Verano 2055. Fuego Total

Juan del Monte

 

Ha sido un verano tan caluroso como todos los anteriores.

El anticiclón de las Azores lleva ya treinta años inamovible frente a las costas gallegas. No llueve. No llueve nunca.

Galicia entera, antes verde, es ahora un paisaje amarillento y empobrecido. Solamente algunos de sus montes, en manos privadas, han resistido los embates de la sequía y de los incendios gracias a la diversidad de su mosaico vegetal, y ello a pesar de que algunos sectores nacionalistas radicales habían declarado la piromanía y el cerillazo –junto con la muñeira– “tradiciones nacionales conservables como signo de identidad diferencial”.

Comenzó por Peña Trevinca en la confluencia de Orense, León y Zamora.

Descendió rápidamente por las laderas abriéndose como un abanico de destrucción por las comarcas de La Cabrera, Sanabria y la Carballeda donde hacía muchos años que todos los bosques y la vegetación autóctona había sido sustituida por cultivos extensivos de pinos.

Eran inmensos pinares, sin solución de continuidad, llenos de secos restos de podas y cortas, abandonados a su suerte y esperando la menor ocasión, ya fuese accidental o provocada, para convertirse en la inmensa hoguera que renovara el negocio en un círculo vicioso de vida y muerte.

Fue tan grande el calor que el Lago de Sanabria, ya menguado por la sequía, se evaporó casi en su totalidad y solamente quedó un piélago profundo desde el que –dicen– se escuchan en las noches de plenilunio los gemidos de las ánimas de los desaparecidos en la catástrofe de Ribadelago clamando al cielo por aquello y por esto.

Avanzó imparable hacia el norte por El Bierzo, La Maragatería y La Cepeda donde la ingente labor de sucesivas generaciones de ingenieras e ingenieros de pinos, cual nuevos dioses, habían logrado detener el curso de la evolución de las especies y declarado como doctrina y pensamiento único el cultivo del pino.

Se había eliminado todas referencias a las decadentes y antiguas especies vegetales, todas ellas declaradas proscritas.

Se hizo una labor concienzuda. Una a una, en todas las escuelas e institutos se suprimió la enseñanza de la botánica. Se arrancaron de las enciclopedias los capítulos dedicados a otros vegetales; se descolgaron y quemaron en las plazas las láminas de cualquier otro árbol que no fuesen del género pinus.

Se impartieron cursos acelerados sobre la importancia del pino y la riqueza que generaba –aunque a tan largo plazo que algunos se sonreían– y cuando la gente se dio cuenta que todo era un montaje y que ya ni su madera tenía valor alguno, entonces, y sólo entonces, se cambió el disco, y se empezó a hablar del pino como productor de oxigeno y eliminador de anhídrido carbónico que solucionaría el agujero de la capa de ozono y salvaría el mundo. Así fue como el fundamental proceso de la fotosíntesis se reinventó a la medida de ciertas obsesiones y ciertos negocios. Faltó decir que la vegetación eliminada producía tanto oxigeno y fijaba tanto CO2 como sus pinos.

Solamente los más ancianos guardaban secretamente, entre las páginas amarillentas de viejos calendarios Zaragozanos y de misales del Padre Ribera, algunas hojas de los robles, encinas y otros árboles que antaño poblaron sus montes.

En las noches de invierno, con las puertas bien cerradas y a resguardo la intimidad familiar, los abuelos se atrevían a sacar los libros, que habían salvado de las purgas políticoforestales, e iban colocando sobre la mesa una multitud de hojas secas, y cuidadosamente planchadas, de los más diversos colores que enseñaban a sus hijos y nietos, los cuales dificilmente podían creer que en otros tiempos hubiese tal variedad de árboles y de colores, acostumbrados, como ya estaban, a un mundo vegetal monocromo y monoespecífico.

Los mayores explicaban, a veces con lágrimas en los ojos, mirad hijos: éstas eran las hojas de los robles que poblaban todos nuestros montes antes de que llegasen los bulldózeres de los ingenieros, y sacaban las profundamente lobuladas de los melojos o las algo menos recortadas de los robles albares y los carballos. En verano –contaban–, tenían un refrescante color verde y, junto con sus bellotas, servían de alimento al ganado doméstico y a los animales salvajes como el corzo y el jabalí, y en el otoño los montes tomaban un hermoso y resplandeciente color rojizo, que vosotros ya nunca podréis ver, además, añadían, como brotaban de raíz eran resistentes a fuegos y pastoreos.

Estas, continuaban, eran las de las encinas, estos los alcornoques, estas las de los abedules, estos los frenos, los castaños, estos los arces, los serbales, los acebos, y así, una tras otra, desfilaba, ante los atónitos ojos de los jóvenes, un variado y riquísimo mundo vegetal que poco a poco les fue arrebatado. Se guardaban también cuidadosamente ramilletes de urces o brezos tan profundamente relacionados con la cultura celta. Los brezales fueron los primeros en caer. Se cebaron con ellos, los declararon especie a extinguir y sencillamente los arrasaron. Resultaba ya difícil para el abuelo explicar el hermosísimo color púrpura de las laderas de urces en primavera y toda la importancia de esta humilde especie.

El fuego continuó imparable. En la hoya del Bierzo se creó una nube de humo que tapó el sol. Los niños lloraban lagrimas negras. Aunque estaban acostumbrados al humo y al fuego que siempre hicieron sus antepasados, esto era diferente, era el fuego total. La atmósfera se hizo irrespirable, el oxígeno se agotó y poco a poco todos perecieron.

El agua había desaparecido prácticamente de la zona ya que las montañas habían sido completamente aterrazadas con inmensos buldózeres y se habían destruido veneros y arroyos. Los ríos estaban colmadados por los arrastres producios por la erosión de las laderas al desaparecer la antigua vegetación de protección.

La gente salía de los pueblos y huía despavorida buscando los viejos caminos rurales pero también ellos habían desaparecido con las sucesivas repoblaciones y acababan atrapados contra una masa sucia e impenetrable de pinos donde todos perecieron. Sin embargo nadie osó tomar las numerosas pistas forestales, que cual vulgar urbanización, cruzaban los montes por doquier, no se atrevieron porque en estas pistas sólo estaba permitida la circulación de los poderosos todo-terrenos de los ingenieros, los jefes de comarca y su ejército de agentes forestales.

Todos ellos habían sido militarizados hacia mucho tiempo y uniformados y fuertemente armados ejercían a modo de policía políticoforestal.

Tenían prohibido hablar con los restantes ciudadanos. En realidad ya quedaban pocos habitantes en las zonas de montaña. La despoblación que comenzó con las primeras repoblaciones de la posguerra civil, allá por los años de 1945-50, continuó después con la prohibición de todos los usos y costumbres tradicionales. Se inventó el esclarecedor término “externalidades” para lo que no fuese estrictamente forestal, con lo que todo quedó ya dicho.

Como –tiempos atrás– algunos honrados Alcaldes y Pedáneos se habían opuesto a las repoblaciones masivas, a los desbroces descontrolados, a las pistas y otros muchos negocios innecesarios, se había decretado que para alcanzar estos cargos tendrían prioridad los Agentes Forestales, sus hijos y sucesores del cuerpo (forestal) hasta la quinta generación.

Se acabó así definitivamente con aquella oposición y ya no fueron necesarias coacciones y amenazas para que permitieran quitar la vegetación autóctona y sustituirla por pinos o para que autorizaran obras superfluas en los montes mal llamados de Utilidad Publica, que siendo bienes de propiedad indiscutible de las entidades locales, tenían ya, desde tiempo inmemorial, su gestión secuestrada a favor del cuerpo forestal del estado.

Se planificó bien y a largo plazo. Para que no hubiese competencia la propiedad privada forestal se había eliminado totalmente cortándole las subvenciones y destinando todas las inversiones a los montes de utilidad pública.

Es más, el campo de negocio creció tanto y los recursos públicos destinados por gobiernos fueron tan abundantes que para asegurar este filón de oro se decidió que la propiedad pasase también a manos de sus antiguos gestores y así es como, en las primeras décadas del siglo XXI, fueron inscritos todos los montes públicos a nombre y titulo hereditario de los funcionarios de montes de la administración.

Estamos en el año 2055. Cada reino de taifas impone su voluntad. Desaparecido el Estado, la coordinación no existe.

¡Qué cada cual queme sus pinos! es el lema de los que tendrán así asegurado su negocio de nuevas repoblaciones.

España ha sido expulsada, hace ya muchos años, de la Unión Europea por incumplimiento de las Directivas sobre Biodiversidad, Conservación de Hábitats y otras similares que incomodaban los negocios de los de los pinos. Con la destrucción del hábitat llegó la desaparición de multitud de especies animales. La perdiz pardilla hispaniensis fue completamente eliminada con la desaparición de los pastizales y brezales de alta montaña que también se aterrazaron para plantar más pinos.

En un país, la antigua España, donde las agencias oficiales de noticias y las propagandas orquestadas nos hicieron creer que cuidar el medio ambiente era plantar más y más pinos, es normal que el Ministerio y las Consejerías, antes de Medio Ambiente, se llamen ahora: Ministerio y/o Consejería del Pino y Negocios Colaterales (MINIPIN–ECO o CONPIN–ECO).

Hace ya tres décadas que se han suprimido las antiguas titulaciones de ingenieros de Montes sustituidas por la más realista y acorde con los tiempos de Ingenieros de Pinos y a su vez se han eliminado las carreras y aun los términos de biología, geología, ecología (¡qué horror!), veterinaria y cualquiera otra ciencia que tenga algo que aportar y resulte, por lo tanto, molesta.

A los botánicos, a los que dijeron, a tiempo, que sustituir la vegetación era un error, que se eliminaban cientos de especies para poner una única, empobrecedora e, incluso, sin futuro; a los que dijeron que los bosques son, y deben ser, mucho más que “un medio productor de madera” y que son “ecosistemas complejos...”, a éstos, los quemaron en una pira de madera de pino, naturalmente.

A su vez han sido declarados impronunciables e, incluso, impensables bajo penas de cárcel perpetua, los conceptos: biodiversidad, mosaico vegetal, alternancia vegetal, tratamientos no extensivos, ecotono, ecosistema, línea curva, respeto por el medio, respeto a la gente, respeto a la arqueología (cientos de yacimientos destruidos por los buldózeres) y otras muchas en total desuso.

El muy noble y, otrora, acreditado cuerpo de Ingenieros de Montes se ha ido extinguiendo, como se extinguían los fuegos cuando llovía.

Los expertos en otros tipos de árboles y vegetaciones, los que levantaron sus voces hablando de disparates, de total falta de planificación forestal en España y de otras muchas evidencias, si antes fueron marginados son ahora abiertamente perseguidos y eliminados y han tenido que emigrar para ejercer sus conocimientos, sabiendo que jamás llegarán a ocupar en puesto en la Administración forestal.

Para evitar dislocos y desvíos, hace años que se dictaron decretos reguladores del cuerpo forestal pinero. Se ha impuesto la endogamia como principio básico de subsistencia y de apalancamiento del cuerpo. Las oposiciones y los concursos públicos desaparecieron y el único acceso posible es la vía hereditaria y transmisible en línea sucesoria directa por sistema digital o mediante contratación por empresa paraestatal interpuesta.

Las empresas mixtas funcionario-amigo testaferro, que aparecieron pujantes a finales del siglo XX, se han consolidado y se han repartido el país con sus saneados y renovables negocios y tienen poderes para confeccionar los presupuestos generales y nombrar los mandos de las Consejerías. Los altos cargos se eligen concienzudamente, es imprescindible proceder del cuerpo, haber mamado la resina junto a la leche materna, creer en el pino como árbol totémico y considerarlo la “piedra negra” vegetal a la hay que sacrificar la biodiversidad.

Verano 2055. España arde. El fuego avanza. Todo el viejo reino de León y de Castilla arde.

En León, la catedral arde, la blanca piedra caliza se desmorona bajo gruesos colgajos de resina negra y pestilente La provincia que fue, sin saberlo, piloto de planes forestales, es ahora su primera víctima propiciatoria. Demasiado tarde.

Zamora arde, la ciudad que no se tomó en una hora dejó impasible tomar durante años sus montes de robles y encinas para convertirlos en pinares, que, ahora, arden.

En Salamanca, hace ya mucho que el adehesado fue declarado improductivo y mal gestionado.

Un Director General que –casualmente– pasó por allí en helicóptero para ver un fuego procedente de Portugal, y hará de esto unos cincuenta años, dijo que “aquellos” árboles estaban muy separados, que era un despilfarro de espacio y de negocio y ordenó de inmediato a su ejercito de buldózeres plantar pinos pinaster y así fue como se arrancaron las encinas milenarias y como desapareció el ganado y los ganaderos tragados por un desierto de pinos.

Ahora estos pinos también arden y un humo espeso y negro llena la ciudad y tapa el cielo azul de la Plaza Mayor.

En Valladolid, el Campo Grande fue reconvertido en su totalidad. Era un mal ejemplo para la sociedad. Su biodiversidad era la evidencia de un mundo caduco lleno de árboles improductivos, un sacrilegio para el fundamentalismo pinero y por ello, para que sirviera de símbolo y ejemplo para todos, fue arado y destruido como tantos y tantos miles de hectáreas de la región lo habían sido antes. Se le denominó El Vivero Grande y se hizo en él el mayor vivero de pináceas del Reino.

Se utilizó el procedimiento habitual. Se comenzó dando fuego a la vegetación –para que el arado de los bulldózeres fuese más sencillo y mayor el rendimiento por hora de máquina, una vieja práctica bien ensayada en los Montes de León–. Luego se aró, con bulldozer pesado, en terrazas de a tres metros siguiendo las inexistentes curvas de nivel (era una técnica prohibida en todos los países civilizados desde mediados del siglo pasado pero que aquí se mantenía), después se le pasó el bulldozer en sentido vertical con el “ripper” puesto por si hiciese falta a pesar de la ausencia de pendiente; por fin se hicieron hoyos y se sembraron los piñones, previamente remojados con vino de Soria, por el sistema de golpes y en grupos de tres piñones por hoyo.

Así fue como el Vivero Grande se convirtió el aula de la naturaleza y en lugar de adoctrinamiento de la juventud. Cada día grupos de escolares eran llevados para contemplar el nacimiento de los pinos y el Norte de Castilla difundía puntualmente la fausta noticia en grandes titulares: “Hoy han nacido tantos o cuantos pinos, el futuro forestal y la riqueza de Castilla está siendo asegurada”.

Ardieron Palencia y Burgos por el norte y Ávila y Segovia por el sur y cuando el fuego llegó a Soria no hizo ya ningún daño, esta provincia –repleta de pinares y presentada durante décadas como modelo de gestión y exenta de fuegos–, ya no existía. Se había quemado en su totalidad hacía dos años por el descuido del último de sus pobladores, un agente forestal.

Maguncia, Verano 2055.
Juan del Río (seudónimo) – Todos los derechos reservados por el autor.