Mi/s primera/s liebre/s

Kazumi

 

Fue ya hace unos seis años cuando mi primo y yo nos sacamos el permiso de armas y pudimos salir al monte con una escopeta a cazar (antes íbamos de morraleros). Aunque ya llevábamos muchos kilómetros andados por el monte y algunos años de aprendizaje, era ese día cuando realmente podríamos participar en los lances que se presentaran y tener un mano a mano con las piezas que salieran.

Aquel día (y aún actualmente) éramos cinco en la cuadrilla, mi padre, mi tío, mi primo, Matías (un amigo, casi de la familia) y yo. Amaneció un buen día y nos dispusimos a tomar el monte. Empezamos a andar por unos carasoles de atochas y una liebre se levantó. La liebre salió cruzada, me encaré la escopeta y pum!, tiré el primer tiro y la liebre dio dos volteretas. Mi alegría fue inmensa, incluso se me escapó un: hostias, si le he dado! Mi padre y los demás me felicitaron.

La jornada transcurría y no iba mal, ya que al rato, otra liebre se echó a correr y Matías la tumbó también. Luego, de otros rastrojos salió otra liebre a la cual mi padre con su paralela revolcó. Cuando eran ya las doce o así y llevábamos 3 liebres, en una vaguada se levantó una cuarta liebre. Al ir la liebre por un sitio con bastante maleza y tener un tiro difícil, fue vaciando las escopetas de mi primo, de mi tío, incluso la de mi padre (cosa rara, ya que a él pocas rabonas se le suelen ir). Yo que iba por el otro lado de la vaguada y no la veía (ni ella a mí), de repente vi que la tenía casi debajo de mis pies e iba con las orejas agachadas. En esos momentos me acordé de lo que me decía siempre mi padre, que la dejara pasar y no le tirara en esa situación (ya que las posibilidades de acertar estando tan cerca eran bajas y además si le acertara a esa distancia, quedaría maltrecha por lo cerrado que iría el tiro). Cuando la liebre me sobrepasó y enderezó las orejas, de una manera casi instintiva y súbita, me encaré la repetidora y solté el tiro antes de que la liebre traspusiera por detrás de un montón de piedras que había. La liebre volcó. Yo me quedé asombrado y con una alegría inmensa.

Mi padre me dijo que lo había hecho muy bien, que me había acordado de lo que me había enseñado. Fue un día inolvidable, matamos cuatro liebres esa mañana. Ese fue el día que maté mi primera liebre, que en realidad fueron dos, que más podía pedir?

Un saludo a todos los cazadores. Que disfrutéis lo que queda de temporada!

P.D: dar las gracias a mi padre por haberme enseñado todo lo que sé sobre la caza y por el respeto hacia los animales y al medio que me infundió. Gracias Papá.