Míticos Cazadores y Hombres de Sierra de Baños de la Encina (Jaén)

Rayón

 

Antes de nada he de decirles, que más que un relato, lo que a continuación van a leer puede ser "un relato de relatos", ya que en él aparecen una serie de fragmentos de algunos de mis escritos en algún medio del sector "cacero" e incluso en esta misma página. Y el motivo de escribirlo se debe a una promesa que hice en el Chat después de haber leído una serie de opiniones sobre los furtivos, en las que se medía a todos ellos con el mismo rasero.

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Desde hace algún tiempo, cuando Manuel va a su pueblo y sale a cazar por su sierra, que no es otra que Sierra Morena, echa de menos a aquellos hombres con los que se encontraba en ella cuando aún era un chaval sin barba y se iniciaba en la caza. A aquellos hombres puros y duros de antaño, a aquellas "Viejas Enciclopedias de Sierra" como él solía llamarles.

Manuel a estas "Viejas Enciclopedias de Sierra" siempre les agradecerá lo mucho que le enseñaron de caza, sierra y de los animales que en ella se mueven. Nunca olvidará como Antonio Banderas, "El Viejo Lobo", le enseñó a distinguir las encinas que mejores bellotas tienen para los marranos mirándolas desde largo, desde la umbría a la solana; o como "Vallejos" le enseñó a recechar marranos en verano en el río, o en los encinares en el tiempo de la bellota cuando había plenilunio. Tampoco se olvida como le enseñaron a distinguir los diferentes ruidos que hacen los animales cuando andan por la sierra durante la noche; o a saber donde encontrar encamadas las reses según la época del año y la climatología del momento. Otra cosa que también siempre recuerda es como Tomás "El Chino" le decía que había que averiguarle los viajes a las reses y qué hacer a la hora de cortárselos, y otro sin fin de cosas que solo te pueden enseñar cazadores del tipo de aquellos que antaño andaban por Sierra Morena. Y es que Baños de la Encina siempre fue semillero y cuna de cazadores de vieja escuela, de los que la sierra y sus entresijos jamás tuvieron secretos para ellos.

Este pueblo, Baños de la Encina, está situado entre La Carolina y Bailen, a tan solo seis kilómetros de la N-IV, pero más adentrado hacia Sierra Morena, justo en las estribaciones de esa sierra y muy cerca de algunas fincas de caza mayor que seguro muchos de ustedes conocen y que a continuación voy a nombrar: Los Alarcones, Los Escoriales, Contadero-Selladores, Vallejones, El Gorgogil, Cabezaparda, Nava el Sach, Iniestares, Carvajal, Navamartina, El Chaparrón, El Cerro del Moro, El Poyuelo, y otras muchas más que no nombro por no extenderme más. También, y lo digo porque seguro que algunos de ustedes lo desconocen, El Centenillo está dentro del termino municipal de Baños y pertenece a su Ayuntamiento.

Baños además es un pueblo por el que todavía (por suerte para los que allí viven) corre el viento por sus calles impregnado en tufillos de sierra, en aromas de jara, tomillo y romero. Un pueblo de gran belleza (no en vano su castillo milenario es el mejor conservado de su época) arquitectónica y natural. Un pueblo al que se entra por olivares y campiñas y atravesándolo se sale por su parte alta directamente a Sierra Morena.

Estos cazadores y hombres de sierra de antaño de Baños eran capaces de "leer" toda una sierra con tan solo mirar las jaras de una de sus umbrías, cazadores que en muchas ocasiones, por necesidad, tenían que sentir la caza no como ahora dicen sentirla la mayoría, como un deporte, ni tan siquiera como una afición, sino como una obligación y un instinto heredado de sus antepasados. No en vano, muchas veces llegaban a ver la sierra no como tal, sino como una gran despensa natural a la que con agradecimiento en tiempos difíciles, en aquellos años posteriores a la Guerra Civil, le tenían que arrancar el sustento de sus familias. Y lo hacían con agradecimiento y respeto hacia ella, porque en ésta veían una gran bondad que no podían esperar de nadie más, pues incluso cuando no podían llenar sus morrales de caza, los llenaban de setas, espárragos u otros frutos capaces de satisfacer cualquier estómago necesitado como los que a veces les esperaban en casa.

Muchos de estos cazadores, en ocasiones se convertían en furtivos, pero no en furtivos como los de ahora, de los que cazan de esa forma para ganar dinero fácil, para pagarse vicios o simplemente por capricho, ellos cazaban así solo cuando sus necesidades eran extremas, solamente cuando les faltaba el trabajo y la necesidad les apretaba demasiado. Cuando ellos tenían trabajo en la recogida de la aceituna u otra cualquier labor del campo, jamás salían a cazar de forma furtiva, pues las necesidades de sus casas las tenían cubiertas.

Un día le preguntó Manuel a uno de estos cazadores por los motivos que en ocasiones le habían empujado a cazar de forma furtiva, y el hombre le contestó lo siguiente:

—Mira Manuel, lo hacía por la necesidad y responsabilidad que tenía de mantener una familia numerosa en un pueblo donde por aquellas fechas había muy poco trabajo, en el que por entonces sólo se podía trabajar de vez en cuando en la agricultura, así que cuando me quedaba sin trabajo, no tenía otra alternativa que la de tirarme a la sierra y arrancarle el sustento de mi familia. Otra cosa que también me influía a la hora de cazar de esta forma era mi negativa a trabajar en las minas de El Centenillo y Linares, como lo hacían la mayoría de los hombres de esta zona en aquel tiempo, pues a lo que más terror le he tenido siempre ha sido a morir como murieron muchos de mis mejores amigos, muy jóvenes y con los pulmones llenos de plomo tosiendo sin poder respirar, así que siempre preferí morir a consecuencia de una pulmonía cogida en la sierra por los fríos y calados de huesos que padecía en ella que por el "mal de las minas" o silicosis, por ese terrible y traicionero mal que a tantos hombres de esta zona se llevó por delante en plena juventud, en lo mejor de sus vidas. Aunque también he de confesarte, que en temporadas de demasiada desesperación no tuve más remedio que trabajar en ellas aún sabiendo la que me podía esperar.

Otro día, en una de las tabernas del pueblo, Manuel les preguntó a algunos de estos cazadores que en ocasiones se veían obligados a cazar de forma furtiva, si cazaban según les venía bien o lo hacían bajo algunas normas, contestándole todos lo mismo:

—Bueno, más que normas lo que teníamos eran ciertas costumbres, como podía ser la de no decirles ni a nuestras propias mujeres por donde andábamos, íbamos o veníamos de la sierra. Otra cosa que tampoco hacíamos nunca, era juntarnos en la sierra con gente que no fuese de nuestra total confianza y, aún menos, hablar en el pueblo de caza, sobre todo en tabernas y bares, sitios que son para beber vino y no hablar de lo que no quieras que al día siguiente se sepa hasta en los pueblos de los alrededores. Aunque ya no me importa decir que cuando íbamos o veníamos de la sierra lo hacíamos siempre durante la noche, por fuera de los caminos habituales de la gente y buscando los sitios más difíciles de poder ser vistos. Incluso te puedo decir, que cuando matábamos una res durante el día, en vez de salir con ella cargada hacia el pueblo a la hora que fuese, lo que hacíamos era quedarnos "encamados" entre el monte hasta que se hacía de noche, ya que durante la noche, todos los gatos son pardos y muy difíciles de ver.

Otra de las costumbres que le dijeron a Manuel que tenían la mayoría de ellos fue la siguiente:

—Lo que teníamos también siempre en cuenta era pegar un solo tiro para abatir la res que fuéramos a llevarnos, esperando siempre a tenerla lo suficientemente cerca para no fallarla, pues cuando suena un solo tiro en la sierra es muy difícil hacer un buen cálculo de la distancia y dirección en que ha sonado, mientras que al sonar un segundo, el "cante" de tu situación puede ser claro y peligroso.

Otro de estos hombres le dijo a Manuel, que otra costumbre que tenían era la de esconder los despojos de las reses de la vista de la gente después de aviarlas, ya que dejarlos visibles podía dar lugar a que los viese el que luego le podía dar la bronca y "charla" al guarda, y que a estos hombres ellos trataban por todos los medios (a pesar de lo que mucha gente pudiese pensar) de no comprometerlos, ya que lo único que hacían era ganarse el pan de esa forma tan digna como otra cualquiera. Incluso algunas veces enterraban esos despojos poniéndole hasta piedras encima, ya que los zorros, por muy bien escondidos que estén esos desperdicios, son capaces de arrastrarlos y ponerlos a la vista de todo el mundo.

Cuando Manuel les preguntó si alguna vez les había pasado por la cabeza hacer lo que ahora hacen muchos modernos furtivos, abatir reses con trofeo para después venderlos y sacarles un buen dinero para así no tener que ir con la carne cargados como burros hasta el pueblo, la respuesta fue rápida:

—Precisamente esa era la única costumbre que llegamos a convertir todos los furtivos de antaño de esta zona en norma, la de no tirar jamás, por muy necesitados que nos viéramos, una res que pudiese ser medalla o estar cerca de serlo, pues eso es lo que más daño le puede hacer a un guarda, ya que esas reses se echan rápidamente en falta en una finca, y además al dueño de la finca o arrendatario de la caza se le pueden jorobar un montón de duros si esas reses las tiene controladas para luego venderlas en recechos de berrea, mientras que a nosotros no nos iban a sacar de más apuros que una "pepa".

Todo lo anterior, uno de los días que Manuel visitaba Sierra Morena y a dos de los guardas de caza más antiguos y carismáticos que hay en ella, les preguntó si lo que decían los viejos furtivos, los de antaño, era verdad, contestándole uno de ellos lo siguiente:

—La verdad es que no te han engañado Manuel, te han dicho la verdad, pues aunque alguno pudiese "sacar los pies del tiesto", por lo general, ese que te han dicho era su verdadero comportamiento, un comportamiento que nada tiene que ver con el del moderno furtivo, ese que llega a la sierra en un lujoso "toterreno", con un rifle que arrea las balas a kilómetros, con una mira que no traen muchos de los que vienen a las monterías, y con menos vergüenza y más cara de la que te puedes imaginar. Los viejos furtivos eran hombres a los que difícilmente se les veía en el monte, cazaban durante la noche, con la agilidad propia de una jineta y el sigilo del lince, eran hombres que no hacían "ruidos" ni alardes de nada, jamás contaban a nadie sus "movimientos" en la sierra, todo lo contrario a lo que hacen ahora muchos de los llamados modernos furtivos, que lo airean todo en el pueblo y presumen en tabernas y bares de habérsela liado a tal o cual guarda como si se tratase de una machada. Te puedo hasta decir, que a veces yo he hecho la vista gorda con algunos de aquellos furtivos de antaño, pues cuando los veías cargados con una res rompiendo monte sacándola de una umbría a la espalda para después llevarla así hasta el pueblo, que está a una montonera de kilómetros, me daban pena, pues eso más que otra cosa era una penitencia muy difícil de cumplir. Y claro, la cumplían porque no les quedaba otro remedio, ya que con eso les podían dar de comer a sus familias en muchas épocas del año. Con ese dinerillo que les daban por la carne podían comprar muchas cosas que son muy necesarias en las casas y que ellos no tenían en las suyas, así que estos hombres en vez de disfrutar cazando lo que hacían era pasar penurias y sufrimientos, y eso es algo que te lo puedo asegurar sin temor a equivocarme por las veces que los he visto medio reventados en la sierra y, como prueba de ello, te puedo contar un caso:

—Un día que iba dando una vuelta a la finca, al mirar hacia una solana vi un hombre tumbado en un pelado del monte de tal forma que se me puso el vello de punta, pues lo primero que se me vino a la cabeza es que le había dado algo o se había pegado un tiro y estaba muerto. Así que pensando con lo que me podía encontrar estando como estaba solo, llamé a mi hijo a través de la emisora y le dije que viniera hasta donde estaba yo. Cuando llegó y nos acercamos al lugar donde estaba aquel hombre, vimos que no estaba muerto, pero que se encontraba muy mal, tanto que al preguntarle que le había pasado casi no le salía la voz del cuerpo. Nos dijo (con las mejillas llenas de lagrimas y una cara de muerto) que había matado una cierva en el barranco ........ y que cuando la subía deshuesada en el morral se había caído y que el tobillo se le había dislocado, hinchándosele mucho y doliéndole a rabiar, y que a consecuencia de ese dolor se había mareado e incluso no podía moverse. Al preguntarle cuanto tiempo llevaba allí así, nos dijo que desde primera hora de la noche anterior. A continuación mi hijo, teniendo en cuenta que eran las cuatro de la tarde, le preguntó que desde cuando no había comido, a lo que le contestó que desde las tres de la tarde del día anterior, que era cuando había salido de su casa hacia la sierra. En aquel mismo momento le dije a mi hijo que subiera hasta el cortijo y que bajara algo de comer y un par de aspirinas para aquel hombre, y una de las caballerías que teníamos para sacarlo de allí. Cuando ya comió algo y se reanimo un poco, dejamos la escopeta en el cortijo para que otro día viniese a recogerla, lo subimos a la yegua con el morral por delante y lo llevamos hasta la carretera. Donde estuvimos esperando hasta que pasó un ganadero de la zona con un coche que paramos para que lo llevara hasta el pueblo acompañado de su morral, pues posiblemente antes de dejar el morral allí, hubiera preferido dejar su vida. Así que ya ves si eso eran o no penurias y sufrimientos.

Por otra parte, el otro guarda le decía a Manuel lo siguiente:

—Mira Manuel, para que veas la diferencia que hay entre aquellos furtivos de antaño y los "modernos" de ahora, te puedo decir, que cuando cogías a uno "tocándote" la finca se ponía colorado como un tomate de la vergüenza que sentía, y te pedía por favor un montón de veces que no lo denunciaras, que si lo hacías le buscabas la ruina. Sin embargo, ahora, cuando coges a uno de estos modernos furtivos tienes que tener hasta cuidado con él, pues como te vea "flojear" se te "sube a la chepa" echando leches. Además, aquellos hombres "tocaban" las fincas con mucha discreción, por los filos de las mismas y procurando no dejar rastros que los delatasen. Las veredas o lugares donde pudiesen dejar rastros marcados nunca las pisaban, pues además de poder verlos nosotros, los guardas, los podían ver otras personas que luego nos podían decir que no guardábamos bien. Sin embargo ahora, como te descuides, se te meten con el coche en la cocina del cortijo como si la finca fuese de ellos.

De todas formas hubo en Baños de la Encina un cazador que dejo escuela. Un hombre que se ganaba la vida cazando y que jamás lo hizo como furtivo. Cazaba las perdices en varias fincas de la sierra donde no guardaban la caza, en fincas dedicadas solamente a pastos para el ganado, y lo hacia con su escopeta planilla y los pocos cartuchos que podía comprarle al estanquero del pueblo, que era el que los vendía por entonces. Lo que ocurría, es que tiraba tan bien que se podía permitir ese lujo, el de cazar con su perrilla y su escopeta las perdices al salto, pues por caros que fuesen los cartuchos para ese tipo de personas como él, los hacía rentables debido a las pocas perdices que fallaba cuando su perra se las levantaba, de ahí que siempre hiciese muy buenas perchas de ellas.

Este hombre luego vendía las perdices por las casas donde sabía que se las compraban, y de esta forma se ganaba la vida, según cuentan, bastante bien. Pero claro, como comprenderán esa era una forma muy difícil de cazar para la mayoría de cazadores modestos de aquella zona, ya que hacer rentables los cartuchos de esa manera solo era capaz de hacerlo este hombre.

Pues bien, ahora Manuel dice que sigue viendo a algunos de estos hombres cuando va a su pueblo, a Baños, pero no en la sierra cazando, dice que a unos los ve sentados en la mesa de algún bar o taberna tomando un vinillo mientras juegan una partida de cartas, teniendo ya la mayoría de ellos (posiblemente por motivos de la edad) que retirarse las cartas todo lo que les permiten sus brazos de sus ojos, medio guiñándolos incluso, para poderlas ver bien y no hacer renuncio, y, a otros, sentados tomando el sol o la sombra según la estación del año que sea junto a la fachada de la última casa de la calle del Calvario Viejo, lugar desde donde se avista una gran parte de Sierra Morena. Unos entreteniendo sus manos trenzando alguna cuerda, y otros, pues simplemente con una vara de olivo en ellas sin parar de moverla para también entretenerse, pero eso sí, mirando todos con la vista fija y pedida la sierra, contemplando sus jarales y pensando cosas de su lejana juventud, que según ellos, ya solo son eso, recuerdos, añoranzas y nostalgias de un pasado algo lejano.

Aunque Manuel también dice, que mejor no tentar a ninguno de estos hombres poniéndole una escopeta en las manos, pues quien sabe si aún no serían capaces algunos de liársela al más listo de los macarenos de esa sierra. Como hizo un día uno de ellos, el más amigo de Manuel, "El Maestro Correales", que teniendo a uno de los marranos más grandes que se han abatido en Sierra Morena cogido ya por una pata para aviarlo, tuvo que soltarlo y tirarse de cabeza a un lentisco para que no lo rajase de arriba hasta abajo. Después este hombre rastreo al marrano, lo encontró en una umbría tupida de jaras, y tras una larga y dura brega con el bicho, con la ayuda de sus tres perretes y un viejo cuchillo gastado por haberle dado ya miles de afilones, logró cobrarlo de nuevo. Y esa faena señores hecha por un hombre de casi ochenta años como tenía éste, es para quitarse el sombrero y decirle: ¡Ole y ole! Maestro.

De todas formas a este hombre dice Manuel que ya no lo ve cuando va a su pueblo, ni en la sierra cazando ni en el pueblo, pues por desgracia nos dejo para siempre hace unos años. Y aunque el día que nos dejo no ondearon las banderas con crespón negro a media asta en el balcón del Ayuntamiento de Baños por no tener este hombre el rango requerido para ello, si que tenía el suficiente y más que de sobra en Sierra Morena para que ese día fuese muy especial en ella, y para que todas las jaras, madroñas y encinas de todas las umbrías, lomas, barrancos y solanas que hay entre El Santuario de la Virgen de la Cabeza y El Centenillo, arrugaran sus hojas, miraran hacia el suelo y lloraran gotas de su savia en señal de duelo por ese Maestro de maestros de caza y sierra que ya no rozará más su pantalón de pana en ellas andando con su escopeta al hombro como lo hizo durante toda su vida.

Lo que también comenta Manuel muy a menudo, es que ahora cuando sube por la "Cuesta de las Chinas" hacia la sierra para ir de caza, al coronarla en "Los Corralillos del Platero", cuando mira a su izquierda se le escapa alguna lagrima al echar de menos la entrañable figura de "El Maestro Correales", la figura de aquel hombre que él siempre veía sentado bajo la encina centenaria que hay frente a la que fue su casa en Los Llanos. Una encina bajo la que Manuel también se sentó muchas veces a su lado para que le enseñara muchas cosas de la caza y de los entresijos de la sierra, esa sierra que él tanto quería y de la que tanto sabía.

Este relato se lo dedico a mi amigo Andrés, al "Maestro Correales II".




Rayón.


PD. Con este relato en ningún momento (aunque alguien lo pueda pensar) he tratado de hacer apología de cierto tipo de furtivismo, ni mucho menos, lo que he tratado es de que algunos vean que no todos los furtivos han sido o son iguales, que al hablar de ellos hay que dividirlos en dos grupos muy diferentes, en el de verdaderos furtivos, en furtivos de aquellos de antaño de los pueblos serranos que furtiveaban para sobrevivir y, en el de modernos matarifes de sierra sin escrúpulos, con mucha cara y poca vergüenza.