Los dientes del corazón

Bosquimano

 

Dedicado a J., cazadora.

Todos los años, cuando apenas quedan hojas en los robles y la nieve de la sierra está muy cerca paso una semana con el viejo. El viejo es mi padre que ahora está abajo preparándome chocolate y buñuelos y dentro de poco subirá a despertarme. Uno de los placeres de mi vida es éste, desperezarme debajo del edredón, escuchar los leves crujidos de esta casa de madera, oler el desayuno, la leña de encima de la chimenea, mi ropa de caza planchada por él. Nunca le preguntaré por qué dejó su sólida carrera, su inmenso duplex, su deportivo nuevo y su éxito social por esta casucha en medio de la nada o porqué cambió sus simpáticos e influyentes amigos del club por la compañía de Pedro el zorrero y Nasser el marroquí.

Recuerdo que mi madre comenzó a preocuparse cuando de niña preferí la escopeta de tapones que me regaló él a las muñecas de su colección, su preocupación se transformó en horror el día en que le pedí a mi padre por mi dieciséis cumpleaños un rifle de cerrojo del treinta. Tras su divorcio me quedé a vivir con mi madre, acabé los estudios y conseguí un buen trabajo en una revista de moda, a él comencé a verle cada vez menos, semanas y meses sin que quedáramos a comer o a cenar y los encuentros no pasaban de ser meras formalidades, conversaciones de compromiso, brindis vacíos. El día que llamó a mi madre por teléfono para anunciar que se volvía al pueblo de sus abuelos, ella dijo algo como “qué pude yo ver en ese hombre” y a mí, con veintitrés años recién cumplidos me importó bien poco. Eso sí, mi madre seguía poniendo el grito en el cielo y sufriendo todo tipo de cólicos o jaquecas repentinas cada domingo que cogía la escopeta o el rifle y salía a cazar con la antigua cuadrilla de mi padre.

Esta semana va para diez años mi visita anual al viejo. Cambio quince días de mis vacaciones para poder tener una semana de enero libre y venir aquí a cazar zorzales al amanecer, perdices por la mañana, conejos por la tarde y hacer algún aguardo al jabalí aunque a los dos se nos congele el aliento a la luz de la luna. No hablamos mucho, nunca lo hicimos. Cuando he llegado hoy, después de un año sin vernos, me le encuentro recostado en su hamaca balanceándose junto a la chimenea con una copa entre los dedos, los ojos entrecerrados, me manda un beso con la mano pero yo me acerco a besarle de verdad en la mejilla, huele a leña, a romero, a silencio, tal vez a dolor. Mientras deshago el equipaje en la buhardilla oigo llegar a Pedro el Zorrero, furtivo jubilado y a Nasser que recoge tabaco de sol a sol en verano y ahora en invierno trabaja de albañil en el pueblo. -Hola niña, ¿qué tal por la capital?-, pero no esperan mi respuesta y comienzan a hablar y a discutir de sus cosas, la crecida del río, las heladas, las cigüeñas que ya no emigran a Africa, el jabalí que anduvo la otra noche en el maizal… A mi madre le costaría creer la pasión y placer que pone el viejo en sus opiniones sobre estas cosas. Él precisamente, experto en redes de telecomunicaciones, discutiendo sobre la cosecha de aceituna o la forma más eficaz de cazar las ranas de la laguna. -Niña, ¿cuando te traerás otro novio para que le examinemos?- Pregunta Zorrero con guasa. Una vez tuve la audacia de traerme a Alberto, un compañero de la redacción con el que entonces andaba emparejada pero se desmayó sobre un ortigal cuando me vio entrar a rematar a cuchillo a un jabalí que habían cogido los perros; otro año vino Julián, que decía ser cazador, no mató una perdiz en dos días aunque tiró varias cajas de cartuchos ante el pitorreo progresivo del viejo y de Pedro. -Niña es guapo y va hecho un figurín por el campo pero ese pájaro sólo ha cazado conejos donde yo me sé-. El último que vino se llamaba Ignacio y era ornitólogo, pero la noche que le confesé que mi pasión era cazar pajaritos no salió corriendo de mi cama; qué tendrá el amor. Cuando le hablé de mi semana de vacaciones en medio del monte le faltó poco para empaquetar sus cámaras y sus prismáticos. -Hombre, un e-co-lo-gis-ta-, paladeó el zorrero cuando hice las presentaciones y hablé de sus mutuos oficios. Pero curiosamente éste fue el único que aguantó la semana entera, se pasaban hasta las tantas discutiendo con los dos sobre si era posible o imposible que pudieran nidificar allí las becadas o sobre cual era la cadencia exacta del canto del cuco o de la inteligencia casi humana del petirrojo o cualquier otro asunto de pluma, admirado de la enciclopédica cultura ornitológica de un furtivo analfabeto, un jornalero magrebí y un prejubilado borracho. Se hicieron amigos. Me dice el viejo que Ignacio viene de vez en cuando a que Zorrero le enseñe nidos, a discutir de pájaros y a ponerse ciego de chorizo de jabalí y vino de pitarra.

Bajo a desayunar, me acerca el plato de buñuelos con miel y el tazón de chocolate amargo que tanto me gusta. No le digo nada, pero él sabe que le quiero. -Si llego a saber que sales cazadora te hubiera llamado Diana-. Bromea. -Deja la escopeta que esta mañana te tengo una sorpresa-, murmura el viejo, subo a la habitación y abro la vitrina donde el viejo tiene sus armas los Holland&Holland, Purdey, Sarasqueta, el viejo Mauser del abuelo y el cerrojo del treinta que me regaló en la adolescencia y que reconozco cuando le encaro como un guante a medida. - No, coge el nueve tres del abuelo, que hace mucho que no suena y un par de cartuchos, para qué más-. Comienza a amanecer cuando salimos al patio de la cabaña, la escarcha brilla como si su luz saliera de dentro de las plantas dormidas y la brisa helada hace ronronear a los maizales, -es grande-, afirma, -muy grande. El zorrero dice que nunca ha visto un bicho tan enorme por estas tierras, que estará de paso, que se marchará pronto-. Nasser lo vio la otra mañana cruzar el arroyo camino de las encinas que aún tienen bellotas dulces y dice que no le tuvo miedo, no salió corriendo, como si supiera quién puede y quién no puede hacerle daño. -El jabalí se ha confiado demasiado-, me dice el viejo, -todos los días sale del maizal a eso de las ocho. El zorrero no ha querido cargárselo, dice que con esa edad se ha ganado su respeto, supongo que estará chocheando. Yo le estuve observado el otro día con los prismáticos y me pareció que se parecía demasiado a mí, un viejo solitario que ha venido de lejos para quedarse aquí tranquilo al margen de las prisas del mundo, pero tú no tienes excusa, ponte junto al chaparro aquel justo en frente de la gatera.

Aguardo a que el jabalí salga del maizal, respiro despacio, intento relajar los músculos entumecidos, me vuelvo para mirar al viejo a lo lejos sobre una loma mirándome con sus prismáticos.

-Ya sabes niña, afila los dientes del corazón-. Entonces escucho el pisar blando del animal sobre la tierra helada, su roce con las hojas secas del maíz. -Le hubiera matado pero tengo desgastados los dientes del corazón, me he vuelto comodón o cobarde- dijo Zorrero. Me encaro el Mauser casi centenario, noto esa familiaridad extraña de las armas antiguas, como si tuvieran memoria y se adaptaran a los brazos de quienes les aman. Entonces le veo aparecer, husmea el aire, resopla fuerte y disparo al bulto pero en el mismo instante en el que aprieto el gatillo, antes de que la bala salga ya sé que he fallado, tras el estampido el macareno eriza las cerdas, rechina los dientes, corre hacia mi puesto, doy unos pasos atrás para dejarlo pasar pero tropiezo y caigo de espaldas sobre los tomillos, el jabalí me pasa muy cerca. Nuestras miradas se cruzan un segundo, corre unos metros y se vuelve, acerrojo para que salga la vaina vacía y entre la otra, la última, “afila los dientes del corazón”, entonces entiendo, descubro, sé que es el instinto de cazadora lo que me hace acercar con suavidad el dedo al gatillo, relajarme, apuntar con calma en un instante hasta ver el morro del animal delante de las miras justo cuando suena el estampido. El jabalí sigue corriendo, solo cuando está a un par de metros veo el hilillo de sangre, resopla una última vez y se derrumba.

Me quedo sentada mirando el maizal, la sierra, el amanecer, mi miedo. -Estás herida-, dice el viejo cuando llega corriendo junto a Zorrero, solo entonces me doy cuenta del corte limpio de mi pantalón, del escozor. –Veo que tienes los dientes del corazón bien afilados- murmura Pedro. -Él también- le respondo mirando al macho, tan animal como yo, tan bello en su especie como yo misma en la mía

Entonces pienso que el viejo cabrón quería probarme, descubrir si cazar para mí era algo más que una afición, si se había convertido en ese veneno que nos devuelve los instintos de las sombras, el sabor de la realidad, el tacto del tiempo, la certeza material de tener un cuerpo, sangre, una vida valiosa, única, breve.

-Tienes las piernas bonitas niña, pero te va a quedar una buena cicatriz, ¿qué vas a contar a tus novios cuando la descubran?- bromea Zorrero. –Que la dejen en paz y usen con el resto sus dientes del corazón-. El viejo furtivo se reía mientras me curaba.

Desde entonces mi padre y yo hablamos de todo, conversaciones largas frente a la chimenea, a solas o con sus dos amigos, vengo más a menudo a visitarle y él se acerca de vez en cuando a Madrid para verme. Entiendo el porqué de su vida solitaria, los jarales, las heladas crujientes, el rumor del río, las torcaces que vuelven y pasan sobre esta casa rodeada de encinas que es su hogar. Sólo nos pertenece el tiempo que pasa y podemos recordar, el que crece en la memoria hasta hacerse un bosque confortable en el que viven los jabalíes y los cazadores.


Bosquimano