Jabalís y una enorme luna

Miguel Mato

 

Una poza en lo más escondido del bosque, donde se bañan los jabalíes de noche. Ese rincón que descubres cuando te adentras en la maleza, a la procura de la becada. Ese lugar que se revela, misterio e incógnita, orillado de acebos que en esta época del año ofrecen sus bayas rojas que tanto amara el gallo de monte.

A poza escusada en el bosque ofrece esta tarde a sensación de que el tempo quedó parado, y tú eras todavía aquel rapaz que llevaba su abuelo al santo y seña de la señora del bosque, y aguardaba muy quieta mientras el viejo cazador liaba un pitillo a su lado, con antigua parsimonia.

La imagen regresa a ti como en una antigua novela, de ese romanticismo tardío que diera sus mejores frutos en la descripción de viejas culturas campesinas que subsistían todavía en pazos blasonados y aldeas donde la escopeta colgaba detrás de la puerte de entrada, el otoño prolongándose ante los caminos e en penumbrosas salas, donde alguna tarde, en el salón con candeleros de plata y cabezas de jabalíes, de corzos y rebecos colgaban de las paredes, unas manos blancas, como las de una mujer pintada por un prerrafaelita, descifraban en el teclado una polca, una balada o la gracilidad de una muiñeira.

Ahora, mientras remuevo la corteza del agua con unha vara y voy separando las hojas marchitas, el fondo de la poza se revela oscuro como los ojos de los jabalíes. Mi perro, un setter castaño y blanco, muestra inquietud. Sin duda, su plan para esta tarde no era aguarda en aquella inmovilidad inexplicable en que su amo se sumió, sino caminar sin descanso por aquellos lugares sabidos donde unha becada puede sorprender sus pasos.

Mas, esta tarde, el cazador está soñando con los jabalíes hozando en la charca, o bebiendo su agua purísima en la que, en un instante anterior, una enorme luna pálida se reflejaba iluminando los bosques silenciosos, cual el poema sinfónico que un músico eslavo soñara.