Los Venados de «El Manojar»

R. Barrachina

 

Ya han transcurrido muchos años, pero lo recuerdo perfectamente.

Sucedió en la última montería que Tecnocaza dio en la preciosa finca “El Manojar”, antes de que pasase a ser propiedad de un Banco que, según dicen, ejecutó su hipoteca.

La mañana era muy fría y el cielo estaba cubierto y amenazador.

Un amigo y yo llegamos con el coche a la finca, donde todos los monteros eran recibidos por el administrador en la puerta de la casa con gran ceremonia y atenciones, como era habitual en cada montería. Recuerdo la vestimenta que este señor usaba, en paño marrón, con sus polainas de cuero engrasado y la capa que lo cubría. Parecía sacado de alguna fotografía de finales del siglo XIX.

También recuerdo el comedor de la casa, y el desayuno que tomamos, pues estaba en consonancia con el atuendo y amanerados modales del administrador. Parecíamos intrusos que hubiésemos retrocedido un siglo.

Luego vino el sorteo, la Salve a la Virgen de la Cabeza, y los comentarios sobre los puestos, que es lo habitual. Además, casi todos los monteros nos conocíamos por montear frecuentemente con esta orgánica.

La montería tenía un cupo de dos venados por puesto y uno de los nuestros estadísticamente era magnífico, por lo que, entre otras razones, le propusimos a la orgánica que nos dejase compartirlo sumando el cupo, o sea, pudiendo abatir hasta cuatro venados, a lo que accedió.

Recogimos al “secretario”, vecino de un pueblo próximo a la finca y que ya era un viejo conocido, y cuando salió nuestra armada, emprendimos el camino hacia el puesto con tanta ilusión, que sea solo por ella, o con la colaboración del desayuno que habíamos tomado, ni sentíamos el frío ni el día nos parecía tan malo.

El puesto estaba en la parte alta de la finca, con un rastrojo por el frente rodeado de encinas y monte bajo, y, a unos cuatrocientos metros a la derecha, unos cuantos pinos detrás de los que estaba situado el puesto contiguo con el que nos señalamos al llegar, y que ocupaba un señor con su hijo de unos 15 ó 16 años.

En el puesto, teníamos dos armas: Un exprés FN del 9.3x74 y un Sako del .300 WM con visor desde 1.5x. La munición del 9.3 x 74 era la Torpedo de RWS, y la del .300 era Winchester SP de 180 grains.

Sorteamos el orden que seguiríamos en el tiro en el caso de que todo fuera como esperábamos, y me tocó ser el primero en hacerlo.

Comenzó a nevar suavemente, pero sin parar. Oímos los primeros disparos y la suelta de los perros a considerable distancia de nosotros. Al cabo de unos minutos, por delante del puesto, entre el monte bajo y a poco más de doscientos metros, aparecieron dos venados que caminaban uno tras el otro dándonos el costado izquierdo. Tomé puntería con el visor y le disparé al más rezagado, parándose los dos. Realicé un nuevo disparo, esta vez al de delante, que siguió quieto sin variar la postura. Otra vez disparé al trasero, otra al delantero y otra al trasero, sin que mis tiros pareciesen otra cosa mas que salvas al aire. Mientras volvía a meter otras cinco balas en el rifle, mi compañero y el secretario se decían:”¡Que raro! ¡Ni se mueren ni se escapan!”. Seguí disparando comenzando por el de delante, y a tiro por venado hasta quedarme otra vez descargado sin que variasen la postura, por lo que volví a cargar, disparando esta vez al de detrás, que cayó a la vez que lo hacía el de delante.

Nos miramos sorprendidos. Habían sido once disparos, seis a un venado y cinco al otro, sin que diesen un solo paso ni, aparentemente, acusasen los tiros. Yo tenía confianza con mi rifle y sabía que estaba perfectamente “puesto”, pero llegué a dudar si se habría movido el visor durante el viaje pese a los miles de kilómetros que llevaba sin hacerlo.

Al siguiente venado, también distante y a la carrera, le disparó mi compañero con el mismo rifle y cayó fulminado.

Finalmente, detrás de un grupo de “pepas”, corrió otro venado, también distante, y lo dejé muerto al primer disparo.

A todo esto había dejado de nevar y hacía mucho más frío, por lo que, nos calentamos comentando lo que podía haber sucedido con los primeros disparos, pues no cabía duda sobre la puesta a punto del rifle, a juzgar por los dos últimos disparos.

El agua que llevábamos se había congelado y los tacos estaban incomestibles, así que tuvimos que dar buena cuenta de media botella de vino blanco que llevaba el secretario, y de una pequeña petaca de whisky que llevábamos nosotros.

No hubo nada más para destacar, que dos venados que, a cubierto por los pinos, le cumplieron al vecino de puesto, y que allí se quedaron.

Cuando llegó el postor para recogernos, ateridos de frío nos fuimos a señalar los dos venados primeros. Al llegar a ellos, estaban medio cubiertos por la nieve y se la quitamos con las botas. La separación entre ellos era de escasamente dos metros y medio, y había sangre por todas partes. Los revisamos cuidadosamente y, el de delante llevaba cinco entradas con sus correspondientes salidas, y el de detrás tenía seis entradas con sus salidas. En ambos casos, los impactos los tenían detrás de la paleta, en un diámetro menor de 15 cms., con salidas limpias aparentemente sin expansión, excepto una de las del trasero, que no era demasiado grande, aunque se veía mayor que las otras.

Los dejamos señalados, y nos fuimos a por los otros. El que cazó mi compañero llevaba un tiro en el cuello con una salida escandalosa, ya que probablemente le dio en alguna vértebra, y, el otro, un tiro en la misma paleta y con dos salidas muy separadas.

Como no era la primera vez que atravesaba limpiamente una res, tanto con las balas Silver Point de 220 grains, como con las de 180 grains, decidí que a partir de ese día solo usaría las de 150 grains para ese rifle, y así lo hice con bastante fortuna, aunque habiéndole perdido la confianza al calibre. Y, como no me considero sensible a las caricias sobre el hombro, vendí el .300 WM y me compré un 8x68S, que, con las balas H-Mantel de RWS, me dio muchas satisfacciones y solo me golpeó su visor una vez, afortunadamente en las gafas que saltaron en dos pedazos, y fue por culpa mía.