Los colorados de «El Recuerdo»

Jorge Borque

 

Finales del mes de marzo y la “brama” estaba aflojando en los cerros de la bella Cordillera de Los Andes.

“La Brama” es el nombre con el que se llama a la época en que en nuestro hemisferio Sur, el ciervo colorado o rojo, se alza en pos de sus hembras, por el mandato de la sabia naturaleza, para dejar la mejor descendencia.

Quién no haya sentido ese gutural y brutal bramido o llamado dentro de los bosques, no conoce uno de los espectáculos más imponentes de la vida animal.

De esta manera el “ciervo capital” se da valor a sí mismo y trata de disuadir a algún macho joven que venga con intenciones de arrebatarle algunas de las hembras de su “harem”.

Los enfrentamientos son comunes, y por lo general terminan haciendo chocar sus cornamentas uno contra el otro, y luego de una corta batalla, alguno debe retirarse vencido, de manera que el grupo de hembras sigue controlado siempre por el más fuerte, y de esta manera la sabia naturaleza permite que el mejor, el más fuerte y el más poderoso sea el que siembre la semilla de la procreación, es decir se repite la selección natural de la especie.

Era la época del “bosque en llamas”, por los colores amarillos y rojos similares a los de un fuego, con que se pintan los árboles y arbustos de nuestro hermoso Sur Argentino.

Bajada de Rahue, la imponente vista, esos bosques de araucarias milenarias, los ñires achaparrados, y todo el entorno de cerros nevados, imponen respeto y emoción. Pasamos por el bello pueblo de Aluminé, a orillas del río del mismo nombre hasta la unión con el río Quillén . Todo esto es un regalo de la naturaleza para quién visita estos lugares paradisíacos, y si aparte en esos lugares se va en pos de uno de los trofeos más importantes y codiciados, como lo es el ciervo “Colorado”, el privilegio es muy grande, similar a nuestra gratitud hacia esos lugares y a su maravillosa y “criolla” gente.

Remontando el camino a orillas del río Quillén, se llega a la Estancia “El Recuerdo” de mi amigo Pedro Ochoa. El camino de entrada a dicha estancia está custodiado por centenarios álamos criollos de grandísimos troncos, fieles testigos de pasadas épocas, hasta llegar a una hermosa casa dentro de un bosque de pinos azules y rosas, todo como dentro de un cuento, y nuestro anfitrión Pedro esperándonos con unos amargos como corresponde a esa estirpe de fino criollo.

En este viaje como en muchos me acompañaba Pepe Dimarco, gran cazador y amigo, un gran conocedor de rastros, de costumbres de los animales, de armas, mecánico, muy buen chofer y cocinero, en fin un ladero completo.

Nos instalamos en la hermosa casa que Pedro tiene destinada a tales efectos, muy acogedora, con una estufa a leña muy grande en su living, sillones grandes y cómodos, con una vista hacia el bosque que invita a pasar largo tiempo disfrutando tan lindo entorno.
La elección del arma para esta oportunidad no fue fácil, pues los tiros en nuestro Sur Argentino suelen ser a largas distancias, y los calibres potentes y rasantes son los más indicados, pero los que me conocen saben de mi gran cariño por el .375 H&HMag., y justamente unos días antes de la partida fui con el 375 y un Ruger 300WMag, a un polígono a definir la cuestión.

Las cargas para el .375 : Puntas RWS de 300 gr. con pólvora IMR-4350, regulado a cero en 170 metros, consiguiendo un grupo de cinco disparos en cuatro centímetros de diámetro. Son muchísimas las satisfacciones que me dio este custom de 26 pulgadas de cañón, con una mira Leupold fija de 6 aumentos con retículo 4. Luego los disparos se realizaron a doscientos cincuenta metros y el punto de impacto bajó unos once centímetros, agrupando exactamente igual, de manera que las cargas del 300 WMag. no fueron probadas y decidí una vez más usar mi rifle del alma.

Mientras disfrutábamos un estupendo asado acompañado por un tinto de raza, preparábamos nuestra estrategia y forma de “entrarle” a esos salvajes colorados de nuestra cordillera sureña.

Grandes espacios abiertos, salpicados de montes de chacayes, ñires achaparrados y araucarias, cobijan a ese gran trofeo que es el ciervo rojo y a sus hembras.

Había que salir montado desde el casco de la estancia a las cuatro de la mañana, de manera de estar en los “bramaderos” antes de la salida del sol, pues por lo que nos contaba mi guía y el baqueano, los ciervos, a esta altura de la brama, empezaban a bramar muy temprano, quizá una hora antes que salga el sol y continuaban a lo sumo una hora más después del amanecer y a partir de ese momento silencio total. Lo mismo a la tarde, cada día que pasaba bramaban media hora más tarde, de manera que tanto de mañana como de tarde había que estar en la zona una hora antes y eso demandaba unas dos horas de a caballo.

La noche antes de la partida se presentaba con una fina llovizna, viento y frío, había que apretar los dientes y “presentarle paleta” al decir de un paisano amigo. El guía adelante, yo al medio y cerrando la marcha el baquiano, todos empochados a la mejor usanza criolla, partimos a la hora señalada.

En total oscuridad y de forma zigzagueante y lentamente fuimos ascendiendo la montaña, la lluvia con viento nos daba fuerte en la cara, al rifle trataba de evitarle una gran mojadura, pero eso fue al principio, luego debió resignarse y como muchas otras veces se llovió hasta cansarse. Todas estas alternativas son parte de estos lances, y quien no esté dispuesto a pasar por este tipo de esfuerzo y sacrificios, mejor que no intente cazar Colorados en campos abiertos y al rececho, además siempre empleo una frase: ”Quién no da nada a cambio, no merece ningún respeto”.

Llegamos a un pedrero en un filo muy alto, ese era el lugar para dejar nuestros caballos y comenzar nuestra cacería a pie y en un permanente trabajo de binoculares y del oído experto de nuestro baquiano.

Llevaba conmigo un “bramador” comprado en los EEUU y que nunca había utilizado, lo habíamos probado en la estancia, pero causaba más risa que otra cosa a los paisanos, de manera que no se me ocurría contestar con él, a algunos de los bramidos que se escuchaban. En otras oportunidades cacé Colorados con un baquiano que usaba la mitad de una botella de plástico, como “llamador” con resultados sorprendentes, pero esas habilidades las poseen algunos espíritus selectos, de gente que convive con esa naturaleza agreste y salvaje, con un gran poder de observación, y que tiene todo el tiempo del mundo.

Todavía de noche y se sentía un bramido muy fuerte, ronco y entrecortado que venía de abajo de nuestra posición, pero imposible de distinguir nada, además la claridad estaba demorada por la capa de nubes y la lluvia era permanente, no había parado desde que salimos.

Lentamente fue aclarando y nos podíamos desplazar por el filo, los pastos altos y muy mojados nos trasmitían toda el agua a nuestras ropas, en esos momentos me acordaba que no quise llevar unos zapatos totalmente impermeables por evitar peso…

Apareció a nuestro frente y a no más de cincuenta metros un lindo macho muy joven, bien rojo (característica muy propia de los machos jóvenes), de buena cuerna de unas doce puntas pero muy finas, es decir un ciervo con futuro, y bramaba de manera cíclica cada diez minutos, y desde algún lugar otro le contestaba, este último era ronco y corto, se sentía atrás de unos roqueríos que estaban un poco lejos, pero decidimos aproximarnos para ver. El rodeo nos llevó más de media hora, y al llegar a las rocas grandes pudimos ver un grupo de hembras en posición expectantes, sí, son las hembras las encargadas de la vigilancia de todo el grupo, es un matriarcado, y cuidan celosamente al macho Capital. Es muy común ver salir del bosque primero a una o dos hembras, las que observan y ventean todo, y luego de que se aseguran de la tranquilidad del lugar aparece el macho.

En este tipo de cacería, el viento es un factor determinante, si cambia y lleva nuestro olor al grupo de hembras, éstas no dudarán un instante en desaparecer junto con los machos. Para evitar esto usamos permanentemente un encendedor, lo encendemos y vemos hacia adonde apunta la llama, realmente es un gran aliado en estos lugares tan abiertos y altos como son los cerros, distinto sería dentro de un monte pampeano donde un ruido pondrá en alerta a nuestro trofeo.

Arrastrándonos nos acercamos y pudimos ver a un hermoso macho muy viejo, en regresión, de color bayo, cogote muy grueso con una gran papada, con una cuerna tan pero tan gruesa, que me hizo dudar por largo tiempo, pero era un diez puntas horquillado. Era el típico ciervo que es necesario eliminar para impedir que deje descendencia, además como dije antes, está en franca regresión y no va a arrojar nunca más, mejor cabeza. Esto lo confirmaba mi guía comentándome que había visto varios machos jóvenes con la misma cabeza, en ese campo y que un progenitor malo deja mala descendencia. De todas maneras les aseguro que el grosor de esa cornamenta era algo descomunal, y ha quedado grabado en mis retinas para siempre, pero no era lo que buscaba en esta cacería.

No se escuchó bramar más en el cerro y por lo avanzado de la hora decidimos volver a la estancia a descansar, comer y regresar por la tarde.

Todos mojados, muertos de frío y hambre llegamos a la estancia, donde nos pusimos ropas y calzado seco, tomamos una sopa muy caliente y dormimos unas cuatro horas, de manera que a las cuatro de la tarde nuevamente montados enfilamos hacia otro costado de esa montaña. La lluvia no paraba y la visibilidad no era buena, pero a la hora de marcha, el guía frenó su caballo en forma brusca y nos indicó que volviéramos para no ser vistos, más adelante había un grupo de hembras, y casi seguro habría un macho con ellas. Bajamos de los caballos en pleno faldeo, el baquiano se quedó con los animales y nosotros nos aproximamos al filo arrastrándonos, el viento estaba a nuestro favor, estaban al lado de un arroyo que baja de la montaña rodeados de chacayes (planta típica de esa región), podíamos ver más de diez hembras con crías del año anterior. A lo lejos se siente un bramido largo, las hembras ponen atención, mueven sus orejas nerviosas en distintas direcciones, al rato nuevamente se siente el mismo bramido y desde la misma dirección, nosotros no podíamos identificar al macho que bramaba, y las hembras se movían en círculo en el mismo lugar, evidentemente el nerviosismo era muy grande, de pronto retumba muy cerca nuestro un sonido salvaje, brutal, mezcla de toro y león, un macho que estaba con las hembras, dentro del bosquecito de chacayes, contestaba a su oponente. No lo podíamos ver, y nuestra excitación era como la de las hembras. Pasan unos diez minutos en total silencio y nuevamente el macho lejano vuelve a bramar, por el tipo de “bramido” era un macho joven, pues era un sonido agudo y muy largo. Gran movimiento en el grupo de hembras, cuando de pronto aparece un soberbio macho muy grande, bayo de cogote grueso, en feroz carrera hacia la cumbre del cerro, donde pudimos ver por fin a quien lo estaba desafiando, un macho muy joven, muy rojo al decir de mi guía, el que bajaba el cerro a la carrera a encontrar al macho viejo que subía también a la carrera, el encontronazo fue bestial, nos encontrábamos a gran distancia, no obstante se sintió nítido el choque de cuernas, y el consiguiente revolcón de ambos.

Observar todo esto con unos potentes binoculares, puedo asegurarles que le hacen poner la piel “de gallina” a varios, es una exaltación de la bravura y un espectáculo maravilloso que nos ofrece la naturaleza.

Si bien el macho joven se veía fuerte y de buena cuerna, el tamaño del macho viejo era muy superior y de cuerna muy gruesa, de modo que después del segundo encontronazo, el macho joven salió huyendo a gran velocidad seguido por el macho viejo, el cual se paró en un filo muy alto y bramó muy fuerte, su grupo de hembras lentamente comenzó a subir hasta donde se encontraba él.

A todo esto el guía había contado dieciséis puntas, cornamenta muy gruesa y de una separación excepcional, y a partir de ese momento se instaló en mi una ansiedad inusitada por conseguir ese trofeo, es una sensación muy rara y pocas veces experimentada, quizá sea el famoso “buck fever” de los americanos…

El grupo se perdió a lo lejos, llegó la noche, e iniciamos nuestro penoso descenso hacia el casco de la estancia donde Pepe nos esperaría con otro asado y ropa seca.

Dos jornadas bastantes parecidas se sucedieron, es decir con una intensa lluvia que no paraba nunca, viendo muchos ciervos con futuro, incluso un muy lindo doce puntas, al que también dejé pasar esperando tener la fortuna de volver a ver el dieciséis puntas, que me había quitado el sueño.

Habíamos incursionado por toda la montaña bajo la lluvia y con pocas horas de sueño durante cuatro días, y el cansancio estaba haciendo mella y cada salida era más penosa y sacrificada.

La quinta jornada se presentó nublado, muy frío y casi no llovía, parecía una bendición de Dios, mientras apurábamos un café a las cuatro de la mañana, decidimos que nuestra estrategia para ese día sería dirigirnos directamente a un bramadero, pero por un camino que no veríamos ciervos, ni los escucharíamos bramar, pues es una zona donde por lo general no andan, pero llegaríamos temprano al mejor lugar y antes de que amaneciera estaríamos bajando del cerro. La idea era tratar de verlos u oírlos, antes que ellos nos vean a nosotros, pues cuando amaneciera quedaríamos muy expuestos, es un peladero muy grande y no había donde esconderse.

Antes de llegar al lugar fijado se sentía algunos bramidos muy cerca nuestro, uno muy ronco muy entrecortado y muy distante entre bramido y bramido.

En una pequeña quebrada desmontamos, el baquiano se quedó con los caballos, y junto con el guía empezamos a subir en plena noche hacia el filo, detrás del cual bramaban los ciervos. Se sentía un macho joven que bramaba muy seguido, al que cada tanto le contestaba el presumiblemente macho viejo por lo ronco, gutural y entrecortado bramido.

Todo esto estaba pasando muy cerca nuestro, pero por la oscuridad no podíamos ver absolutamente nada, de manera que al llegar a la parte superior del filo, nos sentamos a esperar que aclarara el nuevo día. Se sentían tropeles de animales en cortas carreras, muy cerca nuestro, yo calculaba no más de cincuenta metros, les puedo asegurar que el estado de excitación era mayúsculo, los binoculares se empañaban permanentemente por la humedad, y una vez secados por enésima vez permitían ver un poco más, pero no lo suficiente.

Lentamente se fue colando la claridad del día a través de las nubes y el espectáculo majestuoso que teníamos a nuestros pies, era un regalo de San Huberto a todos nuestros sentidos, nieve en los cerros del frente, dos arroyos con agua muy blanca y espumosa descendiendo al valle y a unos cien metros una tropa de ciervos compuesta de unas veinte hembras con algunos baretos y dos machos muy grandes enfrentados, tal como lo habíamos visto dos días atrás, uno joven de muchas puntas finas y de color muy rojo y el otro “mi” dieciséis puntas tan buscado, de color bayo, cogote grueso cabeza agachada. El macho joven bramaba rodeando al grupo de hembras, alguna de las cuales se le arrimaban y en ese momento el macho viejo arrancaba en veloz carrera, que hacía huir al joven. Todo esto lo seguía por dentro de la Leupold, pero el ciervo pasaba entre las hembras a toda velocidad sin permitirme el disparo. Pasó un instante rodeado por las hembras, que a mí me pareció una eternidad, las puntas se le podían ver y contar a la perfección, con luchadoras muy largas muy blancas y afiladas y de un grosor y abertura excepcional.

Nuevamente insiste el macho joven aproximándose sin bramar y de manera amenazante, al grupo de hembras, éste venía bajando y el macho viejo emprende nuevamente su carrera hacia arriba para enfrentar al oponente, el choque de cuernas fue bestial, sonó el ruido en todo el valle y el macho viejo llegó casi a arrodillarse, se separan y el joven lanza un potente bramido que se confunde con mi disparo, el macho joven corre cerro arriba seguido de todo el grupo de hembras y una vez más se repite el ritual de la cacería.

Cuernas muy gruesas, de un hermoso perlado casi negro, con luchadoras muy largas, con mucha separación entre ambas y muy pesadas, en resumen todo un hermoso trofeo conseguido en “El Recuerdo” y para el recuerdo.