repetir el movimiento anterior, es difícil de explicar el dolor de un parpadeo.

El pastor se para... cae de rodillas hundiéndose en la nieve hasta el pecho, el sol nos deja a la estacada de una noche que, antes de empezar, arroja -19 grados de temperatura según el Suunto que cuelga de mi mochila, a cinco horas de distancia de un foco de calor, el equipo que llevamos es bueno, su calidad es superior a la del que lo utiliza, siendo nosotros simples cazadores que, cegados, hemos traspasado el umbral de la cordura, siguiendo un rebaño de sarrios mas allá de la razón, obteniendo como resultado un jaque al cazador que, de no mover ficha rápidamente, será mate.

Veo ante mi un hombre inclinado soltando arcadas de humo por la boca, como aquel marrano que se nos cruzó al amanecer, le grito, me escucha pero no responde, con un esfuerzo fuera de lo común le apoyo en un pino y me siento a su lado, me miró con una cara de vencido, sólo apreciable en aquellos que saben la diferencia entre ser vencido y perder, se puede perder sin luchar, pero para que uno sea vencido, es necesaria una lucha atroz que dignifique y satisfaga el sabor de la victoria del contrario, en ese caso en contrario era el tiempo, y es que jugar contra él nunca da buenos resultados en la montaña.

Muchas veces, el la taberna del pueblo, hemos hablado de lo que el ser humano es capaz de soportar físicamente, infinitamente más que mentalmente, aunque al no saberlo, es la mente quien nos traiciona rindiéndose al tiempo antes de agotar el último aliento, nos veíamos pues, vencidos, bloqueados mentalmente, a merced del paso de la noche y del inevitable convite a iniciar el camino al Valhalla.

Una de las imágenes de más impotencia la vi ese día, poniéndose nuevamente de rodillas el pastor y escarbando en la nieve, entendí su intención y le acompañé en su tarea, escarbábamos con las manos, era terrible ver que no podías controlar los movimientos de tus propias manos, al intentar coger la nieve, la mano actuaba inerte doblándose contra la nieve por la muñeca al mínimo roce que exigiera algo de fuerza o presión, acabamos haciendo un considerable agujero usando como pala la espalda y como brazos las piernas, empujando con ellas contra un soporte firme nuestro cuerpo para apartar la nieve.

Una vez hecho el cobijo necesitábamos hacer leña, las ramas secas que mueren año tras año en la parte baja de los pinos nos servían, pues era lo mas seco del monte, era sobrehumano, una pequeña sierra de navaja suiza nos “ayudaba” en una tarea penosa en aquellas condiciones, tardamos mucho en hacer poca leña, forramos la mayor parte de los laterales del agujero con las bolsas industriales de basura que siempre llevamos para que el sarrio no manche el interior de la mochila y con ramas verdes de los pinos, el suelo era nieve dura, compactada por la presión de nuestro esfuerzo, pusimos como apoyo de espalda la mochila y como culera su funda de cordura interior, no servían para nada más que evitar la sensación del contacto con el hielo.

El pastor extendió un trozo de papel de aluminio en el centro, mientras yo, con una piedra de soporte y otra de martillo, desmontaba media docena de balas del 270 para obtener su pólvora, la pusimos sobre el papel y sobre ella todas las ramitas finas del desbroce, aumentando la pirámide en función del grosor de las ramas, con una cautela fuera de lo común, como si de un ritual se tratase, prendimos la pólvora y se fue encendiendo la madera, lentamente, hacíamos turnos para ir a buscar mas leña, atreviéndonos a poner ramas mas gordas, y aquello quemaba de maravilla, pasado un buen rato las sensaciones olvidadas que el cuerpo transmite volvían a existir, nos costó, nos costó demasiado pasar la noche, nos contamos la vida el uno al otro, y pasamos de ser dos cazadores que, a veces, cazaban juntos, a no salir nunca el uno sin el otro a por un sarrio.

Tras la terrible noche helada llegó el clímax del frío con el alba, simplemente insoportable, pues uno se acostumbra al fuego y relaja el autocontrol de la temperatura corporal, tras los primeros rayos de luz dejamos calentar un rato el mundo, y abandonamos nuestras camas de marranos diurnos en busca del hogar, bajando por el bosque nos dejamos llevar sin explicación alguna por el rastro de un sarrio que, matutino, andaba por los alrededores, localizándolo poco rato más tarde, la casualidad nos ofreció, esa mañana de invierno, un macho de 4 o 5 años, lentamente salió del bosque, una vez fuera la nieve le llegaba a medio cuerpo, avanzaba saltando en busca de una roca cercana, donde se puso a hacer la estatua, buscando recobrar el calor perdido en la noche, el pastor y yo nos apostamos en los pinos, apoyé mi 270 en una rama gruesa, y medio entumecido aún, le solté una andanada de muerte, cayendo de la roca y quedando completamente cubierto de nieve, tardamos en recogerlo por lo poco transitable del lugar, al llegar aún estaba vivo, soltaba andanadas de templado aire que se convertía en vapor al salir de su garganta, como el pastor cuando cayó de rodillas, sin pauta, a bruscos impulsos lograba seguir respirando, no le rematamos, esperamos su muerte embobados como si jamás hubiésemos visto un sarrio agonizar, es terrible, es uno de los animales que más sorprenden al cazador novel cuando agoniza.

Tras la escena lo vaciamos y pelamos en un momento, era mediodía, lo partimos en dos y lo cargamos en las mochilas, bajando charlábamos animadamente, contando lo malo de la noche, pero sin darle importancia al mal trago, y es que cuerpo y mente olvidan rápido lo que no quieren recordar, pues hoy recuerdo lo que pasó y cómo pasó, pero no soy capaz de sentir como propia una sensación de dolor y agotamiento tan grande como la ocurrida aquella noche, simplemente puedo decir que me pareció ver asomar a la parca reflejando el filo de sus tijeras en mi rostro.

Jordi Fabà