Dos corzos, un setter y un palleirán

Azul

 

Cielo plomizo, frescura y bosque mojado. Por fin llueve y yo decido dejarme enmeigar por el agua y el árbol sediento. Me pongo las botas, cojo la chaqueta y decido echar una ojeada a los corzos aprovechando el atardecer. Mientras me desplazo en el miniTT por la N-VI miro de reojo un pasto, situado a la misma entrada de mi ciudad, donde hace una semana pude disfrutar durante algo más de media hora cómodamente sentado en el coche, desde el arcén y a la sombra de un fresno las evoluciones de una corza acompañada por dos traviesos corcinos a escasos cuarenta metros de mí y del resto del mundo. Estos parajes son un paraíso para el pequeño cérvido: bosque autóctono joven y muy variado cuajado de pastos. Hoy no los veo, quizás es muy temprano y es verdad que el tiempo no es el mismo. Otra vez será.

Al abrir la puerta del coche la ansiada humedad estimula mi olfato, no hay nada como los perfumes del bosque una vez que su sed ha sido satisfecha.

Me dirijo a un claro, fruto de una tala del pasado año y que ha sido invadido por todo tipo de plantas de escaso porte: helechos, zarzas, brotes y rebrotes de roble, aliso, abedul, fresno, castaño... Elijo un otero natural, un afloramiento de granito cubierto de líquenes que me permite tener una posición dominante. Siento mis posaderas en la húmeda piedra, disfrutando de lo redondeado y mimoso de la vista, la vida montaraz sigue y los ruidos propios del bosque atlántico inundan el aire, hoy ya ligero y amable.

No pasa demasiado tiempo hasta que detrás de mí, no lejos, escucho la atiplada y casi ridícula voz de un perro. Me vuelvo pensando en una posible díscola vaca pero la voz se mantiene y sigue una trayectoria, lo cual significa persecución y por lo tanto suscita mi interés. Con gusto compruebo que la voz continúa pujante y se dirige hacia mí, con lo cual me levanto silente a la vez que trato de disimular mi figura con una “xesta”. En breve, a muy escasos metros de mi posición pero dentro del monte distingo fugaces como relámpagos dos figuras rojizas que se desplazan hacia abajo paralelas a la línea del claro, e inmediatamente detrás, dando la voz, un peludo can de color blanco y negro que es inequívocamente un setter. No obstante lo mejor (más bien lo peor) estaba por venir; mi sorpresa es mayúscula cuando un leonino fantasma de orejas erguidas se planta de un salto en el claro justo enfrente de mí y como un rayo se lanza ladera abajo en una loca carrera cuajada de saltos inverosímiles, siguiendo en paralelo y adelantando la trayectoria de los corzos que le va indicando su compañero de andanzas. Estoy seguro de que cuidando las vacas nunca ha puesto tanto interés, velocidad y empeño.

Sin duda el lugar crítico es la esquina del claro, pues justo después y a escasa distancia está el río y después prados, con lo cual los corzos intentarán doblar dicha esquina y seguir arroyo arriba para encontrar refugio en los pinares; seguro que en ese vértice es donde pretende cortarlos el perro rubio para provecho de su estómago y del de su compañero.

Respiro aliviado cuando oigo el setter ya camino del pinar, pero la duda me invade cuando al cabo de cinco minutos escasos la voz se extingue... ¡ay, vuelve a sonar!, de todas maneras ya ha perdido mucho de su entusiasmo, es rastro retomado de pérdida, la presa está lejos, en fin... al cabo de muy poco tiempo la voz se extingue definitivamente.

Hoy el tándem ha fracasado por muy poco... ¿cuántos habrán caído este año ya?; espero un tiempo recreándome en la progresiva oscuridad que invade el bosque y cavilando sobre el episodio vivido, el cielo comienza a regalar agua, despabilándome. Me voy y dejo el misterio del monte, de sus habitantes y de sus intrusos, vuelvo a la vida real, ¿o la verdaderamente real es ésta recién vivida...?