El Ciudadano

Jorge Borque

 

Era una soleada, pero muy fría tarde de julio, una llamada telefónica de mi muy querido amigo Don Ernesto: —Hola, estimado Jorge lo llamo porque apareció nuevamente "El Ciudadano" por el campo y me "carneó" una vaca de raza; allá encontró los restos de la comilona uno de mis peones... y ya van para casi diez años que no puedo criar un potrillo, por culpa de ese maldito!!!

De esta manera se expresaba Don Ernesto, dueño de la estancia "La Serena", de unas 35.000 Has., ubicadas en el corazón del desierto mendocino, donde habitan jabalíes, pumas, pecaríes, zorros, liebres patagónicas y castizas, vizcachas, guanacos; juntos con ganado vacuno, caprino y cabalgar. Grandísimas extensiones de médanos, con montes muy achaparrados, casi impenetrables en algunos lugares, donde la escasez de agua es terrible y los fríos del invierno son tan rigurosos como los calores del verano, de similares características al Kalahari africano.

Es aquí precisamente, en este escenario, donde hace más o menos diez años ha sentado sus reales "El Ciudadano", expresión que usaba Don Ernesto para referirse a un feroz y grandísimo puma, que tenía a maltraer a la hacienda de la zona.

Había sido visto en muchas oportunidades y por varias personas, dueños de campo vecinos, puesteros, por Doña Estátira (una vieja india que vive junto al casco de la estancia) y por el mismo Don Ernesto en cuatro oportunidades; siempre fugazmente sin dar tiempo a dispararle, y todos coincidían en la misma descripción: "De gran tamaño, como de dos metros de largo, con una mancha oscura en la cara y en la punta de la cola".

Las improntas (rastros en las orillas de las aguadas) dejadas por sus garras al ir a saciar su sed, hacían parar los pelos, eran realmente muy grandes y difícilmente de confundirlas con otras de sus congéneres; y las andanzas que se contaban se iban magnificando a medida que pasaba el tiempo y no le podían echar mano al "Ciudadano".

Muy distinto es el comportamiento de una vaca con cría, al de una yegua con cría frente a un puma hambriento, mientras que el cabalgar huye despavorido, olvidándose de su cría, la vaca enfrenta decididamente al felino y por lo general no anda sola sino que lo hace con otros de su misma especie, de manera tal que la emprenden contra el puma, defendiendo las crías.

Don Ernesto lo llamaba "El Ciudadano": era una expresión de respeto y de rabia hacia ese felino que ya le había devorado varios potrillos y varias vaquillonas de su campo.

En varias oportunidades lo acechamos sin resultado; en una mientras esperábamos al "ciudadano", entró un jabalí de gran porte, un "padrillo invernado" (al decir de uno de los peones del campo) cuyos hermosos colmillos adornan mi sala de recarga.

En agosto del 94, creímos que teníamos al "ciudadano", cuando en un acecho con una luna que plateaba todo el monte, cayó un gran felino, con un certero impacto a sus pulmones con una recarga de .375 Holland & Holland Magnum, demasiado calibre para un felino, pero la obsesión de cazar a ese animal se había instalado en mí, y mis análisis balísticos de transmisión de energía hidráulica por efecto de una masa a 2.650 pies por segundo, deberían ser comprobados; el puma murió más o menos como otros que cacé con 308 W.,o 300W. Mag., o 270 W., sin mayores espectacularidades, no obstante yo consideraba que al "ciudadano" había que cazarlo con un calibre "Rey" y con historia como lo es el .375 H.&H. Mag.

Esta última tropelía a que se refería Don Ernesto por teléfono, era que el "ciudadano" había "carneado" una de sus vacas de pura raza (recién llegadas de la feria de Palermo), la había arrastrado más de doscientos metros, le comió una buena parte y el resto lo había tapado prolijamente, para regresar por él al otro día, a darse otro festín.

Los movimientos nuestros deberían ser muy rápidos, pues una o dos noches más y ya no volvería por esa comida; la luna llena de ese frío julio estaba tocando a su fin, de manera que alumbraba recién a la una de la madrugada.

Con mi compañero de cacería por muchos años, Eduardo, armamos una rápida estrategia. Al otro dia, ya en el campo y acompañados por el "criollo" que descubrió la rastrillada que dejó el "ciudadano" al arrastrar a semejante mole de carne, por casi doscientos metros, pudimos ver que la había encajado en un fachinal muy tupido, al cual el felino podía llegar por cualquier lado sin poder ser detectado y además no había distancia de tiro por lo enmarañado del monte en ese lugar.

Pero en esa inmensa zona sólo quedaban dos aguadas con un poco de agua: una estaba a un kilómetro y la otra a más de diez kilómetros de la vaca muerta; así que luego de su comilona no tendría mucha opción sobre cuál elegir.

Me arrimé con la mayor de las precauciones de no tocar nada y en el pecho, en parte ya comido por la fiera, y con cuajerones sanguinolentos, dejé caer sal fina, esparciéndola de manera de provocar aún más sed a nuestro invitado de honor.

De inmediato en la aguada más cercana cavamos nuestro consabido pozo, cuyas formas y dimensiones nos son tan familiares que en poco tiempo ya teníamos nuestro apostadero listo, lo hicimos en la base de un gran algarrobo (árbol espinoso que abunda en la zona), de manera que nuestras cabezas quedan a unos 20 cm. por arriba del nivel del suelo y para rematar lo cubrimos con una red de camuflaje que se confunde y mimetiza con casi todos los arbustos de ese duro desierto.

Por supuesto el apostadero daba de espaldas a la luna, y el viento más o menos de frente a la zona por donde suponíamos nos entraría "El ciudadano".

A las cinco de la tarde estábamos entrando al pozo, habíamos dejado nuestra 4x4 a más de dos mil metros para evitarle cualquier duda al felino.

Yo con mi .375 H.&H. Mag. cargado con puntas Hornady 270 gr. R-N y 79gr. de IMR-4350 y Eduardo con su .300W.Mag. con puntas Speer Mc. Tip de 180 gr. y 67gr. de Reloder-22, de excelente rendimiento; por supuesto ambos usamos siempre en la cintura un Smith Wesson 44 Magnun modelo 29 con puntas Hornady XTP de 240 gr. y 20gr. de Hércules 2400, como arma secundaria, que proporciona tranquilidad.

Prismáticos de primera calidad y miras telescópicas similares son imprescindibles para este tipo de acecho, prefiero las miras de pocos aumentos y gran luminosidad; éstas miras y los cañones de los rifles son recubiertos para evitar reflejos con la luz de la luna.

Caramañola, termo con café, algo de comida y unos caramelos "sin papeles con ruido" nos hacían menos penosa la espera.

A las 19 horas (ya de noche) se escuchaba "vivir" el monte; a la aguada acudían los más variados visitantes a saciar su sed, como patos, loros, zorros (muy abundantes en la zona) y dos tropas de jabalíes a los que podíamos escuchar pero no ver, pues la luna salía muy tarde.

El frío calaba los huesos, la humedad era muy grande, estábamos en un pozo muy cerca del agua; era la 1,30 horas y la luna alumbraba la mitad de la aguada, hacía rato que escuchaba tomar agua y chapotear a diversos animales y mi angustia crecía pensando que "el ciudadano" había tomado agua y había seguido su camino.

A las dos y media gritó una lechuza, señal de alarma característica de esos montes, lo que nos puso en alerta y la observación con los binoculares fue intensa por toda la aguada, la luna alumbraba con una intensidad increíble, de pronto escucho a mi derecha y a no más de quince metros, el clásico sonido que provoca un perro al tomar agua, y el muy sigiloso y ladino, había elegido uno de los pocos lugares en sombra para acercarse a beber, lo que dificultaba su observación; de todos modos cuando enfoqué los binoculares, mi cuerpo se inundó de adrenalina (y hasta sentía mis pelos de la nuca parados), pues tenía al "ciudadano" mirando hacia nuestro apostadero a unos diez metros (calculaba...); él había detectado una anormalidad, pero la red que nos cubría le impedía ver. Todo transcurrió de inmediato (normalmente con Eduardo nos repartimos el turno de tiro, las horas pares para uno y las impares para el otro, pero acá era distinto, la fiera estaba de mi lado y a mi derecha, tomé el rifle, lo encañoné y en el retículo podía verle la mitad de la cara más oscura que la otra, bajé la cruz desde la cara pasando por el cogote hasta los pulmones, un poco abajo y adelante, adivinando el corazón.

Un largo chorro de fuego, un gran estampido y un brutal salto de más de cuatro metros, se confundieron en una sola cosa, (escena repetida en la caza de felinos, normalmente acusan el impacto de esa manera); después un profundo silencio, y solo con señas decidimos aguardar unos quince minutos antes de movernos y hacer ruido.

El silencio era total, sólo interrumpido por algún vacuno lejano, nos levantamos sigilosamente con las linternas y el 44 Mag. en mano y emprendimos hacia el lugar del disparo; salpicaduras de sangre de tamaño importante, no debería estar lejos, antes de caminar iluminábamos nuestro camino, y ya vimos una gran mancha de sangre y unos cuarenta metros más adelante yacía el puma más grande que jamás haya visto, estaba muerto, no obstante lo rematé con otro disparo, pues con semejante hijo de... no se debe dar ninguna chance.

El proyectil había partido el corazón y en su salida había tomado parte de los huesos, provocando un cráter de 15 cm. de diámetro, por donde se desangró rápidamente.

Una vez en el casco de la estancia acusó sobre la báscula 103 Kg. y midió de la punta del hocico al extremo de la cola 2,55 m. (de los cuales 80 cm. correspondían al largo de la cola).

Desde algún lugar del cielo, Don Ernesto, sentado junto a San Huberto y con una sonrisa cómplice en la cara, recordará cuando "estaqueamos" sobre la pared un gran cuero de "león" con la mitad de la cara negra y la punta de la cola también.