Vista de lince

Bosquimano

 

Regresé al pueblo con la misma sensación con la que me había marchado, la de ser un vencido, un viejo animal que intenta acechar desde la penumbra de la memoria esos años que secaron las ideas y los campos. Abrí de nuevo la casa de la plaza y la arreglé con los magros ahorros de indiano forzoso que no hizo fortuna ni fue a correr aventuras por gusto.

La pequeña maleta de piel de ñandú que me compró mi segunda mujer en Boca do Acre, unos cuantos discos de Casals, un libro del amigo Chaves Nogales y esta vieja escopeta del veinte de un solo caño, que nadie podría decir que tiene ya cuarenta años, fueron mi único equipaje de vuelta. Ella descansa ahora en su funda de cuero de tapir forrada de caucho puro y yo escribo con la luz suave de la chimenea esta historia antes de salir al campo. El resto de mi vida se quedó tan lejos que me agotaría ahora volver a recordarla; aquella trinchera del Jarama, las playas heladas de Argelés, el bosque de eveas donde vi por primera vez los ojos encendidos del jaguar y perdí por las fiebres a mi mujer. Hoy nada de aquello importa demasiado y aquí en el pueblo ya no me quedan amigos ni enemigos con los que hablar de cuando fuimos jóvenes y valientes, todos han muerto o se rindieron a la demencia, al olvido confortable del asilo o viven lejos, en casa de algún hijo, en ciudades ruidosas con calles que parecen carreteras. Así que me dedico a la única ocupación que siempre me fue útil y me devuelve el pulso y los nervios de entonces, salgo a cazar jabalíes de aguardo por los bosques de robles y castaños, hago esperas con luna y sin luna con mi escopeta de un tiro. Allí en la ribera del Inauni, en plena foresta amazónica, no había tiempo para más, muchas veces el sonido de un tiro separaba el alimento del hambre, el fin de la fiera que ataca el ganado o la permanencia del miedo que va empapándolo todo como las lluvias de marzo y ya nadie puede dormir cuando un viejo gato herido aguarda vengarse en la senda del cañaveral.

Hoy, el ruido de la hojarasca, el frío de los atardeceres, la caricia suave de la niebla, la horas de silencio y atención son el mejor remedio contra la tristeza. A veces el aguardo es productivo y mato un guarro grande que regalo a Manuel el del bar de la plaza donde suelo almorzar y tomarme un buen coñac. Pero ahora no, ya no tiro a los jabalíes cuando se bañan cerca de mi puesto de retamas secas y helechos verdes, los contemplo inmóvil, respirando despacio, sin mover un músculo, igual que hace él un poco más lejos. Un día le descubrí frente a mí, escondido en el tomillar, vigilando a la piara que retozaba en el arroyo sin dejar de acechar los claros del bosque. Era viejo lince de bigotes nevados tumbado al sol entre las jaras a la caza de gazapos. Hay veces que yergue la cabeza y orienta sus orejas con pinceles hacia donde estoy escondido como si supiera quién soy y porqué estoy aquí. Detrás de sus ojos pardos a veces veo las pupilas fosforescentes de aquel jaguar herido, de un gato grande y manso que tuve de niño, de aquella onza oscura a la que sorprendí entre las cañas y no pude disparar porque la escuché hablar aunque ahora no se si fue un sueño o los efectos del aguardiente de caña que tomaba entonces como almuerzo. En sus ojos veo la mirada acuosa por el frío de un viejo cazador que ya no mata, porque no puede, porque no quiere, solo contemplo el bosque sembrado de castañas, los robles dormidos y crujientes, los madroños rojos, con la misma fascinación infantil con la que vi por primera vez a la selva aquella tarde de tormenta en la que llegué a Río Branco.

Ahora esta es mi selva, una selva humilde de castaños maduros y jarales fríos, de robles dormidos y zarzales cubiertos de escarcha, es la selva de mi infancia en la que jugaba a ser un gran cazador de fieras con un tirachinas y la navaja grande que me trajo mi padre de Luzón, y ese lince de ojos pardos, o verdes, o grises que vengo a visitar muchas tardes es también un superviviente, un compañero. Por eso protejo al lince, desarmo cepos y lazos, corto cercas, vigilo que no se acerque nadie a este bosque olvidado o quizás sea la fiera que me proteja a mí, es él quien me obliga a seguir alerta, con ganas de vivir un poco más, quien evita que se derrumbe mi memoria y que olvide de Gastón que decía cazar rebecos con un veintidós y me sacó de aquella playa de Argelés, o ya no recuerde a Willian el pelirrojo irlandés que me dio comida y cobijo el Londres y me borraba la tristeza con buenas pintas de cerveza negra y unas increíbles historia de salmones de quince kilos que nunca pude creer, o se me borre para siempre la voz de Gonçalvez poco antes de disparar su escopeta a aquel yacaré inmenso que estaba agazapado a menos de medio metro de mis piernas, o que ya no sepa que Yaním, último hombre de los Yapé me enseñó a saciar la sed con el zumo de las lianas, a pasar lejos de las castañeiras los días de viento y a cazar los jaguares viejos que cogían afición a la carne de puerco con balas mojadas en curare. Pero sobre todo hace que no me olvide del niño de pueblo que fui, aquel muchacho que leía con avidez viejos libros de Buffon y soñaba con grandes viajes.

A veces, cuando pasan las torcaces y silban los zorzales buscando en las madroñeras un sitio para dormir, el lince los mira con codicia, él tampoco quiere olvidar. Pero no entiende por qué es cada vez más difícil moverse por el campo cercado de alambradas y carreteras, trampas mortales y alimañas vestidas de verde, gente que solo valora el trofeo, matar por matar, coleccionar fotografías de animales muertos y cueros secos sin alcanzar a entender el valor de la mirada de una vieja fiera viva y libre que protege la memoria de los bosques. Tal vez ya no haya sitio en este país para los grandes felinos con ojos de duende, ni para los cazadores que bajan el arma cuando descubren que detrás de la pieza, del trofeo, está la parte más hermosa de sí mismos. Cuando él desaparezca yo también me iré, son tan tristes los bosques vacíos. Sólo los libros hablarán de nosotros, especies extinguidas, nadie recordará porque son tan bellos los ojos pardos de los linces. Pero a quién le importa.

Bosquimano


PD: Con este relato gané el concurso de relatos de Trofeo un rifle con el que cazo siempre.