Un rececho con mi hija

Jorge Borque

 

Retornando a casa de unos dias en el mar, venía pensando en la próxima luna y en la invitación de unos amigos pampeanos, a acechar jabalíes en su campo en donde trataban de establecer un coto de caza.

Según ellos el lugar era prometedor, muy grande, con mucho monte virgen cerca de algunos sembrados, y con unas tres o cuatro aguadas.

¿Qué es un Coto, papá? Me preguntaba María Inés (mi hija de catorce años), pregunta que me daba pie para que entrara en tema y me explayara en comentarios y explicaciones sobre el tema. Que con la luz de la luna es suficiente, que con una buena mira óptica de pocos aumentos y con gran luminosidad y definición, se puede ver muy bien, que al jabalí se lo espera en un apostadero, que tienen colmillos y ellos son justamente el trofeo, que con los rifles cal. 22 que ella maneja bastante bien, no alcanza para abatirlos, que se usan municiones con punta blanda (que ella ha visto armar desde pequeña) y un sinfín de preguntas y respuestas a lo largo del viaje; a todo esto, mi esposa mirando de reojo, y poniendo cara de “lo único que me faltaría”…

Faltaba una semana para la luna de febrero y mi compañero de caza me avisa que tiene inconvenientes para viajar, lamentando perder tan linda invitación, pero las obligaciones primero.

Realmente deseaba conocer ese campo, y la idea de hacer el viaje solo, no me gustaba, son casi mil kilómetros desde mi casa, además la caza es para compartir desde el viaje, la comida, las emociones, los logros, las frustraciones, etc.; estaba por desistir, cuando se me prendió la lamparita y... ¿Mi amor y si nos vamos los tres a pasar unos lindos días de campo a una hermosa estancia?...

Las cuatro de la mañana y ya estábamos rumbo a La Pampa, mi hija sería mi compañero de caza, por supuesto que durante todo el viaje abundaban los comentarios de lo loco que yo estaba, de parte de mi esposa; pero con la propuesta de andar a caballo y visitar tareas propias de una estancia, las perspectivas pintaban lindas.

Efectivamente el campo tenía cuatro aguadas pequeñas, pero parecían buenas, los rastros en sus orillas eran muchos y habían varias “camas” (pozón en la orilla del agua) donde se echa el jabalí a refrescarse y embarrarse durante las noches. Además en un grupo de chañares que estaban cerca, podíamos ver claramente la altura de algunos jabalíes de muy buen porte, pues queda la marca del barro y pelos en el tronco del chañar donde los padrillos se refriegan, luego de tomar su reparador y protector baño de barro.

¿Qué son “los pichicos” papá?, preguntaba al escuchar mis comentarios sobre las improntas dejadas por los jabalíes, en las orillas de la aguada, y ella podía comparar unas con otras diciendo ¡Es cierto, estos están más separados que aquellos otros, y además la marca es más grande y más profunda¡.

Uno de los lugares me gustó, había un rastro muy grande de la noche anterior, y en ese cuadro no habían vacunos, así que todo rastro era de los chanchos; a un costado de la aguada había un gran caldén, en donde se había improvisado un apostadero, en el cual estaríamos a un metro y medio del suelo, me recordaba a las machan de la India, solo que acá eran unas tablas y unos palos de algarrobo cruzados de manera muy rudimentaria, pero esa altura nos permitía salvar la vegetación de los costados de la aguada, y poder ver.

Las mismas ramas superiores del caldén nos proporcionarían la sombra necesaria, de todos modos coloqué mi infaltable paño de carpa camuflado, unos trozos de alfombras harían menos duro nuestro asiento, verificamos que todos nuestros movimientos no fueran a provocar ruidos, y tratamos de no alterar mucho los contornos, a efectos de no hacer ningún tipo de demarcaciones territoriales, pues el olfato y el oído del jabalí es muy bueno; todo esto bajo la supervisión de mi esposa que seguía insistiendo que el padre y la hija estaban locos!!

Retornamos al casco de la estancia a prepararnos debidamente, en un lugar adecuado probamos mi rifle, un .375 Holland & Holland con recargas personales (puntas Hornady de 300 gr. R-N, y 78 gr. de IMR-4350, con la cual obtengo en polígono agrupaciones de cinco tiros en un diámetro de dos pulgadas), con una mira telescópica Leupold de retículo Dual X, de una claridad y definición más que excelente (los retículos gruesos permiten visualizar y disparar con rapidez en la noche). De esta forma María Inés iría acostumbrándose un poco al estampido, aunque es hija de “fierrero”...

No obstante ser pleno verano llevamos abrigo, siempre hace frío de noche en un acecho, la posición es incómoda y no hay circulación sanguínea, un termo con café, caramañola con agua, unos sándwich (que “gentilmente” nos preparó mi esposa), los largavistas (un par para cada uno), y el 44 Mag. Smith modelo 29, que nunca me falta a mi lado, por si las moscas... todo en una cómoda mochila que siempre utilizo para esto.

En esta época el sol esconde muy tarde, pero a las diecinueve ya estábamos caminando hacia nuestro apostadero, el cuál distaba a unos dos mil metros más o menos.

¿Y si llegamos y están los chanchos, papá? Me preguntaba María Inés, a lo que respondía que la llegada al apostadero debería ser muy en silencio, despacio, y observando todos los alrededores.

El sol ya no alumbraba, un memorable atardecer pampeano, para mi es un verdadero gusto presenciarlo, y ya nos encontrábamos acomodados en nuestro puesto, con los largavistas colgados del cuello y en plena observación y escucha.

¿Y eso qué fue? Es “juancho” el zorro, que grita a lo lejos, los teros que alborotan el monte, y las escuadras de loros que ensayan sus últimos vuelos del día, van haciendo percibir al monte, y a mi hija ir viviendo una fascinante experiencia y aventura junto con su padre.

Ya es noche y la luna todavía no alumbra, recién comienza a salir por el horizonte, de todos modos nuestros ojos se van acostumbrando a la falta de luz y nos permiten ir integrándonos al paisaje, volver a lo primitivo; nuestros oídos se agudizan y tratan de percibir cualquier ruido extraño en tan poco tiempo.

¡Un chancho papá! Muy por lo bajo y cargada de emoción me señalaba María Inés, a mi izquierda, todavía no había buena luna, pero efectivamente distinguía algún movimiento. Ella tenía precisas indicaciones de hacer hacia atrás sus oídos al momento del disparo, es por eso que adoptó esa posición al verme encarar el rifle, pero el disparo no estaba decidido todavía, había que ver sobre qué se dispararía, luego de observar insistentemente por fin pude determinar que se trataba de un jabalí muy joven, el cual seguía osando totalmente ajeno y despreocupado a nuestro análisis, mientras yo trataba de explicarle por lo bajo el porqué no le tiraba.

El jabalí desenterraba algún tipo de comida en las orillas de la aguada, lo podíamos ver perfectamente con nuestros largavistas, y se lo comía con voracidad, llevaba de esta forma como quince minutos y como no le iba a disparar y mi hija estaba absorta observando, me dediqué solamente a esperar; había algo raro en el comportamiento del chancho, de pronto arrancaba en un veloz pique como huyendo, pero solo cambiaba de costado del pequeño charco de agua y continuaba con su tarea de desenterrar su comida, nuevamente otra corrida y largando feroces mordiscones al aire, yo estaba más confundido que mi hija, la cual me miraba y ponía expresión de: ¿qué le pasa?

¡Hay otro bicho, papá! Me dice María Inés, ¿cómo otro bicho?, sí... y no es un chancho mirá, yo no veía nada y me preocupaba bastante, pues nuestra apostada se estaba convirtiendo en algo muy movido y lleno de novedades; efectivamente el otro “bicho” era “juancho” un zorro, el que estaba aprovechando el trabajo de nuestro jabalí, de desenterrar unas pequeñas papitas (al dia siguiente lo vimos), para robárselas, lo que al chancho ponía furioso y trataba de morder al zorro.

Juro que en años, de acechar jabalíes jamás había visto semejante cosa; siguieron así un rato largo, hasta que el chancho pudo más y puso en fuga al intrépido zorro, luego se dio una buena embarrada, tomó agua varias veces y partió con toda naturalidad.

Continuaron varias horas sin ninguna novedad, y el frío y la mala posición se hacían sentir, comimos, tomamos café, y continuamos esperando a ese gran padrillo que la noche anterior había venido al agua.

Las tres de la mañana y el sueño ya estaba jugando una mala pasada, cuando de pronto suena el alambrado cercano, el lugar por dónde vimos durante el dia, que entraban, tenían un portillo (socavón debajo del primer hilo del alambrado); nuestros oídos nuevamente en acción y expectantes, hasta que aparecieron un montón de pequeños lechones con tres chanchas flacas. ¡Qué bonitos! Me decía mi hija al oído, se refería a los rayones, esos lechoncitos pequeños de no más de veinte centímetros de alzada y de cuerpito rayado en forma horizontal; la intensidad de la luna era magnífica y con los potentes largavistas, a escasos veinte metros, no nos perdíamos detalle, jugaban entre ellos, se mordían y las chanchas cada tanto les daban unos golpes de jeta, que los hacían saltar en el aire. Las chanchas tomaron agua y se embarraron por un largo rato, mientras le veía la cara a mi hija de asombro y ternura ante la escena.

Sorpresivamente una de las chanchas pegó un grito desgarrador, fuertísimo, y al instante la piara desapareció en veloz carrera, evidentemente una de las chanchas “nos venteó”, tomó conciencia del peligro y dio la alarma al grupo.

Las emociones ya habían sido muchas, igual que las experiencias para alguien que a esta altura de la noche (las cuatro treinta), ya estaba con más ganas de estar en su cama que acechando jabalíes.

Lentamente nos bajamos del caldén, me puse la mochila, tomé el rifle, y nos fuimos caminando despacito comentando las aventuras vividas.

¡Qué lindos los chiquititos!, cuando les cuente a mis amigas en el cole, no me van a creer.

Menos lo creía tu madre, la que debe estar desesperada en la estancia, esperándonos...