El Rio Grande de La Magdalena

Abraham

 

El Rio Grande de La Magdalena, ha sido forjador de mi desarrollo como persona y de mi actitud hacia la caza. Para mi el ser cazador tiene que ir necesariamente relacionado con mi entorno social.

Recorriendo el Río he sido testigo de historias de increíble belleza así como historias tan tristes que nadie, incluyéndome a mí, se atrevería a contar.

En las tierras que siguen su curso me hice cazador, comencé a la edad de 8 años con mi primera cacería de pluma junto a mi padre.

Viajábamos de madrugada en su vieja Land Rover Santana escuchando viejos boleros y noticias. Yo generalmente me dormía en el sillón delantero ante la seguridad que me ofrecía mi padre, aunque el olor a gasolina me mareaba.

Fueron dos horas aproximadas de viaje por caminos embarrados hasta llegar al cazadero. Era una siembra de sorgo a donde llegan a comer las palomas Guarumeras que duermen en los mangles a las orillas del Gran Río.

Me oculté detrás de un gran árbol caído junto a mi padre esperando el amanecer, me untó la cara y manos con repelente contra mosquitos mientras tomaba café y fumaba sus cigarrillos pielroja sin filtro. Volaron las primeras palomas y mi padre tumbó dos con su Remington 1100. Yo salí disparado a cobrar las piezas pero no contaba con que una de ellas había quedado viva.

La paloma Guarumera es de color morado pálido, y tiene el ojo impresionantemente rojo y vivo. La agarré con las dos manos y la traje de regreso hasta el tronco caído en donde mi padre me esperaba.

El al ver que la paloma estaba viva me dijo que agarrara patas y alas juntas y que le golpeara la cabeza con la caja metálica impermeable en la que llevábamos la munición. Horrorizado me senté con las piernas cruzadas acariciando la cabeza de la paloma llorando e implorando a mi padre piedad por MI paloma.

Mi padre, hombre amoroso y comprensivo suspendió de inmediato la cacería. La paloma duró herida un día en nuestra casa para después morir, no sin los debidos cuidados de mi padre y los míos. Yo todavía no estaba preparado para la muerte....ninguna clase de muerte. Por ahí dicen que en donde hay abundancia de vida consecuentemente debe haber abundancia de muerte, pero en mi país este dicho se ha cumplido exageradamente.

Este es un Río de hermosura intimidante, gigantescos árboles y exuberante vegetación siguen la ruta del navegante que se atreve a atravesarlo, embriagando de verde las mentes de los viajeros. Pero en este Río no solo habita la belleza.

No sabría decir exactamente cuantos muertos arroja a diario la violencia a este río pero si se que son decenas por año.

A medida que se interna en el río, la belleza aumenta pero el miedo se hace mas denso, la falta de ley en las poblaciones de la ribera la convierten en zonas de terror por parte de grupos de indeseables.

Los animales que habitan el río han servido para alimentar leyendas como la del hombre caimán, que fue un joven que se tomó un bebedizo que un indio le dio para de esta manera convertirse en caimán y así poder ver a las muchachas bañarse en el río. Una de ellas lo descubrió y éste en su intento de huir perdió la contra (antídoto) y quedó convertido en caimán de la cintura para abajo.

Recuerdo una anécdota de mi padre en la cuál durante una batida de venados pudo tirar uno que recorrió varios metros hasta perderse en una ciénaga. Uno de sus perros, Ojo Peao, llamado así por su parche negro en el ojo, nadaba y latía alrededor del venado que se había hundido en la mitad de la ciénaga. Mi padre se metió en la ciénaga caminado hasta en donde el perro latía. Caminó lentamente hasta que el agua le llegó a la cintura, metió la mano y agarro al venado por una cuerna.

En la orilla estaba el “Mono Pascapio”, su amigo y perrero que le enseño todo lo que es la cacería y que acababa de salir del monte sofocado por el calor y que le gritaba: “En la ciénaga hay un caimán”

Mi padre me cuenta que no sabe como regresó a la orilla de nuevo, pero lo hizo en tempo record con el venado al hombro y los cojones en el cuello.

En la orilla se veían las patas del caimán en el barro. Ese caimán lo mataron unos pescadores de la ciénaga un año después, y me cuenta mi padre que tenía como cuatro metros. Un colmillo de este caimán lo tengo en mi casa, es del tamaño de un dedo índice.

Pascapio le enseñó a mi padre todo sobre la caza en la selva, mi padre se inició en esto de la cacería un poco tarde según él, mucho trabajo y poco entretenimiento antes de descubrir la pasión por el perro sabueso y por el monte.

Pascapio cazó con mi padre por varios años y era un verdadero hombre de monte. Perreaba como el diablo y era capaz, junto con los perros, de voltear una montaña al revez con tal de sacar ese venao del monte.

En su mochila cargaba las cadenas de los perros, cigarrillos para él y para mi padre, un calabazo con agua para los perros y para él, una panela para los perros y para él.

Para él los perros siempre fueron primero. También llevaba una navaja pico de loro y una contra para la culebra.

Era un hombre negro de 1.80 delgado pero musculoso, pura fibra y de unos 40 años. Mi padre podría tener en esa época unos 28 años.

Recuerdo que en una cacería de zainos atraparon 8 zainos pequeños y los llevaron al desaparecido Club de Caza y Tiro de Cartagena y los criaron hasta adultos. Pascapio les daba maíz , yuca y ñames que los zainos tomaban de su mano.

Un Domingo visitando a Pascapio en el Club de Caza y Tiro, este entró en el encierro en que se encontraban los zainos a darles su comida diaria. Uno de los machos se le vino encima traqueteando sus colmillos y lo prendió por la pantorrilla. Pascapio siempre andaba con su rula (machete) a la cintura, con su mano derecha la sacó de la funda y de un solo tajo le bajó la cabeza al zaino macho, luego con sus dos manos le agarro la boca que todavía estaba mordiendo la pantorrilla y le abrió las mandíbulas. Ese domingo comimos zaino asado. Mi padre dice que al parecer una de las hembras estaba en celo.

Su bota quedó llena de sangre y después de convencerlo durante una hora accedió a ir a un hospital a que le cocieran. Fueron mas de 50 puntos.

El club no era mas que las perreras, un kiosco de palma y la casita de Pascapio. Los viernes en la noche iba con mi padre a visitarlo, su casita estaba decorada con las pieles, cuernas y cráneos de venados y zainos, así como de tigrillos y gato pardo. El se ponía feliz cuando cazaba un gato pardo pues después de comérselo, ponía el cartílago del pene del gato a secar y luego lo rallaba en el café y se lo tomaba dizque por que eso era bueno para la “bujía”.

Pascapio se encargaba de los perros, se su alimentación y de su salud, los quería mucho aunque los trataba rudamente cuando se escapaban de la perrera, los cogía por el cogote con sus grande manos y los elevaba para llevarlos hasta las perreras mientras estos chillaban.

El se encargaba del mantenimiento y limpieza del lote, un dia limpiando monte, se cortó con el machete el dedo pulgar izquierdo. Cuando llegamos lo encontramos sentado y fumando como si nada y nos contó que mientras cortaba una rama de un árbol, se le desvió el machete con otra rama y se voló el dedo pulgar, el dedo cayó al suelo, él lo recogió y se lo metió en la boca para limpiarlo con su saliva, luego se lo pegó y se lo amarró con un trapo sucio. Lo llevamos de urgencia al hospital pero no pudieron pegárselo de nuevo.

Recuerdo que los perros aullaban de felicidad cada viernes en la noche cuando escuchaban el ruido del motor de la Land Rover de mi padre.

Mi padre se retiró de la caza temprano, una decisión drástica ante un suceso que jamás se perdonó.

Durante una batida, la primera y ultima en la que participaría junto con mi padre, caminábamos hacia un puesto que mentalmente mi padre había escogido. Era un bañadero de zainos y al fondo había caña brava ó bambú, mi padre revisó el sitio y lo limpió de hojas secas para que no hiciéramos ruido, luego miró y verificó que no hubiese ninguna culebra mapaná que acostumbran a cazar en estas cañas y me acomodó en ese lugar haciendome señales de guardar silencio.

Los perros comenzaron a trabajar los zainos después de unos veinte minutos de haber sido soltados, el trabajo de los perros duró como una hora trayéndolos y alejándolos del bañadero, luego lo rodeaban para liego alejarse de nuevo. Por fin, pudimos oir las pisadas de los zainos en la hoja seca gracias al verano. Rondaban el bañadero y los perros de tras de ellos, esto duró como media hora mas antes de que decidieran bajar al bañadero a refrescarse.

Mi padre siempre utilizó para el pelo su Beretta del 12 superpuesta y recibió de rodillas a los dos primeros para dejarlos redondos, luego otros dos y otros dos y dos mas. Al final ocho zainos entre muertos y heridos, sacó su machete y remató los heridos. Yo estaba algo espantado por el bullicio, los estampidos de los ocho tiros, los aullidos ensordecedores de los perros que llegaban a morder, los traqueteos de las mandibulas de los sainos que quedaron vivos. Mi padre volteó a mirarme y debió ver en mi cara el espanto ante tanto animal muerto. Desde ese mismo día dejó de cazar.

Colgó su machete, el cuál usé yo hasta hace poco, lo mismo sus botas. Sus perros los regaló y los que nadie recibió los mató y enterró en un hueco que mandó a hacer en el Club y su vieja Beretta archivada solo la sacaba para limpiarla de vez en cuando, hoy la limpio yo.

Tras el retiro de mi padre yo seguí cazando con Pascapio cuando tuve la edad para hacerlo. Pero este periodo de caza con él no duraría mucho pues un 16 de Octubre de 1984 lo asesinaron en su casita del Club de Caza y Tiro. Lo mataron con un tiro de su propia escopeta en la parte trasera de su cabeza. En su espalda había un letrero que decía: “Por Sapo”.

Pascapio enfrentaba verbalmente a grupos de indeseables salvando del paredón a posibles informantes de las autoridades, y con ese mismo arrojo enfrentaba a las autoridades cuando cometían algún abuso en contra de miembros de la población.

Las orillas del río hoy están plagadas de cultivos ilícitos, la maldita coca trae consigo la violencia, ya el río no es lo que era pues todos quieren y reclaman propiedad sobre esta zona que se ha convertido en centro cocalero.

Este era un hombre que no temía a nada y si hubiese podido darle caza al mismo diablo de seguro lo hubiese hecho y yo lo hubiese seguido. Todavía no estaba yo preparado para la muerte, y menos la de un amigo como él.

Tras la muerte de Pascapio, mi padre se retiró del Club y yo no volví mas a visitar ese lugar. Hoy en ese sitio hay en su lugar una moderna urbanización de pisos de apartamentos y solo quedan unas pocas ceibas que entre los tres, Pascapio, mi padre y yo plantamos. Tengo identificada una de esas ceibas en la cuál colgábamos los venados y los sainos para despellejarlos, y bajo una de esas casas también deben estar los huesos de los perros de mi padre.

Yo seguí cazando desde esa época, pues heredé de mi padre el amor por el perro sabueso, quería hacerle honor a mi padre y a su maestro Pascapio, quería ser como ellos, quería ser un buen cazador y quería ser valiente como Pascapio, conocedor y respetuoso de la gente y de sus costumbres, así como de los animales que trataba de cazar.

Seguí recorriendo el río como hombre cazador y este me seguiría mostrando la cara de la muerte en todas sus facetas, la muerte de mujeres, hombres, niños y hasta bebés, personas ligadas al ecosistema que rodea mi entorno de caza me enseñaron que nada te prepara para la muerte, ninguna clase de muerte.

El momento de dar un paso atrás me ha llegado, pero el espíritu del cazador siempre estará en mí, el machete que en una época usó mi padre y que luego colgó, hoy lo cuelgo yo.

El Gran Río de La Magdalena, por algo lo habrán bautizado así, seguirá su curso silencioso, guardando en su vientre historias tan tristes que nadie se atreverá mencionar.



Abraham A. Ibarra D.