Cazando ciervos entre búfalos y antílopes en Poitahue

Jorge Borque

 

Cuenta una vieja leyenda Ranquel, que en Poitahue (divisadero) el diablo se enamoró de una bella india. Tan bella era, que todas las tardes el mismo demonio, venía a estos bellísimos parajes para poder verla. Un día estando ella apoyada, descansando en un frondoso caldén, el diablo se convirtió en árbol, con la intención de poseerla; pero todo esto no era ajeno a “Nguenechén” (dios ranquel) y fue él, quién la arrancó de esa difícil situación poniéndola a salvo.

Se dice que a partir de ese momento, el diablo anda errante en el Poitahue, con su hirsuta cabellera, por dentro del bosque y que de tanto en tanto, “brama” de amor buscando a su amada.

Muy cerca de Telén, provincia de La Pampa, se encuentra Poitahue, zona de grandes bosques de caldenes, altos pajonales, lomadas con manchas de chañares, donde la bravura de bestias y cazadores va entrelazada con el romanticismo de esos rojos atardeceres, poniendo color fuego a ese hermoso monte o el amanecer, cuando la bruma, con pereza, nos va permitiendo ver un poco más dentro del imponente bosque, en pos de ese brutal llamado de amor y coraje del Ciervo Rojo: “la brama”.

Últimos días del mes de abril, ya la brama del 2005 era prácticamente un recuerdo en Poitahue y veníamos arribando a este magnifico coto donde nos aguardaba el Jefe de Guías del mismo, Hugo de la Arada.

Luego de las presentaciones de rigor de toda esa amable y dispuesta gente, conocimos sus exclusivas instalaciones, los trofeos importantísimos logrados en la zona, su museo de finos elementos criollos, sus álbumes de fotos dando evidencias de la generosa fauna y el orgullo de muchos cazadores. Inmediatamente fuimos instalados en un confortable departamento con todo tipo de comodidades.

Una vez preparados, con la indumentaria apropiada, mientras tomábamos unos “amargos”, preparábamos con Hugo nuestra estrategia.

Es un campo verdaderamente grande y salvaje, de unas 30.000 Has., con todo tipo de terrenos y con muy diversa vegetación, hay grandes bosques de añosos y altos caldenes, con grandes pajonales donde reina el Ciervo Rojo, hay lomadas con vegetación baja donde viven cantidades de Antílopes de la India, muy ariscos y veloces, junto con carneros Scottish Black Face de grandes y retorcidas cuernas, además de muchas tropas de ñandúes, hay profundos fachinales achaparrados donde habitan feroces jabalíes y grandes pumas y hay planicies con isletas boscosas donde podemos ver a los recios, poderosos y peligrosos Búfalos de la India.

Además merece una mención especial la variada y rica fauna menor, como son los zorros, liebres europeas y Maras, vizcachas, gato montés, peludos, hurones, zorrinos, grandes bandadas de palomas y muy diversa cantidad de pájaros.

Para esta ocasión las armas elegidas fueron un custom .375 Holland & Holland, con puntas RWS de 300 gr. con pólvora IMR 4350, con mira Leupold de 6x con retículo 4; un Ruger .223 Remington con puntas Hornady V-max de 55 gr. con pólvora R-15, con mira Leupold 6-18x con compensador de distancias y como de costumbre un revolver Ruger .44 Magnum con puntas Swift de 230 gr. con pólvora Hércules 2400, de manera que estarían cubiertas todas las necesidades de tiros potentes por un lado y a largas distancias y muy precisos, por otro.

Acordamos en iniciar nuestro rececho esa tarde un poco antes de la caída del sol, en una bella zona de lomadas, que la llaman “La Olla”, con bosques intercalados, haciéndonos acordar a las románticas imágenes de la sabana africana.

Hugo nos comentó que ya no había brama, simplemente podríamos escuchar algunos “rezongos”, a los cuales, nuestro experimentado guía, les contestaría con su “bramador”. Es todo un espectáculo aparte, presenciar cómo con un trozo de caño de formas simples, pero en manos de un experto como Hugo, puede seducir a un Ciervo Rojo a contestar esa “provocación” y de esa forma detectar su posición y poder acercarnos a él, dentro del monte.

La dirección del viento es un factor determinante, es necesario recechar siempre con el viento en la cara.

Una vez pasada la “brama” el Ciervo Colorado no se encuentra tan distraído como días antes, cuando su estado de excitación lo enloquecía, ya retoma sus sentidos y se encuentra en un estado de alerta permanente, amén de las hembras que siempre son las eternas vigías, controlan todo, los movimientos, los olores, los ruidos, en fin, llegarles “a tiro” en estas circunstancias es la verdadera esencia de la más pura caza, es el eterno lance entre el cazador y la presa en un campo verdaderamente agreste y salvaje.

El amanecer del día siguiente nos encontró entrando en otra zona, de bosque de caldenes muy altos y con grandes pastizales. El trabajo de los binoculares era incesante, caminábamos unos cuantos metros, nos deteníamos y agudizábamos nuestros oídos a la vez que escudriñábamos el bosque con nuestros binoculares, herramienta imprescindible en este tipo de lance. Dentro de esta maraña es muy difícil pretender ver a un ciervo en su totalidad, siempre se lo ve en partes, y aquí es donde nuestra experiencia juega un papel preponderante.

A lo largo de mis años de cazador he tenido oportunidad de cazar acompañado por muchos guías o simples baquianos conocedores del campo, pero en este caso, el conocimiento y preparación de Hugo, para desempeñarse como guía es sorprendente, sus sentidos están tan sensibilizados como los de los animales que perseguimos, su vista y su oído son sus herramientas naturales y las utiliza de maravillas, verdaderamente es una satisfacción cazar acompañado por este profesional.

Cada vez que nos internábamos en el bosque, señalábamos nuestra posición de entrada en un g.p.s., de manera que podíamos despreocuparnos de ir controlando puntos de referencia para no extraviarnos en esas grandes extensiones, y sobre todo cuando la noche nos encontraba dentro del bosque.

Tampoco hubo suerte esa mañana dentro de ese bosque, sólo vimos un ciervo con futuro, de los llamados “no tirables”, de manera que con el sol alto, emprendimos el regreso hacia donde habíamos dejado nuestra camioneta varias horas antes. Hugo se detiene en seco y me hace señas hacia delante, puedo observar a unos 300 metros una tropa de búfalos de la India y el viento estaba a favor pues nos daba en la cara. La observación con los binoculares fue intensa, la adrenalina iba en aumento y más con los comentarios de mi guía... ”Son peligrosos, a 50 metros nos van a “cargar” directamente, pues hay muchas hembras con crías...”. La boca se me secaba y el pulso se me aceleraba a medida que nos íbamos acercando. Legamos a colocarnos a unos 150 metros, desde donde podíamos ver perfectamente bien a toda la tropa, no obstante, Hugo insistía en que yo mirara para atrás, pues podría haber alguno desprendido del grupo, y eso podría poner muy peligroso el rececho.

Nos adelantamos hasta unos ochenta metros, había un solo macho, muy grande, muy negro, imponente, de grandes cuernas dobladas hacia adentro, una mole de aproximadamente mil kilogramos. El resto eran seis hembras y cinco pequeñas crías, realmente muy pequeñas y muy bonitas.

Llevábamos un buen tiempo observando, y no aparecía ningún otro macho, y las conclusiones de Hugo no se hicieron esperar : “No podemos dejar a esta manada con cinco crías tan pequeñas, sin la protección del macho...” cosa que no solamente acaté, sino que valoré tan humana y sabia decisión de mi guía.

Con muchísima precaución me acerqué unos pocos metros más, y con el zoom de mi cámara fotográfica “cacé” unos bellos búfalos.

En la sobremesa de un espectacular almuerzo ofrecido por Ester, jefa de cocina de la estancia, acordamos hacerles una “entrada” a los antílopes negros, después de unas dos horas de descanso, para reponer energías.

Zona de lomadas muy suaves, salpicada de isletas de chañares, con posibilidades de observar a grandes distancias, es justamente donde estos antílopes se sienten seguros pues están dotados de una visón superlativa.

Las hembras, más numerosas, son de un color marrón claro en el lomo y blanco en la panza, y los machos tienen el lomo negro y la panza blanca. Son de cuernas perennes, las que van creciendo a lo largo de la vida del antílope. Son de bellos y gráciles movimientos, corren a grandes velocidades saltando para poder observar a mayores distancias por arriba de la vegetación.

Detectamos un grupo de antílopes en un bajo, pues con Hugo estábamos en el filo de una loma, nos separaban unos quinientos metros aproximadamente; la dirección del viento era perpendicular a la línea imaginaria que nos unía con los antílopes, es decir “a través”, de manera que podríamos acercarnos en esa dirección, escondiéndonos con los pequeños bosquecitos que habían.

Mientras nos íbamos acercando muy lentamente y con mucha cautela, recordaba las expresiones de un paisano en la estancia ¡!...” son muy bichos los “ampiros”...¡¡, Hugo me miraba y no entendía el motivo de mi risa. Nos acercamos hasta unos ciento cincuenta metros y las hembras evidentemente habían detectado algo, pues algunas que estaban echadas se incorporaron, la posición de tiro era sumamente incómoda y complicada, porque nos tapaban varias ramas y arbustos, pero según mi guía era “ahora o nunca”, habían dos machos, uno era más grande y se estaba moviendo, lo tuve en un instante en la mira y al moverse quedó detrás de un arbusto, la situación se empezó a poner tensa, ya algunas hembras saltaban alejándose, lo que inquietaba al macho, que apenas se giró a su izquierda, me permitió un agitado pero preciso tiro a la base del cogote. Un hermoso antílope negro de la India, de 48 centímetros de cuerna, me llenaba de emoción en otro de esos “memorables atardeceres pampeanos” en compañía de Hugo.

Pasaron dos días más, en que las largas caminatas tras los ciervos Rojos, por distintos escenarios iban poniendo a prueba nuestro espíritu aguerrido. Siempre pienso que es San Huberto el que plantea estos lances y que exige una cuota de sacrificio antes de concederle al cazador su ansiado trofeo; además quien no da nada a cambio no merece ningún respeto.

Un nuevo atardecer y estábamos entrando en un bosque que se incendió hace ya un tiempo, con pastizales muy altos, con muy buenas posibilidades, según Hugo, de ver buenos machos, pero muy difícil para caminar sin hacer ruido, de manera que los movimientos serían muy cortos y con muchos períodos de observación. Al rato de caminar nos enfrentamos con una hembra que nos detectó, y nos miraba a no más de cincuenta metros, nos “congelamos” a esperar a ver el porqué de su actitud. La lógica hubiese sido que diera la voz de alerta, una tos seca que emite la hembra cuando detecta el peligro, y huyera de inmediato, pero ésta, permanecía inmóvil y no nos sacaba los ojos de encima. Con Hugo nos mirábamos sin entender, hasta que apareció “un pichón”, al decir de mi guía, y en ese momento madre e hijo emprendieron veloz fuga.

El sol caía hacia el oeste, lo teníamos a nuestras espaldas y el viento directamente nos daba de frente en la cara, de pronto entre esas “puñaladas” rojizas con que se iba pintando el bosque, un fugaz y casi imperceptible movimiento fue detectado por Hugo, unos cien metros hacia adelante nuestro.

En el más absoluto silencio e inmóviles como estatuas, pude observar solamente el hocico de un ciervo Rojo, estaba tapado por un conjunto de árboles quemados, y era posible verle la punta del rabo, por atrás y desde el ojo hasta la punta de su trompa, por adelante. El viento a nuestro favor y el sol que lo encandilaba, lo ponían en situación de alerta, evidentemente el ciervo había escuchado algo, pero como no había identificado qué era, permanecía inmóvil.

Hugo me pasa la vara de apoyo, tomo posición de inmediato, y me dice al oído:... !Tiene cuatro puntas muy gruesas en una corona... es muy bueno... espera que salga un poco...!!! Pasaron dos o tres minutos en esa incómoda situación y el ciervo no se movía ni se mostraba más, y se planteó otro diálogo entre nosotros: ¡Le tiro atrás del ojo...!!! a lo que Hugo contesta riéndose ¡ Y?... si te animas...!!! contuve la respiración, toqué con toda la suavidad del mundo la cola del disparador... y shoot... logrando de esta forma un hermoso catorce puntas, con uno de los tiros que difícilmente vaya a olvidarme y a repetir, para ser honesto.

Caía la noche y nos encontraba sentados junto a nuestro hermoso trofeo al que se le colocó la consabida ramita verde en su boca, como su última comida y en señal de respeto.