Buen tiro y tiro con suerte

Rayón

 

Hace muchos años, cuando Manuel aún era un chaval al que le empezaba a apuntar la barba, un día se marchó desde su casa de la sierra a pasar la noche al pueblo, con el fin asistir a una pequeña fiesta de cumpleaños que organizaba uno de sus amigos. Cuando ya a altas horas de la noche salió de la fiesta, al subir por una calle que conduce a la plaza, vio venir un coche por la plazuela de abajo. Se paró para verlo ya que por entonces ver un coche en el pueblo era todo un acontecimiento. Lo que no veía, a consecuencia del deslumbramiento que le provocaban los faros del vehículo, era quien o quienes iban dentro de éste, hasta que el coche se detuvo justo a su lado, que fue cuando con toda claridad pudo ver que eran Matías el taxista y su cuñado “Nino”. Estos hombres eran, al menos, diez o quince años mayores que Manuel, algo que no impedía para nada que fuesen buenos amigos y aún mejores compañeros de fatigas caceras.

Tras un rato de charla le preguntaron si quería marcharse de espera de mañana con ellos, pero que si decidía hacerlo debía darse prisa en prepararse, ya que de lo contrario se les haría tarde. Manuel empezó a dudarlo debido a que lo que más le apetecía en aquel momento era llegar a casa de una de sus tías donde iba a dormir y meterse en la cama, ya que había madrugado mucho ese día y encima con el alcohol que había ingerido en la fiesta los ojos le hacían chirivitas. Pero bueno, como la afición de Manuel a la caza en aquel tiempo era algo desmesurada, les dijo que eso estaba hecho, pero que deberían pasar por su casa en la sierra para cambiarse de ropa y coger su planilla del 16 de perrillos y un puñaejo de cartuchos de bala.

Desde allí, no sin antes subir a casa de su tía a decirle que no lo esperara a dormir porque se marchaba a la sierra, tomaron el camino de la casa de Manuel, desde donde nada más cambiarse y coger sus bártulos y un viejo chaquetón para resguardarse del frío que hacía al amanecer por aquella época del año, que no era otra que pleno invierno, salio zumbando con las botas medio arrastrando a meterse de nuevo al coche y continuar hacia el lugar donde iban a hacer la espera.

Por el camino fueron deliberando los lugares donde iban a ponerse cada uno, comentándoles Manuel que él se iba a poner en un sitio por el que estaban pasando de lo libre hacia los cotos de al lado unos buenos “venaos”, que ya estaba harto de marranos y que iba a ver si tiraba un “bicho con cuernos”. Matías conociendo a Manuel como lo conocía, le dijo que hiciera lo que quisiera, pero que no volviera al lugar donde iban a dejar el coche muy tarde, demasiado entrada la mañana, pues de lo contrario se quedaba allí plantado. Y es que Matías sabía que en noches de luna a Manuel lo que más le gustaba era echarse la escopeta al hombro y estar de un lado hacia otro recechando marranos, de ahí que a veces se fuese tan largo que luego tenían que esperarlo una montonera de tiempo.

Nada más llegar donde iban a dejar el coche, “Nino” y Matías tomaron el camino de unas olivas que había en la sierra por las que solían volver los marranos por la mañana hacia sus encames entre el monte, mientras que Manuel tomó por lo alto de la loma que tenían enfrente el camino hacia un collado muy pronunciado que había al final de ésta, que era por donde solían pasar los “venaos” que ya tenía medio controlados todas las mañanas tras sus careos nocturnos.

Nada más llegar y sentarse en el puesto cómodamente, a Manuel le pasó lo que le tenía que pasar después del madrugón del día anterior y los “cubatas” del principio de la noche, que se quedó dormido con tanta o más profundidad que lo hace un lirón careto. Menos mal que por entonces era joven y no roncaba, pues si hubiese roncado como ahora lo hace en cuanto cierra la pitarra, ni los lobos se le hubieran acercado pensando que aquel bicho que pegaba tales resoplos, fuese el que fuese, era capaz de devorarlos.

Así estuvo al menos hora y media que quedaba para hacerse de día, durmiendo como un verdadero lirón, hasta que un ruido muy cercano lo despertó. Con los ojos tan solo entreabiertos por lo que aún le pesaban los parpados, miró entre las ramas de la mata que tenía delante, viendo que aquel ruido lo habían provocado dos “venaos” que estaban ramoneando en una chaparra que no estaba a más de diez metros de él. Aquello se ponía feo, pues tenía muy claro que al mínimo movimiento que hiciese para encarase la escopeta, que la tenía sobre las rodillas, lo podían detectar y quedarse con tres palmos de narices y sin ningún venado después de llevar allí hora y media pasando más frío que “el tío de la lista”. Pero en un momento que uno de los “venaos” tenía encaramada la cabeza en lo más alto de la chaparra y los ojos entre las ramas de ésta, y el otro tapado detrás del que estaba ramoneando, Manuel con mucho cuidado se encaró la escopeta, movimiento que debieron oír los “venaos”, pues se quedaron tiesos mirando sin saber lo que habían oído ni por donde había sido el ruido.

Manuel se dio cuenta que tenía un segundo como máximo para sacudirle el tiro al más grande de los dos, pues como tardara más, aquellos bichos le iban a echar la tierra que pillaran bajo sus pezuñas encima de la visera de la gorra al iniciar la huida, pues el atestón que se veía que iban a pegar era de órdago. Así que sin dudarlo metió (al estar de cara) el pecho del animal en la banda de la planilla de perrillos y le soltó un escopetazo que dejó la zona atronada y llenos de ecos todos los barrancos de los alrededores, y al “venao” corriendo más que un galgo.

Manuel al ver que el “venao” que había tirado corría como una centella poniendo tierra de por medio y que se le había tapado entre el monte, pensó que ni le había tocado, así que apuntó como pudo al otro “venao” y casi a tenazón le atizó el tiro del cañón izquierdo de su planilla de perrillos del 16 haciéndole rodar por el suelo.

Al rato se levantó un tanto resignado al fallo tan garrafal que había tenido con el primero que había tirado a cascaporro, y fue a ver el que había tumbado, no encontrándole tiro alguno, aquello parecía un milagro o que el “venao” había muerto de un infarto al escuchar el estampido, pero de tiro, lo que es de un tiro, imposible porque no veía que nada le hubiera rozado ni un pelo de su cuerpo.

Al final Manuel arrastró el “venao” hasta meterlo en un lentisco con el fin de esconderlo de la vista de alguien que por allí pudiese pasar y encendió un cigarro de aquellos Celtas largos o del paquete “colorao” que había antaño, para después bajar en busca de Matías y “Nino” para que subieran a ayudarle a aviarlo y bajarlo hasta el coche. Cuando llegó aún no habían llegado ellos, así que aprovechó para echarse otro sueñecito al lado del coche hasta que llegaron y lo despertaron.

Después de contarles lo que le había pasado con los “venaos”, que a uno después de tirarle entre huevo y cascaporro se le había marchado vivo, y que al otro no le había visto tiro alguno pero que lo debía haber matado del susto que parecía haberle dado, se tomaron un café que llevaba Matías en un termo y emprendieron loma arriba a por el difunto.

Cuando iban llegando al lugar donde había tirado Manuel, “Nino” le dijo a éste que podía haber tapado un poco el “venao” con una mata, que se veía a kilómetros donde lo había dejado, que si no tenía un sitio mejor que el centro de un pelado para dejarlo. Manuel al escuchar decir esto a “Nino” le dijo que lo había dejado metido en una matocada de lentisco, que qué leches decía.

“Nino”, como Manuel les había contado que se había dormido, le dijo que se despertara y se limpiara las pitarras, que ya era hora, que lo de la matocada de lentisco debía haberlo soñado, que estaba viendo el bulto del bicho y la tripa blanquearle a más de cien metros.

Cuando “Nino” le señaló con el dedo índice a Manuel dónde estaba viendo el “venao” muerto, éste pegó un salto de alegría semejante al que pega un choto cuando le pica la mosca, pues se dio cuenta que era el primer “venao” que había tirado, el que pensaba que se le había ido a criar tras un fallo garrafal, ya que el sitio donde estaba era a cien metros de donde le había soltado el escopetazo y justo en la dirección en que lo había visto correr, que lo que le había pasado es que al haber caído en un clarete detrás de una mata, no lo había visto.

Al llegar al “venao” que desde largo había visto “Nino”, al primero que había tirado Manuel, vieron que tenía un tiro de los de muerte súbita, un balazo en el centro o remolino del pecho, comentando Matías, que aquel “venao” tirado sin que hubiera notado nada antes del tiro no se hubiera movido del sitio, pero como había oído el ruido que Manuel había hecho al encararse la escopeta, el animal esperando el escopetazo o algo parecido se había cargado de adrenalina y eso le había hecho dar esa carrera de casi ciento cincuenta metros.

Cuando llegaron al segundo de los “venaos”, Matías después de examinarlo le dijo a Manuel que se creía que aún no teniendo tiro alguno visible lo había matado él porque aún no estaba rígido y con la tripa sin hinchar, pero que si ese “venao” se lo hubiera encontrado él muerto en la sierra ni lo hubiera tocado, pensando que se había muerto de algo raro, que no había visto nunca algo parecido.

Después del pitorreo que tuvieron con Manuel con lo del “venao” matado del susto, empezaron a aviar aquellos dos buenos “venaos”, para después empezar las deliberaciones sobre como los iban a bajar hasta el coche, algo que tenían claro que no les iba a ser muy fácil. Hasta que al final le cargaron a Matías por ser el mayor de los tres las escopetas y los morrales y “Nino” y Manuel cogieron uno de los “venaos” para bajarlo hasta el coche y después subir a por el otro.

Una vez bajados y cargados los “venaos” tomaron el camino de la casa de Manuel, donde al rato de llegar se comieron unas ricas migas con torreznos de matanza, que les preparó su padre, regadas con tragos de vino de la bota que siempre había colgada en la cocina llena de buen valdepeñas.

Mientras se tomaban los tres las migas, el padre de Manuel no hacía nada más que mirar el “venao” que no presentaba tiro alguno, preguntándole a Manuel varias veces en que posición le había tirado. Cuando le dijo que había sido de culo, lo primero que le miro fue el ano por si la bala le había entrado por ahí, sin ver tampoco nada que indicara eso, hasta que de pronto dijo, ¡ya está aquí el tiro! Lo tiene en la cabeza pegado a la cepa de una de las cuernas. Y efectivamente, allí tenía el hueso del cráneo astillado y hundido, algo que no habían visto por no dar sangre y haberlo tapado el pelo al mover el “venao”.

A continuación el padre de Manuel le dijo a éste, que lo que tenía que haber dicho desde el principio era con qué le había tirado al “venao” en vez de tratar de engañarlos, que eso hubiera aclarado más la cosa desde el principio, aunque Manuel siguió diciendo en todo momento que le había tirado con bala, versión que no ha cambiado nunca aún diciéndole los que vieron el “venao” muerto que eso era imposible, así que averigüen ustedes.

Lo que si es verdad, es que Manuel desde entonces tiene algo muy claro: que no se debe salir nunca de caza con unos “cubatas” de más, que de espera hay que ir bien dormido y sin sueño y, sobre todo, que jamás se debe dejar una res que hemos tirado sin ir al lugar del tiro y después seguir sus rastros durante un buen trecho, para ver si ha dado sangre o si sus pisadas y carrera son normales o las típicas de un animal herido, pues de no hacerlo así, puede dar lugar a que ocurra lo que aquel día le ocurrió a él con el “venao” que tiró primero, que se lo podía haber dejado tirado en el campo sin ser aprovechado, y encima haberse quedado durante toda su vida con un “mal sabor de boca” de los que se tardan en olvidar debido a un fallo de esa importancia.

Un afectuoso saludo.
Rayón.