Soldadito español

Bolo

 

Eran las siete menos veinte de la mañana cuando llegué a Castiello de Jaca, situado a la falda Oeste de la Reserva de caza de La Garcipollera. Fui el más madrugador, cosa extraña en mí, aunque cuando es por gusto hasta el más dormilón se apremia. La cita con la guardería de la Reserva era a las siete y puntuales fueron mas el papeleo demoró la salida algo y los ciervos no tardaron en avisar su presencia.

Enrique y Tomás eran mis guardas asignados, el primero con trazas de buen marchador, espigado y delgado me hizo sospechar que me destrozaría las piernas y los pulmones a poco se lo propusiera. Así que antes de partir les avisé de de mi discreta forma física y mi nula experiencia recechando.

A las ocho estábamos en el primer cazadero y empezamos a observar una loma donde solían darse un baño de sol tras comer y antes de que apretaran los calores, los cuales a buen seguro íbamos a pasar ya que el día amaneció quedo y despejado. A nuestra derecha divisamos un grupo de hembras con dos crías y tras unos momentos por el rabillo del ojo los guardas notaron un movimiento “en frente” de nuestras narices. No puede ser, pensé, mi objetivo una hembra selectiva nada más llegar a unos doscientos metros y justito casi nivelada. Estaba sola y me dieron el visto bueno, busque una piedra, Enrique me puso raudo su jersey sobre ella y cuando fui a buscarla con el visor no estaba y a pesar de buscarla seis ojos se escurrió como se había presentado, silenciosa y ligera. Eso sí, tuvo el detalle de darme los costados dos o tres veces para que viera su palmito. Llegamos a pensar que se había amagado tras unos pinos pero tras casi veinte minutos desistimos y nos centramos en el final de la loma que moría en un bosque de pinos donde desfilaron un buen grupo de hembras con crías y un par de venados no muy presentables. Al fin observamos otra hembra que subía sola y casi tuve opción de tirarle pero no terminaba de pararse y el tiro era de algo más de doscientos metros. No pudo ser cuando se paró un poco por un pino que me la tapaba y decidió la pepa continuar la marcha ya que la azuzaba un macho bastante interesado en ella.

Decidieron los guardas cambiar de cazadero pues el sol apretaba y se nos estaban emboscando, así cogimos camino por un cortafuegos subiendo y tras divisar una muy lejana nos adentramos en el bosque buscando una faja pequeña y pelada muy querenciosa como tránsito hacía unas umbrías donde se resguardan del calor. En esas estuvimos un buen rato sin ver nada porque oír, oímos de todo, bramidos y cruzar de sables, yo tenía la piel de gallina, buscaba como un desesperado a esos machos ansioso de ver la pelea pero estaban justo al otro lado de un collado relativamente cercano, no más de ciento cincuenta metros.


Al poco nos aparece el perdedor abajo, un selectivo grande pero con poca cuerna batiéndose en retirada y al momento en el collado el dueño de esas tierras, era serio y amplio de cuernas, aunque no un gran trofeo según me comentó Tomás, el guarda oficial de la Reserva. En esas, dado que el calor empezaba a callar el monte y no veíamos ninguna hembra, Enrique me propuso el macho selectivo y mi respuesta fue que si le acomodaba a la DGA a mí también.

No habrían pasado ni cinco minutos del trato que sentimos un crujir abajo a nuestra diestra y tras arrimarnos agachados y silenciosos me preparé esperando el consentimiento del guarda según lo que apareciera. Y apareció... otro macho precioso con la cuerna pelín cerrada pero grande también y con sus bien contadas quince puntas. “¿A ése?” pregunté ansioso y me respondieron… “a ése NO”... “joderrrr” exclamé por lo bajo a lo que el venado se giró y me miró a no más de cincuenta metros yéndose pausado como si con él no fuera la cosa.

Eran ya las once pasadas cuando la guardería decidió continuar la marcha, Tomás fue a por el todo terreno y nos encontraríamos con él en Cenarbe, un pueblecito abandonado situado en el corazón de la Reserva, mientras Enrique y yo rececharíamos por una senda muy cerrada y tupida. Al poco levanto una hembra que tras dos saltos desapareció cual fantasma, llegamos al pueblo sobre las doce sin ningún avistamiento y con el monte prácticamente callado. Al entrar en el camino vimos un lustroso raposo, de brillante y rojizo pelaje con un hermoso lomo negro. Para mí que la DGA le ponía chuletones para comer.

Tras juntarnos con Tomás nos descolgamos con la intención de localizar un macho que aún rompía el cada vez mayor silencio del bosque y lo conseguimos, siendo un selectivo que no se dejo tirar a pesar de tenerlo en el visor un par de veces pero ya fueran unos pinos o robles o zarzas el lance fue imposible. En esas nos apareció un jabalí por la misma faja, sin duda a pesar de no sonreírme la fortuna me estaba divirtiendo, la caza abundaba y mis ojos la disfrutaban.

Tras un rápido consenso se optó por almorzar en un collado desde el cual el paisaje observado era basto y muy bonito aderezado por los quebrantahuesos que sospecho investigaban nuestro estado físico marchando decepcionados. También algunas torcaces amenizaron ese rato con sus ágiles vuelos en busca del pino idóneo para descansar.

La mañana ya estaba echada y tras bajar a Castiello quedamos en el mismo sitio de reunión para las cuatro de la tarde...

Puntuales como clavos iniciamos la marcha en el 4x4 por la carretera que lleva a Bescós, giramos a la izquierda hacía el valle que tuvimos a nuestra espada mientras almorzamos. A unos quinientos metros de la carretera dejamos el coche, un poco antes habíamos visto un vareto que ligero puso distancia de por medio.

Enrique andaba chemecando, se había levantado viento racheado del Noroeste y en los valles se arremolinaba haciendo la cosa harto difícil. Tan pronto teníamos el viento de frente como nos soplaba la oreja o nos empujaba la espalda. Empezamos por la faja derecha, la situada al Este y tras caminar una media hora fui yo el primero, en fijarme en dos manchas oscuras a no más de cincuenta metros a la siniestra. Eran dos jabalíes majos, el mayor debía ser de unos 60 ó 70 kg. Pregunté si podía y la respuesta fue negativa, cambió el viento, nos barruntaron y salieron zumbando loma arriba. Le dije a Tomás “es la primera vez que yendo armado no le puedo tirar a un jabalí teniendo opción”, a lo que me contestó “y ésta es la última vez que lo podrás decir ya que la próxima será la segunda”.

El monte se animaba poco y Enrique seguía refunfuñando aunque escudriñaba el monte con más tenacidad, si cabe, que antes. Cruzamos el barranco y recechamos por la faja Oeste a fin de resguardarnos del viento racheado que no nos daba opción. Llegamos a un punto que tenía en frente unos claros flanquedos por dos crestas que a modo de cuchillos cortaban la loma situada al Este. Era según la guardería una buena solana para la tarde y decidieron escudriñar emboscar a la espera de alguna opción. Se oía a un señor del bosque bramar con fuerza justo al otro lado del perdedero de esa loma. Al poco vimos una hembra con un cervato en un clarete, seguimos buscando una hembra solitaria o algún macho selectivo sin fortuna. Al momento oímos unas pisadas justo detrás de los boj que tenía yo a mi derecha. Casi me atropella un jabalí despistado, la leche, éramos tres y nos faltaba uno para echar un guiñote. Algo más tarde y ya pasadas las seis apareció majestuoso en la traviesa más lejana, casi coronando el collado, un gran “pavo”. Salió a anunciar su presencia, era trofeo, precioso y el más grande que yo vi en la Reserva. No era oro según los guardas pero no le quedaba mucho para llegar a serlo. No pude contarle las puntas por la distancia, más de 700 metros, seguro. Tras desaparecer por donde había venido nosotros aguantamos algo más, a la espera de que alguno o alguna acudiera a la llamada del dueño de esas tierras. Y ya siendo las casi las siete se acordó que Tomás volviera a por el coche para reunirnos donde almorzamos, en el collado que teníamos arriba justo a nuestra espalda. Enrique y yo dado lo cerrado y empinado del bosque optamos por descender al barranco siguiendo el cauce seco del arroyo mientras no dejábamos de revisar los claros que íbamos dejando a nuestra espalda. En un momento Enrique se para y decide sentarse, me avisa, hay una hembra en un claro relativamente bajo, al lado de unos pinos, tengo una oportunidad y son ya las siete y poco. Le digo “¿a cuánto está?, ¿a trescientos metros?” Y me responde… “y pico, ¿le vas a tirar?”, a lo que contesto: “creo que sí”; y Enrique dice “¿estás seguro?”... y yo respondo “no, pero le voy a tirar”.

Me pide el rifle, busca a la cierva y asiente, yo escojo unas piedras donde apoyarme, pongo la mochila sobre la cual acomodo el rifle, no puedo, me falta ángulo, está algo alta y yo no me acomodo lo suficiente. Enrique me pasa su mochila, ahora sí. La fijo, me tomo mi tiempo y... la cierva da un salto de agujas tapándose tras unos pinos. Me pregunta Enrique “¿has visto ese gesto del animal? ¿le has dado? ”. Le respondo “¿creo que no?” y él comenta “pues yo no la he visto salir de detrás de los pinos y no he visto enterrarse el tiro, ¿estás seguro de haber fallado?”, a lo cual digo “tampoco” y Enrique tuerce el gesto diciendo “pues ya sabes lo que toca...”

Así emprendimos la marcha para buscar la cierva o confirmar lo que fuera. Yo rezaba no haberla dejada herida por suponer pisteo echándose la tarde y evitar el sufrimiento del animal. Desandamos lo andado y subimos por una zona muy cerrada y empinada. A mí me sobraba todo, rifle, mochila, vara...

Por fin, Enrique que llegó bastante antes que yo confirmo que no le había dado mas manifestó que cerquita le debió ir el tiro porque ese gesto fue muy significativo.

Entonces emprendimos la marcha hacia el punto de reunión, nos quedaba una buena pateada por una loma muy empinada y bien cerrada. Enrique guarda de la Reserva de los valles y guía en la caza de sarrios abría la marcha. Yo no me arrastraba pero casi, los archiperres me estorbaban, pesaban cada vez más y mientras el guarda sudaba algo yo dejaba más rastro que las babosas. En una parada, ya casi con muy poca luz y sin ver el collado el pregunté “¿cuánto queda?”, y él me dice “poco” y acto seguido le comenté “¿conoces a Einstein y su teoría de la relatividad?, lo que es poco para algunos puede ser mucho para otros”. Se sonrió y dijo “cinco minutos”. Seguimos la marcha y llegamos al collado, me costó quince minutos...

Tomás nos esperaba con el todo terreno y preguntó por el lance, al poco descendimos a Castiello pues la jornada había terminado. Durante el trayecto vimos tres vacas y dos terneros, uno de los cuales nos estuvo acompañando como si de un perro se tratara. Poco después una “farnaca” o liebre del año supo librarse de las luces al trasponer una curva y dos jabalíes nos aderezaron el final antes de llegar a la carretera.

Segundo y último día de caza, la cita era a las siete y cuarto y cuando llegué a las siete y veinte allí me esperaban los dos. Saludos respectivos y al monte, el día clareaba mínimamente y los ciervos ya avisaban con sus bramidos. El cazadero era esta vez el barranco de Ijuez que muere en el río Aragón. Paramos el 4x4 en la misma carretera y por todo pertrecho los guardas llevaban los prismáticos y yo opté por el rifle, cuatro balas y la vara, ni los prismáticos cogí.


Empezamos por caminar sobre la misma carretera que lleva a Bescós, al cruzar un puente dos hembras con un cervato arrancaron a nuestra diestra, en el mismo barranco. Un poco más allá se nos escurrió otra hembra, ésta sola, que en dos brincos se perdía monte arriba. Al poco cogimos un camino a la derecha bajando al barranco hacia las choperas tras las cuales había unos campos donde bajaban a comer los ciervos. Al final de esos campos empezaba el bosque, como siempre escarpado y tupido. Y en el cual anunciaban su presencia al menos dos machos.

El camino tras bajar hacía una curva amplia a derechas giraba rápido a izquierdas para atravesar la chopera que escoltaba el pequeño cauce del barranco ahora seco tras el mal año que padecemos. Llovió la semana pasada dos buenas tormentas pero insuficientes para crear una mínima corriente en este barranco que generalmente afluye un poco de agua al río Aragón. Las zarzas a la base de los chopos nos permitían acercarnos sin ser vistos y conseguimos avistar en el campo donde moría el camino dos ciervas sin cría. Sigilosamente llegamos a las zarzas, me adelanté tras el visto bueno de Enrique, dejé la vara y tras andar agachado unos diez metros me dispuse en posición tumbada a abatir a la cierva más cercana. Yo asomaba medio cuerpo al camino a la espera que cruzara o me diera el costado en esos tres metros que me dejaba el camino y apareció la primera de derecha a izquierda a unos 30 metros y se paró, la metí en el visor pero un pequeño montículo de hierbas levantado por las raíces de un chopo me impedían dispararle. Solo le veía los cuartos traseros y la riñonada, opté por aguantar ya que si fallaba o la hería se esfumaban mis opciones. En eso que la cierva barruntó algo y sin despedirse si quiera se largó a la izquierda cubriéndose con las zarzas y a trote digno y ligero.

Aún tenía otra opción si la cierva más lejana no hubiera denotado nuestra presencia y tras incorporarme mínimamente la vi paciendo la hierba que brotó con las últimas tormentas. Estaba en la linde del campo junto al bosque y tenía que buscar ángulo de tiro, decidí aproximarme al final de camino serían unos diez metros más...

Y cual soldadito español, primero anduve agachado cubriéndome con la maleza para después rodar dos veces con el rifle a pulso hacia la izquierda hasta ponerme otra vez en el camino. La tenía a unos ochenta metros, seguía a lo suyo y en la misma posición que antes la metí en el visor y... me temblaba el rifle como buen novato ante su oportunidad. Pensé “recuerda, inspira tranquilo, expira la mitad y dispara”, en esas que la cierva levanta la cara y mira hacia mí con las orejas bien erguidas en la misma dirección. Fue lo último que hizo pues se desplomó sin dar un paso, eran las ocho de la mañana y mi primer rececho había terminado.


Cogieron las muestras de sangre y midieron todo aquello que el protocolo de la DGA obligaba. La aviamos rápidamente, pues Enrique es un fenómeno en ello, y a las nueve y media estábamos almorzando unos huevos con jamón y chorizo, regados con una botella de vino.


Mi agradecimiento a Tomás y Enrique por hacerme pasar dos deliciosas e inolvidables jornadas de caza.


Bolo