Memoria de África

Bosquimano

 

El viejo se sienta a la sombra de una encina, tiene dos perdices colgadas y está agotado, pero llevamos toda la mañana caminando y ni siquiera nos hemos parado a echar un trago de agua. Me siento junto a él y le paso la bota. Le admiro con sus ochenta y cinco recién cumplidos y todavía con fuelle. Saco el taco y nos ponemos a comer en aquel mismo lugar, hermoso como pocos. Mi abuelo había sido toda su vida hasta su jubilación un gris funcionario de Hacienda, un tipo normal y corriente cuya acción más sobresaliente era haberme contagiado la afición a cazar en contra de los deseos de mi padre. Tras jubilarse se había trasladado de Madrid a Valdeverdeja, un pequeño pueblo de Toledo en el que siempre había conservado la casa familiar y se dedicaba a pasear por las veguillas y los olivares, a cazar perdices en solitario y a leer la excelente biblioteca que había ido atesorando a lo largo de toda su vida.

Tras acabar el taco y echar un largo trago de vino sacó un pequeño libro de su morral. -Toma, es para ti, me lo ha enviado mi amigo Luba desde Guinea Ecuatorial, es un libro de fábulas y cuentos tradicionales de los Bayele que ha recopilado su nieto-. Levanté la tapa del librito y leí con dificultad la extraña dedicatoria: “para el gran cazador de elefantes que no quisiste ser”. Entonces el viejo mirando al horizonte comenzó a contarme:

Me enteré en el Ministerio que había una plaza libre en la Delegación de Guinea y la solicité sin decir nada nadie. Nada me ataba a Madrid y viajar a Africa era un sueño que tenía desde mi infancia. En cuanto llegué y me puse al día de las rutinas que tiene un funcionario de Hacienda en las colonias me di cuenta de que tenía mucho tiempo libre, la escasa vida social en la comunidad española no me atraía, así que buscaba cualquier pretexto para hacer viajes por el país y conocer de verdad el Africa que había imaginado y leído de niño en los libros de Salgari. No me cansaba de pasear por las sendas de la selva admirando el porte de los colosales moabis, ceibas caobos, cedros, ébanos, tekas, ukolas y okumes de más de sesenta metros que todavía no habían sido arrasados por las madereras, me gustaba perderme por los bosquecillos de eveas del caucho o de nuestras plantaciones de cacao. En los ríos había hipopótamos, en los bosques gorilas, chimpancés, monos de mil clases, elefantes de selva y en los llanos leopardos, gacelas, hienas, búfalos… Para un joven con poco más de treinta años que amaba la naturaleza aquel lugar era un sueño.

Un día, en una de mis excursiones por el país conocí a un alemán que se había refugiado en Guinea para vivir sus últimos años “en paz rodeado de todo lo que había amado de verdad”, esas fueron sus exactas palabras cuando le pregunté si no le incomodaba el calor sofocante o las lluvias torrenciales. Enseguida congeniamos y llegué a apreciar mucho sus amenas conversaciones sobre aquella Africa ya casi extinta en la que él había sido protagonista, su excelente bodega y su impresionante biblioteca de caza. De vez en cuando el anciano seguía saliendo a cazar a pesar de los achaques con un pistero pigmeo llamado Manu, pero yo nunca le acompañé en esas excursiones que suponía peligrosas e impredecibles. Era y soy un modesto cazador extremeño de perdices en mano y aquellas selvas me venían grandes.

Desde que nos conocimos rara era la semana que no me pasaba por la plantación del Alfred von Beumelburg a tomar una copa, cenar y conversar hasta bien entrada la noche. El anciano a pesar de la edad, de su obesidad y de la gota que le martirizaba de vez en cuando, era un sabio cazador y un delicioso narrador que me contó junto al fuego toda su vida y todos los secretos que conocía del noble arte de la caza. El amanecer nos sorprendía siempre junto a las cenizas apagadas de la chimenea de la biblioteca, la frasca de brandy vacía y mis ojos muy abiertos, escuchando con delectación los miles de lances y aventuras que aquel hombre había vivido, recordaba y contaba como si estuvieran sucediendo allí mismo.

El viejo barón Beumelburg decidió irse de Berlin en el año treinta u siete, “los fantoches disfrazados que están cerrando todos los garitos de Berlín, quemando libros, persiguiendo a algunos de mis mejores amigos”… le parecen unos locos peligrosos. El no entendió nunca a esos nobles alemanes que se han apuntado al partido Nacional Socialista y entregan generosas cantidades de dinero a Hitler, solo entiende de amigos, de libros y de animales. A su mejor amigo y compañero de sus primeros viajes a Africa con el que compartió peligros y fiebres “lo asesinaron los fantoches por ser judio”... Así que empaquetó sus libros y sus armas de caza e invirtió todo su dinero en una plantación de cacao. Ha heredado la pasión de sus antepasados por la caza, los espacios abiertos, la naturaleza por oposición a las ciudades en la que él ya no sabe a que atenerse. De joven ha cazado palomas en Inglaterra, urogallos en Inverness y Angus, Faisanes en Hungría, al norte de Budapest entre bosques frondosos cubiertos de nieve, ha recechado Ibex en Austria, abatido gansos en Islandia, enormes jabalíes en Rumania y se ha perdido muchas veces en los impenetrables bosques de los alpes Transilvanos, Pitetsi, Timisoara, Suceava son nombres gravados en las placas de sus mejores trofeos. Pero una vez viajó a África y su vida de cazador cambió.

Durante un mes tuve que viajar a Fernando Poo y a mi regreso fui a visitar a mi amigo. Pero en mi ausencia el Barón Alfred había caído enfermo, otro ataque de gota que soportaba en silencio bebiendo infusión de adormidera y leyendo a Holderlin . Hace ya días que el anciano no sale de su casa, ya no lee los periódicos, no se ocupa de la finca, pero se le ve feliz pesar de los ataques de artritis, se siente ya fuera del mundo, fuera del tiempo, por las mañanas dicta un par de horas al escribiente sus memoria de gran cazador y por las tardes se encierra en la biblioteca a releer los libros que le llenaron de placer en su juventud o se pasa horas y horas limpiando sus rifles y escopetas, abrillantando con aceite inglés sus hermosas maderas de raíz de nogal, limpiando los aceros de los Mauser, Holland&Holland, Mannlincher, Rigby, Jeffery de cualquier brizna de polvo, de cualquier sospecha de herrumbre. Su joven amigo ha llegado, le anuncia Klaus su fiel mayordomo. Me serví un Oporto de la licorera y me senté junto al anciano en silencio sin poder los ojos en la forma enorme del barón hundido en el sillón con los pies en alto sobre un taburete y un rifle express descansando sobre sus muslos. ¿Se puede vencer al miedo?, le pregunté para distraerle recordando como se me había volcado la canoa cerca de unos hipopótamos unos días antes. El anciano realizó entonces un movimiento rapidísimo cerrando la bascula, se encaró el arma y me apuntó a los ojos y sonó el click del percutor en lugar del estruendo de la detonación. “El miedo, el miedo no es un elefante herido cargando contra uno cuando el arma ha fallado, recuerda el Barón, ni los fantasmas que se inventa uno viendo los ojos de las hienas y aguantando un ataque de malaria sin compañía. El miedo es un amigo, un cómplice, un camarada fiel”… rememora Alfred con voz firme y áspera. “Fíate siempre de tu miedo, es lo único que no te traiciona, que no te falla, que no sale huyendo cuando las cosas se ponen feas”... El anciano se levantó trabajosamente, con el rifle de bastón y se acercó al armero para dejarlo, después se fue apoyando en las estanterías con los ojos muy abiertos y brillantes y la mandíbula tensa por el dolor. “El único miedo que de verdad paraliza es el que te entra el día que descubres que tu cuerpo ya no te sirve, cuando no obedece a tu voluntad y día tras día se va convirtiendo en un objeto inútil, pero incluso ese miedo también nos sirve”... Cuando el Barón llega por fin al sillón y se derrumba entre sus brazos lanza un resoplido de alivio. “¿Me sirves un Coñac?”. Le obedecí y me despedí algo confuso sin saber que pensar. “Cuando yo muera quiero dejarte ese rifle como recuerdo” grita el enfermo. Una hora después, cuando acaba la copa, el Barón Alfred von Beumelburg se levanta de nuevo del sillón y vuelve al armero, coge el express, lo carga, se apoya los cañones en la zona del corazón y aprieta el gatillo, el proyectil de bronce macizo le atraviesa el cuerpo y se empotra en un grueso atlas. Vivirá todavía unos segundos, “así mueren los antílopes, los osos, los búfalos pero no los elefantes”… piensa, “¿dónde está el miedo?” Susurra el cazador agonizante entre los brazos y las lágrimas de su fiel mayordomo Klaus.

Manu, su pistero y amigo se presento al anochecer en mi casa con un gran paquete. El Barón ha muerto, esto es para Usted de su parte. Era un pesado y grandioso Jeffery 600 Nitro Express con grabados en las pletinas de elefantes amenazadores chapados en oro y una frase en latín cincelada en el guardamanos ”iam mens praetrepidans avet vagari, iam laeti studio pedes vigestcunt.”. La granja, la casa, su maravillosa biblioteca fue vendida en pocos días por unos parientes que vinieron de Alemania y Manu, tan viejo como el barón y que vivía con él en la casona para escándalo de todos regreso a su poblado. Desde entonces, cuando pasaba cerca de su aldea llevaba al viejo pistero Bayele algún regalo de la capital como pretexto para hablar con él un rato del Barón y de las andanzas en las que le acompañó en sus últimos años.

El último día que llegue al poblado la gente gritaba y lloraba por las calles, un gran elefante solitario que no temía las antorchas ni los gritos estaba arrasando las cosechas y en una de sus incursiones había pisoteado y malherido a dos personas que le intentaron ahuyentar. El jefe del poblado rodeado de una multitud se acercó a la casa de Manu para rogarme que acabara con la gran bestia como gran cazador que era. De nada les sirvió que les explicara que mi amistad con el Alfred no suponía que yo supiera cazar una fiera como aquella o que el regalo de su mejor arma de caza no indicara que yo supiera utilizar aquel inmenso rifle de 16 libras. No se preocupes decía Manu sonriendo, el alma del Barón se esconde en su arma, Usted solo tendrá que encontrar al elefante y apuntar a su cabeza, deje que el espíritu el Barón haga el resto. Te acompañará mi hijo Luba al que he enseñado todos los secretos de la selva, el cuidará de ti.

Llevábamos una semana tras el rastro del elefante, nos alimentábamos de extraños frutos que selecionaba Luba cada mañana y de unas raciones de tasajo seco de antílope, dormíamos encima de camas de hojas que él fabricaba muy parecidas a las camas que se hacen los gorilas que yo había visto, llevaba el cuerpo lleno de rasguños que nos curábamos con la sabia de un árbol parecido al del caucho y nos quitábamos las garrapatas el uno al otro con cuidado.

Fue fácil seguir las pistas en aquella maraña ya que era el mismo animal quién hacía los túneles a través de la selva por donde caminábamos siguiendo su rastro de ramas rotas e inmensas cagarrutas de olor dulzón en las que el pigmeo metía el pie para calcular por la temperatura la distancia a la que estaba el animal.

De pronto, un día poco antes de anochecer, escuchamos un extraño rumor, “es el ruido del estómago del elefante que está haciendo la digestión”, susurra Luba y después el crujir de ramas a pocos metros delante de nosotros, el animal nos había olfateado y bramó de inmediato, me encaré el express y apunté hacia donde suponía que vendría la carga, pero la bestias salió por mi derecha y al volverme sorprendido se me escapó el tiro antes de apuntar el arma. El elefante estaba allí, inmóvil, en un pequeño claro a menos de veinte pasos, una mole de cuatro toneladas carne y tres metros de altura con la trompa levantada olisqueándome, no cargó contra nosotros de inmediato. Entonces levante el Jeffery y apunté con cuidado a “aquel lugar invisible en el que se esconde el alma de los elefantes”. El animal barritó e inició la carga, entonces disparé.

“El miedo, -murmuraba el Barón-, el miedo es literatura, cuentos de niños, para el cazador el miedo es lo que le mantiene despierto, alerta, lo que afina su puntería y le impide temblar antes del disparo, miedo es lo que tengo yo cada mañana cuando dudo si podré levantarme de la cama o de este maldito sillón en el que se me está pudriendo hasta la memoria”. No escuché la explosión del tiro, solo ese último berrido del elefante mientras caía de costado y volvía a levantar la trompa olisqueándonos. Me volví a mirar a Luba. Ahí estaba él con su diminuto arco y su pequeña flecha de punta envenenada con la que no hacía muchos años su gente aún cazaba los elefantes de selva. Dejó las armas en el suelo y comenzó a murmurar una plegaria por la bestia.

Debía haber sido yo el animal muerto y él el vencedor, ni mi sabiduría, ni mi edad, ni mi habilidad como cazador era superior a la de la fiera. Solo mi miedo era mayor o, quizá, solo mi suerte. El marfil lo entregué al jefe del poblado para que pudieran comprar los alimentos que el elefante les había quitado pero no lo hice por generosidad si no por el deseo de olvidar la sensación de aquel instante y no tener ni un objeto que pudiera recordármelo. No conté a ningún compañero de trabajo ni a nadie jamás aquella cacería y a pesar de que la historia corrió por los poblados, quienes la escucharon siempre pensaron que se refería a una de las últimas azañas del Barón. Nunca más salí a cazar elefantes y dos años después me dieron un nuevo destino en Madrid.
Bueno y ahora vamos a seguir detrás de las perdices -cortó el viejo-.

Creo que nadie sabía que el abuelo había estado en Africa en su juventud, en una de las últimas colonias españolas y uno de los pocos lugares donde aún hoy hay selvas impenetrables llenas de árboles inmensos y elefantes de selva. Varios años después, ya desaparecido y vendida la casa del pueblo y su biblioteca al igual que le había ocurrido a su amigo el Baron Von Beumelburg, descubrí que solo tenía de él aquel libro de fábulas y cuentos del pueblo Bayele y dos fotos amarillentas. En una aparece un joven de apenas treinta años junto al gran corpachón de más de dos metros de altura de quien imagino que era el alemán y en la otra el mismo joven posa junto al pequeño cuerpo de Luba el pigmeo. Pero en esas fotos no veo esa Africa mítica por la que mi abuelo fue a Guinea si la amistad por encima de cualquier diferencia secundaria y esa extraña pasión por cazar que les mantuvo lúcidos y despiertos toda su vida.

Un día, al entrar a comprar cartuchos en una armería ví, en la vitrina de las armas de segunda mano en venta, un enorme rifle doble africano que destacaba de entre todos por sus grabados tanto en el acero como en las maderas. Me acerqué al cristal y descubrí unas letras en latín grabadas en el guardamanos: ”Ya mi corazón, impaciente, ansía viajar, ya mis piernas, alborozadas, recobran sus fuerzas”. Pregunté al dependiente si conocía quién había sido su propietario y afirmo vagamente que el arma había estado varias veces en venta, que aunque bonita, era muy pesada e incómoda de disparar y que el calibre tenía poca precisión, así que sus propietarios temporales se cansaban rápido de ella. Gasté todo el dinero del que disponía en aquel rifle. No es un arma cualquier sino el lugar en el que hoy guardo mis recuerdos, nuestra memoria de Africa.


Bosquimano.