Rey de reyes

Valhalla

 

Cuenta la leyenda que las dos agujas de roca maciza que coronan el espectacular Pic dels Encantats, en pleno Parque Nacional d´Aigüestortes i Estany de Sant Maurici, no son más que dos cazadores que huyeron de misa para ser los primeros en cazar el sarrio, siendo maldecidos y quedando petrificados en la cima.

Y es que el isard o sarrio siempre ha llevado consigo un afán de superación que tradicionalmente ha generado envidias, disputas e incluso enemistades, su caza es pues, una expresión de orgullo y superación llevada al límite, vaya... era, hoy es como todas, pagan un precinto, van con un señor que les lleva al lado de un sarrio, le dicen que tire a ése, el cazador tira y lo mata, fin de la majestuosa caza de tan digna presa.

Por suerte aún queda gente que el sarrio lo cazaba con escopeta y sin más límites que el de cada uno, siendo difícil de entender que la mejor densidad de población —y digo mejor, que nada tiene que ver con mayor—, fue en esos tiempos donde el límite lo ponía el cazador, y muchas veces la escopeta, pues acercarse a la pieza a no más de 50 metros tiene su magia, hoy os contaré la historia de uno de ellos, justamente del que me enseñó a caminar por la montaña, cosa que parece fácil, pero que es como todo, nadie camina igual, yo he caminado con cazadores paquidermos dignos de ponerles bozal, y con duendes que tienes que darte la vuelta para saber si te siguen, y es con su permiso, que sé que lo tengo, que la contaré en primera persona, para darle más vida, o simplemente para contarla como la contaría él si estuviese entre nosotros.

Era la época del blanco y negro, el color solo estaba al alcance de aquellos que abrían los ojos para mirar, pues mucha gente de hoy sigue viendo en blanco y negro, omitiendo el color de las cosas, otro tema que cada uno ve de una forma distinta. Los valles del pirineo gozaban de la belleza que sólo sabemos ver los que miramos, era noviembre, simplemente la estación más espectacular de las cinco que existen, pues a parte de las cuatro conocidas está la mágica, que tiene lugar en algunos parajes durante ese mes, quien conozca La Vall Fosca me entenderá perfectamente, en lugares de Galicia también la he visto, pocos más... hay unas semanas de noviembre que huelen distinto, que los colores cambian cada día y a cada hora, que el tiempo se detiene y te permite seccionarlo para admirar cada instante, es tiempo de “llanega”, seta muy apreciada en el pirineo, de recoger las cuatro vacas sueltas que quedan en el monte, y es el anuncio del poco tiempo que queda antes de refugiarse a la vera de la fría lumbre que juega a la sombras en la cocina, mientras el más curtido en vida cuenta año tras año la misma historia, la que al él le contaron y la que mañana contaré yo.

Frío amanecer de la estación mágica, cojo la plana sin nombre, un par de postas acariciadas entran en el morral, mi padre me dice dónde tengo que ir, yo ya lo sé, pero le escucho atentamente, igual que en los últimos 50 años, salgo de casa buscando el camino al Puerto de Cabús, varias horas me esperan agazapadas tras el reloj de cuerda, sabiéndolo camino con calmada prisa, haciéndole marcar el tiempo a mi paso, coincidiendo cada minuto con las referencias visuales que tengo memorizadas a lo largo del sendero.

Es mediodía, mis ojos contemplan una extraordinaria ladera de roca pelada bajo el puerto de montaña, llevo los prismáticos originales que mi madre me regaló al nacer, graduados a costa de sol y viento, fabricados para sentir más que para ver, un ligero cambio en las sombras de la ladera me hace saber de la presencia de mi presa, lejos, cauta, tranquila. Sin ver aún el Isard, salgo en su busca, dirigiéndome a un paso de roca viva que ladea el puerto, dándome entrada bajo la pieza, donde acaban los pinos y empieza el reino, tardo poco, pues es camino conocido y andado, el viento se levanta bruscamente, sin dirección concreta vaga por las crestas empujando los alientos de esperanza que invaden mi prisa, tras el último pino me tumbo, de espaldas a la ladera y escucho... cierro los ojos y duermo los sentidos... escucho, simple y difícil, escucho... y oigo, es más, noto, siento, percibo como el animal, el dominante, el rey, se acerca a mí sin corte alguna ni fiel escudero, solo, avanzando a mi espalda, lentamente... pero él también cierra los ojos y nota, siente, advierte que no está solo.

Mi nariz despierta, el bosque me invita a dormir entre el frío con sus perfumes, no dejaré que me atrape, girando sobre mí mismo clavo la mirada en mi presa, sin dar a conocer mi cercanía, pero ya me está mirando, en pié, sobrio, o no... no es así, es “en pié y sobria”, pues es la reina quien me vista, de rodillas con las nalgas clavadas en los talones, ligeramente inclinado hacia delante, enfilo la plana ante mis ojos, ella salta en horizontal a mi derecha, ofreciendo, si cabe, mejor blanco, mi dedo de la suerte acaricia el gatillo, no lo suficiente, pues la reina se para... algo falla... mi dedo no quiere cumplir el mandato de mi mente, ¿o es mi mente quien impide al dedo ejecutar lo que hemos venido a hacer? De repente el fruto de una vida aparece tras la reina, el calor invade la ladera, el sol se esconde tras ella, los colores cambian de nuevo, y el frío regresa con la calma del viento, todo, en un instante, un instante suficiente para bajar la plana y contemplar cómo la reina protege la herencia de la vida, cómo da su costado a cambio de su futuro, cómo me mira, cómo me ve, ¿de que color soy?, sin darle tiempo a mirar mi avergonzado rostro, doy camino a mis ganas de marchar, enfilando la misma ruta que me ha llevado a tan majestuosa experiencia.

Es negra noche cuando llego a mi casa, una sensación de falta de calor me invade, subo a la habitación del tesoro y llorando en silencio contemplo mi futuro, cálido y ajeno al mundo, mi nieto duerme con el abrigo de los suyos, bajo a la cocida, a dejarme sorprender por las sombras del fuego, a la entrada el trofeo de un rey me contempla en lo alto de la viga, lo cacé trece años atrás, en lo alto del Puerto de Cabús, en la ladera donde hoy he visto que la magia de la vida puede más que mi plana, parece que me mire con compasión, con piedad, se me turbia la mente y entro en la cocina, pero él se queda en mi pensamiento, apiadándose de mí y retándome de nuevo en la ladera, ya que aún sigue allí, en forma de futuro, su nieto me espera en años venideros convertido en rey de reyes.


Jordi Fabà