Mi primer marrano

Valhalla

 

En esos tiempos mi padre cada mañana me iba a buscar leche recién ordeñada, por eso de las vitaminas, y es que por aquel entonces yo estaba como una estaca... hoy la estaca sigue igual y yo peor, digamos que a las sombras chinas no sabía jugar porque tenía que pasar tres veces para que me viesen, ya lo decía mi médico, que las radiografías me las hacía a contraluz con una linterna, “tranquilo chaval, ya te engordarás cuando tengas 40 años”, bueno pues ya falta menos, digo yo, aunque tiene sus ventajas estar como un clavo, la mas significativa es el caerse a la primera torta, pues no me he ahorrado guantazos quedándome tumbado en el suelo haciéndome el muerto, eso me lo enseñó un buen amigo, me decía, “a ti cuando de den un guantazo te tiras al suelo, y entonces piensa, ¿te ha dado fuerte?, si no te ha dado fuerte te levantas y lo matas, y si te ha dado fuerte, quieto, tu quieto”, la verdad es que del consejo yo solo utilizo la parte de “tu quieto”.

Cuando yo me levantaba, la económica ya estaba encendida, calentando la cocina invierno tras invierno, sigue allí, ajena al paso del tiempo y de aquellos que la llenan de madera a diario, cada mañana tomaba la leche a regañadientes y bajaba a dar de comer a los conejos, vigilando, eso sí, que no entrasen moscas, luego daba de comer a las gallinas, con la meadita de rigor en el gallinero, pues no les gustaba ni nada a las gallinas una buena dosis de orina.

Recuerdo mis primeras cacerías juveniles, con la de perdigones, andaba tras los conejos con resultados más que notables, pero una semana que no cacé ninguno, saqué uno del corral, lo llevé al fondo de un ribazo tras la casa y le pegué un tiro con la gamo, estaba caliente cuando llegué a casa, al entrar mi padre me felicitó, y al cruzar la cocina mi abuela me sacudió con la mano abierta dejándome escuchando el mar una semana seguida, como si te pones una caracola en la oreja, pues me dio de lleno, hasta creo que perdí un poco de serrín.

Una de esas mañanas, como tantas otras, eso si, era lunes, pues mi abuelo los lunes iba al mercado, me agencié la plana que estaba colgada tras la puerta de la despensa, un puñado de cartuchos y me tiré al monte, siempre la misma ruta, bajar por el camino del río, subir a los campos de olivos dejando la ermita de San Miquel a un lado, hasta llegar a la pared terrosa de la montaña que separa el pueblo del lago de Sant Antoni, pues en esa ruta era normal ver las perdices peonando, y esporádicamente conseguía cazar alguna, eso sí, apoyado en algún olivo y con la perdiz corriendo, al vuelo tiré una vez y le rasqué la escopeta al viejo, pues nos fuimos de culo al suelo, impresionante físico que tiene un servidor, y no es que tirando apoyado pegara menos, pero yo me sentía mas seguro.

Justo a la falda de la montaña que separa el lago del pueblo, que le llamaban la “Serra de Galliner”, había la vieja entrada de una mina de carbón, ese lugar era tabú, lo teníamos prohibido a todos los efectos, pues es cierto que era un lugar abandonado y de su techo se desprendían piedras en ocasiones, es por eso que siempre estábamos allí, era como nuestro rincón mágico, pues en los montones de piedras sueltas del suelo había multitud de fósiles de caracolas e incluso algún pececillo, en éstas estaba hurgando en el suelo cuando un ruido de piedras cayendo me hizo poner en guardia, cogí la plana y salí rápidamente de allí escondiéndome en unas matas que hay en la entrada, pensando que alguien me podía descubrir, y tratándose de mí el chivatazo era seguro.

En la mata me quedé un buen rato y no escuchaba nada, no lo entendía porque fue un ruido clarísimo y fuerte de algo moviéndose, yo por si acaso estaba allí quieto, al rato y por detrás vuelvo a escuchar el rozar de unas matas y clavando la mirada medio agachado veo salir un inmenso jabalí, no grité, me quedé como cuando me dan una torta, “tu quieto”, lo de inmenso, visto con el paso de los años, vendría a ser un marrano de unos 40 Kg., pero era inmenso, sin duda el más grande y cercano que mis ojos habían visto en vida.

Tardé un rato en pensar, “coño, lo mato, llevo la escopeta”, y así me dispuse, creo que es la única vez que me he alejado de un cerdo para dispararle, así lentamente le fui perdiendo distancia, como el rececho al revés vaya, y cuando estaba a unos 20 metros, pues me había salido al ladito, le encañoné a plomo y disparé... joder... madre mía que gruñidos pegaba el bicho, como si lo degollaran, y es que un servidor, lejos de ser un francotirador, le había sacudido en toda la cara con plomo para perdiz, a saber lo que sería lo que le tiré, como se revolcaba el animal, si me ve me mata, pensé yo..., me iba a ver por el forro, el disparo le dejó prácticamente ciego y enfadado, “tira otra vez” me decía el gusanito dentro de la cabeza, cambio el dedo de gatillo y puuuuummm, venga, que siga la fiesta debió pensar el marrano pues le tiré de mas cerca y le dejé una pata de delante colgando por un pellejo, y allí estaba yo, con un marrano dando tumbos por la puerta de la mina con plomo del 7, vete a saber, incrustado en las cejas y yo con un pánico de impresión.

Cogí dos cartuchos y los metí en la plana, respirando mas rápido que el marrano me acerqué a una distancia imprudente por mi parte y le solté otro tiro, ese sí, ese sí... ese sí que me hizo caer al suelo sin darle al marrano, joder que cabreo tenía el bicho, me levanté, templé los nervios... bueno esto es mentira... no templé nada, apunté y ¡voltereta!, el marrano tumbó sin decir ni pío, ahora sólo dentelleaba frenéticamente, le di trasero a la altura de las costillas pero trasero, quedó sentado como un can esperando un trozo de pan, dentelleando con rabia, ese ruido era nuevo para mí, nunca lo había escuchado, ni nadie me lo había contado, quedé prendado del sonido ese, rellené nuevamente la plana de sendos cartuchos, los últimos, y me quedé frente al marrano, quietos los dos, yo le miraba, él intentaba mirarme supongo, apunté a la cabeza, a no mas de cinco metros, dos ojos abiertos enfilaban los cañones de la del doce y, claramente recuerdo, sin un ápice de compasión, lástima o rencor, solté el ultimo tiro que ese marrano iba a escuchar en su vida, es curioso, sentí la sensación de la victoria, de cuando se gana, de cuando no manda nadie mas que tú, nunca más la he sentido cazando, ese día sí, la satisfacción se apoderó de mi, me senté mucho rato a lado de un olivo en el campo de abajo, el marrano yacía muerto arriba en las matas, hoy tengo la sensación de que me senté a no pensar, pues pasé una hora bien buena con la mirada fija en ninguna parte.

Era ya hora de comer, mi abuelo llegaría de mercado y posiblemente notaría la ausencia de la plana, salí corriendo hacia el pueblo, dejando el marrano muerto en las matas cien metros encima de los olivos, mirando a mano derecha la entrada de la mina, llegué a tiempo para dejar la escopeta en su sitio y sentarme a la mesa, comí con el temor de ser descubierto, y por la tarde volví a la mina, a ver el marrano, sin escopeta, y allí estaba, mi trofeo, intacto, me senté a su lado y lo contemplé fascinado un buen rato, después sin despedirme me fui otra vez a casa.

De esto debe hacer unos 16 años, más o menos, y no ha sido hasta este verano que he vuelto a la mina, está todo igual, el tiempo no pasa para el monte cuando el hombre no lo destroza, no encontré rastro alguno del marrano, nada, sí que encontré el sitio exacto donde lo dejé, puede que las alimañas hayan esparcido sus restos, también encontré el olivo donde me senté, y allí me volví a sentar, esta vez pensando, pensando en cómo pasan los años, en cómo cambian las sensaciones de los hombres viviendo las mismas experiencias, pensando, entristecido, en cómo ofrecer a mi hijo lo que me ofrecieron a mí, pues es imposible porque ya no existe ese tipo de vida, y si existe yo no me la puedo permitir, pues hoy estoy más cerca de convertirme en un hombre gris, que de volver a ser lo que pude ser, y sabiendo que es imposible que mi hijo viva todo lo que yo viví, quizá por eso lo escribo, para que no se me olvide y él lo pueda leer, y entender que lo que parece una falta de respeto al medio es, sin duda, desde los confines del corazón, la expresión más pura de convivencia, respeto y protección que se le puede ofrecer al monte, vivir de él y con él, y no hace falta que venga nadie a explicarme los límites del bien y del mal, pues en mi casa ya me lo dejaba claro mi abuela, por cierto, cogí media docena de fósiles, os juro que disfruté ensuciándome de polvo, luego, de vuelta a casa, una extraña sensación me hizo sobrecoger de angustia, como si me faltaran por vivir 16 años, como si hubiesen pasado en un día, dejé una lagrima en el camino.

Jordi Fabà