Las becacinas de Enero

Miguel Mato

 

Fría como una mañana de enero. Soñamos esa mañana nítida y pura, y nuestra mente vuela hacia las brañas de las que hablaban en otro tiempo, limpias, de un aire cortante y diamantino. Orillando los juncales de algún río bergantiñán o, como en una antigua postal francesa, las riberas del Aude. Allá iban los cazadores franceses con sus perros y sus escopetas, a la búsqueda de la bécassine, la perla fina de sus prosas, en las mañanas heladas. Está dura la tierra y los charcos de agua son de cristal. Los bien vestidos chasseurs avanzan penosamente por las bárceas y prados. Algunas becacinas se levantan fuera de tiro, provocando inútiles disparos que hacen añicos el silencio matinal. Por estas tierras éramos pocos los que dedicábamos tiempo y esfuerzo a esta caza. El cazador gallego de aquel tiempo parecía no estimar tan escasa vianda, y la dificultad añadida del tiro los echaba para atrás. Yo creo que el cazador gallego aldeano quiere monte, no humedales. Es gente que no se fía de los juncales, de sus aguas inmóviles, de tal modo que no se entusiasma con la perspectiva de una mañana pisando un terreno fangoso donde en cualquier momento puedes resbalar y quedar mojado de la cabeza a los pies. Es un ambiente extraño a la mentalidad del cazador labriego, que en el monte y en los cultivos combina perfectamente la caza del conejo, de la liebre o de la perdiz con el tempero de las cosechas de maiz, judías o nabales. Que puede echar un ojo a las eras mientras aguarda por el conejo cabo de un zarzal.

Pero el perro se acerca a una junquera y se pone de muestra. Sigue unos metros el rastro y queda totalmente inmóvil, como si estuviese posando para un fotógrafo. Nos permite aproximarnos paso a paso, con la escopeta dispuesta. La becacina no tarda en levantar un vuelo imposible para el cazador que echa la escopeta a la cara cuando ya la rapidísima ave está fuera de tiro. Y perro y cazador contemplan, espectadores obligados y oportunísimos, la elevación que va ganando la becacina hasta no ser más que un punto que se mueve en el aire, en el lugar más alto del cielo invernal.