Reencuentro y recuerdos de caza

José Antonio Caballero

 

Han transcurrido 30 años desde la última vez que estuve de cacería: El reencuentro con ella ha sido alentado por mi hermano ANDRES que el pasado año adquirió una escopeta y tras varias jornadas de caza me relató sus experiencias , por lo que le acompañé en varias ocasiones y aunque se andaba y no se veía perdiz alguna, con la vigilia, el desarrollo de la jornada y la valoración del día disfrutado, en mi interior, se fue avivando el gusanillo que creí tener olvidado y que al final ha terminado por hacer que me compre una escopeta, obtenga licencias y seguros.

Como mi reincorporación fue en el mes de Enero de este año y al no tener acceso a coto alguno, junto a mi hermano, decidimos apuntarnos a unos ojeos de perdices y palomas. Tras participar en ellos comprendí que esto no tiene nada que ver con lo que nuestro padre nos enseñó de la caza y de lo que disfruté con ello. Soy consciente de que los tiempos han cambiado y que ésta puede ser la opción del futuro, pero, de momento, me resisto a ello y para esta temporada nos hemos hecho socios de un coto donde nos han dicho que hay pájaros. Habrá que andar, buscarlos, y aunque no se maten en número, la sensación será diferente. La nueva ilusión y la espera de la apertura de la veda me ha hecho retroceder en el tiempo y recordar lo que junto con mi padre he vivido y que jamás, mientras exista, olvidaré como cazador.

He de decir que el desarrollo de mi afición y disfrute de los mejores días de caza fue en Tetuán (Marruecos), lugar donde nací, hermosa ciudad ubicada en la ladera del Monte Dersa con, según mi padre, el castillo del General Prim en su cima y enfrente de ese monte el Monte Gorgues y al final del valle a unos 10 kilómetros Rio Martil.

Recuerdo a muy temprana edad, en el patio acristalado de mi casa, cada una en su temporada, cuantiosas “perchas” de perdices, codornices, palomas zuritas, torcaces, liebres y conejos, y en varias ocasiones de lado a lado del susodicho patio, colgados y abiertos en canal jabalíes enormes, cuyos colmillos fueron durante años fueron mi entretenimiento y el de mis hermanos.

Con diez años, una tarde noche, víspera de un día de caza, mi padre que se llamaba ANDRES me dijo: “Tienes que acostarte temprano pues mañana te vienes conmigo de caza”. Inmediatamente me invadió una gran sensación de felicidad y nerviosismo. Con la torpeza de mi pronta edad, comencé a prepararlo todo, sabedor de ser observado por mi padre y que disfrutaba con mi desenvolvimiento. Mientras él preparaba su escopeta paralela de la marca Victor Sarrasqueta, de pletina larga con el grabado de una reala cercando a un jabalí, y culata inglesa, una preciosidad, que hubo que mal vender en nuestra precipitada salida de Marruecos.

A las 05:00 de la mañana, después de una noche de vela, mi padre creyó que me despertó, pero la verdad es que apenas había conciliado el sueño, me vestí, me lavé la cara, desayunamos y me colgué el macuto de mi padre, y sintiéndome el ser más feliz del mundo nos subimos en el coche. Tras recorrer unos treinta kilómetros de la ciudad de Tetuán hasta la zona del FONDAK, lugar de laderas empinadas, muy semejante a las que existen en los Montes de Málaga, con idéntica vegetación a excepción de algunas zonas que eran exclusivamente de palmas. Lugares donde se debía cazar a media ladera o de abajo hacia arriba, pues si la perdiz salía por debajo de uno era un misil imposible de derribar, aunque a veces caían. En estas zonas y en el transcurrir de los años, disfrute inmensamente de la caza. Recuerdo que había una fábrica trituradora de grava, abandonada desde la época del Protectorado y que sirvió para construir la carretera que va de Tetuán a Tánger, donde, cuando las cosas no se daban bien, siempre y por lo accidentado del terreno, encontrabas perdices. Retomando el relato después de los detalles, en un rellano de la serpenteante carretera de montaña había un cafetín paramos y allí no esperaba un amigo de mi padre, llamado BOTAJAR, antiguo capataz de peones de carretera cuando el Protectorado, también cazador, buenísima persona, pero mentiroso como él solo, en relación a los lugares de caza, pues con el paso del tiempo y mi entrada en los años, siempre oía decir a mi padre que si el BOTAJAR decía que los bandos de perdices estaban en la dirección que indicaba, lo correcto era ir al contrario y a veces acertaba.

Tras el ritual de saludos y abrazos, conversación en el idioma autóctono, antes de comenzar la jornada, no tomamos un té. En la subida de las laderas, mi padre me dijo: “Recoge los cartuchos vacíos y los guardas en el macuto”, puesto que él los recargaba, y el ritual, digno de ver, consistía en sacar el pistón o fulminante, colocaba el nuevo, pesaba la pólvora, el plomo, los tacaba y los calibraba. A su amigo BOTAJAR le preguntó si le parecía bien que las dos primeras perdices que cayesen irían a la marmita, lo que me afirmaba que comeríamos en el campo.

Como nos acompañaban unos percheros, estos serían los encargados de prepararlas en salsa de tomate para la hora de la comida. Al pasar por una Kábila (casas diseminadas en el monte, de fachadas de pizarra, adobe y techo de uralita) se compraron los ingredientes, entre ellos el pan de SAINA, exquisito y hecho con la harina de ese cereal para mojar en la salsa de tomate.

Los perros se movían de un lado a otro, marcaban, paraban y las perdices saltaban de las palmas, los lentiscos, de los surcos del arado, coscojas y arroyos, se abatían y los perros la recogían y la entregaban. Yo mientras tanto miraba asombrado, corría a recoger las piezas más cercanas y por ello más de un cartucho percutido quedó olvidado bajo una palma o al lado de alguna piedra. A veces, los perros, con la perdiz en la boca se quedaban de muestra al oler otras que se levantaban y eran abatidas, a veces. Ese día mi padre, acogiéndome entre sus brazos y aguantando parte de la escopeta, me dejó disparar a una paloma zurita que estaba sobre la rama de un alcornoque, la cual, evidentemente, se marchó a criar. A media mañana paramos junto a una inmensa higuera bravía en cuya base se había escavado una fuente y la habían recubierto de piedras de donde brotaba el agua más fría que recuerdo. En ese lugar los dos percheros estaban cocinando las perdices. Después de la comida descabezamos un sueño y a las 2:00 de la tarde el regreso al cafetín se hizo cazando.

Cuando llegamos al cafetín mi padre llevaba una percha de 30 perdices y BOTAJAR 35. Una vez en el coche me quedé dormido, estaba cansado por el ejercicio y por las sensaciones.

Después con el tiempo y los años, mi padre, en las laderas más empinadas y en algunas zonas que por edad le eran dificultosa, se quitaba la canana, la reponía de cartuchos y me la entregaba junto con su escopeta, diciéndome: “ESE ES TU TERRENO, AHORA TE TOCA A TI”, al oír esta frase, el cuerpo se me estremecía y hoy, todavía, al recordarlo, tengo esa misma sensación, sin contar la de veces que la esperé con ilusión; mientras tanto él se sentaba en una piedra y me observaba.

Recuerdo mi primera perdiz, era una mañana soleada de mediados de Noviembre, llegamos a la zona donde se producía el ritual anterior, nuestra perra, llamada LINDA, (una garabito, mezcla de pointer y zeter, blanca, con manchas negras, cabeza de pointer de color negro y cuerpo de zeter), que por los años sabía diferenciar costumbres y hábitos de los dos, (con mi padre era corta en el rastreo, firme en la muestra hasta que no oía AHORA, cobradora incansable y de boca algodonada a la hora de coger y entregar. Doy fe que ninguna perdiz cobrada por ella, jamás apareció con la caja toráxica rota, ni plumas babeadas y no hubo que forcejear con ella para que soltase la pieza, pues su hábito era llegar a mi padre y depositar la presa a sus pies), mientras que conmigo podía dar rienda suelta a su instinto y capricho, no rompía la muestra hasta la palabra AHORA, pero no me depositaba la presa en los pies hasta que le acariciaba la barriga), enfiló hacía una torrentera sembrada de palmas, zarzas y lentiscos, lugar ideal para perdices y conejos, seguida por mi, cuando de repente al inicio de la caída de la torrentera se queda de muestra con cada una de las dos patas delanteras asentadas en diferentes piedras, la mirada fija hacia unas palmas.

Ante esto, retirado de ella y para no espantar la presunta presa y con la finalidad de tirarla al hilo (derecha o izquierda) y evitar la gran velocidad que podría alcanzar en pendiente, bajé por su lateral derecho hasta unos metros, ande lateralmente la pendiente y me puse por debajo de ella mirándola de frente. Ella de vez en cuando me miraba pidiéndome la palabra y al no percibir gesto o voz alguna, volvía su mirada hacia las palmas, mientras yo observaba como de la comisura de los labios le colgaban unos hilos de baba de placer, apenas respiraba y si lo hacía era tan suave que inhalación y exhalación no podía levantar la presa. Una vez mi respiración a tono por el esfuerzo, templado los nervios y bien asentado en el terreno, recreado de esa imagen y con la esperanza de no fallar el tiro para recompensar la muestra a mi LINDA, le dije AHORA, entró en las palmas lentamente, cuello estirado, girándolo a la izquierda cuando la presa se movió e inmediatamente como un chorro de agua que brota de la tierra, regañando, se arrancó un pájaro que rompió el aire, le di distancia y el disparo retumbó en la ladera, a escasos metros, hecho un paquete, cayó al suelo. LINDA me miró como agradeciendo la acción y como alma que lleva el diablo se fue al lugar del impacto, recobrando la pieza. Una vez la perdiz en mi poder pude ver que había abatido un viejo macho, con tres espolones en cada pata y aún recuerdo la cara de satisfacción de mi padre por la forma del lance y el trofeo conseguido y me dijo algo parecido a: ASI ES COMO HAY QUE RECOMPENSAR EL TRABAJO DE LA LINDA.

A los 16 años me regalaron la primera escopeta, una paralela SARRIUGARTE, de pletina corta y culata pistolet, aparte de lo relatado, que maravillosos momentos viví, recuerdo uno en especial, fue una mañana del mes de Octubre, que tras llegar a la Fuente del FONDAK, nos esperaba, AHMED, un joven de mi misma edad, “cabileño”, pastor, que siempre llevaba una rama de olivo que le servía de cayado, en cuya parte inferior había colocado un grueso alambre de acero. Tenía tanta habilidad con el cayado que solía lanzárselo a liebres y conejos, en el arranque de la carrera, y en ocasiones los abatía. Con el paso del tiempo, de verlo y hablar con él en nuestras andanzas, entablamos amistad y los domingos dejaba el ganado y por su afición y una propina nos acompañaba de cacería y nos indicaba los sitios donde pululaban los bandos de perdices que durante el resto de la semana había observado en el pastoreo, con su perro CHICO, un animal mestizo, de todas leches, pero que cazaba y paraba como o mejor que uno de pura raza.

Como de costumbre iniciamos el ascenso por el lado derecho de la carretera en la dirección a la ciudad de Tánger, antes de llegar a la Fuente del FONDAK, ya que la parte izquierda, ese año estaba acotada, pues allí era costumbre año sí y año no vedar una u otra zona de la calzada. Culminamos la cima y entramos en una planicie donde había restos de rastrojos del cereal cultivado, restos de algún asentamiento militar y más abajo una amplia zona de monte bajo formado por palmas, romero, lavanda y otras especies. A unos cien metros se hallaba una zona de repoblación forestal de pinos y otra de olivos donde estaba prohibido entrar, lugar ideal para que las perdices se refugiasen cuando eran acosadas, aparte de la comida que podían obtener. En esos instantes nos dice AHMED que la tarde anterior, al oscurecer, vio un bando de JAYIB (perdices) que se levantó del lugar y se metieron en el olivar y que dada la hora que era, las 10:00, ya abrían salido y podrían estar allí. Al preguntarle por la cantidad dijo QUEBIR (grande), con la adrenalina a tope y los perros (LINDA Y CHICO) algo inquietos y con vientos, nos dirigimos al lugar. El KAILA (Sol) comenzaba a apretar y así nos advirtió AHMED, entre otras cualidades, excelente hombre del tiempo, lo que llevó a pensar a mi padre que los pájaros no querrían levantarse y que podrían aguantar el envite, no equivocándose en su apreciación. Nada más entrar en el monte CHICO, más cercano a mí, se quedó de muestra y LINDA a escasa distancia y diferente dirección también, mi padre se fue para LINDA y yo para CHICO, éste en cuanto se percató de mi presencia rompió la muestra y se arrancó el primer pájaro, disparo y al suelo, cuando marchaba a recoger la pieza, nueva parada y pájaro al aire y disparo, mientras tanto mi padre estaba inmerso en su tiroteo.

En una de mis tiradas me acerque a recoger la pieza y al acuclillarme, mimetizada con el suelo había una perdiz de las que se puede decir que la pisa y no se mueve, esperando a que pases para sobresaltarte con la “espanta”, pues bien esa fue la primera y única vez en mi vida que pude ver a una perdiz que le giraba el ojo derecho vertiginosamente al verme e inmediatamente se levantó, siendo abatida. El detalle del giro del ojo se lo referí a mi padre y no pudo darme opinión por que nunca lo había visto y lo he referido en algunas conversaciones y nadie me lo ha corroborado, pienso que el giro rápido del ojo sea al sentirse acosada y también se produzca con los perros. Aquél día se cobraron 30 perdices. En estos instantes me fluye a la cabeza otras escenas agradables como el reparto de la caza a conocidos y amigos, así como las quejas de mi madre, justificadas, al no ser lo suficientemente ayudada en el desplume y preparación de la caza.

Desconozco si en la zona descrita y en los llanos de Beniaroz y Bencarrich seguirá existiendo tanta caza, pero para mí seria un sueño hecho realidad el recorrer y cazar esas zonas, reencontrándome con parte del pasado, aún siendo sabedor de ausencias irrecuperables. Hoy por hoy, como ya he expuesto al principio, ante las próximas expectativas, tengo las mismas sensaciones que en mi temprana edad. Consciente que no serán las mismas experiencias, me serviré de los recuerdos para disfrutar con ilusión esta nueva etapa.


J. A. CABALLERO CH.
(Julio 2005)