Recuerdos de un hechizado tras las perdices

La Pluma del Pintor

 

A medida que caminaba por la ladera, llevando la parte baja de la mano, en mi cabeza, todavía por la época del año en que nos encontrábamos dominada por las becadas, se agolpaban y entremezclaban los últimos lances con la enigmática dama del bosque...

El llano se me hacía gigantesco y el lejano horizonte inalcanzable.

Dos disparos me devuelven a la realidad. Miro hacia la parte alta de la ladera y veo a uno de mis compañeros corriendo hacia un lado y agachándose para al instante elevar su trofeo hacia el resto de la cuadrilla. Una perdiz.

Sigo caminando, ahora solo, la loma me impide ver al resto de la cuadrilla. Ningún perro corretea en este momento delante de mí y es la oportunidad que aprovecha doña becada, para de nuevo colarse furtiva en mi cabeza como lo haría en una mata de acebos en su reconfortante baño de nieve.

Si, ahora lo recuerdo. Fue el último día tras las becadas. Había pensado que sería un soberbio cierre, el poder ver aquellos fantasmas que me habían entretenido los últimos días e incluso llegaran a hacerme dudar de mi perra Lua. Cada día que osaba entrar en su alcoba, Lua le regalaba a mis ojos de enamorado unas muestras de belleza tal, que hacían que mi piel se erizara como si del amante correspondido se tratara, siendo la realidad totalmente opuesta, pues nunca se dejaban ver las cortejadas señoras de los acebos. Llegué a pensar que Lua mostraba de memoria, o que sus muestras eran debidas al perfume que doña becada abandonara minutos antes en su huida.

Creí en ellas, una tarde soleada en que una me dejó tan solo ver su sombra fugaz sobre la alfombra de hojas secas de los robles.

Lo invisible al alcance humano, puede en ocasiones proyectar sombra.

Yo he visto a los acebos vírgenes entregarse a la belleza.

¡¡¡Otro disparo!!! Ahora puedo verlos... La han cobrado... Otra perdiz. Esta vez los perros la han cobrado.

Oki, ¿qué tal, amigo...? Me tenías abandonado, sumergido en mis pensamientos... Busca compañero, busca... va, va, va. Vamos bonito, vamos la colgamos.

El perro lacea delante de mí. Debo de centrarme. Pero me doy cuenta de que no estoy a lo que estoy.

¿Qué me habéis dado, Madamme Becasse, que me tenéis hechizado y no puedo sino pensar en vos?

El perro se detiene, a los pocos segundos de su cola solo se mueve la colgadera de pelo indicando la dirección del viento. Compararía su estática cola, si tuviera que hacerlo, con el pincel de un pintor de la Holanda de Vermeer que de repente es abandonado por la musa y piensa.

Llega Fita y con todos los respetos de este podrido mundo, patronea elegantísima. Una guerra de belleza, para la belleza y por la belleza se desencadena de repente entre congéneres, y yo, en silencio, entre latidos y guías, único espectador de la ópera, soy testigo una vez más de cómo la belleza se entrega impúdica y vestida de gala, en diez segundos que son horas, a mis ojos de mero antagonista.

Como estaba escrito en los anales ocultos de la montaña, lo imaginable ocurre tal y como tiene que ocurrir y lo inimaginable, que es fallar, también ocurre.

Se va, pero más arriba gira, entra revolada a la mano y esta con la blasfemia propia de un cañón de escopeta, la envía nuevamente al suelo.

Sigo caminando. He fallado Oki, no me mires así hombre.

¿Lo recuerdas tú, Oki?, ¿Que ocurrió finalmente con aquellos fantasmas del ultimo día?

Si, ahora recuerdo por donde íbamos... Pues finalmente se dejaron ver. ¿Es lo que quería, no? Sólo verlas, saber que eran reales y no platónicas mis amadas.

La primera, la de la cuesta... Lua entró de puntillas, guió como en jornadas anteriores hacia el mismo rincón, hacia aquel trozo de bosque que causaría insomnio a cualquiera que lo pisara tras una becada, y una vez más, si cabe más felina que jamás de los jamases, de nuevo quedó petrificada mostrando aquel acebo que ya se me antojaba irreal como su moradora. Su negativa a guiar me brindó el atrevimiento de coger una ramilla muy despacio y tirarla hacia el arbusto que hacia las veces de velo incoherente y despiadado. Al ver caer la ramilla, la perra se abalanzó y al no salir sorpresa dorada alguna, cual poseso fuera de juicio, me abalancé yo mismo sobre el inocente acebo propinándole golpes de bota sin obtener resultado alguno.

Una vez me hube calmado, me quedé de piedra al ver a la perra del revés y cuesta abajo de nuevo congelada. Bajé el arma y la abrí. Y al segundo paso, a la misma velocidad que una sonrisa se hacia en mi cara, volaba libre mi adorada "Sombra", estimada y admiradísima becada, hacia un lugar más seguro para días después hacerlo hacia el norte que la vio nacer.

Ahora los veo de nuevo. Mi hermano me hace señales con el brazo para que cierre la mano por esta punta que me ha tocado gobernar. Tras el giro, de nuevo avance de cuadrilla y a lo lejos veo dos perros puestos. Oki de muestra con la Xia a patrón. El viento me trae la voz sin remite de alguno de mis compañeros, luego me trae el sonido incoherente de algún disparo, no sé cuántos y ya por último, mi aliado viento me empuja de cola a la fugitiva, una perdiz vertiginosa que cortó descolgándose a media ladera.

Qué distintos son aquí los disparos. Se esfuman como el humo invisible de un cigarro imposible de catar con tanto viento. Es todo tan diferente.

De nuevo sin perros, pero espectador privilegiado, pues ahora llevo la parte alta de la mano, doña picuda llama a las puertas del pensamiento de este caminante infatigable y aventurero, mendigo de bosques de domingo y testigo de las primeras luces del invierno que en más de una ocasión, como dijo D. Miguel, te hacen creer que estrenas el mundo.

¿Por dónde íbamos? Si... La segunda figura imaginada. Ver también ese fantasma sería el broche de oro de la temporada, pero, el tiempo que se me había escapado en la cuesta sin darme cuenta...

Es la cuenta atrás de fin de temporada, del último día. Es la sensación de ir de vacío, en un coto de pesca maravilloso cuando el guarda esgrime con aire de superioridad el silbato que te devuelve a la realidad cuando pescas en estado de trance.

Ahora lo recuerdo perfectamente. Avanzaba pensando en todo esto y sin dejar que Lua se entretuviera deshilvanando rastros para ir directo al grano, al corazón del bosque, al lugar remoto y dejado a la belleza, que aquella fugaz ilusión había elegido para pasar el crudísimo invierno. Lua, se detuvo en la mismísima entrada del salón de baile, y sabiéndose capaz, podría decirse que, incauta como nunca, atravesó guiando a toda prisa sesenta metros de helechos y acebos, alfombras de musgo, árboles caídos, de esos árboles que duran muchos inviernos y muchas becadas, laureles, alisos, más hojas, más helechos, yo detrás, con el corazón y la perra por delante, corría y corría hasta que la perra, como una cuchillada al mismísimo bosque, se quedo de muestra. Comencé a moverme como un idiota de un lado a otro, con la desesperación de no verla una vez más. ¡Siempre me la juegas!, ¡dime que eres real al menos con el sonido de tus alas! Lua ni se mueve... ¿Por que no guías?, ¿la tenemos?

Como siempre salió al revés, pero esta vez la vi. Fallé con ambos tubos pero la vi. Era real.

Mi primo Coco acaba de hacerse con una perdiz en Paris y la celebración de la cuadrilla me llega de nuevo montada en el viento como una bruja en una escoba, ¿he dicho... "como una bruja en una escoba"?

Haberlas hailas y yo las he conocido en una mañana de helada y acebos que como dije, creía estrenar el mundo.




Para mi amigo Trekin... becadero, leñador, conversador, apicultor, horticultor, escritor, caminante, pescador, observador, y sobre todo, sin temor a equivocarme, buen amigo.