Tertulias Serreñas

Rayón

 

Un día que Manuel viajó desde Madrid a su pueblo, a Baños de la Encina (Jaén), nada más llegar a él, descargar el equipaje del coche y saludar a sus padres, fue directamente a la taberna que había en la plaza. Allí se respiraba y vivía algo que Manuel echaba mucho de menos desde que se había ido a vivir de Sierra Morena a Madrid, ambiente de sierra y caza. Y es que aquella taberna era el lugar preferido por la mayoría de cazadores y hombres de sierra para reunirse y contarse sus vivencias de caza mientras jugaban alguna partidilla de cartas o se tomaban un vinillo.

Al entrar a la taberna, Manuel ya empezó a oler el tufillo que desprende la ropa del que anda por la sierra, ese tufillo impregnado en aromas de jara y resto de monte. Al mirar hasta el fondo del local vio al final de la barra a tres hombres de sierra que él conocía de cuando vivía en ella. Cuando iba acercándose hasta ellos tuvo que pararse varias veces a saludar a muchos de los que allí había junto a la barra tomándose una copichuela mientras hablaban de caza, ya que la mayoría de ellos habían sido antaño compañeros de "fatigas caceras" de Manuel, incluso cuando todavía era un chaval.

Cuando Manuel llegó donde estaban los tres hombres de sierra se saludaron con fuertes y cariñosos abrazos. Y es que aquellos hombres habían visto crecer a Manuel junto a ellos en Sierra Morena y le habían enseñado casi todo lo que sabía de ella y de caza, algo que él jamás creo que pueda olvidar.

A continuación, entre vinillo y vinillo, alguna que otra broma y recuerdos de antaño, empezaron varios temas de conversación, lógicamente relacionados con lo que mejor conocían y más les gustaba, con la sierra y la caza, pero al final acabaron hablando del "Gatazo", del gran felino del monte mediterráneo, del Lince Ibérico.

Los tres hombres de sierra junto con Manuel tenían la misma opinión y coincidían plenamente en el problema (según ellos) que tenía esta joya de nuestra fauna, así como en la forma o formas en que se podía intentar recuperar.

Uno de los hombres de sierra decía, que lo que realmente necesitaba el Lince eran más conejos para poder alimentarse y menos "persecuciones", que lo que había que hacer de una vez por todas era dejarlo en paz y tranquilo, que lo que al parecer no había notado todavía nadie, es que se trataba de un animal al que le gustaba la soledad en el entorno en que se movía y cazaba, no gustándole para nada que estén pendiente de él y sus movimientos, como últimamente estaban haciendo infinidad de personas: ecologistas, biólogos, naturalistas, "reporteros" y una montonera más de ellas, que aunque él sabía que lo hacían con buenas intenciones, también tenía claro que no paraban de jorobar al pobre animalejo.

Otro de ellos decía, que para salvar al Lince lo que tenían que hacer cuanto antes las administraciones a las que les correspondiera, era ponerse de acuerdo con los propietarios de las cientos y cientos de fincas de caza mayor (donde no se explotaba la menor) que había ubicadas en las zonas linceras de toda España, para repoblarlas de conejos vacunados y después gestionarlos debidamente para que siguieran proliferándose, eso sí, haciéndoles cumplir después la promesa de no explotarla, es decir, de no cazar los conejos repoblados y después gestionados debidamente para la salvación del Lince y otros animales que como él se encontraban en peligro de extinción.

Otro de los serreños decía, que estaba totalmente de acuerdo con lo anterior, pero que además de las repoblaciones de conejos y su posterior gestión, deberían hacer paralelos a ellas controles de predadores dirigidos a los zorros, pues al haber tantos acabarían en dos días con los conejos repoblados para la salvación del Lince y otros predadores de los que se encontraban en peligro o vías de extinción, aunque también decía tener muy claro, que hacer esos controles a los competidores de caza de estos animales que se encontraban en esa situación de extinción, podía acarrear serios problemas y enfrentamientos, ya que había mucha gente que todavía estaba convencida y empecinada en que las distintas especies que aún quedan en nuestras sierras debían y eran capaces de equilibrase por si mismas y sin ningún tipo de ayudas, algo que por desgracia él tenía muy claro que en los tiempos y circunstancias que corrían era mas imposible que difícil que pudiese ocurrir.

Estando en plena conversación sobre el Lince entró a la taberna un ecologista del pueblo, el cual nada más "coger onda" de lo que estaban hablando empezó a meter baza. Les dijo que estaba totalmente de acuerdo con lo de las repoblaciones o recuperación de los conejos como aporte de comida para los linces y otros predadores que se encontraban en peligro de extinción, pero con lo de los controles de predadores dirigidos a los zorros en absoluto, ya que estos animales eran verdaderas "maquinas" de limpieza para las epidemias que azotaban al conejo, pues normalmente los primeros que se comían eran los afectados por ellas por estar disminuidos a la hora de cazarlos, impidiendo con ello que fuesen vectores de contagio y propagación de esas epidemias que los azotaban. También proponía el ecologista como soluciones, prohibir de forma radical la caza del conejo en toda España, para que así el Lince no tuviera que compartirlo con los cazadores, y que las autoridades a las que les correspondiese hicieran levantar los cercados cinegéticos de las fincas a sus dueños, los cuales decía que eran verdaderas barreras para estos animales, unas barreras que estaban fragmentando sus áreas de distribución impidiendo con ello la libre comunicación entre diferentes núcleos y lo que aún era peor, los que deberían ser sus libres movimientos o desplazamientos para buscar nuevas zonas de caza para poder sobrevivir.

Algo que también decía el ecologista, era que había algo mucho peor que los zorros para las especies menores de caza, para esas de las que se alimentaban los distintos predadores que se encontraban en peligro de extinción. Se refería a la moderna agricultura, que según él era la que estaba contaminando los campos con todos esos productos químicos que se esparcían en los cultivos, unos productos que en su mayoría eran verdaderos venenos para los campos, ya que los estaban dejando sin vida. Por otro lado decía, que además de los daños que hacían esos productos químicos utilizados en los modernos cultivos, había que unirle a la agricultura moderna los daños que estaba haciendo con los modernos "maquinostes" que en ella se empleaban, unos "maquinostes" que estaban dejando las lindes de los cultivos sin esos arbustos que antes había y que tan bien les venía a las distintas especies menores para refugiarse y criar, más luego las cosechadoras, alpacadoras, en fin, que entre unas cosas y otras se estaba cargando a pasos de gigante todas esas especies que antes vivían y criaban en los cultivos y sus cercanías.

Tanto los hombres de sierra como Manuel estaban de acuerdo con el ecologista en todo salvo en un par de cosas. Ellos decían que las epidemias que azotaban al conejo había que tratar de cortarlas con vacunaciones y no comiéndose los zorros los afectados por ellas, que eso era totalmente ineficaz, pues si ya estaban los conejos afectados y además se los comían los zorros, serían conejos perdidos de cara a la salvación del Lince. Por otro lado decían, que ellos al zorro no lo veían para nada como un salvador del conejo por cortar el contagio de las epidemias, sino como todo lo contrario, ya que lo que lo veían hacer en la sierra era comerse todos los que podían estando y sin estar enfermos, y que además en el tiempo de cría lo que si cogían con facilidad era las conejas preñadas por no poder correr como lo hacen cuando no lo están, más todos los gazapos que saquean de las conejeras también en el tiempo de cría.

Manuel siguió diciendo, que por otro lado él veía lógico prohibir la caza del conejo en las fincas de caza mayor repobladas de conejos y gestionadas de común acuerdo entre las administraciones y sus dueños para la salvación del Lince, pero no en aquellos cotos donde sus dueños explotaran la menor como negocio o simple distracción. A no ser que de común acuerdo decidieran no cazarlo a cambio de indemnizaciones económicas que supliesen los intereses de su explotación.

Del levantamiento de los cercados cinegéticos Manuel y los hombres de sierra no querían opinar, ellos decían que aunque no les gustaba para nada que estuviesen puestos, tenían muy claro que en lo de levantarlos no iban a entrar por considerarlo un tema muy difícil de resolver. En lo que sí estaban de acuerdo e incluso lo veían muy necesario, era en cambiar las estructuras de muchos de los que estaban puestos para que no impidiesen el paso de estos animales que se consideraban en peligro de extinción, como en la actualidad ocurre con muchos, no acordes a las legislaciones o, no revisados debidamente por las autoridades a las que les correspondiera hacerlo, pero lo de levantarlos lo veían muy complicado, ya que eran delimitaciones de propiedades particulares que ahí estaban, y aunque a ellos no les gustase para nada que estuvieran puestos, sabían que debían respetarlos mientras ahí estuviesen, claro, siempre que fuesen permeables para las especies protegidas sobre las que a priori nadie debe tener derecho a retener, algo que en algunos casos no se cumple.

Al final de la charla, las conclusiones que sacaron de todo lo anterior los hombres de sierra y Manuel sobre el grave problema que sufre el Lince fueron las siguientes: Recuperar el conejo a base de gestionarlo o repoblarlo en las zonas linceras, para que estos animalejos pudiesen llenar sus barrigas, quitarles algunos competidores de sus zonas de caza a base de hacer controles de ellos; dejarlos totalmente tranquilos, que del resto ya se encargarían ellos solitos, que no había que perseguirlos tanto y, sobre todo, no ponerles tantos collares con antenita, ya que les deberían hacer sentirse tan mal con ellos como se siente un serreño cuando le ponen una corbata para ir de boda, que al final se la acaba arrancando a estirones por la sensación de ahogo que le produce.

Otro de los serreños decía, que los collarcitos no deberían ser demasiado buenos para el Lince, que un amigo le había dicho que había visto uno de esos linces con collar por Sierra Morena y que el pobre iba tambaleándose de lo endeble y sequito que estaba, que aquel "chisme" parecía no haberle sentado demasiado bien al pobre animal.

Otro decía, que él pensaba que los linces con collar eran para zonas donde se pudiesen controlar perfectamente y le pusieran la comida a huevo, pero no para Sierra Morena, donde poder y saber cazar era cosa de superdotados en astucia y facultades, algo que dudaba que le quedara a un Lince traído de otras zonas y encima con "corbatita", sobre todo si algún día el pobre animal al beber agua en un charco se veía reflejado en él con ella puesta, pues esto pensaba que le haría hasta "morir de vergüenza" o de una terrible "depresión".

Manuel dijo que estaba totalmente de acuerdo con lo anterior, y que aunque él no se consideraba ningún experto en "gatos", pensaba que si todavía quedaba alguno en Sierra Morena o no se había extinguido del todo en ella, no era precisamente por los que hubiesen controlado allí con las "corbatitas", pues según le había llegado hasta sus oídos, de los que habían soltado en esa sierra radiomarcados con collares para controlarlos ya no quedaba ni uno, que los únicos que quedaban eran los que habían sabido buscarse "las habichuelas" ellos solos con los pocos conejos que aún quedan en esa sierra y esconderse de los humanos, que aunque el sabía que los "perseguían" con la mejor de las intenciones, también pensaba que era lo que más debía jorobarle al pobre animal. Tanto pensaba que debía ser así, que acabó diciéndoles que aunque él había visto en algunas ocasiones rastros de estos animales por Sierra Morena, incluso hasta a alguno de ellos, jamás se le había ocurrido decírselo a nadie, ni al mejor de sus amigos, precisamente para que no se formaran "procesiones" de gente en su búsqueda, ya que con ello lo único que habrían conseguido es que hubiesen "hecho la maleta" y se hubieran marchado a otras zonas donde hubiera paz y tranquilidad para ellos, que en realidad es lo que más debe gustarle al pobre animal.

Por otro lado, decían que lo que deberían hacer las personas o administraciones encargadas de la salvación del Lince, era repoblar de conejos cogidos en esas zonas de nuestra geografía donde incluso se consideraban casi plaga, todos aquellos lugares donde se sospechase o supiese que pudiera haber algún lince o pequeño núcleo de ellos, pero no repoblar linces radiomarcados como ya hicieron antaño en Sierra Morena, pues si ya se sabe de antemano que no hay comida para ellos, sería "pan para hoy y hambre para mañana", ya que si no hay conejos en la zona donde se sueltan los linces, de sobra se sabe que sería una muerte anunciada para ellos, pues acabarían muriendo de hambre en dos días todos.

De todas formas, el mayor problema que veían los tres hombres de sierra y Manuel para la salvación del Lince, era la dificultad que debía suponer poner de acuerdo a todos los que se sentían protagonistas a la hora de salvar la especie: ecologistas, biólogos, naturalistas, propietarios de fincas particulares, políticos, cazadores y no sabían cuantos más, sobre todo, si las administraciones querían hacer algo que siempre les sería imposible, darle gusto a todos los que se sintieran implicados en la salvación del gran felino. Lo que pensaban que deberían hacer estas administraciones era escuchar a todo el que tuviera y expusiera un plan de salvación para la especie, y después poner en marcha el mejor aportado fuese de quien fuese sin tener en cuenta para nada las protestas de nadie, aunque viniesen del "mismísimo Papa", que ya estaba bien de contemplaciones y de no hacer nada realmente positivo para la salvación de un animal al que al parecer todos queremos salvar pero que nadie a la hora de la verdad salva, incluso ni gastándose verdaderos dinerales en ello como ya se han gastado.


Un saludo para todos.

Rayón.

PD. este relato fue escrito en el año 2.001