El Camisa Moteada II

Abraham

 

Inmediatamente después de mi primera y gracias a Dios fallida experiencia como cazador de tigres (entiéndase Jaguar) decidí que nunca más intentaría cazar a tan bello animal.

Esta decisión la tomé no por considerarme conservacionista o protector de la naturaleza, sino por la muerte innecesaria de nuestros queridos sabuesos, la cual nos molestó bastante a mis compañeros de caza y a mí, pero como dije en mi relato anterior, esa mirada salvaje del jaguar me dejo embrujado hasta el día de hoy.

Pasaron más de cuatro años después de mi último encuentro con el “camisa moteada”, años durante los cuales me dediqué a terminar mis estudios y en los ratos libres me dedicaba a leer cuanto papel hablaba de los jaguares, es esa época no existía el Internet, así que las bibliotecas eran una alternativa pero poco se conseguía del tema en ellas.

La vida privada de la gran mayoría de los grandes felinos ha sido revelada en TV, pero aún hoy, en pleno siglo XXI es poco lo que se conoce de este magnífico y todavía misterioso animal en peligro de extinción.

Quería aprender lo máximo acerca del jaguar, de que animales se alimentaba, como se reproducía, su hábitat y en general sus costumbres. Esto lo averigüé en unos pocos libros y revistas, pero la información mas importante recopilada fue la de la gente que vive en el monte, anécdotas y relatos acerca del jaguar mitad realidad y mitad fantasía, que convierten a este animal en un misterio y todavía en las fincas en las noches se cuentan exageradas historias acerca de su legendaria fuerza.

Un día durante una batida de venados sabaneros el sol del medio día nos llevó a los perros, a mis amigos y a mí hasta una casucha miserable en medio del espeso monte, esta casa estaba fabricada de estiércol de ganado, mezclada con barro sobre varas de bareque o caña brava seca y techo de palma, muy fresca. Ya en el ranchito su dueño, un hombre como de unos 60 años pero con apariencia de tener 80, nos recibió con café cerrero (café negro sin azúcar) el cual se calentaba en una olla negra por los años de fogón recibidos. Tomamos cada uno una tacita hecha del fruto seco del árbol del totumo.

El hombre hablaba bastante rápido y entusiasmado de tener compañía pues llevaba varios meses sin ir al pueblo. Entre cuentos y risas nos comentó que se había enterado de que un cazador de hicoteas (tortuga de ciénagas de agua dulce) había sido atacado por un tigre hacia algunos días. En toda Latino América los indígenas y la gente en general le llama Tigre al Jaguar, en mi tierra se le conoce como tigre, tigre malibu pinta menuda o tigre mariposo, y algunos le dicen el Camisa Moteada por la forma de las rosetas de su piel. La diferencia en los nombres se debe a dos subespecies que tienen la pinta de su piel algo diferente.

En época de Semana Santa, estos cazadores de hicoteas utilizan un largo bastón de madera y van recorriendo las orillas de las ciénagas y playones con el agua hasta las rodillas y a veces hasta la cintura, con el riesgo de pisar una raya de agua dulce o peor aún, algún cocodrilo. Su faena comienza oscuro en la madrugada y su actividad se denomina “Tuntuneo” onomatopéyico del sonido que produce el extremo sumergido del bastón al tocar el caparazón de la hicotea. Casi siempre van acompañados por un famélico perro criollo que con su olfato les ayuda a localizarlas bajo el agua. Su carne y sus huevos son muy apetecidos por esta época de Semana Santa.

Cuenta el anciano que este hombre se encontraba tuntuneando en esa oscura y fría madrugada de verano cuando notó que su perrito, que era puro hueso, pellejo y corazón, le ladraba a un árbol de totumo de no más de cuatro metros de altura. El hombre se debió acercar al árbol con su lámpara eléctrica en la frente alumbrando hacia arriba del árbol. Debió pensar que era un oso hormiguero o algún otro animal que se pudiese comer, pero no era tal. Parece ser que el tigre se encontraba acurrucado en el árbol pienso que espantado por el olor humano y al sentirse acorralado salto asustado y se defendió. Al hombre casi le arrancó de cuajo la nalga no sé si de un mordisco o un zarpazo.

Desde lo alto de la montaña en donde nos encontrábamos y mientras el anciano nos contaba lo que sucedió, podíamos divisar el inmenso territorio en donde ocurrió el ataque.

Podíamos ver el río y las márgenes selváticas con su infinidad de canos y ciénagas. Traté de imaginarme al camisa moteada campeando libre en su paraíso, sumergido hasta el cuello en el agua para evitar la tortura del mosquito y el jején o tal vez acechando un gran venado sabanero de ocho puntas o apareándose con una bella hembra.

Esto había ocurrido unas semanas atrás y con algunos datos que el viejo colono nos dio pudimos averiguar en donde vivía el hombre atacado. El fin de semana siguiente decidí, junto con Álvaro, mi amigo, mecánico y maestro en muchas cosas de la caza, hacerle una visita al afortunado hombre en su casa. Viajamos el sábado en la mañana a la población, recorrimos en mi viejo Toyota Land Cruiser modelo 87 las polvorientas calles del pueblecito hasta que dimos con la casa a eso de las diez de la mañana.

Nos recibieron su esposa y siete hijos, y nos contaron que había salido para el puesto de salud más cercano para su curación. Le preguntamos si quería acompañarnos a verlo y los traeríamos de regreso. Ella aceptó y fueron tres horas de ida más tres horas de regreso desde el hospital.

Finalmente pudimos hablar con el hombre, el nos contó casi lo mismo que nos había contado el anciano colono, sólo que no recuerda en que momento el tigre le arrancó la nalga ni tampoco sabe por donde desapareció el “endemoniao animá”. Me contó que su perrito permaneció a su lado todo el tiempo. Le pregunté por el perro y pensé en ofrecerle por él pero no era el momento.

Este hombre se vendo con su camisa y camino desangrándose hasta que unos cazadores de patos reales lo encontraron y lo llevaron hasta el puesto de salud más cercano. Por último nos enteramos que el perro no era perro sino perra y que se llamaba corazón.

Pasaron varios meses y no volvimos a saber nada de este tigre hasta que un día volvimos por esas tierras a cazar venados sabaneros con los perros chapolos, así llamamos a los perros sabuesos cruzados en mi tierra. Andábamos recorriendo el monte y haciendo tapes a los perros detrás de los venados cuando nos topamos con una casa de las características de la región, barro, estiércol de ganado, bareque y palma. Recogimos los perros pues los venados se tiraron por uno de los cientos de caños profundos para desaparecer. Nos acercamos a la casita por un poco de agua para los perros y nos recibió una joven familia compuesta por un joven padre y una madre recién parida los cuales nos comentaron que el tigre había estado rondando por el ranchito el día del parto, posiblemente atraído por el olor a sangre del parto. También nos contó que les había matado un cerdo de unos 70 Kg., el cual saco arrastrado de un corral al lado de la casa y que uno de sus perros había desaparecido.

Efectivamente encontramos huellas en el barro seco a unos 50 m. alrededor de la casa, y parecía ser que algunos cazadores estaban detrás de el. No puse atención a esto último hasta que el joven me comentó que uno de sus burros había sido atacado pero se salvó, nos mostró el burro y tenía cicatrices en el lomo y en el cuello. De inmediato Álvaro me aseguró que esa era una hembra y que seguramente estaba parida con cachorros ya grandes. Álvaro me comentaba que siempre en los pueblos había escuchado que las hembras del jaguar enseñan a cazar a sus cachorros y que estos generalmente fallan dejando feas cicatrices en los animales domésticos como los burros que se apartan de las casas a comer en los playones.

Esto lo confirmamos más adelante ese día pues caminando por los playones para batir un monte con los chapolos donde vimos entradas de venados sabaneros, también vimos las huellas de la hembra con dos cachorros ya grandes. Confirmado, una hembra y dos cachorros. Pensé de inmediato en los cazadores que estaban por esos lados pensando en matarla, seguramente para vender la piel y su carne para hacer embutidos en los pueblos para luego ser vendidos en la ciudad como carne de primera.

Yo me inquieté y le comenté a Álvaro para que tratáramos de ahuyentarla de esas tierras. El me dijo que la gente no nos ayudaría, querían al tigre muerto pues ya estaba atacando burros, cerdos y perros además era un riesgo innecesario para los perros y que me acordara lo que había pasado con los perros hacia ya cuatro años.
Finalmente y ya de regreso, Álvaro accedió a mi idea y nos reunimos unas tres noches en su taller a planear la operación, mientras nos tomábamos un café.

Ocurre que gran extensión de esta selva de la región ha sido arrasada para acondicionar piscinas para la cría industrial del camarón de agua dulce destinado para la exportación a los Estados Unidos y a Europa, destruyendo el más bello ecosistema de esta región. Inmensos bosques de mangle rojo, árboles centenarios que no permiten la entrada de la luz de sol en el piso de la selva, canales oscuros de varios metros de profundidad en donde habitaban cocodrilos, caimanes negros, venados sabaneros, zainos (pecaries), pacas (roedor nocturno de carne muy apreciada). En su interior anidaban patos reales y en sus canales desovaban sábalos e hicoteas en sus playones. Este también era el hogar del tigre y lo habían arrojado de el. Pero a unos 40 Km. la selva se extendía de nuevo y permanecía intacta y ella no parecía encontrar la ruta para regresar a la selva.

Yo le había dejado algo de plata al joven para que colocara algunos de sus cerdos en el monte para que cuando volviéramos seguramente ya habría tratado de llevarse alguno el tigre. Nos avisó que uno había desaparecido.

Al cabo de dos semanas volvimos con toda la logística necesaria para la “cacería”, este fin de semana debería ser de lunes festivo pues pensábamos permanecer tres días en la zona. Malpago, Bamban y Debrah, cruces de Azul de Gascuña y el Chibcha, Inca y Maya cruces de Black & Tan Coon Hound, descendientes de la misma línea de perros de la caza anterior del camisa moteada.

Llegamos en la noche al rancho del joven, y nos encontramos con que el bebe estaba con una terrible diarrea por lo que decidimos cancelar la cacería y trasladarlo a esas horas al puesto de salud. Con todos los pertrechos, perros en el remolque, tanques con agua y neveras con hielo nos regresamos con el bebe llorando y su madre que lo cargaba con serenidad y sin demostrar angustia alguna.

Los caminos en estas regiones son para los burros, así que con el 4x4 y el malacate pudimos hacer buen tiempo hasta la cabecera de la carretera municipal que es pavimentada hasta por fin llegar al puesto de salud. Ella nos despidió esa noche y dijo que se quedaría al lado de su bebé.

Nosotros regresamos a la ciudad y a eso de las tres de la mañana ya estaba en mi casa después de bajar los perros del remolque y los otros pertrechos.

De regreso después de dos semanas volvimos de nuevo a nuestra empresa con los perros en el remolque, las neveras con hielo y los tanques con agua para cocinar. Nos recibió el joven padre con su bebe en brazos, éste estaba contento y se veía saludable y juguetón. Le entregamos algunas medicinas, suero fisiológico, etc. y pañales para bebé. Luego de saludar, tomar café y de instalarnos dimos de comer a los perros, comimos nosotros y descansamos un rato para después salir en la noche con lámparas eléctricas en la frente conectadas a baterías de motocicleta de 12V 6amp que dan una luz brillante durante toda la noche. Nos dirigimos hacia donde había desaparecido uno de los cerdos.

A pesar de haber pasado varios días aún se sentía el olor putrefacto del animal en donde los encontramos. Vimos huellas de un solo animal, no vimos nada que nos indicara que los cachorros estaban por esos lados. Eran rastros viejos y ya nada se podría hacer, de todas maneras decidimos tratar de levantarla al día siguiente. Así que dejamos amarrado un cerdo más pequeño y fácil de matar como cebo.

Los mosquitos y los bichos nocturnos se aglomeraban alrededor de las luces y me tragué varios de ellos y no sé cómo pude evitar toser. Nos alejamos de regreso al rancho a descansar, de nuevo tomamos algo de café, nos acostamos en las hamacas mientras los perros ya dormían enroscados debajo de estas. Finalmente me dormí muy cansado a pesar del inclemente mosquito.

Me despertaron a las cuatro de la mañana, estaba muy agotado y me costó mucho levantarme, tomé un poco de café y yuca hervida. Agarramos los machetes, cada uno agarró un perro y de nuevo nos dirigimos hacia donde dejamos el cerdo la noche anterior.

Lo encontramos echado en la hierba y pudimos ver mientras nos acercábamos al sitio que había huellas de tigre en un radio de unos 20 m., pusimos los perros en el rastro y estos resoplaban y se erizaban, estos perros siempre se erizan cuando olfatean un tigre.

Los empezamos a picar en el rastro hasta que casi nos arrastran por el desespero de seguir la pista. Llegamos hasta la orilla de un canal de unos 15 m. de ancho pero poco profundo, agua hasta las rodillas, y en su orilla encontramos ahora sí huellas frescas del jaguar y sus cachorros.

Soltamos primero a los más veteranos, Maya, Inca y Chibcha para que calentaran el rastro, mientras tanto sujetamos a los otros tres hasta que el rastro estuviese caliente y los veteranos bien pegados para finalmente soltarlos. Eso fue la locura total. La voz de estos perros son muy sonoras, herencia del Azul y de los Black &Tans.

Estos perros son bramadores o aulladores, no sé cómo se denomina su forma de trabajar pero era algo de verdad sobrecogedor escuchar a esos seis perros bramar y percibir como lentamente desaparecían en la lejanía y como desaparecía el sonido de sus voces en la lejanía. A este escándalo le acompañaban los aullidos de las tropas de monos aulladores que en las mañanas y al anochecer marcan sus territorios con sus voces en las copas de los árboles mientras nos tiraban estiércol con sus manos pues nos consideran intrusos en su tierra. Creo que nunca he corrido tan rápido.

Tras escuchar los perros por algunos minutos los seguimos hasta la orilla de un canal, las huellas se dirigían a este y lo cruzaban, estaba bastante oscuro todavía y parecía que los perros estaban bastante cerca del tigre pues aullaban como si le dieran garrote.

Decidimos cruzar el canal y cuando estábamos a la mitad escuchamos un chapoteo a nuestra derecha. Un estruendo se nos venía encima. Tratábamos de mirar a través de la oscuridad que era hasta que pudimos ver que varias vacas cimarronas, burros, caballos, terneros se nos venían encima espantados por el olor del tigre que estaba mas arriba.

Corrimos lo mas que pudimos pero el barro no deja avanzar nada, me caí de jeta en el barro y mi escopeta quedo enterrada en el barro, como pude la saque y pude llegar espantado a la otra orilla con mis amigos. Ya empezaba a amanecer y escuchamos los perros a la lejanía, dirigiéndose al Río Grande De La Magdalena o Yuma.

Una gran roca redonda se encontraba a orilla del río y los perros le latían alrededor, mi escopeta estaba inservible pues los cañones se llenaron de barro así que con Álvaro y otros dos nos acercamos a la piedra a la cual aullaban los perros jóvenes, al rodearla encontramos huellas de los tigres llenándose aún de agua, se había arrojado al río. Me imagine que ya habría cruzado el río pues alcanzamos a oír a los otros tres perros del oto lado del río bramando y aullando, estaban detrás del rastro del tigre.
Tardamos unas dos horas para encontrar un bote y poder cruzar al otro lado del río para finalmente poder hacerle el tape a los perros y amarrarlos. No entiendo como este tigre no se encaramó a ningún árbol, generalmente cuando se cansan se trepan.

A eso de las cuatro de la tarde ya estábamos de regreso en el ranchito del joven, en donde nos recibieron con café, descansamos un rato y le contamos lo que había sucedido. Finalmente le agradecimos su ayuda y nos despedimos de él y de su familia.

Llegué a mi casa muy cansado después de dejar los perros en sus perreras. Esta había sido mi mejor cacería y la que más recordaría por una serie de diferentes motivos.

Un domingo cualquiera decidí visitar junto con Álvaro al joven que nos había ayudado. Recogí a Álvaro en su taller y agarramos carretera por unas tres horas hasta que por fin llegamos a la puerta del rancho. Ya habían empezado las lluvias y el camino estaba bastante embarrado. Estaban él y su esposa en la puerta pero no vimos al bebé. A un lado del rancho pude ver una gran piel de tigre abierta al sol.

Me quedé en el interior del vehículo por varios minutos pensando en dónde estaba el bebé, qué hacía esta piel en la puerta de la persona que nos había ayudado a salvar un tigre de sus cazadores.

Ángel, así se llamaba el joven, se acerco al vehículo y me contó que el bebé había muerto de gastroenteritis dos semanas después de que lo vimos por última vez, los cazadores le ofrecieron algo de dinero por información acerca del tigre y él se las dio dada su necesidad.

Yo le había contado el sitio exacto en donde la tigra había saltado al río así que los datos fueron bastante precisos.

Nos bajamos del Toyota con mucha tristeza, yo tuve un nudo en la garganta y me sentía muy mal por el pequeñito fallecido, me impresionó la dureza de sus padres, sé que sufrían pero también se que este medio ambiente salvaje los hace más duros aún que otros hombres en otras circunstancias. Le dimos las condolencias y nos sentamos a tomar un café mientras nos contó que los cazadores armaron varias escopetas trampa en los caminos frecuentados por el tigre hasta que cayó en una con la cabeza destrozada, era la madre.

Ángel me ofreció la piel, me dijo que los tipos que la mataron decidieron dejarla pues tenían miedo a represalias con la ley. Yo no la acepté pues supe que cada vez que la mirase me traería malos recuerdos.

Nos despedimos de Ángel porque ya empezaba a llover y el terreno es bastante fangoso, noté que mi parabrisas estaba húmedo pero también noté que mis ojos estaban más húmedos todavía. Estaba llorando a pesar de las burlas que me hacia Álvaro mientras trataba de animarme.

La caza me ha hecho llorar varias veces, después de todo es mi única pasión ya que, aunque mi corazón pertenece a mi familia, mi alma pertenece la selva.

Abraham Ibarra.


P.D. Vuelvo dos o tres veces por año a casa de Ángel y nos damos una caminata por los playones y las ciénagas a ver si encontramos huellas de los cachorros pero nada. Hoy todavía guardo las esperanzas de volver a ver grabadas en el barro las garras del temible Camisa Moteada.


Esta historia la publico en el Club de Caza en honor a mi querido Amigo Clamorgan, quien me enseñó que la distancia no es impedimento para ejercer la más pura de las amistades.

Recupérate pronto Amigo Mío.