El Viejo y el Manco

Huntseeker

 

Ya casi extinguido el invierno y desde muy temprana primavera, esas fechas donde los días comienzan a alargar y las primeras lluvias del equinoccio hacen que el monte cobre un color y vida especiales, andaba yo tras la inequívoca pista de un gran macho de jabalí.

Lo tenía localizado en las inmediaciones un comedero situado bajo una encina de mediana estatura y edad. Sus huellas, trochas, gateras, dentelladas y rascaderos así me lo confirmaban si bien la regularidad no era una de sus características —claro síntoma de madurez y experiencia— como pude comprobar una y otra vez tras reiteradas e infortunadas esperas.

En el manual del cazador-esperista, y entre la búsqueda, localización, preparación, y paciencia, la última y más importante de las cualidades es la perseverancia. Haciendo de ésta mi razón de ser cazadora, le aguardé al suido no menos de quince veces, con plenilunio y luna nueva, con lluvia y sin ella, con frío y calor, con viento y calma. Cada anochecer y madrugada era distinta a la anterior, unas veces creía oír el monte moverse, otras realmente se movía, y en alguna ocasión ocasiones me visitaban piaras de distintas añadas, rayones mezclados con bermejos, primales y cochinas de buen porte. Lejos de desesperarme, esos momentos me proporcionaban una visión casi mágica, los gruñidos y rencillas entre los suidos, las carreras y juegos, salpimentada con la esperanza de verlos parar repentinamente y huir tras la inminente llegada del gran jefe. Otros atardeceres me deleitaba viendo el ocaso tiñendo de ocre los robles encinas y jarales, y cuando la oscuridad era dominante el monte y yo éramos uno solo asustándome a veces con el sonido de mi propia respiración.

Entrado ya el solsticio de verano, seguía observando de cuando en cuando el paso de mi jabalí, si he dicho mi jabalí, pues lo abatiera o no era mío ya, por una gatera de valla ganadera donde dejaba expuestas en tono desafiante larguísimas y canas cerdas. El camino lindero de la gatera separaba ésta de la encina del comedero que tomaba el cerdoso de salida. La entrada, por el lugar opuesto, era un regato de espeso monte de jaras y chaparras que debía atravesar hasta llegar a una pequeña raya de monte limpio donde se encontraba su ingesta. Yo me colocaba habitualmente bajo un enorme centenario alcornoque, pues el aire es querencioso allí y rara vez cambia, situado en paralelo al manchón de monte y el carril. Esto me permitiría el disparo tanto de entrada como salida con la virtud de poder ver a mi cochino ofreciéndome el costado.

La noche de autos, una calurosa y atestada de insectos, los mosquitos se cebaban en mi mientras me acompañaban la luna a tres días de llenar y el incesante y enervante croar de las ranas en una cercana charca. Estaba colocado bajo el alcornoque desde una hora antes de la puesta de sol, con la seguridad de saber que había entrado el viejo jabalí la noche precedente, y ya para entonces, entre las dos luces que compiten y colorean de rojo la arboleda había visto un par de jóvenes venados con sus correales que aprovechaban la tregua del calor para merodear por la raña situada frente a mí. Después nada, durante tres largas horas sólo las dichosas ranas y los malditos mosquitos, hasta que al fin, pasada la una de la madrugada distingo un claro ruido a mi derecha procedente del regato de monte, unas piedras que se mueven y unas ramas que chasquean. El corazón comienza a latir tan rápido que me impide escuchar con nitidez y creo que me va a reventar, silencios y luego otro pequeño movimiento siempre en dirección hacia mí. Ya no hay duda, es él, cauteloso e insoportablemente lento se acerca. Ya son las dos de la mañana sigue ahí haciendo líneas paralelas con la raya del claro y aún dentro del monte, no creo que pueda ventearme, pues me llega el aire franco en la cara, salvo que rebase mi posición por detrás. A las dos y media lo tengo “acampanado” haciendo escuchas a escasos metros de mí pero todavía al amparo de las jaras, tengo que verlo ya, tiene que salir, estoy inmóvil, prácticamente inerte. Quince minutos mas tarde comienza a andar de nuevo y ¡en mi dirección exacta! en lugar de dirigirse al comedero directamente, lo tengo encima, una ridícula jarita a pie del alcornoque es mi único parapeto, veo el oscuro bulto tras la jarilla y casi puedo tocarlo, ahora o nunca, no puedo dejarle seguir porque va a “sacarme” con toda seguridad, encaro mi rifle previamente sujeto y ya preparado para el disparo, me sobran todos los aumentos y solo veo una macha negra que tapa todo mi visor. Presiono el dedo suavemente, y el estruendo rompe la noche y silencia las ranas, el fogonazo me ciega unas fracciones de segundo y cuando vuelvo a la realidad el jabalí me ha rebasado y rodeado corriendo como alma que lleva el diablo en dirección al mismo regato pero buscando otra trocha situada a mi espalda, me encaro de nuevo ya cerrojeado el rifle y lo veo desaparecer entre las carrascas justo cuando voy a repetir el disparo. ¡No puede ser!, lo he fallado a esa distancia, tres metros escasos, ese es mi único pensamiento, pero reguero abajo lo escucho de nuevo pero con la posibilidad de haber oído una especie de pataleo, quizá estertores de muerte, unos cien metros monte adentro.

Ya no hay ruido alguno, unos quince minutos después recojo mis pertrechos y me dirijo al tiro con la esperanza de ver esas gotas carmesí, hallo absolutamente nada, hago un círculo en torno al alcornoque siguiendo la huída del macho y tampoco observo sangre. Pienso en dejarlo para el día siguiente, pero me decido a mirar la trocha por la que se perdió, justo en la entrada de la misma veo sobre unos cantos unas gotas de sangre y las jaras manchadas a media altura por el lado izquierdo. No hay duda, mancha por la salida del tiro en su costado izquierdo y un poco trasero.

Son las siete de la mañana, ya ha amanecido, y tras mal dormir tres horas, vuelvo a por el, encuentro la trocha que marqué anoche con un paquete de tabaco, y comienzo el descenso. Veo sangre en casi todas las jaras y zarzas y piedras del lado izquierdo, según desciendo el regato el calor comienza a notarse y dificulta la bajada, la trocha es estrecha y cada vez más espesa, recorridos unos setenta metros desaparece la sangre y sigo por pura intuición la probable huída del animal herido. ¡Bingo!, ahí está, echado sobre su costado derecho y en perpendicular a mi.

Cuando loco de alegría me acerco mi sorpresa es mayúscula, se trata de un macho en efecto, pero de unos setenta kilos y no llegará a los tres años de edad. Tiene una boca acorde a su porte y edad, nada del otro mundo, mi conclusión es rápida, este no es mi cochino. Le doy la vuelta y comprendo todo ahora; tiene la mano derecha mutilada y perfectamente cicatrizada por un tiro viejo, lo que no le impidió correr cual fuego a pesar de mi disparo y esa amputación.

Este joven adulto, había hecho una acercamiento y entrada con las formas de un gran macareno, ese percance que le segó la mano le hacía actuar así de cauteloso y esquivo, y de paso me engañó completamente. De mi “otro” jabalí, “El Viejo”, nunca mas he vuelto a ver detalle de su visita, pero “el Manco” me hizo disfrutar de una de las mejores esperas de mi vida.